sábado, 9 de octubre de 2010

¿ES REALMENTE UN CRIMEN? / OTRO CUENTO DE AGATHA CHRISTIE

La Señal en el Cielo
por Agatha Christie



El juez daba fin a sus recomendaciones al jurado.
-He dicho, señores, casi todo lo que tenía que decirles; ustedes resolverán si hay pruebas suficientes para dictaminar si este hombre es o no culpable del asesinato de Vivian Barnaby. Han oído las declaraciones de los sirvientes sobre la hora en que fue disparado el tiro. Todas ellas concuerdan. Tienen ustedes la prueba de la carta que escribió Vivian Barnaby al acusado, en la mañana de ese mismo día, viernes 13 de septiembre, y que la defensa ni siquiera ha tratado de negar. Han oído, también, que el acusado negó rotundamente haber estado en Deering Hill, hasta que tuvo que admitirlo ante las pruebas terminantes presentadas por la policía. Ustedes sacarán sus conclusiones de lo que sugiere esa negativa. En este caso no hay pruebas directas. A ustedes les toca resolver las cuestiones de móviles, medios y oportunidad. La defensa alega que una persona desconocida entró en la sala de música, después de haber salido el acusado, y mató a Vivian Barnaby y con la misma escopeta que, por un olvido un tanto asombroso, el acusado había dejado allí. Han oído cómo el acusado justifica haber tardado media hora en llegar a su casa. Si ustedes no aceptan la explicación del acusado y creen que el 13 de septiembre éste disparó su arma sobre Vivian Barnaby con el propósito de matarla, tienen, señores, que declararlo culpable. En cambio, si aceptan su explicación, tienen el deber de absolverlo. Ahora les ruego que se retiren y deliberen. Cuando hayan arribado a una conclusión, la formularán. Antes de treinta minutos volvió el jurado. Dio a conocer el veredicto, anticipado por la mayoría de la concurrencia: culpable.
Mr. Satterthwaite salió de los tribunales preocupado. Los meros homicidios no lo atraían. Era de temperamento demasiado exquisito para interesarse en los sórdidos pormenores de un crimen vulgar. Pero el caso Wylde era otra cosa. El joven Martin Wylde era lo que se llama un caballero, y la víctima, la joven esposa de sir George Barnaby, había sido amiga personal de Mr. Satterthwaite.
En todo ello pensaba mientras recorría el barrio de Holborn y penetraba en el laberinto de calles pobres que llevan a Soho. En una de estas calles hay un pequeño restaurante, frecuentado por una selecta minoría que incluía a Mr. Satterthwaite. No era un sitio económico, pues estaba dedicado a los gourmets más exigentes; era un lugar tranquilo ninguna jazz-band lo vejaba-, más bien oscuro, con mozos que surgían silenciosamente de la penumbra, cargados de grandes fuentes de plata, como si participaran en un rito sagrado. El restaurante se llamaba Arlecchino. Mr. Satterthwaite, pensativo aún, entró y se dirigió a su mesa; en un rincón apartado. Sólo cuando estuvo cerca vio que la mesa estaba ocupada por un hombre moreno y alto que tenía la cara en la sombra. Los reflejos que despedía una ventana de vidrios de colores convertían su traje austero en un juego de rombos tornasolados.
Mr. Satterthwaite estaba a punto de retirarse, pero en ese momento el desconocido dejó ver su cara.
-¡Alabado sea Dios! -dijo Mr. Satterthwaite, cuyo vocabulario era un tanto arcaico-. Es Mr. Quin.
En tres oportunidades anteriores se habían encontrado, y siempre había ocurrido algo singular. Era un hombre extraño aquel Mr. Quin, con su don de mostrar todas las cosas bajo una luz distinta.
Mr. Satterthwaite sintió una íntima felicidad. Su papel en la vida era el de espectador, y lo sabía; pero bajo la influencia de Mr. Quin tenía la ilusión de ser un actor: un actor principal.
-¡Qué sorpresa más agradable! -dijo-. ¿Puedo sentarme?
-Encantado. Como usted ve, aún no he empezado a comer.
Inmediatamente surgió el maître de entre las sombras: Mr. Satterthwaite, como correspondía a un hombre de paladar exigente y delicado, se dedicó de lleno a la tarea de seleccionar el menú. Pocos minutos después, con una ligera sonrisa de aprobación en sus labios, se retiró el maître con el pedido y encomendó a un mozo el servicio.
Mr. Satterthwaite se dirigió a Mr. Quin: -Vengo de Old Bailey -dijo-. Me ha impresionado profundamente este asunto.
-Lo declararon culpable, ¿verdad? -preguntó Mr. Quin.
-Sí, el jurado sólo necesitó media hora para decidir.
Mr. Quin movió la cabeza y dijo: -Ese fallo era inevitable, dados los testimonios existentes.
-Y no obstante... -empezó a decir Mr. Satterthwaite, y se calló.
Mr. Quin terminó la frase por él.
-... y sin embargo, sus simpatías estaban del lado del acusado. ¿No es eso lo que iba a decir?
-Sí; eso es. Martin Wylde es una persona tan agradable que cuesta creer en su culpabilidad. De todos modos, es cierto que, últimamente, ha habido varios jóvenes al parecer intachables que han resultado criminales de la peor especie.
-Demasiados -murmuró Mr. Quin.
-¿Cómo dijo? -preguntó Mr. Satterthwaite con atención.
-demasiados... para mal de Martin Wylde. Desde un principio hubo una pronunciada tendencia a considerar este crimen como uno de tantos de la misma índole: el hombre que se saca de encima a una mujer para poder casarse con otra.
-Tal vez -exclamó Mr. Satterthwaite, en tono de duda-. Pero las pruebas...
-¡Ah! -contestó rápidamente Mr. Quin-. Temo no conocer íntegramente las pruebas expuestas.
La fe en sí mismo renació en Mr. Satterthwaite. Sintió que una fuerza extraña lo impulsaba a hablar. Tuvo la sensación de que iba a decir algo extraordinario..., profundo y dramático.
-Permítame que trate de hacerle ver las cosas. Yo conozco a los Barnaby, ¿comprende?
Estoy enterado hasta de las circunstancias más peculiares. Lo conduciré a usted entre bastidores, para que pueda observar la representación desde adentro.
Mr. Quin se inclinó hacia adelante con una sonrisa alentadora.
-Si hay alguien que pueda revelarme eso, nadie mejor que usted, Mr. Satterthwaite -dijo.
Mr. Satterthwaite se aferró a la mesa con ambas manos. Estaba como trastornado. En aquel momento era un artista; un artista cuyo recurso eran las palabras.
En forma suave y a grandes rasgos pintó la vida en Deering Hill. Sir George Barnaby, anciano y obeso, orgulloso de su fortuna, era un hombre que vivía pendiente de los detalles más insignificantes. Era metódico, disciplinado, incapaz de olvidarse de dar cuerda a sus relojes todos los viernes por la noche. Liquidaba personalmente sus cuentas los martes por la mañana y vigilaba noche a noche que la puerta de la calle estuviera debidamente cerrada. En otras palabras, era un hombre exageradamente cuidadoso.
De sir George pasó luego a lady Barnaby; su crítica fue menos dura, pero no por eso menos firme. La había visto relativamente poco, pero su impresión había sido definida y duradera.
Era una criatura llena de vitalidad; demasiado joven para su marido. Sin experiencia de la vida, pero con ansias de vivirla.
-ella odiaba a su marido. Había llegado a casarse con él sin saber lo que hacía, y ahora....
Estaba desesperada, según siguió explicando, desorientada. No contaba con ninguna clase de recursos propios y dependía exclusivamente de su anciano marido. Sin embargo, parecía no darse cuenta de lo que esto significaba para ella. Era hermosa, aunque su belleza era más una promesa que realidad. También era ambiciosa. A su ansia de vivir unía una gran ambición; un deseo vehemente de tener más de lo que tenía.
-Nunca llegué a conocer a Mr. Wylde -continuó Mr. Satterthwaite- más que por referencias. Se dedicaba de lleno a las tareas de su granja, situada a poco más de un kilómetro de Deering Hill. Y Vivian Barnaby se interesó vivamente por la agricultura o, por lo menos, hizo creer que se interesaba. Mi opinión es que no fue más que un pretexto. La realidad es que vio en él una válvula de escape. Y se aferró a él con la misma fuerza con que un niño se aferra a un juguete. Claro que esto sólo podía llevar a un fin... Sabemos lo que ocurrió, porque las cartas fueron leídas en el tribunal. Mr. Wylde había guardado las cartas de Vivian, pero ésta no había hecho lo mismo con las de él; sin embargo, del texto de las cartas leídas parece desprenderse que Wylde iba perdiendo interés por ella. El mismo lo admitió. Estaba de por medio la otra chica, que también vive en el pueblo de Deering Vale. Su padre es el médico del lugar. Usted lo habrá visto en el juzgado, ¿verdad? ¡Ah!, no; ahora recuerdo que usted no estuvo, según me dijo. Se la describiré. Es una chica rubia, muy rubia, de apariencia dulce, quizás un poquito tonta; muy reposada y leal. Sobre todo muy leal.
Miró a Mr. Quin como requiriendo su aprobación, y éste se la otorgó en forma de amable sonrisa. Mr. Satterthwaite continuó: 
-Usted oyó la lectura de la última carta...Perdón... Quiero decir que la habrá leído en los diarios, supongo. Me refiero a la que fue escrita el viernes 13 de septiembre por la mañana. Contenía una serie de desesperados reproches y amenazas, y terminaba rogándole a Martin Wylde que fuera a Deering Hill esa misma tarde a las seis. "Dejaré la puerta abierta para ti, para que nadie se entere de que estuviste aquí. Te esperaré en la sala de música." La carta fue llevada personalmente.
Mr. Satterthwaite hizo una breve pausa y luego prosiguió: 
-Cuando Martin Wylde fue arrestado, negó rotundamente haber estado en la casa esa noche. Declaró que había tomado su escopeta y había ido a los bosques a cazar. Pero en cuanto la policía presentó sus pruebas, esa declaración no le sirvió de nada. En efecto, sus huellas digitales fueron halladas en la puerta lateral y en uno de los dos vasos de whisky que había en la sala de música. Sólo entonces admitió que, efectivamente, había estado a visitar a lady Barnaby, y que la entrevista había sido sumamente violenta, aunque pudo lograr, finalmente, que ella se serenara.



Juró que había dejado la escopeta afuera, apoyada contra la pared exterior de la casa, y que cuando se separó de Vivian, uno o dos minutos después de las seis y cuarto, ella estaba viva y perfectamente bien. De allí se encaminó directamente a su casa. Sin embargo, de las declaraciones recogidas se desprende que no llegó a su residencia hasta las siete menos cuarto. Y esto es raro, por cuanto, como ya he mencionado, vive escasamente a una milla de distancia. No puede tomarle media hora cubrir ese trecho.
Dice que se olvidó por completo de la escopeta. No parece muy probable que haya sido así, y sin embargo...
-¿Y sin embargo? -inquirió Mr. Quin.
-Pues -contestó lentamente su interlocutor-, tampoco es imposible. El fiscal, naturalmente, ridiculizó esa suposición, pero creo que estaba equivocado. He conocido a muchos jóvenes y sé que escenas como ésas los alteran sobremanera, especialmente a aquellos de tipo nervioso, como Martin Wylde. Las mujeres pueden participar en una escena como ésa y sentirse más aliviadas después; les sirve de válvula de escape, les calma los nervios y quedan más tranquilas y descongestionadas. Pero, en cambio, creo poder imaginarme a Martin Wylde saliendo de esa casa con la cabeza hecha un torbellino, fastidiado y desdichado, sin acordarse siquiera de la escopeta que había dejado apoyada contra la pared exterior.
Se calló durante unos minutos y luego continuó: -No es que tenga mayor importancia, pues, desgraciadamente, la segunda parte es bien clara. Eran exactamente las seis y veinte cuando se oyó la detonación. Todos los sirvientes la oyeron; la cocinera, su ayudante, el mayordomo, la sirviente de comedor y la doncella de lady Barnaby. Todos corrieron hacia la sala de música. Allí la encontraron, tirada sobre uno de los dos sillones. El arma había sido disparada a quemarropa, con el fin de no errar el blanco.
Dos balas, por lo menos, le perforaron la cabeza.
Hizo una ligera pausa, que aprovechó Mr. Quin para preguntar: -Supongo que los sirvientes habrán prestado declaración de todo eso...
Mr. Satterthwaite asintió.
-Sí, el mayordomo llegó al lugar dos o tres segundos antes que los demás, pero las declaraciones de todos ellos coinciden punto por punto.
-¿Así que declararon todos? -insistió Mr. Quin pensativamente-. ¿No hubo excepciones?
-¡Hum...! Ahora recuerdo; la sirviente de comedor sólo fue citada para la indagación judicial. Creo que después se fue a Canadá.
-Entiendo... -contestó Mr. Quin.
Hubo un momento de silencio, y la atmósfera del pequeño restaurante pareció cargarse de incertidumbre. Mr. Satterthwaite se sintió de repente como actuando a la defensiva.
-¿Acaso hizo mal en irse? -preguntó precipitadamente.
-¿Y por qué se ha ido? -contestó Mr. Quin con un leve fruncimiento de cejas.
Estas palabras preocuparon un tanto a Mr. Satterthwaite. Quería abandonar ese tema; volver al terreno que dominaba.
-No puede haber dudas sobre quién disparó el tiro. Parece que los sirvientes perdieron la cabeza en aquellos momentos. No había nadie en la casa que supiera lo que había que hacer, y así transcurrieron varios minutos antes de que a alguno se le ocurriera llamar a la policía, y cuando quisieron hacerlo descubrieron que el teléfono estaba estropeado.
-¡Ah! -exclamó Mr. Quin-. El teléfono estaba estropeado...
-Sí -contestó Mr. Satterthwaite, y por un momento pensó que había dicho algo de suma importancia-. Pudo haber sido hecho adrede, pero no veo la necesidad. La muerte fue instantánea.
Mr. Quin no dijo nada y Mr. Satterthwaite comprendió que su explicación no era muy satisfactoria.
-el joven Wylde era el único de quien se podía sospechar -continuó luego-. Según su propio relato, salió de la casa sólo dos o tres minutos antes de que se oyera el disparo.
¿Y quién otro pudo haber sido? Sir George estaba jugando al bridge en casa de unos amigos, a escasa distancia de la suya. Salió de allí apenas pasadas las seis y media, y en la misma puerta se topó con una sirvienta que le llevaba la noticia. El último rubber de la partida terminó exactamente a las seis y media; sobre eso no hay ninguna duda.
Después tenemos al secretario de sir George, Henry Thompson. Estaba en Londres ese día, y a la hora en que ocurrió el asesinato asistía a una conferencia comercial. Por último, está Sylvia Dale que, al fin y al cabo, tenía un buen motivo, aunque resulta imposible suponer que pueda estar ligada en forma alguna con el crimen. Fue a la estación de Deering Vale a despedir a una amiga que partía en el tren de las 6.28. Eso la exime por completo. Respecto de los sirvientes, ¿qué motivo podrían haber tenido?
Además, todos ellos llegaron al lugar del hecho simultáneamente. No; tiene que haber sido Martin Wylde.



Pero su voz no era del todo convincente.
Continuaron con el almuerzo. Mr. Quin no estaba ese día con muchos deseos de conversar, y Mr. Satterthwaite había dicho cuanto tenía que decir. Pero el silencio no era total. Estaba impregnado del resentimiento de Mr. Satterthwaite, nervioso y fastidiado por la indiferente actitud de su interlocutor.
De repente, Mr. Satterthwaite bajó bruscamente sus cubiertos y exclamó: -Supongamos que ese joven sea inocente... ¡Lo van a colgar!
Dijo esto con voz exaltada y con grandes muestras de inquietud. No obstante, Mr. Quin no articuló palabra.
-No es como si... -continuó Mr. Satterthwaite, pero se interrumpió-. ¿Por qué no había de ir a Canadá esa mujer? -preguntó.
Mr. Quin agitó la cabeza.
-Ni siquiera sé a qué punto de Canadá fue -agregó Mr. Satterthwaite.
-¿Podría averiguarlo? -sugirió el otro.
-Me imagino que sí. El sirviente podría saberlo. O quizá Thompson, el secretario volvió a hacer una pausa. Cuando reanudó la conversación, su voz parecía suplicante.
-No es que haya en todo esto algo que me importe...
-¿Acaso el hecho de que van a colgar a un hombre dentro de tres semanas?
-Bueno, sí, por supuesto. Ya veo lo que insinúa. Es la vida o la muerte. Y, además, está esa pobre chica. No es que yo sea duro de corazón... Pero, ¿qué puedo hacer? ¿No es un poco fantástico todo esto? Aun suponiendo que yo pudiera localizar a esa mujer en Canadá, ¿de qué serviría? Como no fuese yo mismo hasta allá...
Mr. Satterthwaite parecía seriamente disgustado.
-Yo pensaba ir a la Riviera la semana entrante -dijo lastimosamente.
Y la mirada que fijó en Mr. Quin decía con claridad meridiana: "Déjeme en paz, ¿quiere?" -¿Ha estado usted alguna vez en Canadá? -preguntó Mr. Quin.
-Nunca.
-Es un país muy interesante.
Mr. Satterthwaite lo miró con cierto aire de duda.
-¿Cree usted que yo debería ir?
Mr. Quin se echó hacia atrás y prendió un cigarrillo. Luego continuó, entre bocanadas de humo: -Usted, según entiendo, es hombre de fortuna. No millonario, precisamente, pero sí un hombre que puede darse un gusto sin reparar en los gastos. Usted se ha dedicado a observar y analizar los dramas de otras gentes. ¿Nunca se le ha ocurrido la idea de encarnar un papel en una de esas escenas? ¿Nunca se ha visto, por espacio de un minuto, como el árbitro de los destinos de los demás, en medio del escenario, teniendo en sus manos la vida y la muerte?
Mr. Satterthwaite se inclinó hacia adelante y dijo con su vehemencia proverbial:
-¿Quiere usted decir que yo podría ir a Canadá tras esa mujer...?
Mr. Quin sonrió.
-¡Ah! Fue usted el que sugirió la idea de ir al Canadá, no yo -dijo en tono ligero.
-Usted es lo suficientemente hábil como para manejar a los demás a su antojo -dijo Mr. Satterthwaite-. Cada vez que me he encontrado con usted...
Pero al llegar aquí se interrumpió.
-¿Qué?
-Hay algo en usted que no comprendo. Quizá nunca llegue a comprenderlo. La última vez que estuvimos juntos...
-La víspera de San Juan.
Mr. Satterthwaite se estremeció como si esas palabras encerraran un misterio que no alcanzaba a comprender.
-¿Fue por San Juan? -preguntó turbadamente.
-Así es. Pero no hagamos hincapié en ese detalle. No tiene mayor importancia, ¿verdad? 
-Si usted lo juzga así -contestó cortésmente Mr. Satterthwaite. Se dio cuenta de que aquella misteriosa clave se le escurría entre los dedos-. Cuando regrese de Canadá me será muy grato volver a verlo -terminó diciendo en tono confundido.
-Temo que por el momento no pueda darle a usted una dirección fija -contestó Mr. Quin, disculpándose-. Pero, de todos modos, vengo aquí muy a menudo. Si usted también viene, no será difícil que nos encontremos.
Se separaron cordialmente.
Mr. Satterthwaite estaba muy agitado. Se dirigió a la agencia Cook y pidió informes sobre la salida de vapores. Luego llamó a Deering Hill. La voz de un criado, suave y deferente, atendió el aparato.
-Mi nombre es Satterthwaite. le habló de parte de... de una firma de abogados. Tendría interés en obtener algunos informes acerca de una joven que trabajó últimamente de sirvienta en esa casa.
-¿Se refiere usted a Louise, señor? ¿Louise Bullard?
-Esa misma -contestó Mr. Satterthwaite, encantado de haberse enterado del nombres sin preguntar.
-Lamento comunicarle que ya no está en el país; se fue a Canadá hace seis meses.
-¿Puede usted facilitarme su dirección actual?
El criado no la sabía con exactitud. Sólo estaba enterado de que era un lugar en las montañas, un nombre escocés... ¡Ah! Banff; eso era. Las otras criadas de la casa habían esperado recibir noticias de Louise, pero hasta la fecha no había escrito ni enviado su dirección.
Mr. Satterthwaite agradeció la información y cortó. Se sintió poseído del ansia de aventuras. Su espíritu intrépido lo impulsaba a hacer algo importante. Iría a Banff, y si Louise Bullard estaba allí, la buscaría hasta encontrarla.
Contrariamente a lo que suponía, gozó bastante durante la travesía. Hacía mucho tiempo que no realizaba un viaje tan largo por mar. La Riviera, Le Touquet, Deauville y Escocia constituían su acostumbrada gira. La sensación de que estaba embarcado en una misión tan delicada aumentaba su regocijo.
¿Qué pensarían de él sus compañeros de a bordo si conocieran el motivo de su travesía?
Pero, claro..., ellos no conocían a Mr. Quin.


En Banff le fue fácil dar con su objetivo. Louise Bullard estaba empleada en el mejor hotel de la localidad. Doce horas después de su arribo, consiguió entrevistarse con ella.
Era una mujer de unos treinta y cinco años, de apariencia anémica, aunque de sólida contextura. Tenía cabello castaño claro levemente ondulado y un par de ojos pardos de mirada honesta. La primera impresión de Satterthwaite fue que estaba tratando con una persona algo tonta, pero digna de la más absoluta confianza.
Ella aceptó sin rodeos su afirmación de que le habían encargado que consiguiera mayores informes con respecto a la tragedia de Deering Hill.
-Vi en los diarios que Mr. Martin Wylde había sido condenado. Realmente, es muy triste. No obstante, demostró no tener ninguna duda acerca de la culpabilidad del acusado.
-Un verdadero caballero que fue por mal camino. Aunque no me gusta hablar mal de los muertos, debo decir que fue la señora la que lo condujo a eso. No podía dejarlo en paz; no podía. Pero, en fin, ya han recibido ambos su castigo. Me acuerdo de un proverbio que cuando chica tenía colgado sobre mi cama, que decía: "A Dios no se lo puede burlar". Y eso, es una gran verdad. Yo tenía el presentimiento de que algo iba a ocurrir esa noche, y no me equivoqué.
-¿Cómo es eso? -preguntó Mr. Satterthwaite.
-Yo estaba en mi cuarto, cambiándome de ropa, señor, y se me ocurrió mirar por la ventana. Pasaba un tren en ese momento, y el humo rosado que despedía adquiría en el aire, créame señor, la forma de una mano gigantesca. Una enorme mano blanca en contraste con el carmesí del cielo. Los dedos estaban crispados como si quisieran apoderarse de algo. Le aseguro que tuve un sobresalto. Me dije a mí misma: ¿Sabes?, eso es el augurio de que algo va a ocurrir, y en ese mismo instante se oyó el tiro. Ya ocurrió, me dije, y corrí escaleras abajo a reunirme con Cata y los demás que ya estaban en el hall, y apresuradamente nos dirigimos al salón de música. Allí estaba la señora, con la cabeza atravesada por un balazo. Y la sangre.... ¡Era espantoso! ¡Horrible! Yo reaccioné enseguida y fui a enterar a sir George de lo que había pasado; le hablé también de la mano blanca en el cielo, pero no le dio mucha importancia a esta parte de mi relato. Un día funesto, ya lo había presentido con todo mi ser desde la mañana temprano. ¡Viernes 13! ¿Qué otra cosa cabía esperar?
Siguió hablando. Mr. Satterthwaite la escuchaba pacientemente. Una y otra vez la hacía volver a la escena del crimen con preguntas precisas. Al final, no obstante, debió aceptar su derrota. Louise Bullard había relatado todo cuanto sabía, y su historia era tan simple como sincera.
Sin embargo, Satterthwaite alcanzó a descubrir un hecho de importancia. El puesto que Louise tenía ahora le había sido sugerido por Mr. Thompson, el secretario de sir George. El sueldo que le asignaban era tan ventajoso que la tentó, y aceptó el puesto pese a que le significaba abandonar Inglaterra precipitadamente. Un tal Mr. Denman se encargó de hacer todos los arreglos de su viaje y le había aconsejado que no escribiera a sus compañeros de Deering Hill, ya que esto podía acarrearle serias dificultades con las autoridades de inmigración, argumento que ella había aceptado con absoluta fe.
El monto de su salario, mencionado por ella accidentalmente, había asombrado sobremanera a Mr. Satterthwaite. Tras un momento de vacilación, optó por entrevistar a
Mr. Denman.
Afortunadamente, encontró poca resistencia en conseguir que esta persona le refiriera todo lo que sabía. Conoció a Thompson en un viaje que había hecho a Londres y le quedó obligado por un gran servicio. Después el secretario de sir George le había escrito una carta, en septiembre, diciéndole que, por razones especiales, sir George tenía interés en sacar a aquella muchacha de Inglaterra y, en consecuencia, le preguntaba si habría alguna forma de conseguirle un puesto. Al mismo tiempo, le fue enviada una suma de dinero destinada a elevar el sueldo a una cantidad muy importante.
-Un caso de apuro muy usual -exclamó Mr. Denman, recostándose en su sillón-. Parece una chica muy callada.
Mr. Satterthwaite no estaba de acuerdo en que aquél fuera un caso de apuro usual.  Louise Bullard, estaba seguro de ello, no había sido un capricho pasajero de sir George Barnaby. Por alguna otra razón, y muy poderosa, por cierto, había sido necesario que ella saliera de Inglaterra. Pero, ¿por qué? ¿Qué había en el fondo de todo eso? ¿Habría sido todo instigado por el propio sir George, valiéndose de su secretario? ¿O sería este último, por propia iniciativa, que invocaba el nombre de su patrón?


Con todas estas ideas en la cabeza, Satterthwaite emprendió el regreso. se sentía desanimado y casi desesperado. El viaje no le había reportado ningún beneficio.
Con la sensación de fracaso, al día siguiente de su llegada se dirigió al restaurante Arlecchino. No esperaba tener suerte en su primera tentativa, pero con íntima satisfacción pudo distinguir la figura familiar de Mr. Harley Quin, sentado a la misma mesa, en la penumbra, en cuya cara morena asomaba una expresiva sonrisa de bienvenida.
-Pues bien... -dijo Mr. Satterthwaite, mientras tomaba una tostada con mantequilla-.
¡Linda cacería la que me encomendó usted!
Mr. Quin levantó las cejas.
-¿Qué yo le encomendé? -objetó-. Fue idea suya enteramente.
-Bueno, sea de quien haya sido la idea, no prosperó. Louise Bullard no tiene nada que decir de importancia.
A continuación, Mr. Satterthwaite relató los detalles de su conversación con la sirvientay luego refirió su entrevista con Mr. Denman. Mr. Quin escuchó en silencio.
-En cierto modo, mi viaje se justificó -continuó Mr. Satterthwaite-. A ella la quitaron de en medio deliberadamente. Pero no alcanzo a comprender por qué.
-¿No? -dijo Mr. Quin, y su voz, como de costumbre, resultó desa-fiante. Mr. Satterthwaite se sonrojó.
-Me imagino que usted pensará que debí haberla sondeado más hábilmente. Puedo asegurarle que le hice repetir la historia punto por punto. No es culpa mía el no haber conseguido lo que quería.
-¿Está usted seguro -preguntó Mr. Quin- de que no consiguió lo que quería?
Mr. Satterthwaite lo miró en el colmo del asombro y se topó con aquella mirada lánguida y burlona que tan bien conocía. No fue capaz de interpretarla, y movió la cabeza lentamente.
Hubo un prolongado silencio y luego habló Mr. Quin, cambiando radicalmente el tono de su voz.
-El otro día me pintó usted un magnífico cuadro de los protagonistas de este asunto. En pocas palabras, consiguió usted que se destacaran claramente como si fueran grabados por un buril. Me gustaría que hiciera otro tanto con el lugar del hecho. Se olvidó de mencionar eso.
Mr. Satterthwaite se sintió altamente lisonjeado con estas palabras.
-¿El lugar? ¿Deering Hill? Pues bien; hoy en día es una casa de aspecto vulgar. De ladrillos colorados y ventanas color rojizo. Exteriormente es bastante desagradable, aunque por dentro es sumamente cómoda. No es una casa muy grande, y tiene un terreno de regulares dimensiones. Todas las casas de los alrededores son muy parecidas entre sí. Fueron construidas para personas pudientes. El interior de la casa se parece al de un hotel, con las habitaciones a lo largo de los corredores. En cada una de ellas, un baño con agua caliente y fría y una buena cantidad de enchufes eléctricos. Todas son espléndidamente cómodas, aunque no son nada rurales. Deering Vale está situada a unos treinta kilómetros de Londres.
Mr. Quin escuchaba atentamente.
-El servicio de trenes es pésimo, según he oído -observó.
-Yo no diría eso -objetó Mr. Satterthwaite-. Estuve vivienda, allí durante una corta temporada, el verano pasado, y el horario me pareció muy cómodo para llegar al centro. Por supuesto, los trenes circulan cada hora. Salen de Waterloo doce minutos antes de las horas, y el último es el de las 22.48.
-¿Y cuánto tardan en llegar hasta Deering Vale?
-alrededor de 40 minutos. Los trenes llegan siempre dos minutos antes de cada media.
-Claro, debía haberme acordado -dijo Mr. Quin con un gesto de fastidio-. La señorita Dale fue a despedir a alguien que partía en el tren de las 6.28, ¿no es así?
Mr. Satterthwaite demoró uno o dos minutos en contestar. Su mente estaba ocupada en solucionar un problema no resuelto aún. Finalmente exclamó: -querría que me dijera qué quiso significar hace un momento cuando me preguntó si yo estaba seguro de no haber obtenido lo que quería.
Dicho de esa manera resultaba un tanto confusa la pregunta, pero Mr. Quin no aparentó no haber comprendido.
-Nada; sólo que pensaba si no habría sido usted un poco demasiado estricto. Al fin y al cabo, usted averiguó que Louise Bullard había sido alejada deliberadamente del país. Siendo así, debe haber una razón, y la razón debe encontrarse entre lo que ella le refirió a usted.
-Pues bien -dijo Mr. Satterthwaite razonando-, ¿qué me dijo? Si hubiera tenido que prestar declaración ante el jurado, ¿qué hubiera dicho?
-Hubiera podido decir lo que había visto -dijo Mr. Quin.
-¿Y qué vio?
-Una señal en el cielo.
Mr. Satterthwaite levantó la mirada y la fijó en Mr. Quin.
-¿Acaso está usted pensando en esa necedad? ¿En esa interpretación supersticiosa de la mano de Dios?
-Quizá -replicó Mr. Quin-. Por lo que usted y yo sabemos, esa mano pudo haber sido la de Dios.
Mr. Satterthwaite no podía ocultar su asombro ante la gravedad de Mr. Quin.
-¡Qué desatino! Ella misma declaró que era producida por el humo del tren.
-¿Era un tren que iba o que venía? -murmuró Mr. Quin.
-Difícilmente pudo ser un tren que venía. Estos pasan por Deering Vale a las horas y diez minutos. Debe de haber sido un tren que iba; el de las 6.28. No, no puede ser. Louise dice que el grito se oyó inmediatamente después, y nosotros sabemos que fue disparado a las 6.20. No es posible que el tren pasara con 10 minutos de adelanto.
-No lo creo, en esa línea -asintió Mr. Quin.
-quizá fuera un tren de carga -murmuró Mr. Satterthwaite, con la mirada perdida en el vacío-. Pero, si hubiera sido así...
-... no hubiera sido necesario sacar a Louise de Inglaterra. Estoy de acuerdo -terminó diciendo Mr. Quin.
Mr. Satterthwaite lo contempló estupefacto.
-El tren de las 6.28... -murmuró lentamente-. Pero si es así, si el tiro fue disparado a esa hora, ¿por qué dijeron todos que era más temprano?
-Es obvio que los relojes estaban mal -contestó Mr. Quin.
-¿Todos? -preguntó Mr. Satterthwaite en tono de duda-. Sería una coincidencia muy grande.
-Casualmente, no estaba pensando en que fuera una coincidencia -dijo-, sino en que era viernes.
-¿Viernes? -exclamó Mr. Satterthwaite.
-Según me dijo usted, sir George en persona arreglaba y daba cuerda a todos los relojes el viernes por la tarde -dijo Mr. Quin.
-Los atrasó a todos 10 minutos -murmuró Mr. Satterthwaite, maravillado de los descubrimientos que iban haciendo-. Luego salió a jugar al bridge. Estoy por creer que esa mañana interceptó la carta que su mujer escribió a Martin Wylde... Sí, por cierto que la leyó. Abandonó su partida de bridge a las 6.30, encontró la escopeta de Martin apoyada contra la puerta, entró y mató a su mujer. Después volvió a salir, tiró la escopeta entre los matorrales, donde fue hallada más tarde y aparentó salir del portón de la quinta del vecino en el mismo momento en que alguien llegó corriendo a buscarlo.
Pero, el teléfono, ¿qué pasó con el teléfono? ¡Ah, claro, ya veo! Lo desconectó para que no pudieran dar aviso a la policía, pues de hacerlo, hubieran tomado nota en la comisaría de la hora en que se había recibido la llamada. Ahora resulta verídica la declaración de Martin Wylde. Todo concuerda. El salió realmente a las 6.25.
Caminando lentamente, llegaría a su casa a las 6.45. Sí, ahora lo veo todo muy claramente. Louise constituía el único peligro por su continua charla de raras supersticiones. Alguien podría haber sacado alguna conclusión de su extraña narración del paso del tren, y entonces... la coartada quedaba destruida.
-¡Estupendo! -exclamó Mr. Quin.
Mr. Satterthwaite lo miró encendido de entusiasmo por su triunfo.
-La cuestión es... ¿cómo proceder ahora?
-Yo sugeriría el nombre de Sylvia Dale -dijo Mr. Quin. Mr. Satterthwaite vaciló.
-Como ya le dije -observó-, me dio la impresión de ser un poco... tonta...
-Pero tiene padre y hermanos que podrían tomar las medidas necesarias.
-Es cierto -contestó Mr. Satterthwaite, tranquilizándose.
Un momento después estaba con la muchacha. refiriéndole la historia. Ella escuchó atentamente; y no hizo preguntas, pero cuando Mr. Satterthwaite hubo terminado se levantó y dijo: -Necesito un taxi ahora mismo.
-Mi querida niña, ¿qué piensa hacer?
-Voy a ver a sir George Barnaby.
-No haga eso. Es el peor procedimiento. Permítame...
Se mostró sumamente agitado, pero no produjo ninguna impresión. Sylvia Dale tenía su plan concebido y estaba dispuesta a cumplirlo. Accedió a que él la acompañara durante el trayecto, pero hizo caso omiso de todas sus indicaciones. El la esperó dentro del taxi mientras ella se dirigía a la oficina de sir George.
Media hora después salía. Daba la sensación de estar extenuada, su rara belleza aplastada como una flor marchita. Mr. Satterthwaite la miró anhelosamente.
-Triunfé -murmuró ella entrecerrando los ojos y echándose hacia atrás en el asiento.
-¿Qué? -preguntó excitado Mr. Satterthwaite-. ¿Qué hizo? ¿Qué dijo?
Ella se irguió un tanto.
-Le dije que Louise Bullard había ido a la policía a contar toda la historia. Le dije que la policía había estado averiguando y se había enterado de que él había sido visto entrando en su propia finca y saliendo pocos minutos después de las 6.30. Le dije que el plan había sido descubierto. El hombre, al oír esto, se derrumbó. Le dije, también, que aún estaba a tiempo de desaparecer, ya que la policía no vendría a arrestarlo hasta dentro de una hora. Lo convencí de que si él firmaba una confesión de que había asesinado a Vivian, yo no diría ni haría nada; pero que si no lo hacía, yo me encargaría de que la casa entera se enterara de toda la verdad. Estaba tan amedrentado que no sabía lo que hacía. Firmó el papel sin saber a conciencia lo que estaba haciendo.
Ella lo puso en manos de Mr. Satterthwaite.
-Tome... tome... Ya sabrá usted qué debe hacer para que pongan en libertad a Martin Wylde.
-¡Realmente lo ha firmado! -exclamó Mr. Satterthwaite, en el colmo de la sorpresa.
-Es un poco tonto -dijo Sylvia Dale-. También lo soy yo -agregó tras una pausa-. Por eso conozco la forma de actuar de los tontos. Nos trastornamos, llevamos a cabo los actos más disparatados y luego nos arrepentimos.
Todo su cuerpo tembló convulsivamente y Mr. Satterthwaite le palmeó una mano.
-Usted necesita tomar algo para reponerse de esto -dijo él-. Venga conmigo, estamos cerca de uno de mis lugares favoritos, el Arlecchino. ¿Ha estado ahí alguna vez?
Ella movió la cabeza negativamente.
Mr. Satterthwaite pagó el taxi y penetró en el restaurante en compañía de la joven. Se encaminó con el corazón palpitante hacia la mesa apartada, pero la mesa estaba vacía. Sylvia Dale notó la desilusión que inundó el rostro de su acompañante.
-¿Qué pasa? -preguntó intrigada.
-Nada -contestó él-. Es decir, tenía la esperanza de encontrar a un amigo. Pero no importa. Espero que algún día lo volveré a ver...

FIN

jueves, 7 de octubre de 2010

CUMPLIDOS VAN Y VIENEN, A PROPÓSITO.../ EL NOBEL 2010, MARIO VARGAS LLOSA



EL DESAFÍO por Mario Vargas Llosa




Estábamos bebiendo cerveza, como todos los sábados, cuando en la puerta del "Río Bar" apareció Leonidas; de inmediato notamos en su cara que ocurría algo.

- ¿Qué pasa? - preguntó León.

Leonidas arrastró una silla y se sentó junto a nosotros.

- Me muero de sed.

Le serví un vaso hasta el borde y la espuma rebalsó sobre la mesa. Leonidas sopló lentamente y se quedó mirando, pensativo, cómo estallaban las burbujas. Luego bebió de un trago hasta la última gota.

- Justo va a pelear esta noche - dijo, con una voz rara. 

Quedamos callados un momento. León bebió, Briceño encendió un cigarrillo. 

- Me encargó que les avisara - agregó Leonidas. - Quiere que vayan. 

Finalmente, Briceño preguntó: 

- ¿Cómo fue? 

- Se encontraron esta tarde en Catacaos. - Leonidas limpió su frente con la mano y fustigó el aire: unas gotas de sudor resbalaron de sus dedos al suelo. - Ya se imaginan lo demás... 

- Bueno - dijo León. Si tenían que pelear, mejor que sea así, con todas las de ley. No hay que alterarse tampoco. Justo sabe lo que hace. 

- Si - repitió Leonidas, con un aire ido.- Tal vez es mejor que sea así. 

Las botellas habían quedado vacías. Corría brisa y, unos momentos antes, habíamos dejado de escuchar a la banda del cuartel Grau que tocaba en la plaza. El puente estaba cubierto por la gente que regresaba de la retreta y las parejas que habían buscado la penumbra del malecón comenzaban, también, a abandonar sus escondites. Por la puerta del "Río Bar" pasaba mucha gente. Algunos entraban. Pronto, la terraza estuvo llena de hombres y mujeres que hablaban en voz alta y reían. 

- Son casi las nueve - dijo León.- Mejor nos vamos. 

Salimos. 

- Bueno, muchachos - dijo Leonidas. - Gracias por la cerveza. 

- ¿Va a ser en "La Balsa", ¿no? - preguntó Briceño. 

- Sí. A las once. Justo los esperará a las diez y media, aquí mismo. 

El viejo hizo un gesto de despedida y se alejó por la avenida Castilla. Vivía en las afueras, al comienzo del arenal, en un rancho solitario, que parecía custodiar la ciudad. Caminamos hacia la plaza. Estaba casi desierta. Junto al Hotel de Turistas, unos jóvenes discutían a gritos. Al pasar por su lado, descubrimos en medio de ellos a una muchacha que escuchaba sonriendo. Era bonita y parecía divertirse. 

- El Cojo lo va a matar - dijo, de pronto, Briceño. 

- Cállate - dijo León. 

- Nos separamos en la esquina de la iglesia. Caminé rápidamente hasta mi casa. No había nadie. Me puse un overol y dos chompas y oculté la navaja en el bolsillo trasero del pantalón, envuelta en el pañuelo. Cuando salía, encontré a mi mujer que llegaba. 

- ¿Otra vez a la calle? - dijo ella. 

- Sí. Tengo que arreglar un asunto. 

El chico estaba dormido, en sus brazos, y tuve la impresión que se había muerto. 

- Tienes que levantarte temprano - insistió ella - ¿Te has olvidado que trabajas los domingos? 

- No te preocupes - dije. - Regreso en unos minutos 

Caminé de vuelta hacia el "Río Bar" y me senté al mostrador. Pedí una cerveza y un sándwich, que no terminé: había perdido el apetito. Alguien me tocó el hombro. Era Moisés, el dueño del local. 

- ¿Es cierto lo de la pelea? 

- Sí. Va ser en la "Balsa". Mejor te callas. 

- No necesito que me adviertas - dijo. - Lo supe hace rato. Lo siento por Justo pero, en realidad, se lo ha estado buscando hace tiempo. Y el Cojo no tiene mucha paciencia, ya sabemos. 

- El Cojo es un asco de hombre. 

- Era tu amigo antes... - comenzó a decir Moisés, pero se contuvo. 

Alguien llamó desde la terraza y se alejó, pero a los pocos minutos estaba de nuevo a mi lado. 

- ¿Quieres que yo vaya? - me preguntó. 

- No. Con nosotros basta, gracias. 

- Bueno. Avísame si puedo ayudar en algo. Justo es también mi amigo. - Tomó un trago de mi cerveza, sin pedirme permiso. - Anoche estuvo aquí el Cojo con su grupo. No hacía sino hablar de Justo y juraba que lo iba a hacer añicos. Estuve rezando porque no se les ocurriera a ustedes darse una vuelta por acá. 

- Hubiera querido verlo al Cojo - dije. - Cuando está furioso su cara es muy chistosa. 

Moisés se río. 

- Anoche parecía el diablo. Y es tan feo, este tipo. Uno no puede mirarlo mucho sin sentir náuseas.

Acabé la cerveza y salí a caminar por el malecón, pero regresé pronto. Desde la puerta del "Río Bar" vi a Justo, solo, sentado en la terraza. Tenía unas zapatillas de jebe y una chompa descolorida que le subía por el cuello hasta las orejas. Visto de perfil, contra la oscuridad de afuera, parecía un niño, una mujer: de ese lado, sus facciones eran delicadas, dulces. Al escuchar mis pasos se volvió, descubriendo a mis ojos la mancha morada que hería la otra mitad de su rostro, desde la comisura de los labios hasta la frente. (Algunos decían que había sido un golpe, recibido de chico, en una pelea, pero Leonidas aseguraba que había nacido en el día de la inundación, y que esa mancha era el susto de la madre al ver avanzar el agua hasta la misma puerta de su casa). 

- Acabo de llegar - dijo. - ¿Qué es de los otros? 

- Ya vienen. Deben estar en camino. 

Justo me miró de frente. Pareció que iba a sonreír, pero se puso muy serio y volvió la cabeza. 

- ¿Cómo fue lo de esta tarde? 

Encogió los hombros e hizo un ademán vago. 

- Nos encontramos en el "Carro Hundido". Yo que entraba a tomar un trago y me topo cara a cara con el Cojo y su gente. ¿Te das cuenta? Si no pasa el cura, ahí mismo me degüellan. Se me echaron encima como perros. Como perros rabiosos. Nos separó el cura. 

- ¿Eres muy hombre? - gritó el Cojo. 

- Más que tú - gritó Justo. 

- Quietos, bestias - decía el cura. 

- ¿En "La Balsa" esta noche entonces? - gritó el Cojo. 

- Bueno - dijo Justo. - Eso fue todo. 

La gente que estaba en el "Río Bar" había disminuido. Quedaban algunas personas en el mostrador, pero en la terraza sólo estábamos nosotros. 

- He traído esto - dije, alcanzándole el pañuelo. 

Justo abrió la navaja y la midió. La hoja tenía exactamente la dimensión de su mano, de la muñeca a las uñas. Luego sacó otra navaja de su bolsillo y comparó. 

- Son iguales - dijo. - Me quedaré con la mía, nomás. 

Pidió una cerveza y la bebimos sin hablar, fumando. 

No tengo hora - dijo Justo - Pero deben ser más de las diez. Vamos a alcanzarlos. 

A la altura del puente nos encontramos con Briceño y León. Saludaron a Justo, le estrecharon la mano. 

- Hermanito - dijo León - Usted lo va a hacer trizas. 

- De eso ni hablar - dijo Briceño. - El Cojo no tiene nada que hacer contigo. 

Los dos tenían la misma ropa que antes, y parecían haberse puesto de acuerdo para mostrar delante de Justo seguridad e, incluso cierta alegría. 

- Bajemos por aquí - dijo León - Es más corto. 

- No - dijo Justo. - Demos la vuelta. No tengo ganas de quebrarme una pierna, ahora. 

Era extraño ese temor, porque siempre habíamos bajado al cause del río, descolgándonos por el tejido de hierros que sostiene el puente. Avanzamos una cuadra por la avenida, luego doblamos a la derecha y caminamos un buen rato en silencio. Al descender por el minúsculo camino hacia el lecho del río, Briceño tropezó y lanzó una maldición. La arena estaba tibia y nuestros pies se Hundían, como si andáramos sobre un mar de algodones. León miró detenidamente el cielo. 

- Hay muchas nubes - dijo; - la luna no va a servir de mucho esta noche. 

- Haremos fogatas - dijo Justo. 

- ¿Estas loco? - dije. - ¿Quieres que venga la policía? 

- Se puede arreglar - dijo Briceño sin convicción.- 

Se podría postergar el asunto hasta mañana. No van a pelear a oscuras. 

Nadie contestó y Briceño no volvió a insistir. 

- Ahí está "La Balsa" - dijo León. 

En un tiempo, nadie sabía cuándo, había caído sobre el lecho del río un tronco de algarrobo tan enorme que cubría las tres cuartas partes del ancho del cause. 

Era muy pesado y, cuando bajaba, el agua no conseguía levantarlo, sino arrastrarlo solamente unos metros, de modo que cada año, "La Balsa" se alejaba más de la ciudad. Nadie sabía tampoco quién le puso el nombre de "La Balsa", pero así lo designaban todos. 

- Ellos ya están ahí - dijo León. 

Nos detuvimos a unos cinco metros de "La Balsa. En el débil resplandor nocturno no distinguíamos las caras de quienes nos esperaban, sólo sus siluetas. Eran cinco. Las conté, tratando inútilmente de descubrir al Cojo. 

- Anda tú - dijo Justo. 

Avancé despacio hacia el tronco, procurando que mi rostro conservara una expresión serena. 

- ¡Quieto! - gritó alguien. - ¿Quién es? 

- Julián - grité - Julián Huertas. ¿Están ciegos? 

A mi encuentro salió un pequeño bulto. Era el Chalupas. 

- Ya nos íbamos - dijo. - Pensábamos que Justito había ido a la comisaría a pedir que lo cuidaran. 

- Quiero entenderme con un hombre - grité, sin responderle - No con este muñeco. 

- ¿Eres muy valiente? - preguntó el Chalupas, con voz descompuesta. 

- ¡Silencio! - dijo el Cojo. Se habían aproximado todos ellos y el Cojo se adelantó hacia mí. Era alto, mucho más que todos los presentes. En la penumbra, yo no podía ver; sólo imaginar su rostro acorazado por los granos, el color aceituna profundo de su piel lampiña, los agujeros diminutos de sus ojos, hundidos y breves como dos puntos dentro de esa masa de carne, interrumpida por los bultos oblongos de sus pómulos, y sus labios gruesos como dedos, colgando de su barbilla triangular de iguana. El Cojo rengueaba del pie izquierdo; decían que en esa pierna tenía una cicatriz en forma de cruz, recuerdo de un chancho que lo mordió cuando dormía pero nadie se la había visto. 

- ¿Por qué has traído a Leonidas? - dijo el Cojo, con voz ronca. 

- ¿A Leonidas? ¿Quién ha traído al Leonidas? 


El cojo señaló con su dedo a un costado. El viejo había estado unos metros más allá, sobre la arena, y al oír que lo nombraban se acercó. 

- ¡Qué pasa conmigo! - dijo. Mirando al Cojo fijamente. - No necesito que me traigan, He venido solo, con mis pies, porque me dio la gana. Si estas buscando pretextos para no pelear, dijo. 

El Cojo vaciló antes de responder. Pensé que iba a insultarlo y, rápido, llevé mi mano al bolsillo trasero. 

- No se meta, viejo - dijo el cojo amablemente. - No voy a pelearme con usted. 

- No creas que estoy tan viejo - dijo Leonidas. - He revolcado a muchos que eran mejores que tú. 

- Está bien, viejo - dijo el Cojo. - Le creo. - Se dirigió a mí: - ¿Están listos? 

- Sí. Di a tus amigos que no se metan. Si lo hacen, peor para ellos. 

El Cojo se rió. 

- Tú bien sabes, Julián, que no necesito refuerzos. Sobre todo hoy. No te preocupes. 

Uno de los que estaban detrás del Cojo, se rió también. El Cojo me extendió algo. Estiré la mano: la hoja de la navaja estaba al aire y yo la había tomado del filo; sentí un pequeño rasguño en la palma y un estremecimiento, el metal parecía un trozo se hielo. 

- ¿Tienes fósforos, viejo? 

Leonidas prendió un fósforo y lo sostuvo entre sus dedos hasta que la candela le lamió las uñas. A la frágil luz de la llama examiné minuciosamente la navaja, la medí a lo ancho y a lo largo, comprobé su filo y su peso. 

- Está bien - dije. 

- Chunga caminó entre Leonidas y yo. Cuando llegamos entre los otros. Briceño estaba fumando y a cada chupada que daba resplandecerían instantáneamente los rostros de Justo, impasible, con los labios apretados; de León, que masticaba algo, tal vez una brizna de hierba, y del propio Briceño, que sudaba. 

- ¿Quién le dijo a usted que viniera? - preguntó Justo, severamente. 

- Nadie me dijo. - afirmó Leonidas, en voz alta. - Vine porque quise. ¿Va usted a tomarme cuentas? 

Justo no contestó. Le hice una señal y le mostré a Chunga, que había quedado un poco retrasado. Justo sacó su navaja y la arrojó. El arma cayó en algún lugar del cuerpo de Chunga y éste se encogió. 

- Perdón - dije, palpando la arena en busca de la navaja. - Se me escapó. Aquí está. 

Las gracias se te van a quitar pronto - dijo Chunga.



Luego, como había hecho yo, al resplandor de un fósforo pasó sus dedos sobre la hoja, nos la devolvió sin decir nada, y regresó caminando a trancos largos hacia "La Balsa". Estuvimos unos minutos en silencio, aspirando el perfume de los algodonales cercanos, que una brisa cálida arrastraba en dirección al puente. Detrás de nosotros, a los dos costados del cause, se veían las luces vacilantes de la ciudad. El silencio era casi absoluto; a veces, lo quebraban bruscamente ladridos o rebuznos. 

- ¡Listos! - exclamó una voz, del otro lado. 

- ¡Listos! - grité yo. 

En el bloque de hombres que estaba junto a "La Balsa" hubo movimientos y murmullos; luego, una sombra rengueante se deslizó hasta el centro del terreno que limitábamos los dos grupos. Allí, vi al Cojo tantear el suelo con los pies; comprobaba si había piedras, huecos. Busqué a Justo con la vista; León y Briceño habían pasado sus brazos sobre sus hombros. Justo se desprendió rápidamente. Cuando estuvo a mi lado, sonrió. Le extendí la mano. Comenzó a alejarse, pero Leonidas dio un salto y lo tomó de los hombros. El Viejo se sacó una manta que llevaba sobre la espalda. Estaba a mi lado. 

- No te le acerques ni un momento. - El viejo hablaba despacio, con voz levemente temblorosa. - Siempre de lejos. Báilalo hasta que se agote. Sobre todo cuidado con el estómago y la cara. Ten el brazo siempre estirado. Agáchate, pisa firme... Ya, vaya, pórtese como un hombre... 

Justo escuchó a Leonidas con la cabeza baja. Creí que iba a abrazarlo, pero se limitó a hacer un gesto brusco. Arrancó la manta de las manos del viejo de un tirón y se la envolvió en el brazo. Después se alejó; caminaba sobre la arena a pasos firmes, con la cabeza levantada. En su Mano derecha, mientras se distanciaba de nosotros, el breve trozo de metal despedía reflejos. Justo se detuvo a dos metros del Cojo. 

Quedaron unos instantes inmóviles, en silencio, diciéndose seguramente con los ojos cuánto se odiaban, observándose, los músculos tensos bajo la ropa, la mano derecha aplastada con ira en las navajas. De lejos, semiocultos por la oscuridad tibia de la noche, no parecían dos hombres que se aprestaban a pelear, sino estatuas borrosas, vaciadas en un material negro, o las sombras de dos jóvenes y macizos algarrobos de la orilla, proyectados en el aire, no en la arena. Casi simultáneamente, como respondiendo a una urgente voz de mando, comenzaron a moverse. Quizá el primero fue Justo; un segundo antes, inició sobre el sitio un balanceo lentísimo, que ascendía desde las rodillas hasta los hombros, y el Cojo lo imitó, meciéndose también, sin apartar los pies. Sus posturas eran idénticas; el brazo derecho adelante, levemente doblado con el codo hacia fuera, la mano apuntando directamente al centro del adversario, y el brazo izquierdo, envuelto por las mantas, desproporcionado, gigante, cruzado como un escudo a la altura del rostro. Al principio sólo sus cuerpos se movían, sus cabezas, sus pies y sus manos permanecían fijos. Imperceptiblemente, los dos habían ido inclinándose, extendiendo la espalda, las piernas en flexión, como para lanzarse al agua. El Cojo fue el primero en atacar; dio de pronto un salto hacia delante, su brazo describió un círculo veloz. El trazo en el vacío del arma, que rozó a Justo, sin herirlo, estaba aún inconcluso cuando éste, que era rápido, comenzaba a girar. Sin abrir la guardia, tejía un cerco en torno del otro, deslizándose suavemente sobre la arena, a un ritmo cada vez más intenso. El Cojo giraba sobre el sitio. Se había encogido más, y en tanto daba vueltas sobre sí mismo, siguiendo la dirección de su adversario, lo perseguía con la mirada todo el tiempo, como hipnotizado. De improviso, Justo se plantó; lo vimos caer sobro el otro con todo su cuerpo y regresar a su sitio en un segundo, como un muñeco de resortes. 

- Ya está - murmuró Briceño. - lo rasgó. 

- En el hombro - dijo Leonidas. - Pero apenas.


Sin haber dado un grito, firme en su posición, el Cojo continuaba su danza, mientras que Justo ya no se limitaba a avanzar en redondo; a la vez, se acercaba y se alejaba del Cojo agitando la manta, abría y cerraba la guardia, ofrecía su cuerpo y lo negaba, esquivo, ágil tentando y rehuyendo a su contendor como una mujer en celo. Quería marearlo, pero el Cojo tenía experiencia y recursos. Rompió el círculo retrocediendo, siempre inclinado, obligando a Justo a detenerse y a seguirlo. Este lo perseguía a pasos muy cortos, la cabeza avanzada, el rostro resguardado por la manta que colgaba de su brazo; el Cojo huía arrastrando los pies, agachado hasta casi tocar la arena sus rodillas. Justo estiró dos veces el brazo, y las dos halló sólo el vacío. "No te acerques tanto". Dijo Leonidas, junto a mí, en voz tan baja que sólo yo podía oírlo, en el momento que el bulto, la sombra deforme y ancha que se había empequeñecido, replegándose sobre sí mismo como una oruga, recobraba brutalmente su estatura normal y, al crecer y arrojarse, nos quitaba de la vista a Justo. Uno, dos, tal vez tres segundos estuvimos sin aliento, viendo la figura desmesurada de los combatientes abrazados y escuchamos un ruido breve, el primero que oíamos durante el combate, parecido a un eructo. Un instante después surgió a un costado de la sombra gigantesca, otra, más delgada y esbelta, que de dos saltos volvió a levantar una muralla invisible entre los luchadores. Esta vez comenzó a girar el Cojo; movía su pie derecho y arrastraba el izquierdo. Yo me esforzaba en vano para que mis ojos atravesaran la penumbra y leyeran sobre la piel de Justo lo que había ocurrido en esos tres segundos, cuando los adversarios, tan juntos como dos amantes, formaban un solo cuerpo. "¡Sal de ahí!", dijo Leonidas muy despacio. "¿Por qué demonios peleas tan cerca?". Misteriosamente, como si la ligera brisa le hubiera llevado ese mensaje secreto, Justo comenzó también a brincar igual que el Cojo. Agazapados, atentos, feroces, pasaban de la defensa al ataque y luego a la defensa con la velocidad de los relámpagos, pero los amagos no sorprendían a ninguno: al movimiento rápido del brazo enemigo, estirado como para lanzar una piedra, que buscaba no herir, sino desconcertar al adversario, confundirlo un instante, quebrarle la guardia, respondía el otro, automáticamente, levantando el brazo izquierdo, sin moverse. Yo no podía ver las caras, pero cerraba los ojos y las veía, mejor que si estuviera en medio de ellos; el Cojo, transpirando, la boca cerrada, sus ojillos de cerdo incendiados, llameantes tras los párpados, su piel palpitante, las aletas de su nariz chata y del ancho de su boca agitadas, con un temblor inverosímil; y Justo con su máscara habitual de desprecio, acentuada por la cólera, y sus labios húmedos de exasperación y fatiga. Abrí los ojos a tiempo para ver a Justo abalanzarse alocado, ciegamente sobre el otro, dándole todas las ventajas, ofreciendo su rostro, descubriendo absurdamente su cuerpo. La ira y la impaciencia elevaron su cuerpo, lo mantuvieron extrañamente en el aire, recortado contra el cielo, lo estrellaron sobre su presa con violencia. La salvaje explosión debió sorprender al Cojo que, por un tiempo brevísimo, quedó indeciso y, cuando se inclinó, alargando su brazo como una flecha, ocultando a nuestra vista la brillante hoja que perseguimos alucinados, supimos que el gesto de locura de Justo no había sido inútil del todo. Con el choque, la noche que nos envolvía se pobló de rugidos desgarradores y profundos que brotaban como chispas de los combatientes. No supimos entonces, no sabremos ya cuánto tiempo estuvieron abrazados en ese poliedro convulsivo, pero, aunque sin distinguir quién era quién, sin saber de que brazo partían esos golpes, qué garganta profería esos rugidos que se sucedían como ecos, vimos muchas veces, en el aire, temblando hacia el cielo, o en medio de la sombra, abajo, a los costados, las hojas desnudas de las navajas, veloces, iluminadas, ocultarse y aparecer, hundirse o vibrar en la noche, como en un espectáculo de magia. 


Debimos estar anhelantes y ávidos, sin respirar, los ojos dilatados, murmurando tal vez palabras incomprensibles, hasta que la pirámide humana se dividió, cortada en el centro de golpe por una cuchillada invisible; los dos salieron despedidos, como imantados por la espalda, en el mismo momento, con la misma violencia. Quedaron a un metro de distancia, acezantes. "Hay que pararlos, dijo la voz de León. Ya basta". Pero antes que intentáramos movernos, el Cojo había abandonado su emplazamiento como un bólido. Justo no esquivó la embestida y ambos rodaron por el suelo. Se retorcían sobre la arena, revolviéndose uno sobre otro, hendiendo el aire a tajos y resuellos sordos. Esta vez la lucha fue breve. Pronto estuvieron quietos, tendidos en el lecho del río, como durmiendo. Me aprestaba a correr hacia ellos cuando, quizá adivinando mi intención, alguien se incorporó de golpe y se mantuvo de pie junto al caído, cimbreándose peor que un borracho. Era el Cojo. 

En el forcejeo, habían perdido hasta las mantas, que reposaban un poco más allá, semejando una piedra de muchos vértices. "Vamos", dijo León. Pero esta vez también ocurrió algo que nos mantuvo inmóviles. Justo se incorporaba, difícilmente, apoyando todo su cuerpo sobre el brazo derecho y cubriendo la cabeza con la mano libre, como si quisiera apartar de sus ojos una visión horrible. Cuando estuvo de pie, el Cojo retrocedió unos pasos. Justo se tambaleaba. No había apartado su brazo de la cara. Escuchamos entonces, una voz que todos conocíamos, pero que no hubiéramos reconocido esta vez si nos hubiera tomado de sorpresa en las tinieblas. 

- ¡Julián! - grito el Cojo. - ¡Dile que se rinda! 

Me volví a mirar a Leonidas, pero encontré atravesado el rostro de León: observaba la escena con expresión atroz. Volví a mirarlos: estaban nuevamente unidos. Azuzado por las palabras del Cojo. Justo, sin duda, apartó su brazo del rostro en el segundo que yo descuidaba la pelea, y debió arrojarse sobre el enemigo extrayendo las últimas fuerzas desde su amargura de vencido. El Cojo se libró fácilmente de esa acometida sentimental e inútil, saltando hacia atrás: - ¡Don Leonidas! - gritó de nuevo con acento furioso e implorante. - ¡Dígale que se rinda! 

- ¡Calla y pelea! - bramó Leonidas, sin vacilar. 

Justo había intentado nuevamente un asalto, pero nosotros, sobre todo Leonidas, que era viejo y había visto muchas peleas en su vida, sabíamos que no había nada que hacer ya, que su brazo no tenía vigor ni siquiera para rasguñar la piel aceitunada del Cojo. Con la angustia que nacía de lo más hondo, subía hasta la boca, resecándola, y hasta los ojos, nublándose, los vimos forcejear en cámara lenta todavía un momento, hasta que la sombra se fragmentó una vez más: alguien se desplomaba en la tierra con un ruido seco. Cuando llegamos donde yacía Justo, el Cojo se había retirado hacia los suyos y, todos juntos, comenzaron a alejarse sin hablar. Junté mi cara a su pecho, notando apenas que una sustancia caliente humedecía mi cuello y mi hombro, mientras mi mano exploraba su vientre y su espalda entre desgarraduras de tela y se hundía a ratos en el cuerpo flácido, mojado y frío, de malagua varada. Briceño y León se quitaron sus sacos lo envolvieron con cuidado y lo levantaron de los pies y de los brazos. Yo busqué la manta de Leonidas, que estaba unos pasos más allá, y con ella le cubrí la cara, a tientas, sin mirar. Luego, entre los tres lo cargamos al hombro en dos hileras, como a un ataúd, y caminamos, igualando los pasos, en dirección al sendero que escalaba la orilla del río y que nos llevaría a la ciudad. - No llore, viejo - dijo León. - No he conocido a nadie tan valiente como su hijo. Se lo digo de veras. 

Leonidas no contestó. Iba detrás de mí, de modo que yo no podía verlo. 

A la altura de los primeros ranchos de Castilla, pregunté. 

- ¿Lo llevamos a su casa, don Leonidas? 

- Sí - dijo el viejo, precipitadamente, como si no hubiera escuchado lo que le decía

martes, 5 de octubre de 2010

DE UNA LABOR QUE AUN NO TERMINA / TEXTOS CRÍTICOS DE JOSÉ IGNACIO RESTREPO

A PROPÓSITO DE LAS DESERCIONES EN LA ESCUELA:
NOTAS PRELIMINARES SOBRE SOCIALIZACIÓN DE LA INFANCIA
Y NUEVAS SIMBÓLICAS PEDAGÓGICAS


JOSE IGNACIO RESTREPO ARBELAEZ



El conflicto que subyace a toda nueva adquisición de herramientas que preparan o colocan al alcance de un maestro, propósitos renovados en cuanto a la instrucción de las nuevas generaciones, es decir, que le rehabilitan para oponer nuevas estrategias al fatigoso quehacer cotidiano de la trasmisión de saberes y haceres en los recintos escolares,  emerge restablecido y dispuesto al enfrentamiento cada vez que ofrece su presencia y su rol ante los niños y jóvenes. Las paradojas que inundan el escenario de la educación escolar son variadas y satisfacen los gustos más sibaritas, si se trata de dudar sobre la obtención de los propósitos que supone el ejercicio natural de la pedagogia, junto a las generaciones que crecen. Esa nueva obtención que nos alegra en una primera instancia, y que se refiere a la generación de experticias y nuevos lenguajes para la consecusión de los intenciones docentes, no puede enfrentarse y vencer cuando analizamos los progresos, los cambios y las deconstrucciones sucitados en el ambiente escolar por toda la interacción natural y artificial, que construyen los educandos en las nuevas representaciones sociales, a las cuales desafortunadamente solo en ocasiones nosotros asistimos como verdaderos agentes en cuerpo y alma, dada nuestra condicion filosófica que fija lo estructural, asi sea de naturaleza volátil.

El estudio de los nuevos mecanismos del fenómeno educativo y la aproximación a los procesos culturales que han establecido diferencias con los modelos de décadas pasadas, dejan ver las necesidades y las dudas promovidas por las condiciones cambiantes, que parten del hecho continente de que ya no es la escuela el lugar único de las primeras fundaciones, y que no es la familia el interlocutor prevalente y responsable del establecimiento de la conducta en los niños, que además llevan unidos a su condición de infantes, múltiples adjetivos por su filiación con otros quehaceres, con otros roles y otras actividades propias de la infancia posmoderna.

La constatación a veces insoportable de que el ritmo de las transformaciones, en la vida cotidiana, en la comunicación, en las relaciones humanas y de los humanos con las cosas, supera nuestros esfuerzos por la comprensión y debilita la ejecución de los procesos de transmisión del conocimiento, asunto este que siempre hemos pensado como la plataforma de la civilización humana, coloca una sobrecarga dificil de equlilibrar en medio del movimiento que implica el desarrollo de los procesos educativos con niños y jóvenes. Y el compromiso aumenta, cuando dicho ejercicio debe probar una y otra vez, ya no su factibilidad sino su operatividad, frente a eventos evaluatorios que otorgan el permiso de la acción: institutores y programas, más sus metodologías y currículos quedan expuestos a cualificaciones desvertebradas, cuyo origen inocente ha salido de intenciones técnicas trasnochadas que no tienen las suficientes horas de vuelo en las nuevas naves de la información, la comunicación y los mediadores masivos, artilugios que ya los aprendices dominan como si fuera un juego (cuando el juego es el escenario real donde se construyen sus representaciones). Así, el fenómeno de las deserciones escolares amerita nuevas lecturas, por las explicaciones sobre su origen y las condiciones circundantes que problematizan su tratamiento. Además, porque a mi modo de ver, la escuela puede estar desertando de la educación y de los niños y no como se asegura, que son ellos quienes desertan de la escuela. Si extraemos de las líneas precedentes la reflexión sobre el extravío de los métodos de trasmisión del conocimiento, a propósito de la terquedad voluntariosa de los paradigmas positivistas que por tanto tiempo han determinado los procesos, acaso podríamos comenzar a entender el origen de los impedimentos pedagógicos que actuados en la comunicación no solo se experimentan en la escuela sino tambien en la familia. Tal vez, asombrados, comenzaríamos a confrontar nuestras explicaciones acerca de los problemas educativos, confirmando las voces de muchos que hace tiempo estan diciendo que nacen de la escuela misma, puesto que su estructura esta dispuesta no a favor sino en contra del conocimiento. De aproximarnos en esa dirección hacia una nueva valoración, una nueva simbólica no positivista ni calculista del conocimiento, podríamos eventualmente participar de los movimientos aún no nacidos que defienden la existencia de la educación por fuera de la escuela y la familia, podríamos convertirnos en paladines iconoclastas cuyo trabajo realmente sería la gestación y defensa de pequeñas verdades rebeladas, principalmente a partir del quehacer cotidianamente compartido con los pequeños en busca de la defensa de los conocimientos y sus rutinas inesperadas y móviles, tan ajenas a los derroteros curriculares y a las tercas mentes de los planificadores adoctrinados por el moho agripado de los textos que han precindido del hombre, pretendiendo ahogar el conflicto de su naturaleza perennemente inquisitiva.

En fin. Quizas asistimos a la defensa ética del conocimiento cada vez que un párvulo escapa del aula y se refugia con otros rebeldes como él en algún parque. No hemos advertido que sofocar el deseo de preguntar con repuestas a preguntas no formuladas, eso que a veces pensamos es la educación, puede lograr alguna vez que todos olvidemos como amar el deseo de conocer, de saber, de dudar por encima de todo...


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lunes, 4 de octubre de 2010

COMO AMIGO INVALUABLE DEL METRO / TRES CUENTOS CORTOS DE JUAN CARLOS ONETTI

EL IMPOSTOR


Estaba cansada de esperar pero el hombre llegó puntual y lo vi sonreírme con timidez el primer nombre. Me dijo que era Él y repitió en voz baja, como si lo dibujara o moldeara, el montón de circunstancias que nos habían separado. Yo deseaba creerle, pero él no era Él. Gemelos, hermanos mellizos me obligué a pensar. Pero Jesús nunca había tenido hermanos, este Jesús mío. Me besó cariñoso y sin presión y el brazo en la espalda me hizo creer por un momento. Inicié un tanteo:
—¿Cómo te fue en Londres?
—Bien; por lo menos me parece. Con esas cosas nunca se puede estar seguro — me miró sonriendo.
—Más importante — dije — es saber si te acuerdas de la fiesta de despedida. Del epílogo, quiero decir.
Me miró burlón y dijo:
—¿Es una pregunta? Bien sabes, y lo volverás a saber esta noche, que no podía olvidar. Recuerdo tus palabras sucias y maravillosas. Puedo repetirlas, pero...
—Por dios, no, — casi grité y la cara se me encendió.
—No soy tan bruto. Era un juego, una amenaza cariñosa.
Frente a las dos botellas sonrió, burlándose. Una era de vino rojo, la otra de blanco.
—A esta hora, y como siempre, un vaso de blanco.
Él prefería así, Él hubiera dicho las mismas palabras. Bebimos y después caminamos, recorriendo la casa. Este él andaba lento, casi sin mirar a los costados y se detuvo en la puerta del dormitorio. Miraba la cama, sonreía, me puso un brazo sobre los hombros, me pellizcó la nuca y, como siempre, me puse caliente y húmeda.
Entre sábanas, viéndolo desnudo, sintiendo lo que sentía supe que él no era Él, no era Jesús. En la cama ningún hombre puede engañar a una mujer. Pero después del jadeo y el cigarrillo, dijo:
—Bueno. Vamos a mirar el van gogh. Sigo creyendo que es falso, que hiciste una mala compra para la galería.
Lo mismo, iguales palabras, me había dicho Jesús antes de viajar a Londres. Y sólo Él y yo estábamos enterados de la compra clandestina del van gogh.


ELLA


Cuando Ella murió después de largas semanas de agonía y morfina, de esperanzas, anuncios tristes desmentidos con violencia, el barrio norte cerró sus puertas y ventanas, impuso silencio a su alegría festejada con champán. El más inteligente de ellos aventuró: “Qué quieren que les diga. Para mí, y no suelo equivocarme, esto es como el principio del fin”.
Tantas cosas, pobres millonarios, les había hecho tragar Ella. Y lo triste era que Ella había sido infinitamente más hermosa que las gordas señoras, sus esposas, todavía con olor a bosta como dijo un argentino. Ahora también podían tragarse las sonrisas cordiales con que habían acogido las órdenes y las humillaciones. Porque todos sentían, sin más pruebas que discursos vociferados en la Plaza Mayor, que Ella era, en increíble realidad, más peligrosa que las oscilaciones políticas, económicas y turbias, de Él, el mandatario mandante, el que a todos nos mandaba.
Cuando al fin Ella murió, rematando esperanzas y deseos, estábamos a fin de julio; en una fecha abundante en crueldades, en frío, viento, aguacero. De los cielos negros de nubes y noche, caía una lluvia lenta, implacable, en agujas que amenazaban ser eternas. Se desinteresaban de abrigos y pieles humanas para empapar sin dilaciones huesos y tuétanos.
La humedad aumentaba el mal olor de las gastadas ropas de luto improvisado: casi inmóviles, sin palabras porque su desdicha tenía un sólo culpable y éste no podía ser nombrado aunque dueño del frío, de la lluvia, el viento y la desgracia.
Según la pequeña historia, tantas veces más próxima a la verdad que las escrita y publicadas con H mayúscula, cinco médicos rodeaban la cama de la moribunda. Y los cinco estaban de acuerdo en que la ciencia tiene sus límites.
Y en la planta baja, impaciente, paseándose, atendiendo las preguntas telefónicas que le hacían los periodistas amigos o dadivosos, había otro hombre, tal vez también médico, aunque esto no tenga la menor importancia.
Era un catalán, embalsamador de profesión conocida y llamado por Él desde hacia un mes para evitar que el cuerpo de la enferma siguiera el destino de toda carne. Y había una lucha silenciosa pero tenaz entre los cinco de arriba y el solitario de abajo. Porque si éste sólo creía con distracción en la Virgen de Montserrat, los de encima, estaban divididos entre la de Luján, la de La Rioja, la de las Siete Llagas, entre la de San Telmo y la del Socorro.
Pero coincidían en lo fundamental, en la Santa Iglesia Apostólica Romana. Y creían en los eructos dominicales de los curas. Para cumplir lo contratado con Él, el embalsamador catalán tenía que aplicar una primera inyección al cadáver media hora antes de ser decretado tal. Los pertinaces creyentes del piso superior se oponían a toda intención de embalsamar, pese a que el contratado catalán había repartido generoso pruebas indiscutibles de su talento. Recuerdo la foto, en un folleto, de un niño muerto a los doce años, plácidamente colocado en un sillón y luciendo un traje marinero impecable. Lo exhibían cada vez que la momia hubiera tenido que cumplir años ––él se burlaba, el tiempo no existía, sus mejillas seguían rosadas y sus ojos de vidrio brillaban con malicia–– cuando inexorablemente, cumplía una fecha de muerto. Dos veces al año ocupaba el puesto de honor y los parientes que le iban quedando ––el tiempo existía–– lo rodeaban tomando té con pasteles y alguna copita de anís. Se oponían a la primera e imprescindible inyección. Porque la Santa Fe que los aunaba repartía almas para que escucharan eternamente música de ángeles que jamás cambiarían de pentagrama ––o tal vez sus cabecitas equívocas las hubieran grabado–– o para disfrutar suplicios nunca concebidos por un policía terrestre.
De modo que, cuando aquellos litros de morfina dejaron de respirar, se miraron asintiendo y consultaron relojes. Eran las veinte en punto. Alguno encendió un cigarrillo, otros rindieron sus fatigas a los sillones. Ahora esperaban que la pudrición creciera, que alguna mosca verde, a pesar de la estación, bajara para descansar en los labios abiertos. Porque la Santa Iglesia les ordenaba respirar cadaverina, hediondez casi enseguida, y adivinar la fatigosa tarea de siete generaciones de gusanos. Todo esto adecuado a los gustos de Dios que respetaban y temían. Los minutos pasan pronto cuando un diplomado vela por su fe.
Emilio, el más obediente a las manifestaciones indudables de la Divinidad, dijo:
––Che, aumentá la calefacción.
Más tarde, resolvieron bajar para dar la noticia, triste y esperada. Él estaba cenando y asintió con la cabeza. Luego agradeció los servicios prestados y rogó que le fueran enviados los honorarios. Después señaló con un dedo a uno cualquiera de los uniformados y le ordenó ordenar a las radios, primicia para la suya, que difundieran la noticia. 
Y quedó así, rehecha, corregida, discutida: “El Ministerio de Información y Propaganda cumple con el doloroso deber de anunciar que a las veinte y veinticinco Ella pasó a la inmortalidad”. El médico catalán subió los escalones de dos en dos, molestado por su pequeña maleta. Preparó, la inyección y estuvo consternado palpando la frialdad del cuerpo.
Las puertas no se abrían y la multitud comenzó a porfiar y moverse. Los policías dejaron de ofrecer vasitos de café enfriado y de inmediato aparecieron vendedores de chorizos, de pasteles, de refrescos entibiados, de maníes, de frutas secas, de chocolatines. Poco ganaron porque el primer contingente comenzó a llegar a las nueve de la noche y provenía de barriadas desconocidas por los habitantes de la Gran Aldea, de villas miseria, de ranchos de lata, de cajones de automóviles, de cuevas, de la tierra misma, ya barro. Ensuciaron la ciudad silenciosos y sin inhibiciones, encendían velas en cuanta concavidad ofrecieran las paredes de la avenida, en los mármoles de ascenso a portales clausurados. A algunas llamas las respetaban las lluvias y el viento; a otras no. Allí fijaban estampas o recortes de revistas y periódicos que reproducían infieles la belleza extraordinaria de la difunta, ahora perdida para siempre.
A las diez de la mañana les permitieron avanzar unos metros cada media hora, y pudieron atravesar la puerta del Ministerio, en grupos de cinco, empujados y golpeados, los golpes preferidos por los milicos eran los rodillazos buscando lo ovarios, santo remedio para la histeria.
A mediodía corrió la voz de cuadra en cuadra, metros y metros de cola de lento avanzar: “Tiene la frente verde. Cierran para pintarla”. Y fue el rumor más aceptado porque, aunque mentiroso, encajaba a la perfección para los miles y miles de necrófilos murmurantes y enlutados.


LA ARAUCARIA


El padre Larsen bajó de la mula cuando esta se negó a trepar por la calle empinada del villorrio. Vestía una sotana que había sido negra y ahora se inclinaba decidida a un verde botella, hijo de los años y de la indiferencia. Continuó a pie, deteniéndose cada media cuadra para respirar con la boca entreabierta y diciéndose que debía dejar de fumar.
Con la pequeña maleta negra que contenía lo necesario para salvar las almas que estaban a punto de apartarse del cuerpo y huir del sufrimiento y la inmediata podredumbre. No lo precedía un monaguillo con una campanilla, nadie agitaba una vinagrera, nadie rezaba, salvo él durante cada descanso.
La pequeña casa pintada de un sucio blanco estaba emparedada por otras dos, casi iguales y las tres se abrían al camino de tierra dura por puertas hostiles y estrechas.
Le abrió un hombre de años indiscernibles, con alpargatas y bombachones blancos. Se persignó y dijo:
–Por aquí, padre.
Larsen sintió la frescura de la pieza encalada y casi olvidó el sol agresivo de las calles mal hechas. Ahora estaba en una habitación pobre de muebles en una cama matrimonial una mujer se retorcía y variaba del llanto a la risa desafiante. Después llegaron palabras, frases incomprensibles que atravesaban el silencio, la momentánea quietud del sol, buscando llegar a las sombras que se habían aproximado.
Un silencio, un mal olor persistente, y de pronto la mujer agonizante trató de levantar la cabeza; lloraba y reía. Se aquietó y dijo:
–Quiero saber si usted es cura.
Larsen paseo las manos por la sotana, para mostrarla, para saber él mismo que seguía enfundado en ella, Mostró al aire –porque ella tenía muy abiertos los ojos y sólo miraba la pared blanca opuesta a su muerte– mostró estampas de bruscos colores desleídos, medallas pequeñas de plomo, achatadas por los años, serenas algunas, trágicas otras con desnudos corazones asomando exagerados en pechos abiertos.
Y de pronto la mujer gritó el principio de la confesión salvadora. El padre Larsen la recuerda así:
–Con mi hermano desde mis trece años, él era mayor, jodíamos toda la tarde de primavera y verano al lado de la acequia debajo de la araucaria y sólo Dios sabe quién empezó o si nos vino la inspiración en conjunto. Y jodíamos y jodíamos porque, aunque tenga cara de santo, termina y vuelve y no se cansa nunca y dígame qué más quería yo.
El hermano se apartó de la pared, dijo no con la cabeza y adelantó una mano hacia la boca de su hermana, pero el cura lo detuvo y susurró:
–Déjala mentir, deja que se alivie. Dios escucha y juzga, aquellas palabras habían agregado muy poco a su colección. Tenía ya varios incestos, inevitables en el poblacho despojado de hombres que se llevó la guerra o la miseria; pero tal vez ninguno tan tenaz y reiterado, casi matrimonial. Quería saber más y murmuró convincente:
“es la vida, el mundo, la carne, hija mía”.
Ahora ella volvía a dilatar los ojos perdiéndose en la pausa protectora de la pared encalada. Volvió a reír y a llorar sin lágrimas como si llanto y risa fueran sonidos de palabras y graves confidencias. Larsen supo que no estaba moribunda ni se burlaba. Estaba loca y el hermano, si era el hermano, vigilaba su locura con una rígida cara de madera.
Equivocándose, ordenó padrenuestros y avemarías y, como en el pasado, vaciló con el viejo asco mientras se inclinaba para bendecir la cabeza de pelo húmedo y entreverado; no pudo ni quiso besarle la frente.
Oyó mientras salía guiado por el impasible hermano:
–Cuando otra vez me vaya a morir, lo llamo y le cuento lo del caballo y la sillita de ordeñar. Él me ayudó, pero nada.
En la calle, bajo la blancura empecinada del sol, la mula restregaba el hocico en las piedras buscando, en vano, mordiscar.
Al regreso, de retorno al corral, la bestia trotó dócil y apresurada mientras el padre Larsen, sin abrir el quitasol rojo, hacía balance de lo obtenido y aguardaba, esperanzado, a que llegara la segunda agonía de la mujer.
El padre Larsen buscó sin encontrar ninguna araucaria.