sábado, 26 de marzo de 2011

CON BENEPLÁCITO, UN PREFERIDO DE LOS DIOSES / UN CUENTO DE J. L. BORGES

 La intrusa
por
Jorge Luis Borges

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Dicen (lo cual es improbable) que la historia fue referida por Eduardo, el menor de los Nelson, en el velorio de Cristián, el mayor, que falleció de muerte natural, hacia mil ochocientos noventa y tantos, en el partido de Morón. Lo cierto es que alguien la oyó de alguien, en el decurso de esa larga noche perdida, entre mate y mate, y la repitió a Santiago Dabove, por quien la supe. Años después, volvieron a contármela en Turdera, donde había acontecido. La segunda versión, algo más prolija, confirmaba en suma la de Santiago, con las pequeñas variaciones y divergencias que son del caso. La escribo ahora porque en ella se cifra, si no me engaño, un breve y trágico cristal de la índole de los orilleros antiguos. Lo haré con probidad, pero ya preveo que cederé a la tentación literaria de acentuar o agregar algún pormenor.
En Turdera los llamaban los Nilsen. El párroco me dijo que su predecesor recordaba, no sin sorpresa, haber visto en la casa de esa gente una gastada Biblia de tapas negras, con caracteres góticos; en las últimas páginas entrevió nombres y fechas manuscritas. Era el único libro que había en la casa. La azarosa crónica de los Nilsen, perdida como todo se perderá. El caserón, que ya no existe, era de ladrillo sin revocar; desde el zaguán se divisaban un patio de baldosa colorada y otro de tierra. Pocos, por lo demás, entraron ahí; los Nilsen defendían su soledad. En las habitaciones desmanteladas dormían en catres; sus lujos eran el caballo, el apero, la daga de hojas corta, el atuendo rumboso de los sábados y el alcohol pendenciero. Sé que eran altos, de melena rojiza. Dinamarca o Irlanda, de las que nunca oirían hablar, andaban por la sangre de esos dos criollos. El barrio los temía a los Colorados; no es imposible que debieran alguna muerte. Hombro a hombro pelearon una vez a la policía. Se dice que el menor tuvo un altercado con Juan Iberra, en el que no llevó la peor parte, lo cual, según los entendidos, es mucho. Fueron troperos, cuarteadores, cuatreros y alguna vez tahúres. Tenían fama de avaros, salvo cuando la bebida y el juego los volvían generosos. De sus deudos nada se sabe y ni de dónde vinieron. Eran dueños de una carreta y una yunta de bueyes.
Físicamente diferían del compadraje que dio su apodo forajido a la Costa Brava. Esto, y lo que ignoramos, ayuda a comprender lo unidos que fueron. Malquistarse con uno era contar con dos enemigos.
Los Nilsen eran calaveras, pero sus episodios amorosos habían sido hasta entonces de zaguán o de casa mala. No faltaron, pues, comentarios cuando Cristián llevó a vivir con él a Juliana Burgos. Es verdad que ganaba así una sirvienta, pero no es menos cierto que la colmó de horrendas baratijas y que la lucía en las fiestas. En las pobres fiestas de conventillo, donde la quebrada y el corte estaban prohibidos y donde se bailaba, todavía, con mucha luz. Juliana era de tez morena y de ojos rasgados; bastaba que alguien la mirara, para que se sonriera. En un barrio modesto, donde el trabajo y el descuido gastan a las mujeres, no era mal parecida.
Eduardo los acompañaba al principio. Después emprendió un viaje a Arrecifes por no sé qué negocio; a su vuelta llevó a la casa una muchacha, que había levantado por el camino, y a los pocos días la echó. Se hizo más hosco; se emborrachaba solo en el almacén y no se daba con nadie. Estaba enamorado de la mujer de Cristián. El barrio, que tal vez lo supo antes que él, previó con alevosa alegría la rivalidad latente de los hermanos.
Una noche, al volver tarde de la esquina, Eduardo vio el oscuro de Cristián atado al palenque En el patio, el mayor estaba esperándolo con sus mejores pilchas. La mujer iba y venía con el mate en la mano. Cristián le dijo a Eduardo:
-Yo me voy a una farra en lo de Farías. Ahí la tenés a la Juliana; si la querés, usala.
El tono era entre mandón y cordial. Eduardo se quedó un tiempo mirándolo; no sabía qué hacer. Cristián se levantó, se despidió de Eduardo, no de Juliana, que era una cosa, montó a caballo y se fue al trote, sin apuro.
Desde aquella noche la compartieron. Nadie sabrá los pormenores de esa sórdida unión, que ultrajaba las decencias del arrabal. El arreglo anduvo bien por unas semanas, pero no podía durar. Entre ellos, los hermanos no pronunciaban el nombre de Juliana, ni siquiera para llamarla, pero buscaban, y encontraban razones para no estar de acuerdo. Discutían la venta de unos cueros, pero lo que discutían era otra cosa. Cristián solía alzar la voz y Eduardo callaba. Sin saberlo, estaban celándose. En el duro suburbio, un hombre no decía, ni se decía, que una mujer pudiera importarle, más allá del deseo y la posesión, pero los dos estaban enamorados. Esto, de algún modo, los humillaba.
Una tarde, en la plaza de Lomas, Eduardo se cruzó con Juan Iberra, que lo felicitó por ese primor que se había agenciado. Fue entonces, creo, que Eduardo lo injurió. Nadie, delante de él, iba a hacer burla de Cristián.
La mujer atendía a los dos con sumisión bestial; pero no podía ocultar alguna preferencia por el menor, que no había rechazado la participación, pero que no la había dispuesto.
Un día, le mandaron a la Juliana que sacara dos sillas al primer patio y que no apareciera por ahí, porque tenían que hablar. Ella esperaba un diálogo largo y se acostó a dormir la siesta, pero al rato la recordaron. Le hicieron llenar una bolsa con todo lo que tenía, sin olvidar el rosario de vidrio y la crucecita que le había dejado su madre. Sin explicarle nada la subieron a la carreta y emprendieron un silencioso y tedioso viaje. Había llovido; los caminos estaban muy pesados y serían las once de la noche cuando llegaron a Morón. Ahí la vendieron a la patrona del prostíbulo. El trato ya estaba hecho; Cristián cobró la suma y la dividió después con el otro.
En Turdera, los Nilsen, perdidos hasta entonces en la mañana (que también era una rutina) de aquel monstruoso amor, quisieron reanudar su antigua vida de hombres entre hombres. Volvieron a las trucadas, al reñidero, a las juergas casuales. Acaso, alguna vez, se creyeron salvados, pero solían incurrir, cada cual por su lado, en injustificadas o harto justificadas ausencias. Poco antes de fin de año el menor dijo que tenía que hacer en la Capital. Cristián se fue a Morón; en el palenque de la casa que sabemos reconoció al overo de Eduardo. Entró; adentro estaba el otro, esperando turno. Parece que Cristián le dijo:
-De seguir así, los vamos a cansar a los pingos. Más vale que la tengamos a mano.
Habló con la patrona, sacó unas monedas del tirador y se la llevaron. La Juliana iba con Cristián; Eduardo espoleó al overo para no verlos.
Volvieron a lo que ya se ha dicho. La infame solución había fracasado; los dos habían cedido a la tentación de hacer trampa. Caín andaba por ahí, pero el cariño entre los Nilsen era muy grande -¡quién sabe qué rigores y qué peligros habían compartido!- y prefirieron desahogar su exasperación con ajenos. Con un desconocido, con los perros, con la Juliana, que habían traído la discordia.
El mes de marzo estaba por concluir y el calor no cejaba. Un domingo (los domingos la gente suele recogerse temprano) Eduardo, que volvía del almacén, vio que Cristián uncía los bueyes. Cristián le dijo:
-Vení, tenemos que dejar unos cueros en lo del Pardo; ya los cargué; aprovechemos la fresca.
El comercio del Pardo quedaba, creo, más al Sur; tomaron por el Camino de las Tropas; después, por un desvío. El campo iba agrandándose con la noche.
Orillaron un pajonal; Cristián tiró el cigarro que había encendido y dijo sin apuro:
-A trabajar, hermano. Después nos ayudarán los caranchos. Hoy la maté. Que se quede aquí con su pilchas, ya no hará más perjuicios.
Se abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro círculo: la mujer tristemente sacrificada y la obligación de olvidarla.
FIN

viernes, 25 de marzo de 2011

UNA MIRADA SOLÍCITA, UN TOQUE DE ARTISTA... / Cuento de Franz Kafka

Un artista del trapecio
por
Franz Kafka



Un artista del trapecio -como se sabe, este arte que se practica en lo alto de las cúpulas de los grandes circos es uno de los más difíciles entre todos los asequibles al hombre- había organizado su vida de tal manera -primero por afán profesional de perfección, después por costumbre que se había hecho tiránica- que, mientras trabajaba en la misma empresa, permanecía día y noche en el trapecio. Todas sus necesidades -por otra parte muy pequeñas- eran satisfechas por criados que se relevaban a intervalos y vigilaban debajo. Todo lo que arriba se necesitaba lo subían y bajaban en cestillos construidos para el caso.
De esta manera de vivir no se deducían para el trapecista dificultades con el resto del mundo. Sólo resultaba un poco molesto durante los demás números del programa, porque como no se podía ocultar que se había quedado allá arriba, aunque permanecía quieto, siempre alguna mirada del público se desviaba hacia él. Pero los directores se lo perdonaban, porque era un artista extraordinario, insustituible. Además era sabido que no vivía así por capricho y que sólo de aquella manera podía estar siempre entrenado y conservar la extrema perfección de su arte.
Además, allá arriba se estaba muy bien. Cuando, en los días cálidos del verano, se abrían las ventanas laterales que corrían alrededor de la cúpula y el sol y el aire irrumpían en el ámbito crepuscular del circo, era hasta bello. Su trato humano estaba muy limitado, naturalmente. Alguna vez trepaba por la cuerda de ascensión algún colega de turné, se sentaba a su lado en el trapecio, apoyado uno en la cuerda de la derecha, otro en la de la izquierda, y charlaban largamente. O bien los obreros que reparaban la techumbre cambiaban con él algunas palabras por una de las claraboyas o el electricista que comprobaba las conducciones de luz, en la galería más alta, le gritaba alguna palabra respetuosa, si bien poco comprensible.
A no ser entonces, estaba siempre solitario. Alguna vez un empleado que erraba cansadamente a las horas de la siesta por el circo vacío, elevaba su mirada a la casi atrayente altura, donde el trapecista descansaba o se ejercitaba en su arte sin saber que era observado.
Así hubiera podido vivir tranquilo el artista del trapecio a no ser por los inevitables viajes de lugar en lugar, que lo molestaban en sumo grado. Cierto es que el empresario cuidaba de que este sufrimiento no se prolongara innecesariamente. El trapecista salía para la estación en un automóvil de carreras que corría, a la madrugada, por las calles desiertas, con la velocidad máxima; demasiado lenta, sin embargo, para su nostalgia del trapecio.
En el tren, estaba dispuesto un departamento para él solo, en donde encontraba, arriba, en la redecilla de los equipajes, una sustitución mezquina -pero en algún modo equivalente- de su manera de vivir.
En el sitio de destino ya estaba enarbolado el trapecio mucho antes de su llegada, cuando todavía no se habían cerrado las tablas ni colocado las puertas. Pero para el empresario era el instante más placentero aquel en que el trapecista apoyaba el pie en la cuerda de subida y en un santiamén se encaramaba de nuevo sobre su trapecio. A pesar de todas estas precauciones, los viajes perturbaban gravemente los nervios del trapecista, de modo que, por muy afortunados que fueran económicamente para el empresario, siempre le resultaban penosos.
Una vez que viajaban, el artista en la redecilla como soñando, y el empresario recostado en el rincón de la ventana, leyendo un libro, el hombre del trapecio le apostrofó suavemente. Y le dijo, mordiéndose los labios, que en lo sucesivo necesitaba para su vivir, no un trapecio, como hasta entonces, sino dos, dos trapecios, uno frente a otro.
El empresario accedió en seguida. Pero el trapecista, como si quisiera mostrar que la aceptación del empresario no tenía más importancia que su oposición, añadió que nunca más, en ninguna ocasión, trabajaría únicamente sobre un trapecio. Parecía horrorizarse ante la idea de que pudiera acontecerle alguna vez. El empresario, deteniéndose y observando a su artista, declaró nuevamente su absoluta conformidad. Dos trapecios son mejor que uno solo. Además, los nuevos trapecios serían más variados y vistosos.
Pero el artista se echó a llorar de pronto. El empresario, profundamente conmovido, se levantó de un salto y le preguntó qué le ocurría, y como no recibiera ninguna respuesta, se subió al asiento, lo acarició y abrazó y estrechó su rostro contra el suyo, hasta sentir las lágrimas en su piel. Después de muchas preguntas y palabras cariñosas, el trapecista exclamó, sollozando:
-Sólo con una barra en las manos, ¡cómo podría yo vivir!
Entonces, ya fue muy fácil al empresario consolarlo. Le prometió que en la primera estación, en la primera parada y fonda, telegrafiaría para que instalasen el segundo trapecio, y se reprochó a sí mismo duramente la crueldad de haber dejado al artista trabajar tanto tiempo en un solo trapecio. En fin, le dio las gracias por haberle hecho observar al cabo aquella omisión imperdonable. De esta suerte, pudo el empresario tranquilizar al artista y volverse a su rincón.
En cambio, él no estaba tranquilo; con grave preocupación espiaba, a hurtadillas, por encima del libro, al trapecista. Si semejantes pensamientos habían empezado a atormentarlo, ¿podrían ya cesar por completo? ¿No seguirían aumentando día por día? ¿No amenazarían su existencia? Y el empresario, alarmado, creyó ver en aquel sueño, aparentemente tranquilo, en que habían terminado los lloros, comenzar a dibujarse la primera arruga en la lisa frente infantil del artista del trapecio.

FIN

sábado, 19 de marzo de 2011

DE UNA BÚSQUEDA PAUSADA POR LA MAGIA ( 2 ) / Un cuento de José Ignacio Restrepo


EL VIAJE
DE LA ANUNCIACIÓN (2)
por
JOSÉ IGNACIO RESTREPO


Cuando ella entró, aún no estaba seguro que viniera a la cita. Sólo al sentarse e iniciar la plática entendió que la transparencia de aquella mujer era con mucho superior a la suya. Lo había reconocido, había entablado con su corazón la dolorosa premisa de decir que lo recordaba así no supiera en donde eso había ocurrido: Realmente hizo el recorrido de tan grande distancia PARA LLEGAR HASTA AQUÍ, mientras él solamente había esperado , tal vez porque era él quién debía aprender la excelsa facultad del reconocimiento, de la inconsciente búsqueda entre vericuetos oscuros y segundos lentos y engañosos...Se había creído el iluminado y ahora lucía más bien como otro más de los hombre que han visto superadas sus dimensiones y su ego, por quién esperan para dar doctrina, detenido en aquel lugar por el ansia de poder y el convencimiento de guiar a alguien hacia su propia luz.
Todo, en un instante se había vuelto claro. Tuvo la tentación de pensar lo que iba a decir, pero los años pasados sin ejercer tal método obviamente pesaron más, y simplemente no hizo el esfuerzo...

*  *  *

Bertha casi terminaba de comer. Mientras, ninguno de los dos había dicho palabra, como si se prepararan para lo que venía. Pero, realmente no estaban haciendo eso.
- O sea que usted, quien quiera que sea, estaba seguro que yo llegaría esta noche aquí...
- ¿Lo estaba usted respecto a mi? Señora, yo no soy la causa de lo que le pasa igual que no es usted el factor que me ha retenido en este sitio. Es más una conjunción de líneas, de circunstancias avenidas como causa y efecto en la existencia de cada uno, que están intrínsecamente determinadas y confluyen en este momento. Usted debía estar aquí, así fuera a costa de sí misma, quiero decir, de su juicio, y debieron transcurrir muchos instantes -días completos- para que el desafío instintivo de sus actos se le hiciera una evidencia confiable...¿Acaso tiene pánico? ¿Se encuentra demente o incapaz de leer aquello que leen sus sentidos? Bertha, usted ha decidido que no tiene porque pensar lo que ha de hacer el siguiente día, la inteligencia no puede pensarse y usted ha hecho un viaje largo para comprender la noción de que estamos simplemente desenvolviendo la cuerda de nuestro destino...
- Usted también está...¿cómo fue que dijo? ¿en contra de su deseo?
- Verdaderamente soy una persona sin intenciones y por lo mismo carezco de deseos. Sabia que una mujer llegaría aquí esta noche, pero no intuía su lucidez ni la trascendencia de su búsqueda...No presentía el vigor profundo que anidado traía en el fondo de sus ojos castaños...


El comentario tuvo un carácter admirativo y ella se sonrojó involuntariamente. Él volteó un poco y miró hacia el otro extremo del lugar, como para disculparse...
- Me gustaría invitarla a una botella de vino...
Ella, contra cualquier prevención armada de antemano o prescripción de su carácter, asintió de inmediato -después de incendiarse la granja hasta  sus cimientos no tenía sentido preocuparse por la puesta de las gallinas -. El hombre de la barra, ante el gesto de su compañero de mesa, trajo una botella de vino rojo, de marca chilena, curiosamente su favorita.
- Debe ser su marca preferida...
- Es verdad, ya no me sorprende que usted lo supiera...
- El gesto mágico ha sido, si me perdona, esta vez de nuestro amigo el camarero...
Bertha rió. A pesar de ignorar su nombre, de no saber casi nada sobre su interlocutor y de lo raro de este momento, se sentía perfectamente confiada de estar a su lado. De hecho, no pensaba que los que estaban allí sospecharan siquiera un poco de lo que le estaba ocurriendo, mientras sentía que la densa preocupación que dos horas antes la llenaba simplemente se desvanecía.
Repentinamente, el nombre Leonardo apareció como una bombilla de mil vatios en su cerebro e instintivamente la palabra se moduló en sus labios, mágicamente...
- Leonardo...


- Sí, ese es mi nombre. Ya pensaba que no iba a poder decirlo...
Acto seguido, el sujeto extrajo una cédula brasilera del interior de su chaqueta, y junto a su pasaporte, la extendió en la mesa, cerca a ella. Tenía 41 años, era natural de Bahía y su nombre completo era Leonardo Saintclair da Oliveira...
- Mi padre era francés. Marino. Su último viaje terminó a dos millas de Bahía, en los arrecifes, una tarde tempestuosa en que mi madre y yo lo esperábamos, viéndolo todo en la distancia. Ese día fue la última vez que lloré. Tenía 9 años...
Bertha miró la mesa y vio un charquito delante del sitio donde apoyaba sus brazos. No era vino, había sollozado sin advertirlo, al escuchar aquella remembranza, igual que si recordara un dolor propio y profundo.
- Bertha, usted y yo somos casi contemporáneos...
- Si , señor Sainclaire...
Él le acerco un pañuelo...
- Mire, es preciso que le comunique algo importante...
Ella se enderezó en la silla, como si fuera condición para entender bien las palabras que venían.
- Quiero que sepa que es usted no yo, quien posee la mayor y mejor energía intuitiva. Mí propia lucidez acerca de nuestro encuentro, ocurrió hace tan sólo unas horas, acaso dos, antes que usted entrara por esa puerta. En cambio, su desarrollo de algo más de 100 horas, durante las cuales enhebró un acto con otro, potenciando su voz interior hasta un tiempo apenas probable que la llamaba desde aquí, todo ello habla de un enorme poder. Debe comprender que después de hoy y aunque reniegue de esta condición, ya no podrá pensar sin intuir primero firmemente. Dinamizar y mejorar depende en todo caso de usted, igual que sucede con todo en nuestras vidas.
El hombre hizo silencio no sin antes dejar escapar un pequeño suspiro. Ella se veía tranquila, jugueteaba con el sorbo de vino que había dejado en su boca, antes de tragarlo y admirar como nunca el calor que llenaba su estómago. Pensó que inconscientemente quería evitar que él se fuera, dilatando el final del encuentro, cualquiera que fuera. Todas las palabras de aquel aparecido, habían arrojado alguna luz sobre ella, sentía algo bueno, confianza, se había ido el vértigo, y no era por él, no era él quien propiciaba estos sentimientos. Realmente, los últimos cuatro días ella parecía otra mujer. O quizá lo era...



- Está muy callada...
- El vino está delicioso...Nunca sospeché que algo como esto, tan descabellado, podría recibir de alguien una explicación tan razonable...
- No es explicación. ¿Recuerda el tono de la voz de su padre, tarde en la noche cuando le leía cuentos antiguos para que lograra dormir, siendo usted niña?,¿recuerda esa sensación de especial entendimiento con los personajes que su voz recreaba, esa confianza central en que todo al final terminaría bien, independientemente de lo que pasara en la historia? La niña que usted fue siempre ha esperado que las cosas vuelvan a suceder como en los cuentos, con estructuras en orden y finales felices, comprensibles. Pero al crecer y advertir las profundas dificultades que conlleva enfrentar la realidad, aquella música interna que asoció siempre con la claridad de los cuentos simplemente dejó de escucharse...Hoy no celebramos un descubrimiento  sino más bien un reencuentro...
- Reencuentro...qué hermosa palabra...

*  *  *

La mujer me observa con su enormes ojos castaños y me digo que hubiese querido escuchar su voz. Hubiera sido perfecto que ella fuera "mi cita a ciegas", esa a la que yo pretendía que esperaba. Pero no, una mujer tan aparentemente conservadora, no. Qué lástima, sea cual fuere el contacto no ocurrió hoy. Había esperado en vano.
Me pongo de pie y comienzo a disponer todo esto en un lugar adecuado para recordar, mientras coloco el importe de mi consumo sobre la mesa. Al dirigirme hacia la puerta observo por última vez a la dama, que parece dormitar vencida por la fatiga. Sé que para cuando ella despierte ya me habré marchado de este lugar.



*  *  *

- Señora, su habitación está lista...
El camarero que los había atendido la miraba tranquilamente, mientras le extendía la llave con su mano derecha. Bertha volteó, recorriendo con sus ojos el lugar, sin ver a su compañero de las últimas tres horas. Los otros dos parroquianos seguían allí...
- El hombre, el que estaba conmigo, ¿acaso está en la letrina?
- Perdón, no le entiendo...
- Si... El tipo alto, de unos cuarenta años...Hace tres horas estoy hablando con él en esta mesa...
- Discúlpeme usted señora si la contradigo, le ruego. Mi turno de trabajo comenzó a las 6, usted entró aquí hace cosa de cinco minutos y no ha hablado con nadie, salvo con este servidor para pedirme una habitación. Esta es su llave, disfrute de su descanso...
El empleado se alejó rápidamente. Bertha no quiso insistir. Observó su reloj y vio que marcaba las 11 y 7. Estaba funcionando nuevamente. No había señas del consumo sobre la mesa, que estaba impecable y seca. El reloj sobre el mostrador coincidía con el suyo. El tiempo no había transcurrido. Simplemente había soñado tres horas con un tipo brasileño y su historia, una explicación de su propia vida y una botella de vino tinto, todo en un espacio de unos cuantos segundos. Era imposible.
Meditó. ¿No era acaso el epílogo justo para su aventura de conocimiento?



*  *  *
Bertha aterrizó a las 4 y 30 de una tarde soleada de Agosto, cinco días después de haberse ido sin despedirse de nadie, ni conocer en absoluto su destino. Antes de llamar por teléfono a su marido, entró a una farmacia en el terminal aéreo, y compró una prueba de embarazo. En el baño, al mirar el resultado, estuvo segura de que sería varón, y se dijo, no importa lo que quieren los demás, se llamará Leonardo...

FIN 

viernes, 18 de marzo de 2011

DE UNA BÚSQUEDA PAUSADA POR LA MAGIA ( 1 ) / Un cuento de José Ignacio Restrepo


EL VIAJE DE LA ANUNCIACIÓN (1)
por
JOSÉ IGNACIO RESTREPO



La angosta callejuela escalerada desciende, formando vericuetos con salidas breves o cerradas a lado y lado, en las que algunos extranjeros andariegos amantes de tomar fotos de lugares, a los que después de seguro no volverán a ver, se pierden y así extraviados van a dar por física gravedad a la calle del mercado. Allí el día y la noche tienen siempre el mismo sabor ya que el tiempo corre casi como un bien superfluo, tanto hay que mirar y hasta comprar, que no te das cuenta de su paso.

El mar no puede escucharse, pero su esencia salitrosa como etérea amalgama nacida del eterno e incansable amancebaje entre el viento y las olas, convierte la acción de respirar en la enumeración lenta o vertiginosa pero sonámbula de mis recuerdos. Cual siervo viajo a su merced, una y otra vez, arrobado por el rítmico oleaje que llevo inscrito en mi pecho, mientras mi mente se vacía de cualquier otra posesión que sea a los ojos de los demás visible. Desde otro lugar , ese que a veces me reclama niega la estúpida retórica que está tratando de venderme como cara, la nostalgia difuminada por las imágenes de otros tiempos.

Y aquí, encuadrada por la ventana del bar, – ¿conoce usted alguna persona razonablemente cuerda, que haya bautizado su negocio con un nombre como EL BUHO DORMIDO? – perdón, perdía el hilo…Decía que aquí , la ventana permite ver la calleja poco iluminada que parece ascender somnolienta hacia las casas del cerro, las cuales yacen como ovejas exhaustas unas sobre las otras, tan similares a esas figuritas de cartulina con las que solíamos adornar el pesebre en navidad. No me puedo controlar. Es evidente ya el tono nostálgico que esta noche brota espontáneo de mi espíritu, ya son escasos los interlocutores que voluntariamente o por error, se atreven a dialogar con esa región de mi conciencia fatídica, poblada por mi aparente malestar de seguir vivo, condiciones que sabemos que son máscaras utilitarias e itinerantes, cuya función primordial es permitir conservar la frialdad frente al íntimo calor que por momentos crece y amenaza con consumirnos.


No estoy en Ibiza. Tampoco es este un pueblo costanero del Caribe. Acaso sea Méjico, no estoy claro ahora mismo sobre el lugar en que he emergido, tras el sueño quebrado de este tiempo. Mi nombre resulta realmente innecesario, no es desaire, y usted lector eventual, espero que tome todo esto en su apariencia natural de invitación y no como suspicaz irreverencia. Ya otras veces este método me ha resultado infalible, deteniendo a otros en mi mesa o atando a mi paso a cualquiera por el agreste camino, enhebrando charla con silencio, y algunos podrían dar testimonio que de palabras aparentemente ociosas, u ociosamente escuchadas, resultaron hombres transforma dos, haciendo corte de cuentas con el antes, con un mundo mejorado por crear y otros rumbos por hollar, antes de allí ni siquiera entrevistos…

Esta es, supongo, una de esas ocasiones. Quienes nos movemos más por intuición que por la correcta aplicación de los sentidos y el juicio, podemos explicar que alguien aguarde a otro en la noche, sin antes haber quedado en ello, sin conocer su rostro por lo menos. Si, espero a una mujer que nunca he visto, ignoro su nombre y sé además que ella ignora que debe llegar aquí indefectiblemente. Mi experiencia ha confirmado muchas veces que somos pocos los que elegimos y sostenemos este estilo de vida, modo tan antiguo como el casi proscrito uso de la magia y ciertamente asociado con ella. Podría apostar y de seguro sé que ganaría, que nadie creerá que hice este viaje y estoy sentado aquí, solamente con el objeto claro de cumplir con esa cita.

Sin embargo, es probable que usted comprenda de que hablo. Al parecer es cada vez mayor el número de personas que se mueven solamente por intuición…

* * *


Bertha baja de última, lentamente, y el autobús arranca calle abajo. Se alisa con la mano el cabello que lleva moderadamente largo, luego de recordar que salió de su casa con solo su billetera hace más de cuatro días. Nuevamente se pregunta si estará enferma. Bertha tiene 36 años, lleva viviendo una década en una gran ciudad y nunca se había ausentado de su trabajo como relacionista en una empresa de comunicaciones. Está casada y su hijo pronto cumplirá 9 años. Dejar la casa sin un motivo trascendental ha de suponer algún tipo de fuerte traumatismo, pero no se siente mal y tampoco puede explicarse esta urgencia por llegar. ¿Dónde? Sabe que lo sabrá sólo cuando llegue…Mira a lado y lado de la calle. Sólo hay dos pasajeros que han bajado con ella y que se alejan buscando un lugar donde pernoctar. Los sigue. Ve su reloj, y recuerda que las manecillas se han detenido hace horas. Repentino, el sueño contenido irrumpe en todo su cuerpo haciéndola sentir pesada. Entra detrás de los dos, pero ellos ya trasponen la puerta de regreso. No entiende. 

Al entrar al pequeño hotel pasea la vista por el lugar sin saber lo que busca. Se detiene sobre el mostrador en un letrero que reza NO VACANCY.

- El hotel está lleno, señora. No hay habitaciones…


La voz sin cuerpo confirma, sin pedírselo, el mensaje que acaba de leer y luego el cuerpo muy delgado de un hombre emerge por encima, lo que la hace pensar en decirle, que considere la posibilidad de atender permanentemente cubierto por el mueble, sirviéndose solamente de su voz fantasmal…

- La otra opción suele ser EL BUHO DORMIDO que posee alguna habitaciones y queda apenas a dos calles de aquí…

Al escuchar el nombre, Bertha sintió una conmoción en el estómago parecida al vértigo visceral que tuvo al salir de su casa. Entonces, sin más que decir, salió de allí y orientó sus pasos hacia ese otro lugar, temiendo ser la que llega tarde a dormir y no encuentra un cuarto, no quedando más que la iluminada fuente de la rotonda que existe en todo pueblo con mar azul y recuerdos de estampas pasadas, para ir a dejar esta fatiga.

* * *
A las 10 y 30 pasadas sólo quedan allí conmigo tres parroquianos. La barra está desierta y el cantinero nos observa alternativamente como instándonos a que abandonemos el lugar para poder irse a dormir. Lo miro, diciéndole con mis ojos que de él depende marcharse o quedarse y él baja su mirada al suelo, atendiendo a una inexistente autoridad que vive según él en mi pensamiento. El aire tibio me recuerda que afuera corre la noche. ¿Y si no llega la mujer? La inteligencia permanentemente compromete mi potencial instintivo y ahora mismo está enjuiciándome…¿A quién espero?,¿aún conservas ese ánimo tutor que pretende esclarecer, confrontar, guiar a otros seres que la vida ha mostrado ya que no tienen remedio?


La puerta se abre y el vaho del océano, del cual se había olvidado rato atrás, penetra ingobernable adueñándose de la dulce tibieza del recinto. Busco con mis ojos los trozos intactos del espejo, que se alza en medio de la pared que da fondo al mostrador y estos me devuelven la imagen incompleta de una mujer con vestido ligero y zapatos de medio tacón, que ha entrado nerviosamente. Se ve atractiva, en su sencillez se advierte refinamiento, pero será de su rostro convulso y cansado, en el que se nota extrañeza y fatiga por un viaje, que yo descubra si es ella la mujer que espero.

* * *
Bertha entra al lugar y el aire cálido del interior recorre su cara dulcemente, produciendo nuevamente algún vaivén en su estómago. Duda de todo, pero en lo particular duda que sea ahora y este lugar, donde se clarifique su situación. Al cerrar la puerta, piensa cómo pregunta por una habitación una mujer desconocida para no causar una impresión desfavorable. Pero no hay casi nadie. Son sólo el empleado, que está de espaldas y tres clientes, repartidos entre acaso 8 mesas, un sitio muerto. Piensa en comer algo antes de ver si queda un cuarto para ella. Al frente , un reloj muestra que son casi las once. 


Rememora a su esposo y a su hijo que deben estarla buscando por todas partes, y una nube negra invade casi toda su conciencia. Siente calor y busca una ventana con su mirada como si tan sólo con verla fuera a sentirse más cómoda, y entonces sus ojos chocan con el perfil de un hombre, que justo en ese instante voltea hacia ella su cabeza y la observa. No debe pasar de los cuarenta años aunque su barba de unos días le envejezca…

Bertha siente un incomprensible deseo de hablarle y no lo piensa otra vez…

- Le sonará absolutamente extraño, y hasta estúpido, pero su rostro me resulta sumamente familiar…

El aludido la mira, de hito en hito. Por algunos segundos parece que el planteamiento quedara colgando del aire.

- Suele suceder cuando nos encontramos solos o a la deriva, que cualquier persona desconocida nos luce familiar, aunque la misma circunstancia por sí sola niegue tal posibilidad.

No sólo era su rostro, también su voz estimuló los canales de su memoria, aunque no pudo precisar de que época procedía aquel destello que trataba de identificar.

- Perdone si me he portado de forma irreverente. Mi nombre es Bertha y acabo de llegar…

- Necesita un cuarto…

El individuo la miraba directo a los ojos…

- ¿Cómo sabe usted eso?

- No se agite aún. Las personas desconocidas como usted, sólo llegan aquí a esta hora, cuando ya no hay habitaciones en el hotel que está frente al paradero de autobuses…

La palabra AÚN quedó tintineando en su cerebro, mientras atendía la explicación que la satisfizo. Ella quiso saber también el nombre de él…

- No me ha dicho su nombre…

El sujeto la miraba ya francamente a los ojos, y a la boca cuando ella hablaba…

- No es necesario Bertha, usted ya sabe quien soy yo…Le soy cercano, pero mis huellas no están en su pasado sino en su porvenir…


El corrientazo que experimentó le recorrió la espalda de arriba hasta abajo y por poco no gritó, pues se contuvo. Observó al hombre, mientras reparaba en el absurdo sin límite de esa situación, concluyendo que con sus facultades en perfecto estado estaba permitiendo que un completo desconocido le explicara que hacía ella ahí, a cientos de kilómetros de su hogar, de sus seres queridos, sin otro motivo que esa vaga aprehensión extraña, que cuatro noches atrás se introdujo en ella sacándola del rumbo…

- Ante todo debe usted seguir como hasta ahora. Si intenta volverlo todo un acertijo sólo conseguirá causarse un tremendo sobresalto, que a la postre le impedirá comprender. Permítame invitarla a algo de beber…

- No, prefiero comer algo, en realidad estoy hambrienta…

- Eh, mozo, despierta. La señora desea algo de comer…

(Continuará)

JOSÉ IGNACIO RESTREPO Copyright ©


• Reservados todos los derechos de autor

miércoles, 16 de marzo de 2011

PASÓ DIZQUE A FIN DE MES / Un cuento de Juan Carlos Onetti

JUSTO EL TREINTA Y UNO
por
Juan Carlos Onetti


Cuando toda la ciudad supo que había llegado por fin la medianoche yo estaba, solo y casi a oscuras, mirando el río y la luz del faro desde la frescura de la ventana mientras fumaba y volvía a empeñarme en buscar un recuerdo que me emocionara, un motivo para compadecerme y hacer reproches al mundo, contemplar con algún odio excitante las luces de la ciudad que avanzaban a mi izquierda.
Había terminado temprano el dibujo de los dos niños en pijama que se asombraban matinalmente ante la invasión de caballos, muñecas, autos y monopatines sobre sus zapatos y la chimenea. De acuerdo con lo convenido, había copiado las figuras de un aviso publicado en Companion. Lo más difícil fue la expresión babosa de los padres espiando desde una cortina y abstenerme de usar el carmín para cruzar el dibujo con letras peludas de pincel de marta: “Biba la felisidá”.
Pero en cambio pude dedicar los cuarenta minutos que me separaban del año nuevo, de mi cumpleaños y del prometido regreso de Frieda pintando en letras verdes un nuevo cartelito para el cuarto de baño. El viejo estaba desteñido, salpicado, con manchas de jabón y dentífrico.
Además había sido hecho con letras cursivas y espantosas, con esa caligrafía que se emplea en las tablitas que cuelgan los cretinos en las paredes: casa chica, corazón grande, bienvenidos, barco joven capitán viejo.
Había comprado para Frieda un regalo que la estaba esperando, envuelto en papel celeste, junto a su vaso, a la botella de caña, al platito con frutas abrillantadas, turrón y nueces, en el lugar de la mesa que ella acostumbraba ocupar. También le había comprado un toscano y un paquete de hojas de afeitar para que se cortara el pelo. Aunque hacía pocos meses que vivíamos juntos estos regalos eran tradicionales para los aniversarios que respetábamos o inventábamos. Ella los agradecía con insultos de obscenidad asombrosa, a veces convincentes, prometía venganzas, terminaba siempre aceptando mi buena voluntad, mi estima y mi comprensión descuidada. Sus regalos, en cambio, eran empleos, formas de ganar poco dinero, artilugios para que yo olvidara que estaba viviendo del suyo.
Los sábados de noche, cuando había mucha gente, cuando empezaba a estar borracha, Frieda iba a sentarse en el inodoro y durante minutos o cuartos de hora, mientras no fuera nadie a buscarla, se estaba casi inmóvil, con las bombachas en las rodillas, cortándose con una hojita de afeitar, con avaricia, el pelo que le cubría la frente, mirando con sus ojos alerta de pájaro el cartelito clavado entre el botiquín y la pileta, el mismo que yo estaba renovando para sorprenderla, los versos de Baudelaire que dicen: “Gracias, Dios mío por no haberme hecho mujer, ni negro ni judío ni perro ni petizo”. Nadie que usara el inodoro podía alejarse sin haberlos rezado.
Pero en aquella víspera de año nuevo habíamos querido ––––o nos habíamos envuelto en mentiras hasta comprometernos––––estar solos e intentar sentirnos felices. Ella había jurado dejarlo todo, alumnas de baile, clientas del taller de vestidos, proposiciones inesperadas, para estar sola conmigo antes de la medianoche. Yo no tenía muchas cosas que dejar para corresponder: en la noche de fin de año alguien, alguna, de la tribu siniestra se dedicaría a contemplar hasta el alba las oscilaciones de la cabeza del viejo.
No era la felicidad pero era el menor esfuerzo. Frieda llegaría, pero no llegó, antes del año nuevo. Comeríamos algo y nos dedicaríamos, expertos, demorando las cosas para no estropearlas, a emborracharnos: yo haría preguntas de interés fingido para animarla a repetir el monólogo sobre su infancia y su adolescencia en Santa María, la historia de su expulsión, las carrichosas, variables evocaciones del paraíso perdido.
Tal vez, al final de la noche, hiciéramos el amor en la cama grande, la alfombra del primer cuarto o en el balcón. A mí me daría lo mismo hacerlo o no; pero nunca había conocido a una mujer tan capacitada para seguir sorprendiendo, tan dispuesta a confesarse. Cuando se le ocurría acostarse conmigo y la borrachera la obligaba a conversar, era como poseer a decenas de mujeres y saber de ellas. Tal vez, además, aceptara celebrar el año nuevo colocándose de espaldas al piso o al colchón.
Estaba fumando y bebiendo con mucha agua, en la ventana, cuando empezaron a sonar las bocinas y los tiros. Me era imposible ocuparme de mí; de modo que pensé en María Eugenia y en Seoane mi hijo, me esforcé en sufrir y en acusarme, recordé anécdotas que nada lograban significar.
Todo, simplemente, había sido o era así, de tal manera, aunque acaso fuera de otra, aunque cada persona imaginable pudiera dar una versión distinta. Y yo, definitivamente, no sólo no podía ser compadecido sino que ni siquiera resultaba creíble. Los demás existían y yo los miraba vivir, y el amor que les dedicaba no era más que la aplicación de mi amor por la vida.
Ya se habían olvidado en Montevideo de la medianoehe. Las luces del lado de Ramírez comenzaban a ralear y ya estarían las parejas del baile en el Parque Hotel yendo y viniendo de la arena, cuando empezó de veras el año nuevo. Algún tamboril de negro volvió a sonar, profundo, solitario, no vencido, en las proximidades del cuartel, e hizo confusas las palabras.
Pero reconocía la voz de Frieda, insegura, entregándose. perdiendo la energía. Gritó “Himmel” y yo crucé el departamento, bajé sin ruido unos peldaños de la escalera de ladrillos, a oscuras, que llevaba al jardín y a la entrada.
Allí no había más luz que la que llegaba, diluida, del Proa. Pero pude verla, bien plantada entre dos canteros secos, atlética, balanceando su vigor, mientras un aborto de padres tuberculosos, negruzco y con polleras, con la cabeza fantásticamente agrandada por una jornada de trabajo de un peluquero barato, le decía: “porque a mí, guacha, porque si te creíste que me vas a tomar para la farra. Porque si andás conmigo no andás con nadie más”. Le golpeaba la cara con la mano y Frieda se dejaba; luego empezó a pegarle con la cartera, metódica y sin descanso.
Me senté en un peldaño y encendí un cigarrillo. “Frieda puede aplastarla con solo mover un brazo ––––pensé––––. Frieda puede hacerla llegar al río con solo una patada”.
Pero Frieda había elegido empezar así el año: con las manos en las nalgas, exagerando la anchura de los hombros del traje sastre, dejándose pegar y gozándolo, contestando a los carterazos con sus roncos “Himmel” que parecían sonar para pedir más golpes.
Cuando la inmundicia se cansó de pegar, lloraron las dos y salieron del jardín a la calle. Las vi detenerse, jadeantes, y caminar después abrazadas. Entonces subí para prender todas las luces y ofrecerle a Frieda una buena recepción de año nuevo.
La tuve bajo el lujo de la lámpara de pie, o solo ella estuvo allí, en el sillón, con su pelo rubio, tapándole la frente, la boca torcida en vicio y amargura, la ceja derecha alzada como siempre y curvándose ahora sobre un ojo amoratado. Con los labios partidos y sangrantes que no quiso curarse, me obligó a entrar en el año nuevo hablando de Santa María. Su familia la había echado de allí y le giraba dinero todos los meses porque desde los catorce años ella se había dedicado a emborracharse y a practicar el escándalo y el amor con todos los sexos previstos por la sabiduría divina.

Digo esto en homenaje a ella, que se mostraba más católica cada domingo y que me llenaba cada sábado, cada madrugada de sábado, el departamento ––pagado por ella–– de mujeres cada vez más viejas,
asombrosas y abyectas. Habló de su infancia provinciana y de su familia de junkers, absolutamente culpable de que ahora, en Montevideo, ella no tuviera más camino que emborracharse y reiterar el escándalo y el crapuloso amor. Habló hasta la madrugada de ese primero de enero, de desencuentros y culpas ajenas, borracha desde antes de llegar, acariciándose el ojo casi cerrado del todo, disfrutando del dolor de los labios partidos e hinchados.
––Me pareció––dijo. sonriendo––no vas a creerme, me pareció que estaba Seoane en la esquina.
––¿A estas horas? Además, hubiera subido a verme.
––A lo mejor no vino para verte.
––Sí, querida––dije.
––No para visitarte. Tal vez para espiar la casa por si salías o entrabas.
––Puede ser––asentí, porque no me gustaba hablar de Seoane con Frieda y tal vez con nadie.
Hablaba, como todas las mujeres, de una Frieda ideal, se admiraba del triunfo incesante de la injusticia y la incomprensión, buscaba, ofrecía culpables sin odiarlos.
No dijo nada de la repugnancia inexplicable que le había estado golpeando la cara con la cartera. Yo ya estaba acostumbrado a su necesidad de traerse amantes cada vez más sucias y baratas. Como el tiempo carece de importancia, como la simultaneidad es un detalle que depende de los caprichos de la memoria, me era fácil evocar noches en que el departamento donde Frieda me permitía vivir estaba poblado por numerosas mujeres que ella se había traído de la calle, de bares del puerto, del Victoria Plaza. Las hubo hermosas y bien vestidas, con pocas joyas, con ajorcas, con trajes oscuros completados por perlas.

Pero en los últimos tiempos abundaron las mestizas insolentes y sucias, las malas palabras, los cigarrillos quemándose colgados de la boca. Con frecuencia, los diálogos enconados me impedían dormir y saltaba de la cama y recorría el departamento mordiendo un cigarrillo como una ramita de olivo, desplazándome con trabajo entre las mujeres en cuclillas, sentadas sobre la mesa, abiertas en el diván, arrodilladas en la cocina, cambiándose en el cuarto de baño, recibiendo el sol o la luna en las baldosas coloradas del balcón.
––Herrera pagó ––dijo Frieda––. Hizo bien, así empieza mejor el año y tal vez le traiga suerte.
Los billetes habían caído de mi pecho a la mesa. Los levanté sin aflojar la goma que los rodeaba; eran de cien pesos.
––¿Pagó todo? ––pregunté.
Frieda se puso a reír y después se chupó el labio partido.
––Dame un trago y un pucho. Esa pobre atorranta. Pero es tan lindo dejar y dejar, que te hagan lo que quieran, que ni sospechan siquiera quien sos vos. Dejar hasta que de pronto a alguien se le ocurre que se acabó y entonces uno deja de soportar y de tener placer en dejarse y hace con todas las ganas y la felicidad del mundo la barbaridad más grande. En revancha; y no por orgullo ni por ganas de desquitarse, sino porque de pronto el placer consiste en pegar y no en dejarse golpear. ¿Si?
––Entiendo––dije. La escuchaba haciendo bailar sobre mi mano el cilindro de billetes.
––¿Me vas a ayudar? Cuando llegue el momento, digo, si llega.
––Claro. Me guardé el dinero en el bolsillo del pantalón, llené un vaso de caña y se lo di, le puse un cigarrillo en la boca y le acerqué un fósforo. ––Cuando quieras. ¿Pagó o no? Quiero decir, ¿pagó todo y para siempre?
Frieda se incorporó con un ataque de risa y se dejó caer de costado salpicando el piso con la baba.
––Creo que esa sucia...––se apretó las costillas y puso después una cara infantil para escuchar lo que iba quedando de la noche––. Que esa perra inmunda me dio un rodillazo en el vientre. No es nada. Sí, pagó todo. Yo le dije que era la última cuota. No sé si es cierto, no sé si dentro de una semana, cuando esté jugando con los hijos y los regalos de Reyes no me aparezco para pedirle más dinero. Y no me importa el dinero de Herrera. Ya ves, ya te lo guardaste. Me importa joderlo, esa es mi relación con él y tendrá que seguir así.
––Frieda––dije en voz muy alta. Se removió en el sillón y terminó por levantar la cabeza. Estaba borracha, tenía la sonrisa de niña, empezaban a caerle las lágrimas. Puse el dinero sobre la mesa, cuidando que no rodara. Está mal. Hay que dar por terminado el asunto de Herrera.
Se encogió de hombros y me estuvo mirando como si me quisiera, con una sonrisa tan triste y asombrada, mientras movía perezosa la lengua para tocarse las lágrimas.
–Como quieras––dijo––. Dame otro trago, vamos a festejar el año.

FIN

sábado, 12 de marzo de 2011

UN ALLEGADO DE LA NOCHE ENCUENTRA ESTA PUERTA ABIERTA / H. P. LOVECRAFT & SONIA H. GREEN

El horror en la Playa Martin

por

H.P. Lovecraft y Sonia H. Green


Nunca escuché una explicación convincente y adecuada del horror de la Playa Martin. A pesar de un gran número de testigos, no hay dos que concuerden entre sí; y el testimonio tomado por autoridades locales contiene las más sorprendentes discrepancias.Quizás esta vaguedad sea normal en vista del carácter inaudito del horror en sí, el terror más paralizante para todos aquellos que lo vieron, y de los esfuerzos hechos por la elegante posada Wavecrest para silenciar todo luego de la publicidad creada por el Prof. Ahon y su artículo "¿Están los poderes hipnóticos reservados a los Seres Humanos?"
Contra todos estos obstáculos me esfuerzo en presentar una versión coherente; he visto el espantoso hecho y creo que debería darse a conocer en vista de las aterradores posibilidades sugeridas. La Playa Martin es una vez más un lugar populoso, un balneario muy visitado, y yo tiemblo cuando pienso en ello. Sin embargo, no puedo mirar al océano sin temblar.
El destino no carece siempre de un sentido de drama y clímax. En consecuencia el terrible suceso del 8 de agosto fue seguido por un período de menor excitación en torno a la Playa Martin. Todo comenzó el 17 de mayo, cuando la tripulación de un pesquero, el "Alma de Gloucester", bajo el mando del capitán James P. Orne, mató, tras una batalla de casi cuarenta horas, a un monstruo marino cuyo tamaño y aspecto produjeron luego gran conmoción en círculos científicos y que ciertos naturalistas de Boston tomaran grandes recaudos para su preservación taxidérmica.
El animal tenía unos 50 pies de longitud y era de forma cilíndrica, de unos diez pies de diámetro. Inconfundiblemente era un pez branquiado, en su mayor afiliación; pero tenía ciertas curiosas modificaciones, tales como rudimentarias extremidades delanteras en forma de seis patas con dedos en lugar y de aletas pectorales (las que promovían las más amplias especulaciones entre los especialistas). Su extraordinaria boca, su gruesa y escamosa piel y su único y profundo ojo eran maravillas apenas menos remarcables que su colosal tamaño; y cuando los naturalistas se pronunciaron diciendo que era una criatura recién nacida, de pocos días de vida, el interés del público tomó dimensiones extraordinarias.

El capitán Orne, con astucia yanqui, obtuvo un buque lo suficientemente grande como para albergar al monstruo en su bodega, y arreglar allí la exhibición del trofeo. Aplicando una cuidada carpintería, logró montar un excelente museo marino, y zarpó hacia el sur, hacia el lujoso distrito marino de la Playa Martin. Una vez que ancló en el muelle del hotel se dedicó a recaudar onerosas cuotas de admisión.
La intrínseca prodigiosidad de la bestia y la importancia biológica para muchos turistas científicos, se combinaron para convertirse en la sensación de la temporada. Era absolutamente único, único a niveles de revolución científica, eso estaba bien comprendido. Los naturalistas habían demostrado que este ejemplar difería radicalmente de un inmenso animal pescado en las costas de la Florida; éste, siendo obviamente un habitante de profundidades increíbles, quizás de miles de pies, poseía un cerebro y unos órganos que indicaban una vasta evolución, algo totalmente fuera de lo hasta ahora relacionado con la tribu piscícola.
La mañana del 20 de julio la atención del público se centró en la pérdida del buque y su extraño tesoro. En la tormenta de la noche precedente se había librado de sus amarras y desvanecido para siempre de la vista del ser humano, llevándose consigo al único guardia que había dormido a bordo, a pesar del vendaval. El capitán Orne, respaldado por el excesivo interés científico y asistido por un gran número de barcos pesqueros desde Gloucester, emprendió una exhaustiva búsqueda, pero sin más resultados que la incitación de comentarios e interés. El 7 de agosto se perdió toda esperanza y el capitán Orne regresó a Wavecrest para resolver sus negocios en la Playa Martin y conversar con algunos de los científicos que aún permanecían allí. El horror se desató el 8 de agosto.


Fue en la penumbra, cuando las grises gaviotas sobrevolaban cerca de la costa y la luna comenzaba a resplandecer sobre las aguas. La escena es importante de recordar, puesto que cada impresión cuenta. En la playa había varias personas paseando y algunos bañistas rezagados, provenientes de las casas de campo que se elevan modestamente en las colinas del norte o de la adyacente posada, cuyas imponentes torres proclamaban su fidelidad a la riqueza y la grandeza.
A buena distancia había otro grupo de espectadores, que descansaban en las terrazas cubiertas e iluminadas de la posada, y que disfrutaban de la música del suntuoso salón. Estos testigos, incluidos el capitán Orne y su grupo de científicos, se unieron al grupo de la playa antes de que el horror progresara demasiado; lo mismo hicieron muchos de la posada. Ciertamente no hubo carencia de testigos, sino que confundieron en sus relatos (por el miedo y la duda) aquello que vieron.
No hay registro exacto de la hora en que comenzó todo, aunque la mayoría dijo que la luna estaba "a un pie" por encima del vaporoso horizonte. Mencionaron la luna porque lo que vieron pareció sutilmente conectado con ésta. Era una especie de furtiva y deliberada onda que parecía venir desde la lejana línea del horizonte a través de una trémula senda, difusa por los reflejos de la luna, y que pareció atenuarse antes de llegar a la costa.
Muchos no se dieron cuenta de esta onda hasta que la recordaron por los siguientes eventos. Pero pareció haber sido muy marcada, diferenciada en altura y movimiento de las olas contiguas. Algunos la vieron como sutil y calculada. Y, como si se extinguiera taimadamente por los remotos arrecifes negros, de pronto un grito de muerte centelló desde el agua salada; un grito de angustia y desesperanza que inmediatamente movió la piedad de todos aquellos que lo escucharon.


Los primeros en responder fueron los dos salvavidas de turno; robustos hombres en atavío de baño, con su oficio proclamado en letras rojas a través de sus pechos. Acostumbrados al trabajo de rescate y a los gritos de los que corren peligro de ahogarse, no pudieron hallar nada familiar en las ululaciones de ultratumba; pero sus sentidos del deber les hicieron ignorar este detalle y procedieron a seguir el curso usual del trabajo.
Apresuradamente tomaron un cojinete inflado con aire, aferrado a una bobina de soga. Uno de ellos corrió a través de la costa hasta la escena en donde ya se había apiñado la multitud; desde ahí lanzó el objeto, luego de girarlo varias veces para ganar velocidad, en dirección hacia donde había venido el sonido. Luego que el cojinete desapareció entre las olas, el gentío curioso aguardó para ver a aquel cuyo dolor había sido tan grande, impacientes de que el salvavidas lo condujera de nuevo a la playa.
Pero pronto quedó claro que el rescate no sería rápido; por más que los dos salvavidas tiraban de la soga, no podían mover aquel objeto que estaba al otro extremo. En cambio, notaron que algo hacía fuerza, igual y aún mayor, en la dirección opuesta. En cierto momento ambos salvavidas fueron arrastrados de sus posiciones hacia el agua por la extraña fuerza.
Uno de ellos, recobrándose al instante, clamó por ayuda a la multitud en la playa, en donde se hallaba la bobina con el remanente de la soga. Al siguiente instante los hombres más forzudos, entre los que se contaban el capitán Orne en primer lugar, comenzaron a pujar junto con los salvavidas. Más de una docena de rudas manos estaban ahora remolcando desesperadamente la gruesa cuerda.
Entre más fuerte bregaban, la extraña fuerza igualaba el esfuerzo al otro extremo; y debido a que en ningún momento se relajaba, la cuerda se volvió rígida como el acero. Los pujadores, al igual que los espectadores por su curiosidad, se vieron consumidos por la naturaleza de esta fuerza marina. La idea de un hombre ahogado había sido ya desechada e insinuaciones de ballenas, submarinos, monstruos y demonios eran libremente tenidas en cuenta. Todos seguían tirando con la sombría determinación de descubrir el misterio.
Finalmente se decidió que una ballena se habría engullido el cojinete. El capitán Orne, ya como líder natural, gritó a quienes estaban en tierra firme que sería necesario un bote como medio para acercarse, arponear y cazar al leviatán oculto. Varios hombres se dispersaron en busca de una embarcación adecuada, en tanto que otros fueron a suplantar al capitán en la tensa cuerda, ya que su lugar era lógicamente al frente de la partida que se formaría para tripular el bote. Su idea de la situación era muy clara y no se limitaba a una ballena, ya que se había entreverado con un monstruo mucho más extraño. Se preguntaba cómo podría actuar y manifestarse un adulto de esa misma especie a la que pertenecía el infante de cincuenta pies.
Entonces, con espantosa brusquedad, todos comprendieron el hecho crucial que mutó el marco de maravilla y sorpresa reinante hasta ese momento en uno de horror, y el grupo de trabajadores y testigos se vieron presa del pánico. El capitán Orne, dejando su lugar en la soga, se dio cuenta de que no podía quitar las manos de su lugar, que estaban adheridas con inenarrable fuerza; y en un segundo comprendió que era incapaz de retirarse de la cuerda. Su apuro fue adivinado instantáneamente por los demás, y cada uno probó su propia situación llegando a la conclusión de que todos estaban en una misma condición. El hecho no podía ser negado: cada uno de los hombres estaba irresistiblemente retenido a la línea de cáñamo que lenta, horrible e implacablemente los empujaba hacia el mar.


Un horror mudo se sucedió; un horror durante el cual los espectadores quedaron petrificados, sumidos en la inmovilidad y el caos mental. Su completa desmoralización se reflejó en las conflictivas narraciones que proporcionaron luego, y las pusilánimes excusas que ofrecieron por sus aparentes inacciones. Yo fui uno de ellos, lo sé.
Todos los que pujaban, luego de una serie de frenéticos gritos y fútiles quejidos, sucumbieron a la paralizante influencia y guardaron silencio frente a tan desconocidos poderes. Estaban bajo la luz de la luna, pujando ciegamente contra una espectral condenación, e inclinándose monótonamente hacia atrás y hacia adelante, a medida que el agua trepaba primero a sus rodillas, luego a sus caderas. La luna se ocultó parcialmente tras una nube, y en la penumbra la línea de hombres semejaba algún siniestro y gigantesco ciempiés, retorciéndose en garras de una muerte terrible.
La cuerda se volvía cada vez más dura, a medida que la puja entre ambos extremos se incrementaba. Las olas iban ocupando cada vez más terreno a la playa, avanzando lentamente, hasta que las arenas, pobladas tardíamente por niños risueños y amantes susurrantes, eran engullidas por la inexorable marea. La manada de espectadores, atacados por el pánico, iba retrocediendo a medida que el agua le empantanaba los pies, mientras la aterrorizada línea de contendientes seguían ondulando, con medio cuerpo sumergido, y ahora a considerable distancia de su audiencia. El silencio era completo.
La multitud, habiendo logrado una desordenada retirada más allá del alcance de la marea, observaba con muda fascinación; sin poder brindar una palabra de advertencia o de ánimo, mucho menos intentar alguna clase de auxilio. Había en el aire un pavor pesadillesco de mal inminente, algo que nunca antes se había visto.
Los minutos parecían alargarse en horas. Aún la serpiente humana de torsos ondulantes se podía ver por encima del mar. Ondulaba rítmicamente, lenta y horriblemente, con la garantía de la muerte. Espesas nubes ocultaron nuevamente la luna, y la luz que iluminaba el agua desapareció.
La línea de cabezas serpenteante ya ondulaba muy débilmente; de vez en cuando se veía algún rostro lívido fulgurando pálido en la oscuridad. Las nubes se acumularon hasta que de sus interiores surgieron afiladas lenguas de fuego. Los truenos surgieron, suaves al principio, luego incrementándose hasta llegar a una ensordecedora y demente intensidad. Entonces sobrevino uno culminante -que pareció reverberar tierra y mar-, tras el cual se desató un aguacero de tal violencia que pareció que se hubieran abierto de par en par las compuertas del cielo.
Los testigos actuaron instintivamente, a pesar de la ausencia de conciencia y pensamiento coherente, y se retiraron hacia la loma sobre la que se elevaba la terraza de la posada. Los rumores habían llegado a los turistas del interior, así que los refugiados se encontraron con que las demás personas estaban tan aterrorizadas como ellos mismos. Creo que se vociferaron algunas palabras de terror, pero no puedo asegurarlo.
Varios de los que estaban en la posada se habían retirado paranoicos a sus cuartos. Otros se quedaron para observar la línea de cabezas meneantes que aún se veía por encima de las ascendientes olas cada vez que un relámpago iluminaba la playa. Recuerdo haber pensado en esas cabezas y los desorbitados ojos que contendrían; ojos que podían reflejar bien todo el pánico, el terror y el delirio de un universo maligno; todas las culpas, pecados, miserias, esperanzas perdidas y deseos no satisfechos, miedo, repugnancia y angustia de las edades, desde el principio de los tiempos; ojos iluminados con todos los dolores espirituales de los eternamente ígneos infiernos.


Y cuando miré más allá de las cabezas, mi imaginación conjuró otro ojo; un ojo individual, igualmente encendido, aunque con un propósito tan perturbador para mi mente, que la visión pronto se desvaneció. Presas de una desconocida fuerza, la línea de condenados se sumergió; sus gritos silenciados y plegarias no elevadas sólo serán conocidas por los demonios de las olas y del nocturno viento.
El torrente que el enfurecido cielo estaba expeliendo en medio de un loco cataclismo de sonidos satánicos pareció aminorar. Entre el resplandor de los fogonazos, una voz celestial resonó contra las blasfemias del infierno, y la agonía de todos los idos reverberó en un apocalíptico y ciclópeo estrépito. Fue el fin de la tormenta, ya que el espantoso temporal cesó y la luna, una vez más, alumbró con sus pálidos rayos sobre un mar extrañamente calmo.
Ya no había línea de cabezas. El agua estaba calma y desierta, y sólo era alterada por las ondas de lo que parecía ser un remolino, en el mismo lugar de donde provino primeramente el grito. Y cuando miré hacia esa traicionera zona, con febril imaginación y sentidos agobiados, se escurrió en mis oídos, proveniente de un abismo inmensamente profundo, el débil y siniestro eco de una risa.

FIN