jueves, 27 de mayo de 2010

TEMAS POSMODERNOS

LA REINGENIERIA DE LA DIVISION INTERNACIONAL DEL TRABAJO:
LA ECONOMIA A LA CONQUISTA DE LA POLITICA
Ya no sabemos quién nos representa. En la lógica exhausta de la democracia, el tema de los parlamentos es aun el dossier de necesidades de las mayorías, pero en el día a día de la oferta y la demanda, son las necesidades las que se ponen en venta en las votaciones de los legisladores, para que pague el que más tenga, el que pueda proveer solución. En un entramado artilugio que se renueva cada minuto, esa ley de oferta y demanda transforma todo: la herencia cultural, los parabienes patrios, las posibilidades y perspectivas de poblaciones enteras que carecen de representación honesta, la repartición de las labores y la orientación de los perfiles profesionales, todos los dispositivos que organizan de manera particular la lógica del intercambio y la intermediación, se vuelven dependientes de esta nueva lógica, en la cual priman intereses individualistas sobre las necesidades de todos. O, para nombrarlo de manera certera: toda la herencia histórica del hombre se ha puesto en venta en el interés de reorganizar la economía política en un grado más alto de globalización.
La nueva Maquila, no se lleva a cabo en habitaciones sin aire e iluminación, donde viudas y niños se confundían en una ajetreada labor sin término. Ahora son hombres y mujeres muy jóvenes, con su computador personal y su blackberry, trabajando en cafeterías, en aeropuertos, en cualquier lugar donde haya red inalámbrica, los que como azarosas abejas ronroneantes, desarrollan la labor sesuda de construir la nueva sociedad que no tiene nacionales, sino tareas e intereses, en la que la única prisa alienta solamente la consecución frenética de dinero, posición social, y acaso fama. No importa que obstáculos se presenten, el que llegue se queda con todo. Entonces, cientos de valores sociales que se agrupaban para resistir cuando la solvencia económica era solamente un sueño, han ido a parar al bote de desperdicios históricos, simplemente porque ninguno de ellos hace de buena herramienta para ninguno de los nuevos problemas que traen los nuevos tiempos. Por ejemplo, la solidaridad de género, tan vital en tiempos difíciles, ahora es un cuento antiguo que nadie narra, pues los grupos de tarea se han atomizado, los equipos de un solo hombre y las modernas juntas directivas que guían sin mesura el destino de naciones enteras, no consienten siquiera que las determinaciones que trazan su usufructo, sean puestas en duda. Los vehículos de difusión, los medios, la prensa, hace ya medio siglo que hicieron parte de algún botín de intercambio millonario, y hoy solo tenemos la ilusión de ser informados.
La sociedad nada sin garantías y su supervivencia ya no es segura. Por lo menos, no existe garantía sincera de que esta sociedad superviva y lo más seguro es que deba continuar prostituyéndose para confirmar la existencia de los individuos, para corroborar que los actos del presente solo privatizarían todavía más los derechos colectivos, y entre tanta locuacidad técnica y tecnológica, en medio de tanto brillo humano que oscurece la sobrevivencia del todo, los designios de la especie se iban a morir de cruel y lenta manera, en el catecismo del totalitarismo utilitario, cuya ética invariable define al hombre como Homo Fabilie, ese que termina poniéndole todo su razonamiento, su lógica, a la explicabilidad del acto fallido repetido.
JOSE IGNACIO RESTREPO
Sociólogo U de A

SOBRE NOSOTROS Y LO NUESTRO



EN EL PAÍS DE LAS PALABRAS ILUSTRES
por William Ospina

El nuestro es un país con un alto sentido de la ilusión. Ha vivido sobre todo la ilusión de las palabras. Descubrimiento, Conquista, Independencia, República, son algunas de ellas.
El Descubrimiento es la primera, pero ya Germán Arciniegas afirmó con lucidez que aquí no se había vivido el descubrimiento sino el cubrimiento de América. La lengua española no llegó a descubrir sino a cubrir, a acallar, a borrar, a hacer flotar ruiseñores inexistentes, o existentes solo en el lenguaje, sobre la mayor variedad de aves del mundo. Y basta oír hoy a los políticos para saber que aquí las palabras no explican la realidad sino que la suplantan. Esta semana un consejero presidencial decía por la televisión sin que le temblara la voz: “No se trata de impunidad, se trata de suspensión de la pena”. Y el propio presidente de la República, hablando de un posible delito cometido en otro tiempo por su ministro de Defensa, dijo: “Tal vez se haya equivocado, pero actuó con transparencia”. Las palabras no sirven para explicar sino para disimular los hechos.
Por eso ha habido una suerte de tensión en el campo de la poesía. Nuestros poetas se movían bien en la irrealidad. Guillermo Valencia solo se inspiraba en la fauna mítica que trajo la lengua. “Dos lánguidos camellos de elásticas cervices”, “De cigüeñas la pálida bandada”. Y Barba Jacob comprendió que vivíamos bajo el despotismo de las palabras ilustres. Por eso no le gustaba hablar sino lanzar alaridos. Y uno de ellos es muy conveniente para ilustrar nuestra realidad. Aquí, donde hablamos de paz todo el día, Barba Jacob había dicho hace ochenta años: “La paz es mi enemigo violento y el amor mi enemigo sanguinario”. La poesía contrariando la ilusión de las palabras.
La Conquista es otro término ilustre. Pero no ignoramos que el país no fue conquistado. Todavía están intentando conquistarlo. Ello se debe a que se lo arrebataron a los indígenas y se lo arrebatan a los campesinos, pero la mentalidad que se abrió camino quiere arrebatárselo también a la naturaleza, y eso aquí no es posible. En estas regiones equinocciales el dilema es naturaleza o aniquilación, luchar contra la naturaleza no es conquistar, es destruir. La Conquista prosigue, pero bajo la forma de la destrucción.
Sé que no son necesarias muchas digresiones sobre esa tercera palabra: la Independencia. Hablar aquí de independencia es perpetrar oxímoron. Vivimos la tiranía de las palabras ilustres, y tenemos un deber de vigilancia, de contradicción, de revelación de sentidos ocultos. Pienso en un par de versos de José Manuel Arango: “Por calles que tienen nombre de batallas / voy solitario y vano”. Junín, Ayacucho, Carabobo, qué bueno que el poeta nos recuerde que estas calles tienen nombres de batallas, de esas cosas tumultuosas y enfáticas. Y que no opte por la épica sino por el desencanto, que no quiera sentirse falsamente patriota ni solemne, sino que diga, casi como un timbre de orgullo: “voy solitario y vano”. También Barba Jacob, que es el más grande de nuestros poetas, el menos correcto, el más incandescente, enumera estrofa tras estrofa las glorias de mundo y termina diciendo: “Alma mía, alma mía, alma mía, qué cosa tan vana”.

León de Greiff, que vivía harto de nuestro patriotismo simulador, que dijo que quería vivir “lejos de santanderes y de bolívares”, que temía que los políticos solo dicen “patria” cuando quieren ocultar alguna canallada, gozaba burlándose de ellos, hablando para que le entendieran sin entenderle: “Toda aquesa gentuza verborrágica, / trujamanes de feria, gansos de Capitolio, / engibacaires, abderitanos, macuqueros, / casta inferior desglandulada de potencia, / casta inferior elocuenciada de impotencia, / me causa hastío, / bascas me suscita, / gelasmo me ocasiona”. El travieso lenguaje de la poesía contra el manipulador lenguaje de la oratoria. Ya Kant había dicho que la principal diferencia entre la poesía y la oratoria está en que la oratoria se propone como una verdad pero en realidad discurre como un juego, y en cambio la poesía se propone como un juego pero en realidad discurre como una verdad.
Yo propondría que artistas y poetas rehúyan el lenguaje de la confrontación, que no le hablen al poder sino a la gente, y que desnuden la maquinación de las grandes palabras: cómo se adultera el lenguaje, cómo se profana la lógica, cómo se mancilla lo sagrado, cuántas palabras solemnes e ilustres sobre las incontables tumbas sin nombre. Y que se reconozca que no han sido siquiera los artistas sino sobre todo un puñado de periodistas quienes en Colombia han defendido la verdad en estos tiempos tan sombríos.
La República es otra palabra de la serie. Aquí, donde hay demasiadas palabras y demasiado silencio a la vez, en este país que como una forma anómala de la geometría siempre tuvo su centro afuera, en la corona española, en el Vaticano, en la revolución francesa, en el mercantilismo inglés, en los molls de Miami; en este país con nombre de almirante italiano, con religión romana, con código civil francés, con lengua española, cuya dirigencia solo quiere tener muebles vieneses y humor británico, en este país cuyo escudo tiene gorro frigio y Canal de Panamá, alguien escribía hace poco en la prensa acerca de la belleza y la elegancia de nuestro mapa. Porque, como decía Borges, las ilusiones del patriotismo no tienen límites. Pero el historiador Hermes Tovar acaba de publicar un libro que ilustra cómo ha sido cercenado sin cesar ese mapa que a alguien le parece tan bello solo porque le resulta familiar. En el mapa, como en el mundo, nuestra realidad es más bien la de la “casa tomada”.
Atrapados entre el Dorado que no tuvimos y el Dorado que ya perdimos, entre el cielo de la añoranza y el cielo de la esperanza, tenemos que recordar como Aurelio Arturo la casa perdida, el drama de todo colombiano: “Casa grande, blanco muro, piedra y ricas maderas, / a la orilla de este verde tumbo, de este oleaje poderoso”. Y terminar diciendo como él: “Y yo volvía, volvía, por los largos recintos / que tardara quince años en recorrer, volvía. / Y a la mitad del camino de mi canto, / me detuve temblando / y no tiembla entre sus alas rotas / con tanta angustia un ave que agoniza / cual pudo / mi corazón luchando entre cielos atroces”.
Estamos en el país de la casa perdida. En el país de los desplazados a los que el poeta les ofrece su voz: “Trajimos, sin pensarlo, en el habla los valles”. De los muertos, a los que les ofrece su lamento: “La noche ya ha cosido

suavemente tus párpados/ como dos hojas más a su follaje negro”. De los sobrevivientes, a los que les ofrece su canto: “Los muertos viven en nuestras canciones”. Qué capacidad de cantar la de este pueblo a pesar de tanto horror. El poeta había dicho: “Contra la muerte coros de alegría”. No es que seamos felices, como quieren las encuestas triviales, es que no podemos ni queremos dejar de cantar. La poesía colombiana tieneque rendirle su homenaje al cantor popular, a José Barros, cuya versatilidad e inspiración los representa a todos ellos, quien acaba de morir después de llenarnos la vida de música, después de darle tanto a la gente en un país donde a la gente le quitan todo. “El vaquero va cantando una tonada / y la tarde va muriéndose en el río”: el juglar nos dejó también bellas palabras.
Estamos en la República de los desplazados, de mucha gente que no necesitó salir del país para vivir exiliada en él. Pero también Barba Jacob nos explicó, sin proponérselo, que Colombia no ha caído, a pesar de tan larga tragedia, por la tenacidad de su gente. Por esa capacidad de alzarse con valor frente a la nada que le dieron, de no rendirse a los engaños de la ilusión: “Nada, nada por siempre, y merecía / mi alma, por los dioses engañada, / la verdad, y la ley, y la armonía. / Sé digna de este horror y de esta nada / y activa y valerosa, oh alma mía”.
Esa gente activa y valerosa merece como nadie un país. Esa gente que trajo sin pensarlo en el habla los valles, que va cantando una tonada mientras la tarde va muriéndose en el río, que quiere que por fin este país sea una patria y no un campo de tiro. Y para esa gente, que somos también nosotros, yo tengo un consejo: no esperar nada de los poderosos ni de los violentos ni de los que mancillan la condición humana. No pedir nada a los conquistadores de antes o de ahora. Creer en sí misma, y cumplir con la más sabia consigna de nuestra poesía, la que invita a entender que la verdadera riqueza es poder confiar en los otros. Oír estos versos de Barba Jacob que parecen decirnos: olvidémonos de la caridad, olvidémonos de la ilusión, la dignidad es algo que nadie puede darnos, que solo nosotros podemos alcanzar: “Apoya tu fatiga en mi fatiga / que yo mi pena apoyaré en tu pena”.
El poeta había dicho: “Contra la muerte coros de alegría”. No es que seamos felices, como quieren las encuestas triviales, es que no podemos ni queremos dejar de cantar.

martes, 25 de mayo de 2010

TEMAS POSMODERNOS

EL PADRE EXPULSADO Y LUEGO RECOBRADO
COMENTARIO AL ARTICULO DE MICHAELA OTT
La síntesis de la autoridad, la fortaleza restrictiva y la ternura que responde todas las preguntas, estaba contenida en la figura del padre y dio forma a su rol en la sociedad occidental, hasta que el desarrollo de ésta en la posguerra y el comienzo de la guerra fría determinó cambios al interior de la familia como unidad productiva básica, en las funciones de la mujer y de la madre y también en las características del hombre y del padre. Esa estructura tradicional altamente apreciada, y determinante del posicionamiento social de los miembros de la prole, se ha ido convirtiendo paulatinamente en una imagen presente – ausente dentro del grupo, asimilándose sus características a esa condición de existencia temporaria, de importancia supeditada y dependiente del resto de los componentes o miembros, muchas veces exigido en un desempeño y una efectividad que le es difícil reconocer como propia. El padre era un símbolo de toda la estructura social, la familia que lucía como su creación y su responsabilidad, era requerida como el núcleo del cuerpo social en una línea lógica, argumentada y alimentada con la educación, la tradición, la educación religiosa y el imperio de la ley.
El padre era el gobierno, lo legítimo, lo que sostenía el mundo del ataque bárbaro de la sinrazón que se esconde en el espíritu de los hombres. Era una figura mítica cuando irrumpía llegada la noche, y cambiaba por completo el aire de la casa, con su primera respiración, haciendo huir los gritos emocionales de la madre, que se la había pasado todo el día haciendo respetar de los niños la ley impuesta por la voz del padre. Como obra dramática, el hombre ausente – presente les repetía a aquellos pequeños que la madre era su delegada y que ellos debían obedecerla, pues así le obedecían a él. La mujer, entonces, era más un apéndice del rol masculino y su posición dentro del hogar y ante los hijos iba a extenderse a los trabajos y los otros roles sociales, fortaleciendo la estructura machista a través del tiempo.
La Modernidad encontró ese diseño vertical de roles y funciones con la preeminencia del rol paterno, al cual todos los demás se referían, prácticamente intocado a través de los siglos. Padre arriba, madre en medio e hijos abajo, eran estas las fundaciones de la sociedad de los machos que designaban las posiciones posteriores y determinaban las ortodoxias y heterodoxias sociales, lo formal y lo informal, lo principal y lo secundario, así como las correspondientes marcas en la cultura que dictaminan lo que debe permanecer y lo llamado a diluirse en la esfera de lo social.
Determinar el momento y la causa originaria de estos rompimientos supone un análisis externo a este, y es incluso inmanejable para esta reflexión. El cambio en las virtudes del padre, la transformación de su discurso y su protagonismo, determina grandes mutaciones en la lógica de acción, abstracción e intercambio del espacio conyugal, y del propio rol de la mujer. Esta fenomenología ha volcado lo femenino en un marco de contradicciones en los escenarios que normalmente podía habitar, lo femenino como esa suma de cosas que llenaban el mundo masculino de una esencia diferente a la suya propia, acaso adventicia pero significativa. La modernidad ha compuesto una nueva bitácora para esta mujer principal protagonista, que se construye en espacios diferentes a donde habita el sombrío del padre. Una insigne independencia plena de promesas, de funciones y de experiencias se alza sobre el vacío de la estructura paterna, incluyéndola en programas más amplios e importantes que comienzan con la definición y construcción de nuevos roles interdependientes, más adecuados para con las exigencias de la época, más promisorios frente a los problemas contemporáneos.
La metamorfosis de las figuras tradicionales frente al fortalecimiento del sistema de libre mercado y frente al empoderamiento del capitalismo en el panorama político mundial, fortalece en los individuos su papel de productores y consumidores. Esta condición, que deviene poco a poco en estructural, los hace iguales y capaces, los dota de condiciones de competencia inusitadas, que puede llegar a horadar o fracturar desempeños personales o grupales. La construcción de la cotidianidad y la lucha por conquistar bienes, servicios y comodidades determinan la vigencia, propiedad o necesidad de ciertas conductas (emociones, pensamientos, comportamientos, etc.) Los miembros de una familia moderna están siendo condicionados por fuerzas transformadoras provenientes de la cultura del mercado, que avasallan y ponen en contradicción direcciones y manifestaciones tradicionales, que eran funcionales con los viejos esquemas. Antagonismos que carecen de fundación, cuyo cauce y objetivo es parte del misterio de la interacción humana porvenir, son ahora el tema de trabajo de profesionales de las más diversas áreas, pasando por la salud, la administración de servicios públicos y la formación de educadores.
El padre perdido – encontrado no es de ningún modo un tema de afuera de la Modernidad, es un tema vital, congruente con el predominio de ciertos paradigmas muy nuevos (como la prevalencia del capitalismo sobre la política) que debe proveer de interrogantes importantes, difíciles de responder, al gran asunto de la construcción de los roles y las estructuras del comportamiento humano. La fundamentación teórica de algunas ciencias sociales y humanas habrá de desarrollarse, en aras de explicar, contestar y eventualmente ofrecer guía a las futuras generaciones, acerca de la razón y el fondo de estas transformaciones en las estructuras humanas. El porvenir de la familia, como fuero de la educación sobre lo moral y sobre lo ético, como lugar de garantías emocionales contra las vicisitudes de la existencia, debe recibir el apoyo y la custodia contra la invasión de conductas evanescentes pero equipadas con razones múltiples y respetadas, cuya empresa se funda en seguir la construcción del bien individual por encima de cualquier otro.
Esa inercia, la de la libre competencia, que debe por obligación corroer unos fundamentos para colocar allí los propios, puede terminar atrapando las tradiciones familiares, que quizá solo habitan un mundo de instituciones en formación que no tienen un buen presente pero pueden construirse mejor en el futuro, así como la presencia paterna, llena de dudas históricas, de sin sentidos irresueltos, de tristeza, que está allí, en la sombra de los malvenidos, sin poder despedirse de nadie porque nadie advierte su presencia.

JOSE IGNACIO RESTREPO

DE LA VOCACION A LA ACCION


A PROPOSITO DE LAS DESERCIONES EN LA ESCUELA:
NOTAS PRELIMINARES SOBRE SOCIALIZACION DE LA INFANCIA
Y NUEVAS SIMBOLICAS PEDAGOGICAS

El conflicto que subyace a toda nueva adquisición de herramientas que preparan o colocan al alcance de un maestro, propósitos renovados en cuanto a la instrucción de las nuevas generaciones, es decir, que le rehabilitan para oponer nuevas estrategias al fatigoso quehacer cotidiano de la trasmisión de saberes y haceres en los recintos escolares, emerge restablecido y dispuesto al enfrentamiento cada vez que ofrece su presencia y su rol ante los niños y jóvenes. Las paradojas que inundan el escenario de la educación escolar son variadas y satisfacen los gustos más sibaritas, si se trata de dudar sobre la obtención de los propósitos que supone el ejercicio natural de la pedagogia, junto a las generaciones que crecen. Esa nueva obtención que nos alegra en una primera instancia, y que se refiere a la generación de experticias y nuevos lenguajes para la consecusión de los intenciones docentes, no puede enfrentarse y vencer cuando analizamos los progresos, los cambios y las deconstrucciones sucitados en el ambiente escolar por toda la interacción natural y artificial, que construyen los educandos en las nuevas representaciones sociales, a las cuales desafortunadamente solo en ocasiones nosotros asistimos como verdaderos agentes en cuerpo y alma, dada nuestra condicion filosófica que fija lo estructural, asi sea de naturaleza volátil.

El estudio de los nuevos mecanismos del fenómeno educativo y la aproximación a los procesos culturales que han establecido diferencias con los modelos de décadas pasadas, dejan ver las necesidades y las dudas promovidas por las condiciones cambiantes, que parten del hecho continente de que ya no es la escuela el lugar único de las primeras fundaciones, y que no es la familia el interlocutor prevalente y responsable del establecimiento de la conducta en los niños, que además llevan unidos a su condición de infantes, múltiples adjetivos por su filiación con otros quehaceres, con otros roles y otras actividades propias de la infancia posmoderna.

La constatación a veces insoportable de que el ritmo de las transformaciones, en la vida cotidiana, en la comunicación, en las relaciones humanas y de los humanos con las cosas, supera nuestros esfuerzos por la comprensión y debilita la ejecución de los procesos de transmisión del conocimiento, asunto este que siempre hemos pensado como la plataforma de la civilización humana, coloca una sobrecarga dificil de equlilibrar en medio del movimiento que implica el desarrollo de los procesos educativos con niños y jóvenes. Y el compromiso aumenta, cuando dicho ejercicio debe probar una y otra vez, ya no su factibilidad sino su operatividad, frente a eventos evaluatorios que otorgan el permiso de la acción: institutores y programas, más sus metodologías y currículos quedan expuestos a cualificaciones desvertebradas, cuyo origen inocente ha salido de intenciones técnicas trasnochadas que no tienen las suficientes horas de vuelo en las nuevas naves de la información, la comunicación y los mediadores masivos, artilugios que ya los aprendices dominan como si fuera un juego (cuando el juego es el escenario real donde se construyen sus representaciones). Así, el fenómeno de las deserciones escolares amerita nuevas lecturas, por las explicaciones sobre su origen y las condiciones circundantes que problematizan su tratamiento. Además, porque a mi modo de ver, la escuela puede estar desertando de la educación y de los niños y no como se asegura, que son ellos quienes desertan de la escuela. Si extraemos de las líneas precedentes la reflexión sobre el extravío de los métodos de trasmisión del conocimiento, a propósito de la terquedad voluntariosa de los paradigmas positivistas que por tanto tiempo han determinado los procesos, acaso podríamos comenzar a entender el origen de los impedimentos pedagógicos que actuados en la comunicación no solo se experimentan en la escuela sino tambien en la familia. Tal vez, asombrados, comenzaríamos a confrontar nuestras explicaciones acerca de los problemas educativos, confirmando las voces de muchos que hace tiempo estan diciendo que nacen de la escuela misma, puesto que su estructura esta dispuesta no a favor sino en contra del conocimiento. De aproximarnos en esa dirección hacia una nueva valoración, una nueva simbólica no positivista ni calculista del conocimiento, podríamos eventualmente participar de los movimientos aún no nacidos que defienden la existencia de la educación por fuera de la escuela y la familia, podríamos convertirnos en paladines iconoclastas cuyo trabajo realmente sería la gestación y defensa de pequeñas verdades rebeladas, principalmente a partir del quehacer cotidianamente compartido con los pequeños en busca de la defensa de los conocimientos y sus rutinas inesperadas y móviles, tan ajenas a los derroteros curriculares y a las tercas mentes de los planificadores adoctrinados por el moho agripado de los textos que han precindido del hombre, pretendiendo ahogar el conflicto de su naturaleza perennemente inquisitiva.

En fin. Quizas asistimos a la defensa ética del conocimiento cada vez que un párvulo escapa del aula y se refugia con otros rebeldes como él en algún parque. No hemos advertido que sofocar el deseo de preguntar con repuestas a preguntas no formuladas, eso que a veces pensamos es la educación, puede lograr alguna vez que todos olvidemos como amar el deseo de conocer, de saber, de dudar por encima de todo...


JOSE IGNACIO RESTREPO ARBELAEZ

domingo, 23 de mayo de 2010

ZONA DE CUENTO/ERA UNA VENTANA AL CIELO


ERA UNA VENTANA AL CIELO

por José Ignacio Restrepo

Y, como si no fuera para este tiempo una puerilidad hacerlo, una pobre oblación atenta, verbal y atenta, sola en medio del recuerdo y de la nada, como uno más de las raíces exánimes del tronco muerto que soy, te puedo entonces hacer entender por que el acceso debía cumplirse sagradamente por la ventana, y no por la puerta, de la cual yo tenía llave por ser aquella la casa donde vivía mi madre. La vieja edificación de un tardío estilo victoriano, poseía una fachada de gran altura en la cual podían verse las huellas de una gigantezca mandrágora, arrancada de allí quien sabe hacía cuanto tiempo. A uno de los lados de ese inmenso y extraño mapa, los ahuecados ladrillos permitían encaramarse a la segunda planta, entrando sin ser advertido a la casa, y descender luego sin haber recorrido los pasillos y la escalera del interior para llegar hasta la puerta.

En una época en la que los otros todavía ignoraban aquella juvenil práctica de escalamiento, yo causaba sobresaltos tremendos a veces sin proponérmelo, cuando salía del dormitorio como un fantasma, con mi madre delante de mí caminando por el pasillo absolutamente convencida de mi ausencia en la noche. Mi voz neutra pronunciaba alguna sentencia grave como “Qué calor tan horrible está haciendo” y entonces ella volteaba, con el rostro demudado, lívido, e invariablemente me lanzaba su peor epíteto: eres igual a tu padre. Nunca se dignó explicarme como era que mi padre tenía todos mis defectos. Porqué mi ternura o mi paciencia no convocaban también otros recuerdos de él.

Un año y medio desde entonces...

Ahora que el dolor se ha vestido finalmente solo de ausencia, ahora que el tiempo como viento apresurado, impide que recuerde fielmente el timbre cantarino de su voz. Hoy, que Guadalupe es apenas un manojo de recuerdos, casi siempre entredormidos en algún sendero velado de mi mente, la veo: Guadalupe congelada en algunas fotografías que se están descoloriendo contra el fondo del pequeño cajón, en la mesilla de noche, presente en el ribete roto de un pañuelo lila, con el que me envolvió el dedo herido aquella mañana, en las fiestas de San Efrén, muy a pesar del tiempo puedo entonces decir algo, para que logre salir un poco de este aliento frío que hace años me habita... ¿Cómo echar mano de su imagen, de su rostro, de aquel impetuoso vuelo de sus manos, para alcanzar a componer las palabras nigromantes que contra el paso de este tiempo irrespetuoso la nieguen al olvido, la conserven?

Puedo contar las cosas que hicimos el último verano. Incluso a ti, que no tuviste a bien aceptarnos como un hombre y una mujer que están juntos porque así lo pactaron, que están dispuestos a no dejar de vivir por hacer pensar a los demás que viven con sus reglas, aunque eso solamente significara subirse por los hoyitos de la fachada hasta la ventana, tantas noches de fiesta casi ebrios o ebrios sin más, escalábamos, monólogos entre risas cascadas de lo muy anochecidas, suaves letanías pidiéndose mutuamente compostura, enracimadas entre tantos besos, con luna nueva o luna plena, Guadalupe y yo, un par de adolescentes con cuerpos ya un tanto gastados, antiguos comodines en los juegos de los otros hasta el instante de encontrarnos, solas sombras que fueron fundiéndose a fuerza de andar juntas... Qué cálida su sombra junto a la mía, qué fantasma se confunde hoy al verme, tan similar mi paso a su ya terca errancia, mi vista perdida oteando la arquitectura de la nada, tan semejante a sus ensimismadas rutinas construyendo el impasible olvido.

En ese entonces, la ventana era el único modo de entrar a tales horas a la casa, mucho más si no iba en plan de sueño. Mi madre ni siquiera imaginaba que Guadalupe escalaba esa fachada para dormir conmigo, para reclinarse en mi pecho después de hacernos el amor, y si lo hubiese averiguado, invariablemente me hubiese lanzado su bronco “eres igual a tu padre”, con el tono que significaba que me estaba aproximando rápidamente a la edad en la que ella lo había conocido, y se había enamorado de él locamente, en contra de toda actitud razonable, como en ocasiones decía ella misma. Con todo el rigor maternal ponía el cerrojo a la puerta principal, a las once de la noche. Sorprenderme en la mañana, brotando casi sin ropa de mi alcoba, Lupe humilde tras de mí, la hacía experimentar lo inoperante de su autoridad y el poco vigor de sus normas, frente a mi ilimitada voluntad de independencia. Sin embargo, no existía allí un fuerte militar y, por mucho, el cariño que me profesaba mamá estaba lejos de verse limitado por sus demostraciones de poder, naturales en una mujer de su estirpe. También por ello, por saber que mi madre soportaba más que amaba los hallazgos de mi corazón, remontar la fachada con Guadalupe fue siempre una digna metáfora de nuestro vínculo, cuyo pronóstico reservado casi nadie se contuvo de expresar: el incierto futuro del amorío entre el señorito Juan Felipe de Villafuerte y la moza de cuadra Guadalupe Piñeros, cuya inusual belleza no pudo nunca ocultar su piel cobriza bruñida y el hecho de solo llevar el apellido de su madre enseguida de su nombre. Nadie se contuvo, para ser sincero ni yo mismo.

Aunque no fue nunca el tema de ninguna de nuestras conversaciones, interiormente abrigaba una secreta tristeza, por saber que un día u otro merced a nuestros opuestos orígenes o al desgaste de nuestro mutuo estupor, o por la suma de ambas cosas, la extraña armonía que se había producido por la yunción de nuestras almas y cuerpos, se habría de extinguir inexorablemente... Cómo pudo caer de la ventana...

En estas horas, cuando revive como una pequeña llama entre húmedas cenizas, el luminoso recuerdo de la ardiente Guadalupe, sé positivamente que no podré producir en otra mujer los sentimientos que ella alimentó hacia mí por tantos años, tan pocos. No querré hacerlo. También sé que ninguna otra subirá su falda, para ascender por la alta fachada de la ya deshabitada mansión, en cuya segunda planta, serenamente y sin angustias, ha de estar vagando el alma ardiente de una moza de cuadra, en vida llamada Guadalupe Piñeros.

JOSÉ IGNACIO RESTREPO

viernes, 21 de mayo de 2010

PORQUE ESCRIBO escrito por George Orwell

Desde muy corta edad, quizá desde los cinco o seis años, supe que cuando fuese mayor sería escritor. Entre los diecisiete a los veinticuatro años traté de abandonar ese propósito, pero lo hacía dándome cuenta de que con ello traicionaba mi verdadera naturaleza y que tarde o temprano habría de ponerme a escribir libros.
Era yo el segundo de tres hermanos, pero me separaban de cada uno de los dos cinco años, y apenas vi a mi padre hasta que tuve ocho. Por ésta y otras razones me hallaba solitario, y pronto fui adquiriendo desagradables hábitos que me hicieron impopular en mis años escolares. Tenía la costumbre de chiquillo solitario de inventar historias y sostener conversaciones con personas imaginarias, y creo que desde el principio se mezclaron mis ambiciones literarias con la sensación de estar aislado y de ser menospreciado. Sabía que las palabras se me daban bien, así como que podía enfrentarme con hechos desagradables creándome una especie de mundo privado en el que podía obtener ventajas a cambio de mi fracaso en la vida cotidiana. Sin embargo, el volumen de escritos serios, es decir, realizados con intención seria, que produje en toda mi niñez y en mis años adolescentes, no llegó a una docena de páginas. Escribí mi primer poema a la edad de cuatro o cinco años (se lo dicté a mi madre). Tan sólo recuerdo de esa "creación" que trataba de un tigre y que el tigre tenía "dientes como de carne", frase bastante buena, aunque imagino que el poema sería un plagio de "Tigre, tigre", de Blake. A mis once años, cuando estalló la guerra de 1914-1918, escribí un poema patriótico que publicó el periódico local, lo mismo que otro, de dos años después, sobre la muerte de Kitchener. De vez en cuando, cuando ya era un poco mayor, escribí malos e inacabados "poemas de la naturaleza" en estilo georgiano. También, unas dos veces, intenté escribir una novela corta que fue un impresionante fracaso. Ésa fue toda la obra con aspiraciones que pasé al papel durante todos aquellos años.
Sin embargo, en ese tiempo me lancé de algún modo a las actividades literarias. Por lo pronto, con material de encargo que produje con facilidad, rapidez y sin que me gustara mucho. Aparte de los ejercicios escolares, escribí vers d'occasion, poemas semicómicos que me salían en lo que me parece ahora una asombrosa velocidad -a los catorce escribí toda una obra teatral rimada, una imitación de Aristófanes, en una semana aproximadamente- y ayudé en la redacción de revistas escolares, tanto en los manuscritos como en la impresión. Esas revistas eran de lo más lamentablemente burlesco que pueda imaginarse, y me molestaba menos en ellas de lo que ahora haría en el más barato periodismo. Pero junto a todo esto, durante quince años o más, llevé a cabo un ejercicio literario: ir imaginando una "historia" continua de mí mismo, una especie de diario que sólo existía en la mente. Creo que ésta es una costumbre en los niños y adolescentes. Siendo todavía muy pequeño, me figuraba que era, por ejemplo, Robin Hood, y me representaba a mí mismo como héroe de emocionantes aventuras, pero pronto dejó mi "narración" de ser groseramente narcisista y se hizo cada vez más la descripción de lo que yo estaba haciendo y de las cosas que veía. Durante algunos minutos fluían por mi cabeza cosas como estas: "Empujo la puerta y entró en la habitación. Un rayo amarillo de luz solar, filtrándose por las cortinas de muselina, caía sobre la mesa, donde una caja de fósforos, medio abierta, estaba junto al tintero. Con la mano derecha en el bolsillo, avanzó hacia la ventana. Abajo, en la calle, un gato con piel de concha perseguía una hoja seca", etc., etc. Este hábito continuó hasta que tuve unos veinticinco años, cuando ya entré en mis años no literarios. Aunque tenía que buscar, y buscaba las palabras adecuadas, daba la impresión de estar haciendo contra mi voluntad ese esfuerzo descriptivo bajo una especie de coacción que me llegaba del exterior. Supongo que la "narración" reflejaría los estilos de los varios escritores que admiré en diferentes edades, pero recuerdo que siempre tuve la misma meticulosa calidad descriptiva.
Cuando tuve unos dieciséis años descubrí de repente la alegría de las palabras; por ejemplo, los sonidos v las asociaciones de palabras. Unos versos de Paraíso perdido, que ahora no me parecen tan maravillosos, me producían escalofríos. En cuanto a la necesidad de describir cosas, ya sabía a qué atenerme. Así, está claro qué clase de libros quería yo escribir, si puede decirse que entonces deseara yo escribir libros. Lo que más me apetecía era escribir enormes novelas naturalistas con final desgraciado, llenas de detalladas descripciones y símiles impresionantes, y también llenas de trozos brillantes en los cuales serían utilizadas las Palabras, en parte, por su sonido. Y la verdad es que la primera novela que llegué a terminar, Días de Birmania, escrita a mis treinta años pero que había proyectado mucho antes, es más bien esa clase de libro.
Doy toda esta información de fondo porque no creo que se puedan captar los motivos de un escritor sin saber antes su desarrollo al principio. Sus temas estarán determinados por la época en que vive -por lo menos esto es cierto en tiempos tumultuosos y revolucionarios como el nuestro-, pero antes de empezar a escribir habrá adquirido una actitud emotiva de la que nunca se librará por completo. Su tarea, sin duda, consistirá en disciplinar su temperamento y evitar atascarse en una edad inmadura, o en algún perverso estado de ánimo: pero si escapa de todas sus primeras influencias, habrá matado su impulso de escribir. Dejando aparte la necesidad de ganarse la vida, creo que hay cuatro grandes motivos para escribir, por lo menos para escribir prosa. Existen en diverso grado en cada escritor, y concretamente en cada uno de ellos varían las proporciones de vez en cuando, según el ambiente en que vive. Son estos motivos:
1. El egoísmo agudo. Deseo de parecer listo, de que hablen de uno, de ser recordado después de la muerte, resarcirse de los mayores que lo despreciaron a uno en la infancia, etc., etc. Es una falsedad pretender que no es éste un motivo de gran importancia. Los escritores comparten esta característica con los científicos, artistas, políticos, abogados, militares, negociantes de gran éxito, o sea con la capa superior de la humanidad. La gran masa de los seres humanos no es intensamente egoísta.
Después de los treinta años de edad abandonan la ambición individual -muchos casi pierden incluso la impresión de ser individuos y viven principalmente para otros, o sencillamente los ahoga el trabajo. Pero también está la minoría de los bien dotados, los voluntariosos decididos a vivir su propia vida hasta el final, y los escritores pertenecen a esta clase. Habría que decir los escritores serios, que suelen ser más vanos y egoístas que los periodistas, aunque menos interesados por el dinero.
2. Entusiasmo estético. Percepción de la belleza en el mundo externo o, por otra parte. en las palabras y su acertada combinación. Placer en el impacto de un sonido sobre otro, en la firmeza de la buena prosa o el ritmo de un buen relato. Deseo de compartir una experiencia que uno cree valiosa y que no debería perderse. El motivo estético es muy débil en muchísimos escritores, pero incluso un panfletario o el autor de libros de texto tendrá palabras y frases mimadas que le atraerán por razones no utilitarias; o puede darle especial importancia a la tipografía, la anchura de los márgenes, etc. Ningún libro que esté por encima del nivel de una guía de ferrocarriles estará completamente libre de consideraciones estéticas.
3. Impulso histórico. Deseo de ver las cosas como son para hallar los hechos verdaderos y almacenarlos para la posteridad.
4. Propósito político, y empleo la palabra "político" en el sentido más amplio posible. Deseo de empujar al mundo en cierta dirección, de alterar la idea que tienen los demás sobre la clase de sociedad que deberían esforzarse en conseguir. Insisto en que ningún libro está libre de matiz político. La opinión de que el arte no debe tener nada que ver con la política ya es en sí misma una actitud política.
Puede verse ahora cómo estos varios impulsos luchan unos contra otros y cómo fluctúan de una persona a otra y de una a otra época. Por naturaleza -tomando "naturaleza" como el estado al que se llega cuando se empieza a ser adulto- soy una persona en la que los tres primeros motivos pesan más que el cuarto. En una época pacífica podría haber escrito libros ornamentales o simplemente descriptivos y casi no habría tenido en cuenta mis lealtades políticas. Pero me he visto obligado a convertirme en una especie de panfletista. Primero estuve cinco años en una profesión que no me sentaba bien (la Policía Imperial India, en Birmania), y luego pasé pobreza y tuve la impresión de haber fracasado. Esto aumentó mi aversión natural contra la autoridad y me hizo darme cuenta por primera vez de la existencia de las clases trabajadoras, así como mi tarea en Birmania me había hecho entender algo de la naturaleza del imperialismo: pero estas experiencias no fueron suficientes para proporcionarme una orientación política exacta. Luego llegaron Hitler, la guerra civil española, etc.
Éstos y otros acontecimientos de 1936-1937 habían de hacerme ver claramente dónde estaba. Cada línea seria que he escrito desde 1936 lo ha sido, directa o indirectamente, contra el totalitarismo y a favor del socialismo democrático, tal como yo lo entiendo. Me parece una tontería, en un periodo como el nuestro, creer que puede uno evitar escribir sobre esos temas. Todos escriben sobre ellos de un modo u otro. Es sencillamente cuestión del bando que uno toma y de cómo se entra en él. Y cuanto más consciente es uno de su propia tendencia política, más probabilidades tiene de actuar políticamente sin sacrificar la propia integridad estética e intelectual.
Lo que más he querido hacer durante los diez años pasados es convertir los escritos políticos en un arte. Mi punto de partida siempre es de partidismo contra la injusticia. Cuando me siento a escribir un libro no me digo: "Voy a hacer un libro de arte". Escribo porque hay alguna mentira que quiero dejar al descubierto, algún hecho sobre el que deseo llamar la atención. Y mi preocupación inicial es lograr que me oigan. Pero no podría realizar la tarea de escribir un libro, ni siquiera un largo artículo de revista, si no fuera también una experiencia estética. El que repase mi obra verá que aunque es propaganda directa contiene mucho de lo que un político profesional consideraría inmaterial. No soy capaz, ni me apetece, de abandonar por completo la visión del mundo que adquirí en mi infancia. Mientras siga vivo y con buena salud seguiré concediéndole mucha importancia al estilo en prosa, amando la superficie de la Tierra. Y complaciéndome en objetos sólidos y trozos de información inútil. De nada me serviría intentar suprimir ese aspecto mío. Mi tarea consiste en reconciliar mis arraigados gustos y aversiones con las actividades públicas, no individuales, que esta época nos obliga a todos a realizar.
No es fácil. Suscita problemas de construcción y de lenguaje e implica de un modo nuevo el problema de la veracidad. He aquí un ejemplo de la clase de dificultad que surge. Mi libro sobre la guerra civil española, Homenaje a Cataluña, es, desde luego, un libro decididamente político, pero está escrito en su mayor parte con cierta atención a la forma y bastante objetividad. Procuré decir en él toda la verdad sin violentar mi instinto literario. Pero entre otras cosas contiene un largo capítulo lleno de citas de periódicos y cosas así, defendiendo a los trotskistas acusados de conspirar con Franco. Indudablemente, ese capítulo, que después de un año o dos perdería su interés para cualquier lector corriente, tenía que estropear el libro. Un crítico al que respeto me reprendió por esas páginas: "¿Por qué ha metido usted todo eso?", me dijo. "Ha convertido lo que podía haber sido un buen libro en periodismo." Lo que decía era verdad, pero tuve que hacerlo. Yo sabía que muy poca gente en Inglaterra había podido enterarse de que hombres inocentes estaban siendo falsamente acusados. Y si esto no me hubiera irritado, nunca habría escrito el libro.
De una u otra forma este problema vuelve a presentarse. El problema del lenguaje es más sutil y llevaría más tiempo discutirlo. Sólo diré que en los últimos años he tratado de escribir menos pintorescamente y con más exactitud. En todo caso, descubro que cuando ha perfeccionado uno su estilo, ya ha entrado en otra fase estilística. Rebelión en la granja fue el primer libro en el que traté, con plena conciencia de lo que estaba haciendo, de fundir el propósito político y el artístico. No he escrito una novela desde hace siete años, aunque espero escribir otra enseguida.
Seguramente será un fracaso -todo libro lo es-, pero sé con cierta claridad qué clase de libro quiero escribir.
Mirando la última página, o las dos últimas, veo que he hecho parecer que mis motivos al escribir han estado inspirados sólo por el espíritu público. No quiero dejar que esa impresión sea la última. Todos los escritores son vanidosos, egoístas y perezosos, y en el mismo fondo de sus motivos hay un misterio. Escribir un libro es una lucha horrible y agotadora, como una larga y penosa enfermedad. Nunca debería uno emprender esa tarea si no le impulsara algún demonio al que no se puede resistir y comprender. Por lo que uno sabe, ese demonio es sencillamente el mismo instinto que hace a un bebé lloriquear para llamar la atención. Y, sin embargo, es también cierto que nada legible puede escribir uno si no lucha constantemente por borrar la propia personalidad. La buena prosa es como un cristal de ventana. No puedo decir con certeza cuál de mis motivos es el más fuerte, pero sé cuáles de ellos merecen ser seguidos. Y volviendo la vista a lo que llevo escrito hasta ahora, veo que cuando me ha faltado un propósito político es invariablemente cuando he escrito libros sin vida y me he visto traicionado al escribir trozos llenos de fuegos artificiales, frases sin sentido, adjetivos decorativos y, en general, tonterías.