miércoles, 19 de octubre de 2011

ESE RIESGO SECRETO DE SABER / UN CUENTO DE AGATHA CHRISTIE

LA MUÑECA DE LA MODISTA

Agatha Christie



La muñeca descansaba en la gran silla tapizada de terciopelo. No había mucha luz en la estancia, pues el cielo de Londres aparecía oscuro. En la suave y gris penumbra se mezclaban los verdes de las cortinas, tapices, tapetes y alfombras. La muñeca, cuya cara semejaba una mascarilla pintada, yacía sobre sus ropas y gorrito de terciopelo verde. No era la clásica que acunan en sus bracitos las niñas. Era un antojo de mujer rica, destinada a lucir junto al teléfono, o entre los almohadones de un diván. Y así permanecía nuestra muñeca, eternamente fláccida, a la vez que extrañamente viva.
Sybil Fox se apresuraba en terminar el corte y preparación de un modelo. De modo casual sus ojos se detuvieron un momento en la muñeca, y algo extraño en ella captó su interés. No obstante, fue incapaz de saber qué era, y en su mente se abrió una preocupación más positiva.
«¿Dónde habré puesto el modelo de terciopelo azul? —se preguntó—. Estoy segura de que lo tenía aquí mismo.»
Salió al rellano y gritó:
—¡Elspeth! ¿Tienes ahí el modelo azul? La señora Fellows está al llegar.
Volvió a entrar y encendió las lámparas. De nuevo miró la muñeca.                                                  —Vaya, ¿dónde diablos estará...? ¡Ah aquí!
Recogía el modelo cuando oyó el ruido peculiar del ascensor que se detenía en el rellano, y, al momento, la señora Fellows entró acompañada de su pekinés, que bufaba alborotador, como un tren de cercanías al aproximarse a una estación pueblerina.
—Vamos a tener aguacero —dijo la dama—. Y será un señor «aguacero».
Se quitó de un tirón los guantes y el abrigo de piel.
Entonces entró Alicia Coombe, como siempre hacia cuando llegaban clientes especiales, y la señora Fellows lo era.
Elspeth, la encargada del taller, bajó con el vestido y Sybil se lo puso a la señora Fellows.
—Bien —dijo Sybil—. Le cae estupendo. Es un color maravilloso, ¿no le parece?
Alicia Coombe se recostó en su silla, estudiando el modelo.
—Sí —exclamó—. Es bonito. Realmente es todo un éxito.
La señora Fellows se volvió de medio lado y se miró al espejo.
—Desde luego, sus vestidos hacen algo en la parte baja de mi espalda.
—Está usted mucho más delgada que tres meses atrás —aseguró Sybil.
—No —dijo ella—, si bien es cierto que lo parezco. En realidad esa sensación la producen sus modelos. Disimulan muy bien mis caderas —suspiró mientras se alisaba las protuberancias de su anatomía—. Siempre ha sido mi pesadilla. Durante años he intentado disimularlo atiesándome. Ahora ya no puedo hacerlo, pues tengo tanto estómago como... Tendrá usted que tener en cuenta ambas cosas, ¿podrá?
—Me gustaría que viese a otras clientes.
La señora Fellows seguía examinándose.
—El estómago es peor —dijo—. Se ve más. Claro que eso puede parecérnoslo porque al hablar con la gente les damos la cara y entonces no ven la espalda. De todos modos he decidido vigilar mi estómago y dejar que lo otro se apañe solo —Estiró un poco más el cuello para contemplarse, y exclamó de repente—: ¡Oh, esa muñeca me ataca los nervios! ¿Desde cuándo la tienen?
Sybil miró insegura a Alicia, que parecía esforzarse en recordar.                                                         
—No lo sé exactamente. Hace bastante tiempo... nunca me acuerdo de las cosas. Es terrible lo que me ocurre, sencillamente no puedo recordar! Sybil, ¿desde cuándo la tenemos?
—No lo sé.
—Es lo mismo; no se preocupen —intervino la señora Fellows—. De todos modos seguirá estropeando mis nervios. Parece vigilarnos y reírse de nosotras desde su envoltorio de terciopelo. Yo me desembarazaría de ella si fuese mía.
Dicho esto acusó un ligero estremecimiento. Luego se puso a discutir sobre detalles de costura. ¿Era evidente acortar las mangas una pulgada? ¿Y el largo? Después que fueron solucionados tan importantes puntos, la señora Fellows se vistió sus prendas y se dispuso a marcharse. Al pasar por delante de la muñeca, volvió la cabeza.
—No —dijo—. No me gusta la muñeca. Da la sensación de ser algo vivo; de ser algo que impone su presencia. No; decididamente, no me gusta.
—¿Qué quiso decir? —preguntó Sybil mientras la señora Fellows descendía las escaleras.
Antes de que Alicia pudiera contestar, la señora Fellows asomó la cabeza por la puerta.
—¡Cielos! Me olvidé de Fou-Ling. ¿Dónde estás, príncipe?
Las tres mujeres miraron a su alrededor. El pekinés se hallaba sentado junto a la silla de terciopelo verde. Sus ojos permanecían fijos en la fláccida muñeca, sin que denotase placer o resentimiento. Simplemente miraba.
—Ven aquí, tesoro de mamita.
El tesoro de mamita no hizo caso.
—Cada día se vuelve más desobediente —explicó su dueña como si alabase una virtud—. Vamos, tesorito. Cariñito.
Fou-Ling volvió la cabeza una pulgada y media hacia ella, y con manifiesto desdén continuó observando la muñeca.
—Mi pequeño Fou-Ling está muy impresionado. No recuerdo que le haya sucedido eso antes. Le ocurre lo mismo que a mí. ¿Estaba la muñeca aquí la última vez que vine?
Las dos mujeres se miraron. Sybil mantenía fruncido el ceño, y Alicia, al responder, hizo otro tanto.
—Ya le dije que... no sé, no logro acordarme de nada. ¿Cuánto hace que la tenemos, Sybil?
—¿Cómo llegó aquí? —preguntó la señora Fellows—. ¿La compraron ustedes?
—Oh, no —Alicia pareció sorprenderse ante la idea—. Oh, no. Supongo que alguien me la regalaría —Desalentada, denegó con la cabeza antes de continuar—: Resulta enloquecedor que todo se vaya de la mente cuando una intenta recordar.
—Anda, vamos; no seas estúpido, Fou-Ling. ¡Vamos, camina! Vaya, tendré que cogerte en brazos.
Y en los brazos de su dueña, Fou-Ling emitió un corto ladrido de protesta, antes de salir de la estancia con la cabeza vuelta hacia la silla.

—¡Esa muñeca rompe mis nervios! —exclamó la señora Groves.
La señora Groves era la asistenta. Había acabado de fregar el suelo, moviéndose como los cangrejos. Entonces se hallaba en pie, y con un trapo sacudía el polvo de los muebles.
—¡Qué cosa más extraña! —continuó—. Nadie advirtió su presencia hasta ayer. Y sucedió de repente, como usted misma me dijo.
—¿No le gusta? —preguntó Sybil.
—¡No! Ya lo he dicho: me rompe los nervios. Es... es antinatural, si me entiende lo que quiero decir. Sus largas piernas colgantes, el modo de yacer y la mirada astuta de sus ojos impresionan.
—Nunca se ha quejado de ella —dijo Sybil, sorprendida.
—Créame, hasta hoy me ha pasado inadvertida. Sí, ya sé que lleva tiempo aquí, pero... —enmudeció mientras en su rostro se reflejaba una expresión de miedo—. Parece una de esas criaturas terroríficas que una sueña a veces.
La señora Groves recogió sus utensilios de limpieza y se dio prisa en abandonar la salita de pruebas.
Sybil miró la muñeca y no pudo evitar una oprimente sensación inexplicable. La entrada de Alicia distrajo su atención.
—Señorita Coombe, ¿desde cuándo tiene usted esta muñeca?
—¿La muñeca? Querida, ya sabe que no recuerdo las cosas. Ayer... ¡qué absurdo! Ayer quise asistir a una conferencia y no había recorrido la mitad de la calle cuando advertí que no recordaba donde iba. Después de mucho pensar me dije que sería a casa Fortnums. Había algo que deseaba comprar allí —Se pasó la mano por la frente—. Le será difícil creerme, y, sin embargo, es verdad. Cuando tomaba el té en casa me acordé de la conferencia. Ya sé que la gente se vuelve desmemoriada con los años, pero a mí me ocurre demasiado pronto. Ahora mismo no sé dónde he puesto el bolso... y mis gafas. ¿Dónde puse las gafas? Las tenía hace un momento, ¡leía algo en el Times!
—Las gafas están en la repisa de la chimenea —dijo Sybil dándoselas—. ¿Desde cuándo está aquí la muñeca? ¿Quién se la regaló?
—Son dos respuestas en blanco. Alguien debió de enviármela supongo. Es raro, pero todos parecen extrañar su presencia aquí.
—Desde luego. Sí, resulta curioso; yo misma soy incapaz de acordarme cuando la vi por vez primera.
—No se vuelva como yo —exclamó Alicia—. Usted es joven todavía.
—Esto no remedia mi falta de memoria, señorita Coombe. Ayer, al fijarme en ella, pensé que tenía algo... algo impalpable. Creo que la señora Groves está en lo cierto. La muñeca rompe los nervios de cualquiera. Y él caso es que ayer fui consciente de que esa sensación de captar un no sé qué en la muñeca, la he sentido antes, si bien no recuerdo en qué momento. En realidad es como si nunca la hubiese visto, y de pronto descubriese su presencia, segura de conocerla hace mucho tiempo.
—Quizá un día entró volando por la ventana subida en una escoba —dijo Alicia—. Bien, el caso es que está aquí, y es nuestra. —Miró a su alrededor, antes de añadir—: No sabría imaginarme la habitación sin ella. ¿Y usted?
—Tampoco —repuso Sybil, acusando un ligero estremecimiento—. Pero me gustaría poder...
—Poder, ¿qué? —preguntó Alice.
—Imaginar la habitación sin ella.
—¡Caramba! ¡Todos se ponen tontos con la muñeca! —exclamo Alicia, no de muy buen talante—. ¿Qué hay de malo en la pobre? Bueno, quizá parezca una col marchita. No, no es eso. La veo así porque no llevo puestas las gafas—. Se las colocó sobre la nariz y miró la muñeca—: Sí, desde luego causa cierta sensación nerviosa. Tal vez sea su mirada triste, aunque burlona.
—Sorprende —dijo Sybil—, que la señora Fellows se sintiera molesta con ella, precisamente hoy.
—Es una mujer que nunca oculta lo que piensa —repuso Alicia.
—Conforme —insistió la otra—; pero lo extraño es que fuese hoy, como si antes no la hubiese visto.
—La gente suele profesar antipatías repentinas.
—Sí, es un aserto irrefutable. ¡Quién sabe! Posiblemente no estaba aquí ayer, y sea cierto que entró por la ventana como usted dijo.
—¡Oh, no, querida! —repuso Alicia—. Eso fue una broma. Yo sé que está en su silla desde hace mucho tiempo. Sólo que hasta ayer no se hizo visible.
—Sí, es una seguridad dormida en nuestro subconsciente. Desde luego hace tiempo que nos hace compañía, si bien hasta ahora no nos hemos percatado de su presencia.
—¡Oh, Sybil! ¡Olvidémoslo! Me da escalofríos. ¿Supongo que no intenta construir una historia sobrenatural, ¿verdad?
Cogió la muñeca, la sacudió, arreglo sus hombros y volvió a sentarla en otra silla. La muñeca se movió ligeramente, hasta quedar en una postura de relajamiento.
—¡Qué cosa más sorprendente! —exclamó Alicia, mirándola—. Es una cosa sin vida, y, no obstante, parece que la tiene.

—¡Me ha descompuesto! —dijo la señora Groves, mientras quitaba el polvo de la habitación destinada a exposición—. Me temo que no me quedan ganas de volver al probador.
—¿Quién la ha descompuesto? —preguntó Alice, que se hallaba sentada en un escritorio situado en un ángulo repasando varias cuentas—. Esta mujer —ahora hablaba para ella misma y no para la señora Groves—, piensa que tendrá dos vestidos de noche, tres de cocktail y otro de calle para todos los años sin pagar un solo penique.
—¿Quién ha de ser? ¡Esa muñeca! —gritó la asistenta.
—¡Vaya! ¿Otra vez la muñeca?
—¿No la ha visto sentada al pupitre que hay en el probador, como si fuera un ser humano? ¡Me descompuso!
—¿De qué habla usted, señora Groves? —preguntó Alicia.
Ésta se puso en pie, cruzó la estancia y el recibidor y penetró en el salón de pruebas. La muñeca, como si fuera de carne y hueso, permanecía sentada en una silla, arrimada al pupitre, sobre el cual descansaban sus largos y fláccidos brazos.
—Alguien ha querido gastarme una broma —dijo Alicia—. Pero hay, tanta naturalidad en ella que parece estar viva.
En aquel momento Sybil bajaba las escaleras del taller, con un vestido que debía de ser probado aquella mañana.
—Venga Sybil, y verá la muñeca sentada a mi pupitre, escribiendo cartas.
Las dos mujeres se miraron.
—Me gustaría saber quién la ha colocado ahí, ¿Fue usted?
—No —contestó Sybil—. Quizá haya sido una de las chicas.
—Una broma estúpida, de veras —se quejó Alicia.
Cogió la muñeca del pupitre y la echó encima del sofá.
Sybil colocó el vestido sobre una silla, y, luego, se fue al taller.
—¿Conocéis la muñeca de terciopelo que hay en el salón de pruebas? —preguntó.
La encargada y tres chicas alzaron la vista.
—¿Quién gastó la broma de sentarla al pupitre, esta mañana?
Las tres chicas se miraron unas a otras, y Elspeth, la encargada, exclamó sorprendida:
—¿Sentarla al pupitre? ¡Yo no!
—Ni yo —dijo una de las chicas—. ¿Fuiste tú, Marlene?
La aludida sacudió la cabeza.
—¿No será una broma suya, Elspeth?
El aspecto sombrío de la encargada no inducía a suponerla amiga de bromas, y mucho menos cuando tenía la boca llena de alfileres.
—No, desde luego que no. Me sobra trabajo para entretenerme en jugar con muñecas.
—Bueno —intervino Sybil, a quién sorprendió el temblor de su propia voz—. Después de todo es una broma bastante simpática. Me gustaría saber quién lo hizo.
Las tres muchachas se defendieron.
—Se lo hemos dicho, señorita. Ninguna de nosotras lo hizo, ¿verdad Marlene?
—Yo no —afirmó ésta—. Y si Nillie y Margaret dicen que tampoco, pues ninguna de nosotras ha sido.
—Ya ha escuchado antes mi respuesta —dijo Elspeth—. ¿A santo de que viene todo esto? ¿No habrá sido la señora Groves?
Sybil denegó con un gesto de cabeza.
—No; ella no se hubiese atrevido; está asustada.
—Bajaré a ver la muñeca —dijo Elspeth.
—Ya no está en el mismo sitio —informó Sybil—. La señorita Coombe la quitó del pupitre y la puso en el sofá. Pero alguien tuvo que ponerla en la silla. En realidad, su aspecto es gracioso, y no comprendo por qué se oculta quien lo hizo.
—Señorita Fox; lo hemos negado dos veces —habló Margaret—. ¿Por qué se empeña en que mentimos? Ninguna de nosotras hubiera hecho una cosa tan tonta.
—Lo siento —se excusó Sybil—. No quise ofenderlas. ¿Quién pudo ser?
—Quizá fue ella sola —aventuró Marlene, que se puso a reír.
Sybil no agradeció la sugerencia.
—Está bien. Olvidemos lo sucedido —dijo antes de bajar de nuevo las escaleras.
Alicia tarareaba una cancioncilla mientras buscaba algo a su alrededor.
—He vuelto a perder mis gafas —explicó a Sybil—. No importa, en realidad no quiero ver nada en este momento. Lo malo para una persona tan ciega como yo, es que si pierde las gafas y carece de otro par de reserva, nunca logrará hallar las primeras.
—Las buscaré yo —se ofreció Sybil—. Las tenía hace un momento.
—Fui a la otra habitación cuando usted fue arriba. Quizá me las olvidé allí. Es una lata eso de las gafas. Quiero seguir con esas cuentas, ¿cómo lo haré si no las encuentro?
—Iré a su dormitorio a buscarle el otro par.
—Sólo tengo el par que uso.
—¿Qué ha hecho de las otras?
—No lo sé. Creía haberlas olvidado ayer en el restaurante. Pero me informaron por teléfono que no están allí. También llamé a dos tiendas, donde estuve de compras.
—Oh, querida; necesita tres pares.
—Sí, y entonces me pasaré la vida buscándolos. Es mejor tener un solo par.
—Bueno, en alguna parte han de estar —dijo Sybil—. No ha salido usted de estas dos habitaciones. Si no aparecen aquí, han de estar en el probador.
Sybil se encaminó a la otra sala, y tras detenida búsqueda infructuosa, se le ocurrió levantar la muñeca del sofá.
—¡Ya las tengo! —gritó.
—¿Dónde estaban Sybil?
—Debajo de nuestra preciosa muñeca. Supongo que las dejaría en el sofá al ponerla allí.
—No; estoy segura de no haberlo hecho.
—Entonces se las quitaría ella.
—¡Quién sabe! —dijo Alicia, mirando la muñeca—. Parece muy inteligente.
—No me gusta su cara —afirmó Sybil—. Da la impresión de saber algo que nosotros ignoramos.
—Su aspecto es triste y a la vez dulce —comentó Alicia.
—¡Oh! Yo no advierto la más mínima dulzura en ella.
—¿No? Quizá tenga razón. Bueno, sigamos con el trabajo. Lady Lee vendrá antes de diez minutos y quiero acabar estas facturas y mandarlas al correo.


—¡Señorita Fox! ¡Señorita Fox!
—¿Qué pasa, Margaret? ¿Qué ocurre?
Sybil cortaba una pieza de género de satén sobre la mesa de trabajo.
—¡Oh, señorita Fox! Se trata de la muñeca. Bajé el vestido castaño y vi la muñeca sentada delante del pupitre. ¡Yo no he sido, ni las otras chicas! Por favor, créame, nosotros no haríamos una cosa así.
Las tijeras de Sybil se desviaron un poco.
—¡Vaya! —exclamó enojada—. Mire lo que me ha hecho hacer. Espero que podrá arreglarse. Bueno, ¿qué pasa con la muñeca?
—Vuelve a estar sentada ante el pupitre.
Sybil bajó al probador. La muñeca se hallaba sentada al pupitre, exactamente como antes.
—Eres muy decidida, ¿eh? —dijo a la muñeca.
La cogió sin contemplaciones y la echó encima del sofá.
—¡Ese es tu sitio niña! ¡No te muevas de ahí!
Luego se encaminó a la otra estancia.
—Señorita Coombe.
—Diga. Sybil.
—Alguien nos toma el pelo. La muñeca volvía a estar sentada ante el pupitre.
—¿Quién le parece que es?
—Tiene que ser una de las tres de arriba. Seguramente lo considerará gracioso. Pero el caso es que todas juran ser inocentes.
—¿No será Margaret?
—No, no lo creo. Margaret estaba sorprendida cuando entró a decírmelo. En todo caso será esa burlona de Marlene.
—Sea quien fuese, hace una tontería.
—Estoy de acuerdo —dijo Sybil—. No obstante, pienso poner coto a eso.
—¿Qué hará para evitarlo?
—Ya lo verá.
Aquella noche, antes de irse, cerró con llave el probador.
—Me llevo la llave.
—Comprendo —repuso Alicia, con cierto aire de diversión—, Usted piensa que soy yo, ¿verdad? Me considera tan distraída como para sentar a la muñeca al pupitre, y que escriba en mi lugar. ¡Claro, y luego me olvido de todo!
—Está dentro de lo posible —admitió Sybil—. En realidad, sólo trato de asegurarme de que nadie repetirá la broma esta noche.



Al día siguiente lo primero que hizo Sybil fue abrir la puerta del probador y entrar dentro. La señorita Groves, manifiestamente agraviada, esperaba con la bayeta en la mano en el recibidor.
—¡Ahora veremos! —dijo Sybil.
Y lo que vio la obligó a dar un respingo.
La muñeca aparecía sentada al pupitre.
—¡Sopla! —exclamó la sirvienta detrás de Sybil—. ¡Eso sí que es misterio! Señorita Fox, se ha puesto algo pálida, como si hubiera recibido un susto. Necesita un sedante. ¿Sabe si la señorita Coombe tiene algún potingue apropiado en su dormitorio?
—Gracias; no lo necesito. Me encuentro bien.
Entonces cogió la muñeca.
—Alguien ha vuelto a gastarnos la misma broma —exclamó la señora Groves.
—No comprendo cómo ha podido ser —repuso Sybil—. Cerré con llave anoche. ¡Nadie pudo entrar!
—Puede que alguien tenga otra llave —aventuró la asistenta.
—No lo creo. Nunca nos hemos molestado en cerrar el probador. La llave de esta puerta es antigua y sólo hay una.
—Quizá encaje la de otra puerta, la de enfrente, por ejemplo.
Probaron todas las llaves; pero ninguna abría la puerta del probador.
—Es raro, señorita Coombe —aseguró Sybil más tarde, mientras comían juntas.
En los ojos de la señorita chispeaba la diversión que todo aquello le producía.
—Querida —le contestó—. Opino que es algo extraordinario. Deberíamos escribir al departamento de psiquiatría. Quien sabe, quizá se le ocurra enviarnos un especialista... un médium, o algo parecido, con el fin de comprobar qué hay de especial en el cuarto.
—Parece ser que no le preocupa.
—Tiene razón. En cierto modo, disfruto. A mi edad resulta divertido que ocurran cosas extrañas, inexplicables y misteriosas. Claro que... —se quedó pensativa un momento—. No; no creo que me guste. Bien, tendremos que admitir que la muñeca se toma muchas libertades, ¿no le parece?
Aquella noche Sybil y Alicia volvieron a cerrar con llave la puerta.
—Sigo creyendo en que alguien se divierte con esta clase de bromas —afirmó decidida Sybil—. Si bien no comprendo por qué...
Alice la interrumpió al preguntarle:
—¿Cree que volveremos a encontrarla mañana sentada al pupitre?
—Me temo que así sea.



Se equivocaron. La muñeca no estaba al pupitre, pero sí en el alféizar de la ventana, mirando la calle. Y de nuevo les sorprendió la extraordinaria naturalidad de su posición.
—¡Qué cosa más ridícula! —comentó Alicia mientras tomaban una taza de té aquella tarde.
Las dos mujeres habían estado de acuerdo en tomar el té en la salita del despacho de Alicia, en vez de hacerlo como siempre, en el probador.
—¿Ridículo en qué sentido?
—Me refiero a esa tonta preocupación que nos embarga, sólo porque una muñeca cambia de posición y lugar.

Pero si hasta entonces los movimientos de la muñeca parecían realizarse de noche, días después también se observaban a cualquier hora. Así, cada vez que entraban en el probador aunque hubieran estado ausentes unos minutos, la encontraban en distinta postura o sitio. A veces quedaba en el sofá y aparecía en una silla, otras en el alféizar, o bien junto al pupitre.
—Se traslada a su antojo —dijo Alicia—. Y creo, Sybil, que eso le divierte.
Las dos mujeres miraban la figura inerte y fláccida de blando terciopelo, con su cara de seda pintada.
—Sólo unos trozos de terciopelo, seda y algo de pintura, eso es lo que es —comentó Alicia—. Podríamos... bueno, creo que podríamos deshacernos de ella.
—¿Cómo?
—Pongámosla en el fuego. Sería una ceremonia semejante a la cremación de una bruja. También podemos tirarla al cubo de la basura.
—Lo último no daría resultado. Seguro que alguien la sacaría para devolvérnosla.
—¿Y si la enviásemos a una de esas sociedades que tantas veces nos piden cosas para sus tómbolas o subastas? Me parece que ésta sería una buena idea.
—No sé... no sé... —Sybil denotaba duda y preocupación—. Tampoco me ofrece confianza.
—¿Por qué?
—Temo que volvería.
—¿Que volvería con nosotras?
—Sí.
—¿Quiere usted decir que haría lo mismo que una paloma mensajera?
—Sí.
—¿No estaremos perdiendo la cabeza? —preguntó Alicia—. Quizá sí, quizá yo me he chiflado y usted se divierte a costa mía.
—No, no eso no. Sin embargo, me siento presa de una desagradable sensación, como si ella fuera demasiado fuerte para nosotras.
—¿Qué dice? ¿Esa masa de harapos?
—Sí, esa horrible masa fláccida de harapos. ¿No lo ve? ¡Es tan decidida!
—¿Decidida?
—Hace lo que le da la gana. Se comporta como si esta habitación le perteneciera en exclusiva.
—Sí —dijo Alicia, mirando a su alrededor—. En realidad, siempre ha sido su habitación. Se me ocurrió que hacía juego con los colores que predominan —y añadió con mayor viveza—: Pero resulta absurdo que una muñeca se adueñe de una estancia. Y lo malo no es eso; lo malo es que la señora Graves se niega a entrar para hacer la limpieza.
—¿Se niega porque le asusta la muñeca?
—No. Simplemente da una u otra excusa —en su voz había pánico al continuar—: ¿Qué haremos, Sybil? ¡Acabara conmigo! No he logrado diseñar nada desde hace varias semanas.
—¡Oh! Yo tampoco logro fijar la mente cuando trabajo —confesó Sybil—. Y eso hace que cometa errores imperdonables. Quizá... —dudó un momento antes de proseguir—, quizá la idea de escribir al centro de investigación psíquica fuese una solución.
—¡Nos creerían un par de locas! —exclamó Alicia—. No lo dije en serio. No; decididamente, no. Seguiremos así hasta que...
—¿Hasta qué...?
—¡Oh, no lo sé! —la risa de Alicia sonó insegura.

Al día siguiente Sybil encontró la puerta del probador cerrada con llave.
—Señorita Coombe, ¿tiene la llave? ¿La cerró usted anoche?
—Sí, la cerré y ya va a permanecer así.
—¿Qué quiere usted decir?
—Sencillamente: que renuncio a esa habitación. ¡Que se la quede la muñeca! No necesitamos esa estancia. Probaremos aquí.
—Pero esta es su salita despacho.
—No importa.
—¿De veras no entrará más en el probador? —preguntó Sybil incrédula.
—¡Exacto!
—Pero, ¿y la limpieza? Se pondrá horrible de suciedad.
—¡Qué se ponga! Si el probador se ha convertido en lugar privado de una muñeca, pues... ¡para ella! Eso sí, que se limpie la habitación —y añadió—: Nos odia, ¿no lo sabe?
—¿Qué dice? —preguntó asombrada Sybil—. ¿Qué la muñeca nos odia?
—Sí. ¿No se ha percatado de ello al mirarla?
—Creo que sí —comentó pensativa, Sybil—. Creo que sí lo advertí. Hace mucho tiempo que tengo la sensación de que nos odia y quiere echarnos de allí.
—Es muy cruel —aseguró Alicia—. Bueno, desde ahora podrá vivir satisfecha.



Durante algunos días hubo paz en el taller de modistas. Alicia explicó al resto del personal que había renunciado temporalmente al probador, pues eran demasiadas habitaciones para limpiar todos los días.
Eso no evitó que aquella misma tarde una de las obreras dijese a otra compañera:
—Realmente está ida la señorita Coombe. Siempre me pareció algo rara; sobre todo cuando pierde las cosas y las olvida. Ahora se pasa de la raya. ¡Mira que tenerle ojeriza a la muñeca!
—¿No temes que se vuelva loca —preguntó la otra—, y un mal día nos apuñale, o intente algo parecido?
Alicia, que las oyó, sentóse indignada en su silla. «¿Qué yo estoy ida?» —se preguntó—. Luego, furiosa, dijo en voz alta:
—En realidad, si no fuera por Sybil, creería que es verdad. Ella y la señora Groves temen como yo, que hay algo en la muñeca.

Tres semanas más tarde Sybil dijo a Alicia:
—Es necesario que entremos en el probador.
—¿Para qué?
—Debe hallarse muy sucio. Además, las polillas atacarán cuanto hay allí dentro. Sería mejor barrer y quitar el polvo, y luego cerrar de nuevo.
—Prefiero que siga como está antes de entrar otra vez.
—Es usted más supersticiosa que yo —dijo Sybil.
—Eso parece —contestó Alicia—. En cierto modo, al principio me divertía. Sin embargo, bien se ve que soy más crédula que usted. Realmente estoy asustada, y prefiero no entrar en esa habitación.
—En tal caso, entraré sola —afirmó Sybil.
—Muy bien. Pero confiese que lo hace por simple curiosidad.
—Tiene usted razón. Me siento curiosa. Quiero ver qué ha hecho la muñeca.
—Sería mejor no molestarla. Desde que la dejamos sola parece estar satisfecha. ¿Para qué perturbar su tranquilidad? —Alicia suspiró hondamente—. ¡Qué bobadas decimos!
—¿Seguro que son bobadas? En todo caso es ella quien nos obliga a decirlas. Y... ¡déme la llave!
—¡Está bien; está bien!
—¿Teme que salga de la habitación o algo parecido? Si es capaz de eso, también podría atravesar puertas y ventanas.
Sybil abrió el probador.
—¡Qué cosa más extraña! —dijo.
—¿Qué pasa? preguntó Alicia, mirando por encima del hombro de Sybil.
—Apenas hay polvo. Y, lógicamente, después de tan tiempo tendría que haberlo.
—Sí, es raro.
—¡Mírela! —invitó Sybil.
La muñeca se hallaba en el sofá. En vez de fláccida, aparecía erguida con un cojín detrás de ella, mostrando ese aire inconfundible de quien se sabe dueña y señora de su casa. Por su actitud, cualquiera hubiese creído que esperaba visita.
—Ya lo ve —dijo Alicia—. Parece encontrarse en su hogar. Casi siento la necesidad de pedir excusas.
—Vámonos.
Sybil volvió a cerrar la puerta.
Las dos mujeres se miraron, visiblemente temerosas.
—Me gustaría saber por qué nos asusta tanto —dijo Alicia.
—¡Cielos! ¿y quién no se asustaría? —preguntó la otra.
—Bueno, pero después de todo, ¿qué es lo que sucede? ¡Nada; absolutamente nada! Sólo se trata de una especie de marioneta que se mueve a su antojo por la habitación.
—¿Y si no es ella? ¿Y si fuera obra de un prestidigitador?
—¡Quién lo sabe!
—No, seguro que no es eso. Es... la muñeca.
—¿Está segura de que ignora su procedencia, señorita Coombe?
—No tengo ni la menor idea. Y cuanto más lo pienso, más me afianzo en la creencia de que ni la compré ni me la regalaron. Para mí, es que vino sola.
—¿Y se irá algún día del mismo modo que vino?
—¿Por qué ha de irse? Ha logrado cuanto deseaba.

Sin embargo, la muñeca no debía de haber conseguido cuanto deseaba. Pues, al día siguiente, Sybil, al entrar en el salón de exposiciones, se quedó con la boca abierta. Luego gritó por el hueco de las escaleras.
—¡Señorita Coombe! ¡Señorita Coombe; baje en seguida!
—¿Qué ocurre?
Alicia, que se había levantado tarde, descendió cojeando pues sentía dolor reumático en la rodilla derecha.
—¿Qué pasa, Sybil?
—¡Véalo usted misma!
Desde el umbral del salón, Alicia contempló la muñeca, que aparecía sentada en un sillón, tranquilamente apoyada contra el brazo del mismo.
—Ha salido —susurró Sybil—. Se ha salido del probador. Seguro que ahora quiere adueñarse de este salón.
Alicia se sentó junto a la puerta.
—No me extrañaría que piense en quedarse con todas las dependencias.
—Podría ser —dijo Sybil.
—¡Desagradable y perversa muñeca! —gritó Alicia—. ¿Por qué nos fastidias? ¡No te queremos!
Tanto ella como Sybil creyeron percibir que se movía. Fue algo parecido a un relajamiento de sus miembros de trapo. El largo brazo que descansaba en el sofá, medio le ocultaba el rostro, como si las observase astuta y maliciosamente.
—¡Criatura horrible! —volvió a-gritar Alicia—. ¡No puedo soportarte! ¡No puedo soportarte más!
Su acción sorprendió a Sybil. Corrió al interior de la estancia, cogió la muñeca, se fue a la ventana, la abrió y tiró el manojo de trapos a la calle.
Sybil, asustada, no pudo reprimir un grito:
—¡Alicia! ¿Qué ha hecho? Estoy segura de que no debió hacerlo.
Luego se unió a ella en la ventana. Sobre el pavimento, la muñeca yacía boca abajo.
—¡La ha matado! —dijo entrecortadamente Sybil.
—¡No sea absurda! ¿Cómo puedo matar una cosa de terciopelo y seda?
—Es horriblemente real —murmuró Sybil.
—¡Cielos! Aquella niña...
Una niña de corta edad, mal vestida, se paró junto a la muñeca en la acera. Miró arriba y abajo de la calle, que apenas tenía tránsito en aquella hora de la mañana, si bien pasaban algunos coches; luego, como satisfecha de su inspección, recogió la muñeca y echó a correr.
—¡Párate! ¡Párate! —gritó Alicia.
Ésta se volvió a Sybil.
—¡Esa niña no debe llevarse la muñeca! ¡No debe! Esa muñeca es peligrosa... Tenemos que evitarlo.
En aquel momento tres taxis circulaban por una dirección y dos camiones por la otra. La niña tuvo que detenerse en una isla en el centro de la calzada. Sybil bajó presurosa las escaleras, seguida de Alicia. Sortearon un par de vehículos, y, al fin, llegaron a la isla antes de que la niña cruzase al lado opuesto.
—No puedes llevarte esa muñeca —dijo Alicia—. Devuélvemela.
La niña, delgada, de unos ocho años y algo bizca, la miró desafiadora.
—¿Por qué tengo que dársela? Usted la tiró por la ventana, ¿no? Yo vi como lo hacía. Si usted la tiró por la ventana es que no la quiere. ¡Ahora es mía!
—Te compraré otra —ofreció Alicia—. Iremos a la tienda de juguetes que tú digas, y te compraré la mejor muñeca que tengan. Pero devuélveme ésta.
—¡No!
La niña estrechó protectoramente en sus brazos a la muñeca de terciopelo.
—Tienes que devolvérsela —dijo Sybil—. No es tuya.
Quiso arrebatársela, pero la pequeña dio una patada en el suelo, y les gritó:
—¡No! ¡No! ¡No! Es bien mía. La quiero. Ustedes no la quieren. La odian. Si no la odiaran no la hubieran tirado por la ventana. Yo la quiero, y eso es lo que ella necesita; que la amen.
Luego se deslizó como una anguila entre los vehículos y cruzó la calle, siguió por una callejuela, y desapareció antes de que las dos mujeres se atreviesen a cruzar.
—Se ha ido —exclamó Alicia desalentada.
—La muñeca necesita que la amen —repitió Sybil.
—Puede que sea verdad. Quizá sea cuanto quiso la pobre; ser amada.
En el centro de una calle londinense, dos mujeres se miraron asustadas.

FIN

viernes, 7 de octubre de 2011

SORPRESAS TIENE LA VIDA / EL CUENTO DEL AUTOR




FUE DESPUÉS DEL ALMUERZO
por José Ignacio Restrepo


Volteé la cabeza y vi un moscardón entrando por la ventana abierta. Era realmente grande, de un color entre verdoso y siena, color mierda, como decíamos cuando éramos sólo cagones soñando con no ir a clases para poder jugar al futbol todo el día. El timbre del mensajero no dejaba de sonar, pero yo apenas atendía el llamado cuando en la pantalla del ordenador aparecía “YOU HAVE A MESSAGE”…Porque estas máquinas también tienen derecho a comunicarse con débiles auditivos, como yo…
Si. Exactamente hace seis años perdí casi por completo el sentido del oído, y aunque aún no me he pensionado ya luzco como un viejo, me comporto como tal, y llevo suficientes signos del paso del tiempo como para que quien me observa, piense que tengo setenta o más años en esta tierras de Dios, cuando son apenas cincuenta y seis años de vida. Y ¿por qué ocurrió todo así? Por la misma razón que a todos nos pasa. La necesidad. Pasé veintiséis años trabajando para una empresa entre grandes máquinas, aguantando ruidos infernales, y eso dañó mis oídos; lo que soporto tenía que suceder de cualquier modo. Simplemente los cambié por una vida de mediana comodidad, con las cosas que se necesitan para vivir bien, dentro de una casa bonita…En absoluto silencio…
Me siento ante mi laptop y abro el mensajero. Es Diana. Me cuenta que Raúl llega de España mañana por la tarde, y que ella va a ir a recibirlo sola, pues no tiene tiempo de venir por mí. Debe corregir pruebas de sus alumnos y luego asistir a una reunión de planeación en la Universidad. Así que saldrá directamente por el muchacho, y luego comprará algo de comida para que cenemos los tres aquí en mi apartamento. Me parece muy buena idea. Tanto aprenden a conocernos quienes han compartido la vida con nosotros, que al final hasta se dan el lujo, bien ganado, de tomar decisiones por nosotros.
Diana fue mi mujer durante casi veinte años. Fue una relación gris, sin ninguna perspectiva, acunada en los mismos términos donde había yo anidado filosóficamente los principios de mi trabajo, que eran la rutina, la necesidad, y la falta de imaginación, tres monstruos que escasamente muestran sus huellas, y que solamente revelan sus caras cuando están a punto de acabarnos, de comernos, de volvernos colada de carne con pulpa de papa, esa comida que se da a los bebes. Rutina y carencia de imaginación son condiciones capaces por sí solas de acabar con la solvencia de un país; no van a terminar con la vida formal de un par de seres comunes y corrientes, que apenas se juntaron para ir tirando y no sentir mucho frío por las noches. Si, no me avergüenzo. Y creo que ella tampoco lo hace. Nuestro matrimonio fue viejo desde el principio. Vimos poco a poco como se acababa tranquilamente, insufriblemente, como otra parte esperada del programa. Ella y yo, lo fuimos viendo, cada uno mirando a destiempo desde su propio lugar, y cuando se murió lo amortajamos lo mejor que pudimos, pues para nosotros era nuevo eso de terminar una relación tan larga, ya casi insensibilizada por el paso exhaustivo de días y de noches, acompañados pero solos. Fue regresar al lugar de donde no nos fuimos nunca, es decir la soledad, y apenas si tuvo de raro, de distinto, el hecho de organizar bien un trasteo. Nada más, ni nada menos.
Para Raúl, nuestro hijo, la relación de sus padres fue una aventura sin exquisiteces, que le brindó una infancia sin emociones, pues éramos dominantes y corrientes, formales como una caja de cartón. Y tan anticuados y predecibles que él nos descubrió a los diez años, y a los diez y siete, determinó que quería irse para otro país a estudiar, y no hubo fuerza que evitara que el muchacho se librara de nosotros. Porque eso era en el fondo lo que el muchacho quería, alejarse de dos viejos que no lo eran, cuyas perspectivas eran tan drásticamente pingües que él sospechaba quedaría apresado allí, en la escasez de la cotidianidad que Diana y yo podíamos, en últimas ofrecerle. Habría quedado preso, igual que lo estaba el gigantesco moscardón, que se había enredado finalmente en la cortina, y ahora era vapuleado insistentemente por el viento.
Me erguí con alguna dificultad. Tomé una malla cazamariposas con la que a veces gastaba minutos de mi inservible tiempo, rescatando los insectos que entraban al apartamento para salvarles la vida. Fui hasta la cortina y destrabé al feo abejorro de su recién descubierta celdilla de tela transparentosa, sin oír su violento ejercicio de defensa, que ahora tenía al frente dos enemigos de desconocido origen, pero sumamente peligrosos. Acaso hizo de su forcejeo una remembranza de algún pasado acto de sobrevivencia pura, y de pronto escapó, tanto de la cortina como de la reja ojalada que casi lo atrapaba, adherida a ese monstruo que tenía aspas como alas y vigorosos pilares que lo aprisionaban contra el suelo, o sea yo.
Salió despavorido por la misma ventana, que lo había dejado entrar al misterio de mi casa. Me senté, y me sumí luego en pensamientos no del todo agradables, en los que se mezclaban conceptos básicos como la libertad, el tiempo, la soledad…la muerte. Ese estado no se alargó demasiado, pues me sobrevino luego un apetito enorme, producido por la sensación de vacío casi completo del estómago, pues el desayuno había sido solamente un café con tres galletas de soda. Fui hasta la cocina. En completo silencio, preparé algo que estaba en la nevera, una carne molida compuesta en bolitas, que era deliciosa, unas papás al carbón que quedaron de una salida a comer hace unos días y el infaltable arroz que había quedado del día anterior. Serví un vaso de jugo, y me senté en la mesa, pues ya no tenía televisor,  ni tampoco radio. Esas son cosas que apenas soportan quienes tienen completos sus sentidos. Continué con las disquisiciones que había comenzado a construir unos minutos antes. Cuando completé una suerte de curva epistemológica llegué pleno al tema de la muerte, de la extinción, la inobjetable desaparición. Con el café en la mano, descorrí sistemáticamente los pasillos de ese temario, que a muchos les luce como algo desagradable, de inquietante dimensión y limitado trato. Pero, no para mí, que estaba sumido en ese silencio denostado, seco, pero nunca impropio o desagradable. Mi sordera había terminado siendo su amiga, me acompañaba, me dejaba pensar, se hacía noblemente a mi lado, cuando todo y todos se iban, o me abandonaban como quien se libra de algún bicho raro.
Ya había lavado los platos y me disponía a calentar un agua para prepararme un café, cuando sorpresivamente se iluminó la luz que anunciaba que alguien había llegado por el ascensor hasta su piso, que era el noveno del edificio. La luz se prendía antes de que alguien llegara propiamente a la puerta, con el fin de que él se pudiera estar sobre aviso y asomarse por el ojo mágico para mirar quien era. Se asomó por el pequeño adminículo, y vio que se acercaba Diana. Le sorprendió muchísimo, pues el correo había sido poco menos que enfático, avisándole que no antes de mañana vendría junto con su hijo.
Me quedé frente a la puerta, para verla cuando entrara, pues ella aún conservaba la llave. La vi ingresar, cubierta su cabeza con gorra de crochet y un abrigo sobretodo que no le conocía. Al cerrar la puerta y voltearse, vi cuando introdujo las llaves en su bolso y extrajo de el sin motivo alguno una pistola pequeña, que comenzó a levantar para apuntarme, todo ello como si fuera una broma insidiosa, a cambio del normal saludo. Diana, me hablaba, pero yo no podía escucharla. Su rostro estaba contraído por el esfuerzo, la pistola mantenía su posición, y yo no tenía idea de lo que ocurría. Pero, la amenaza era evidente y se hizo impositiva cuando vi el fogonazo rojo y sentí el proyectil rasgando la piel de mi pómulo derecho, quemándome la cara. 
El sordo se abalanzó sobre ella, mientras tomaba conciencia plena de lo que ocurría. Recordó que había suscrito hacia casi un año un seguro de vida, que la hacía completa beneficiaria en caso de que él muriera. Mientras forcejeaba reconoció que en ese momento había pensado más noblemente que de forma razonable, pues ellos nunca habían sido nada. Aunque ella apretaba con fuerza el arma de fuego, él retenía su brazo entre sus manos; se sintió bruscamente como el moscardón que había intentado zafar de la cortina unas horas atrás. En medio de la brega, que acontecía para él en el más profundo de los silencios, terminaron empujando violentamente la puerta del apartamento, y salieron expulsados al hall, que era más amplio y estaba absolutamente vacío.
La lucha de los ex esposos se prolongó por dos o tres minutos más. El hall vacío los miraba, tan silenciosamente como lo había hecho el apartamento unos minutos atrás. Un aviso de baldosa, de esos que normalmente colocan para avisar sobre reparaciones, pasó inadvertido para ellos, que simplemente se lo llevaron con el empellón que sobrevino a la pérdida de la pistola. La mujer no pudo frenar y fue engullida por la puerta abierta del ascensor, que justo hacía dos minutos se hallaba en mantenimiento. Simplemente desapareció por el hueco oscuro que había en vez de la puerta.
El sordo se quedó mirando el ascensor abierto, y el aviso pequeño al lado, “CUIDADO, EN MANTENIMIENTO”. Miró la esquina del hall, donde se hallaba la cámara de seguridad, y luego entró temblando a su apartamento. Desesperadamente, marcó el 911…

-  Señorita, ha habido un accidente…Envíen una ambulancia…


martes, 4 de octubre de 2011

UNA SEÑORA DEL CUENTO CORTO / Nos visita Katherine Mansfield

Sopla el viento

Katherine Mansfield




Repentinamente... horriblemente... ella se despierta. ¿Qué ha ocurrido? Ha ocurrido algo horrible. No, no ha ocurrido nada. Es sólo el viento que estremece la casa, sacudiendo las ventanas, golpeando un hierro del techo y haciendo temblar su cama. Las hojas pasan aleteando frente a su ventana, alejándose hacia arriba; en la avenida un periódico completo se agita en el aire como una cometa perdida y cae clavándose en un pino. Hace frío. El verano ha terminado... es otoño, todo es feo. Los carros pasan ruidosamente, balanceándose de lado a lado; dos chinos avanzan a pasitos cargados con un balancín de madera del que penden los cestos cargados de verduras... sus coletas y sus blusas azules volando al viento. Un perro blanco de tres patas pasa aullando frente a la cerca. ¡Todo ha terminado! ¿Qué ha terminado? ¡Oh, todo! Y ella empieza a recogerse el pelo con dedos temblorosos, sin atreverse a mirar en el espejo. En el vestíbulo, mamá habla con la abuela.

-¡Una perfecta idiota! Imagínate, dejar todo en la cuerda con un tiempo como éste... Ahora mi mejor mantel de Tenerife está hecho jirones. ¿Qué es ese olor tan raro? ¡Se quema el guisado! ¡Oh, cielos, este viento!
A las diez tiene lección de música. Ante esta idea, empieza a sonar en su cabeza el movimiento en tono menor de Beethoven, con sus trinos largos y terribles como el redoble de pequeños tambores... Marie Swanson corre por el jardín de la casa de al lado para recoger los crisantemos antes de que se destrocen. La falda se le vuela por encima de la cintura, ella trata de bajársela, de metérsela entre las piernas mientras se agacha, pero de nada sirve... el viento se la levanta. Todos los árboles y arbustos se agitan a su alrededor. Ella arranca las flores tan rápido como puede, pero está muy aturdida. No sabe lo que hace: arranca las plantas de raíz y dobla y retuerce los tallos, patalea y maldice.
-¡Por el amor de Dios, dejen cerrada la puerta del frente! ¡Entren por atrás! -grita alguien. Y después la voz de Bogey:
-Mamá, te llaman por teléfono. Teléfono, mamá. Es el carnicero.
¡Qué horrible es la vida... un asco, simplemente un asco! Y ahora, para colmo, se le ha roto el elástico del sombrero. Por supuesto. Se pondrá su vieja boina y se escabullirá por atrás. Pero mamá la ha visto.
-¡Matilde! ¡Matilde! ¡Regresa de inmediato! ¿Qué diablos te has puesto en la cabeza? Parece un cubretetera. ¿Y por qué tienes esa melena cubriéndote la frente?
-No puedo demorarme, mamá. Llegaré tarde a mi clase.
-¡Regresa de inmediato!
No lo hará. No lo hará. Odia a su madre.
-¡Vete al infierno! -grita, y corre calle abajo.
En olas, en nubes, en grandes remolinos el polvo golpea, trayendo con él briznas de paja y pedregullo y abono. Los árboles de los jardines rugen y, desde el fondo de la calle donde vive el señor Bullen, llega el lamento del mar: “¡Ah... ah... !”
Pero la sala del señor Bullen está silenciosa como una caverna. Las ventanas están cerradas; entrecerrados los postigos, y ella no ha llegado tarde. La chica-que-está-antes ha comenzado a tocar “A un iceberg”, de MacDoweIl. El señor Bullen le lanza una mirada y esboza una sonrisa.
-Siéntate -le dice. Siéntate en un rincón del sofá, damita.
Qué divertido es. No es que se ríe de uno, exactamente... pero hay algo... ¡Oh, qué tranquilo está todo aquí!
Le gusta esta habitación. Huele a sarga, a humo rancio y a crisantemos... hay un gran jarrón lleno de crisantemos sobre la chimenea, junto a la desteñida fotografía de Rubinstein... a mon ami Robert Bullen... Sobre el negro y reluciente piano está colgado “Soledad”, un cuadro que representa a una mujer morena y trágica vestida de blanco, sentada sobre una roca con las piernas cruzadas y el mentón apoyado en las manos.
-¡No, no! -dice el señor Bullen, y se inclina sobre la otra chica y toca ese pasaje en el piano, pasando sus manos por encima de los hombros de la otra. ¡La muy estúpida... se sonroja! ¡Qué ridícula!
Ahora la chica-que-está-antes se ha ido, la puerta del frente se cierra de un portazo. El señor Bullen regresa y camina de arriba abajo muy suavemente, esperándola. ¡Qué extraordinario! Sus dedos tiemblan tanto que no puede deshacer el nudo de su carpeta de música. Es el viento... Y su corazón late con tanta violencia que le parece que le levanta y le baja la blusa con cada latido. El señor Bullen no dice una palabra. En el ajado y rojo taburete del piano entran dos personas. El señor Bullen se sienta junto a ella.
-¿Empiezo con las escalas? -pregunta ella, retorciéndose las manos-. También tenía unos arpegios.
Pero él no responde. Ella cree que ni siquiera la ha oído... y entonces, de repente, su fresca mano, la que tiene el anillo, se extiende y abre el tomo de Beethoven.
-Vamos a hacer algo del viejo maestro -dice.
Pero por qué le habla con tanta amabilidad... con tantísima amabilidad... y como si se conocieran desde muchísimo tiempo atrás, y lo supieran todo uno de otro.
Lentamente, él vuelve la página. Ella observa su mano... es una mano hermosa y siempre parece recién lavada.
-Estamos aquí -dice el señor Bullen.
Oh, esa voz amable. Oh, ese movimiento: en tono menor. Aquí vienen los pequeños tambores...
-¿Hago la repetición?
-Sí, pequeña.
Su voz es demasiado, demasiado amable, las corcheas y los trinos bailan de arriba abajo en el pentagrama como negritos sobre una cerca. Por qué es tan... Ella no llorará... no tiene por qué llorar...
-¿Qué te pasa, pequeña?
El señor Bullen le toma las manos. Su hombro está justo junto a su cabeza. Se apoya un poquitito en él, pone su mejilla contra la áspera tela.
-La vida es tan horrible -murmura, pero no siente en absoluto que sea horrible. Él dice algo acerca de “esperar” y “marcar el tiempo” y “ese raro ser que es una mujer”, pero ella no lo escucha. Es tan cómodo esto... para siempre...
De repente la puerta se abre y aparece Marie Swanson que ha llegado horas antes de su clase.
-Toca el alegretto un poco más rápido -dice el señor Bullen, y se levanta y empieza a caminar de arriba abajo una vez más.
-Siéntate en el rincón del sofá, damita -le dice a Marie.

***

El viento, el viento. Es aterrador estar aquí sola en su cuarto. La cama, el espejo, el jarro y la jofaina blancos relucen como el cielo. La cama es lo más aterrador. Allí está, profundamente dormida... ¿Acaso mamá se imagina por un momento que ella zurcirá todos esos zoquetes anudados sobre la colcha que parecen serpientes? No lo hará. No, mamá. No veo por qué debo hacerlo... ¡El viento... el viento! Hay un raro olor a hollín que se cuela por la chimenea ¿Alguien le ha escrito poemas al viento...? “Traigo flores frescas a las hojas y lluvia”... ¡Qué tontería!
-¿Eres tú, Bogey?
-Vamos a caminar por la explanada, Matilde. No aguanto más.
-Ahora mismo. Me pondré el impermeable. ¡Qué día espantoso!
El impermeable de Bogey es igual al de ella. Abrochándose el cuello, se mira en el espejo. Tiene el rostro pálido, los dos tienen los mismos ojos excitados y los labios calientes. ¡Ah, qué bien conoce a esos dos del espejo! Hasta luego, querido, regresaremos pronto.
-Esto es mejor, ¿no es cierto?
-Agárrate de mi brazo -dice Bogey.
No pueden caminar tan rápido como quisieran. Con las cabezas gachas, apenas rozándose las piernas, dan zancadas como una sola y ansiosa persona a través de la ciudad, por el asfalto que zigzaguea y junto al que crece salvaje el hinojo, hasta llegar a la explanada. Oscurece... empieza a oscurecer. El viento es tan fuerte que tienen que esforzarse por avanzar, tambaleándose como dos borrachos. Todas las pobres plantitas de pohutukawa de la explanada se doblan hasta el suelo.
-¡Vamos! ¡Vamos! ¡Acerquémonos más!
El mar está muy alto por encima de la escollera. Se quitan los sombreros y el pelo se les vuela hasta la boca, con gusto a sal. El mar está tan revuelto que las olas no rompen sino que golpean contra el áspero muro de piedra, absorbiendo las algas de los goteantes peldaños. Una fina llovizna de agua de mar azota la explanada. Bogey y ella están cubiertos de gotas, en la boca siente un sabor frío y húmedo.
A Bogey le está cambiando la voz. Cuando habla recorre todos los extremos de la escala. Es divertido... hace reír... y de algún modo está de acuerdo con el día. El viento se lleva sus voces... lejos vuelan sus frases como delgadas saetas.
-¡Más rápido! ¡Más rápido!
Ya está muy oscuro. En el puerto, las barcazas carboneras tienen dos luces: una en el mástil y otra en la popa.
-Mira, Bogey. Mira allí.
Un gran vapor negro que deja escapar una larga columna de humo, con las escotillas iluminadas, con luces en todas partes, está saliendo al mar. El viento no lo detiene, corta las olas en dirección al paso que se abre entre las rocas puntiagudas, en camino a... Es la luz lo que lo hace parecer tan bello y misterioso... Ellos están a bordo, con los brazos entrelazados y apoyados en la barandilla.
-... ¿Quiénes son?
-... Son hermanos.
-Mira, Bogey, allí está la ciudad. ¿No parece pequeña? Allí está el reloj del correo dando la hora por última vez. Allí está la explanada por la que caminamos aquel día ventoso. ¿Te acuerdas? Aquel día lloré en mi clase de música... ¡Cuántos años atrás! Adiós, islita, adiós...
Ahora la oscuridad extiende un manto sobre las aguas revueltas. Ya no se ven las siluetas de esos dos. Adiós, adiós. ¡No nos olviden!... Pero, ahora el barco se ha ido.
El viento... el viento.