miércoles, 21 de marzo de 2012

CENAN LOS VIEJOS, MIENTRAS LOS NIÑOS COMEN CON LAS MANOS... / Visita de Agatha Christie

LA CASA DE SUS SUEÑOS 
POR

Agatha Christie's room at the Hotel Pera Palas...
Agatha Christie's room at the Hotel Pera Palas in Istanbul, where she wrote Murder on the Orient Express (Photo credit: Wikipedia)
Esta es la historia de John Segrave: de su vida, que fue insatisfactoria; de su amor, no correspondido; de sus sueños, y de su muerte. Y si en estos últimos encontró lo que en aquellos le había sido negado, podría considerarse que en suma disfrutó de una vida venturosa. ¿Quién sabe? 

La familia de John Segrave andaba de capa caída desde hacía un siglo. Sus antepasados habían sido ricos hacendados desde la época isabelina, pero no quedaban ya más tierras por vender. Se había juzgado oportuno que al menos uno de los hijos se instruyese en el provechoso arte de amasar fortuna. Una involuntaria ironía del destino quiso que fuese John el elegido. 

Viendo su boca peculiarmente sensual y sus ojos garzos y alargados, apenas dos rendijas que le conferían un aire de elfo o fauno, de criatura montaraz salida de los bosques, resultaba incomprensible que fuese él la ofrenda, el sacrificio en el altar de las finanzas. El olor de la tierra, el sabor del salitre en los labios, el cielo raso sobre la cabeza... esas eran las cosas que John Segrave más quería, y a las que debía decir adiós. 

A los dieciocho años entró como joven empleado en una importante compañía. Siete años más tarde seguía siendo empleado, ya no tan joven pero con idéntica categoría. Su modo de ser no incluía la facultad de «prosperar en la vida». Era puntual, voluntarioso, diligente... un empleado y nada más que un empleado. 

Y sin embargo podría haber sido... ¿qué? Él mismo era incapaz de responder a esa pregunta, pero tenía la firme convicción de que en alguna parte existía una vida en la que su presencia sería digna de consideración. Poseía una fuerza, una rapidez de percepción, una cualidad indefinida que sus compañeros de fatigas no imaginaban siquiera. Les caía bien. Despertaba simpatía por su despreocupada cordialidad, y nadie reparaba en el hecho de que excluía a los demás de cualquier forma de verdadera intimidad, aunque, eso sí, con igual despreocupación. 

El sueño se presentó de manera súbita. No era una fantasía infantil aumentada y desarrollada a lo largo de los años. Lo asaltó una noche a mediados de verano, o para ser más exactos ya de madrugada. 

John Segrave se despertó estremecido e intentó denodadamente retenerlo mientras se esfumaba, escurriéndosele entre los dedos con la evanescencia propia de los sueños. 

Se aferró a él con desesperación. No debía dejarlo escapar. No debía. Debía fijar aquella casa en su memoria. Era la casa, sin duda. La casa que tan bien conocía. ¿Era una casa real o existía únicamente en sus sueños? No lo recordaba; pero desde luego la conocía, la conocía muy bien. 

La luz tenue y gris del alba se filtraba en la habitación. La quietud era extraordinaria. A las cuatro y media de la mañana Londres, el cansado Londres, hallaba un breve instante de paz. 

John Segrave permaneció inmóvil, arrebujado en su júbilo, en la exquisita belleza del prodigioso sueño. ¡Con qué habilidad había conseguido grabárselo en la mente! Por norma, los sueños pasaban de manera fugaz, se desvanecían mientras uno, con la gradual conciencia del despertar, trataba de atraparlos y detenerlos con sus torpes manos. Pero él había sido más rápido que aquel sueño. Lo había asido cuando se deslizaba velozmente ante él. 

Era un sueño fuera de lo común. Aparecía la casa y... Un sobresalto interrumpió sus cavilaciones, pues al pararse a pensar cayó en la cuenta de que nada recordaba aparte de la casa. 

Y de pronto, con un asomo de decepción, descubrió que en realidad no conocía aquella casa. Ni siquiera había soñado antes con ella. 

Era una casa blanca, construida en lo alto de un promontorio. Se veían árboles alrededor y colinas azules a lo lejos; pero su peculiar encanto no residía en el paisaje, puesto que (y ahí estaba la clave, el climax del sueño) era una casa preciosa, singularmente preciosa. Se le aceleró el corazón al revivir de nuevo la insólita belleza de la casa. 

El exterior, por supuesto, ya que nunca había estado dentro. A ese respecto no había duda, la menor duda. Luego, a medida que cobraban forma los lóbregos contornos de su habitación de alquiler, experimentó la desilusión del soñador. Quizá, después de todo, el sueño no había sido tan prodigioso, ¿o acaso la parte prodigiosa, la parte esclarecedora, se le había escapado, mofándose de sus vanos esfuerzos por aprehenderla? Una casa blanca, en lo alto de un promontorio... Aparentemente no había en eso motivo alguno para tanto entusiasmo. Era una casa grande, recordaba, con muchas ventanas, y todas las persianas bajadas no porque sus moradores se hubiesen marchado (de eso estaba seguro), sino porque era tan temprano que nadie se había levantado aún. 

De pronto se rió del sinsentido de sus imaginaciones y recordó que esa noche tenía que cenar con el señor Wetterman. 

Maisie Wetterman era la única hija de Rudolf Wetterman y estaba acostumbrada a conseguir todo cuanto quería. En una visita al despacho de su padre se había fijado en John Segrave. A petición de su padre, el joven había entrado unas cartas. Cuando salió, Maisie preguntó por él a su padre. Wetterman le habló con franqueza. 

—Es hijo de sir Edward Segrave. Una familia de alcurnia, pero ida a menos. Este muchacho nunca llegará a nada. Yo lo aprecio, pero es un cero a la izquierda. Le falta empuje. 

Quizá a Maisie el empuje la traía sin cuidado. Era una cualidad a la que su progenitor atribuía más valor que ella. Fuera como fuese, quince días después convenció a su padre de que invitase a John Segrave a cenar. Sería una cena íntima: Maisie, su padre, John Segrave y una amiga que pasaba una temporada en casa con ella. 

La amiga no pudo reprimir ciertos comentarios. 

—Supongo, Maisie, que tienes derecho a devolución. Después, si estás satisfecha de la adquisición, tu padre lo envolverá para regalo y se lo traerá a su querida hijita, comprado y pagado como debe ser. 

—¡Allegra, eres el colmo! 

Allegra Kerr se echó a reír. 

—Maisie, no te privas de ningún capricho, bien lo sabes. Me gusta ese sombrero, me lo quedo. Si puede hacerse con los sombreros, ¿por qué no con los maridos? 

—No digas tonterías. Apenas he hablado con él todavía. 

—No. Pero ya has tomado una decisión —repuso Allegra—. ¿Qué ves en él, Maisie? 

—No lo sé —dijo pausadamente Maisie Wetterman—. Es... distinto. 

—¿Distinto? 

—Sí. No sabría explicártelo. A su manera es apuesto, sí, pero no se trata de eso. Cuando estás ante él, parece no verte. A decir verdad, no creo que me mirase siquiera el otro día en el despacho de mi padre. 

Allegra volvió a reír. 

—Ese es un truco muy viejo. Un joven astuto, diría yo. 

—¡Allegra, eres odiosa! 

—Anímate, querida. Papá se encargará de traerle un manso corderito a su pequeña Maisie. 

—No es ese mi deseo. 

—El amor con mayúsculas, ¿eso es lo que esperas? —preguntó Allegra. 

—¿Por qué no iba a enamorarse de mí? 

—Por nada en particular. Ojalá se enamore. 

Allegra sonrió y observó a su amiga de arriba abajo. Maisie Wetterman era una muchacha de corta estatura, tirando a rellena, y cabello castaño cortado a lo garçon y artísticamente ondulado. Los colores de moda en polvos y carmín realzaban su excelente cutis. 

Tenía la boca proporcionada y los dientes regulares, los ojos pequeños y chispeantes, y la barbilla quizá un poco pronunciada. 

Vestía con buen gusto. 

—Sí —añadió Allegra una vez concluido su escrutinio—. Estoy convencida de que se enamorará. En conjunto causas un efecto francamente bueno, Maisie. 

Maisie la miró con escepticismo. 

—Lo digo en serio —aseguró Allegra—. Lo digo en serio, palabra de honor. Pero supón por un momento que eso no ocurre; que se enamore quiero decir. Supón que llega a sentir por ti un afecto sincero pero platónico. Entonces, ¿qué? 

—Puede que no me guste cuando lo conozca mejor. 

—Es posible. Sin embargo también podría ser que te gustase mucho más. Y en tal caso... 
Maisie se encogió de hombros. 

—Espero tener orgullo suficiente... 

—El orgullo —la interrumpió Allegra— sirve para disimular los sentimientos, no para evitarlos. 

—En fin, no veo razón para no admitirlo —contestó Maisie, ruborizada—: soy un buen partido.


 Desde su punto de vista, claro; la hija de su padre y esas cosas. 

—Una futura participación en el negocio y todo eso —dijo Allegra—. 

Sí, Maisie; eres hija de tu padre, de eso no hay duda. Me complace oírte hablar así. Me encanta que mis amigos se comporten como es propio de ellos. 

El ligero tono de burla molestó a Maisie. 

—Eres detestable, Allegra. 

—Pero estimulante, querida. Por eso me acoges en tu casa. Me interesa la historia, como tú sabes, y siempre me había intrigado el motivo por el cual se toleraba y de hecho se fomentaba la figura del bufón de la corte. Ahora que yo misma lo soy, he conseguido por fin entenderlo. A algo tenía que dedicarme, y ese no es un mal papel.
Ahí estaba yo, orgullosa y sin blanca, como la heroína de una novela rosa, bien nacida y mal educada. «"¿Y ahora qué haré? Sabe Dios", dijo ella.» Según observé, se tenía en gran estima a la consabida pariente pobre, siempre dispuesta a pasar sin fuego en la habitación y contenta de aceptar encargos y «ayudar a su querida prima Fulana de Tal». En realidad no la quiere nadie, excepto aquellos que no pueden permitirse criados y la tratan como a una esclava. 

»Así que opté por el papel de bufón. Insolencia, franqueza, una pizca de ingenio de vez en cuando (no demasiado por temor a defraudar luego las expectativas de los demás), y detrás de todo eso una perspicaz observación de la naturaleza humana. A la gente le gusta oír lo horrible que es; por eso acude en tropel a escuchar a los predicadores. Y he tenido un gran éxito. Recibo continuas invitaciones. Puedo llevar una vida desahogada a costa de mis amigos, y me guardo bien de fingir gratitud. 

—Eres única, Allegra. Hablas sin pensar. 

—En eso te equivocas. Pienso mucho todo lo que digo. Mi aparente espontaneidad es siempre calculada. Tengo que andarme con cuidado. Este trabajo debe durarme mientras viva. 

—¿Por qué no te casas? —preguntó Maisie—. Me consta que has tenido muchas ofertas. 

Una expresión severa apareció de pronto en el rostro de Allegra. 

—Nunca me casaré. 

—Porque... —Maisie, mirando a su amiga, dejó la frase inacabada. 

Allegra movió la cabeza en un breve gesto de asentimiento. 

Se oyeron unas pisadas en la escalera. El mayordomo abrió la puerta y anunció: 

—El señor Segrave. 

John entró sin especial entusiasmo. No imaginaba por qué lo había invitado el viejo. Si hubiese podido librarse del compromiso, lo habría hecho. Aquella casa, con su sólida magnificencia y el suave pelo de sus alfombras, lo deprimía. 

Una muchacha se acercó y le estrechó la mano. Recordaba vagamente haberla visto en el despacho de su padre. 

—Mucho gusto, señor Segrave. Señor Segrave, la señorita Kerr. 

John salió súbitamente de su apatía. ¿Quién era esa otra joven? ¿De dónde había surgido? A juzgar por los ropajes ígneos que flotaban en torno a su cuerpo y las diminutas alas de Mercurio que coronaban su pequeña cabeza griega, se habría dicho que era un ser transitorio y fugaz, destacándose sobre el apagado fondo con un efecto de irrealidad. 

Al cabo de un momento entró Rudolf Wetterman, acompañado por los crujidos de su amplia y reluciente pechera. Sin mayores formalidades comenzaron a cenar. 

Allegra Kerr conversó con su anfitrión. John Segrave tuvo que dedicar su atención a Maisie, pese a que no podía apartar de su pensamiento a la otra muchacha. Poseía un gran encanto, aunque era un encanto, pensó, más afectado que natural. Sin embargo detrás de eso se percibía algo más, un fulgor trémulo, irregular, fluctuante, como los fuegos fatuos que antaño atraían a los hombres desde los pantanos. 

Tuvo por fin ocasión de hablar con ella. Maisie transmitía a su padre un mensaje de algún amigo que había visto aquel día. Pero llegado el momento se sintió cohibido y la miró en silencio con expresión suplicante. 

—Temas de sobremesa —dijo ella para romper el hielo—. Podemos comenzar por los teatros o con una de esas innumerables preguntas de apertura: «¿Le gusta a usted...?». 

John se echó a reír. 

—Y si descubrimos que a los dos nos gustan los perros o nos desagradan los gatos rubios —contestó—, se formará entre nosotros lo que llaman un «lazo afectivo». 

—Sin duda —afirmó Allegra con fingida seriedad. 

—Es una lástima, creo, ceñirse a un guión. 

—Sin embargo eso pone la conversación al alcance de todos. 

—Cierto —convino John—, pero con consecuencias desastrosas. 

—Conviene conocer las reglas, aunque solo sea para transgredirlas. 

John sonrió. 

—Supongo, pues, que usted y yo nos abandonaremos a nuestras particulares ocurrencias, aun a riesgo de sacar a la luz la genialidad, que es prima hermana de la locura. 

Con un movimiento brusco y descuidado, la muchacha golpeó con la mano una copa de vino. La copa cayó al suelo y se rompió ruidosamente. Maisie y su padre dejaron de hablar. 

—Lo siento mucho, señor Wetterman —se disculpó Allegra—. Ahora me dedico a tirar copas al suelo. 

—Mi querida Allegra, no tiene la más mínima importancia, la más mínima. 

Entre dientes, John Segrave masculló: 

—Cristales rotos. Eso trae mala suerte. Ojalá... no hubiese ocurrido. 

—No se preocupe —dijo Allegra—. ¿Cómo era aquella frase? «No es posible traer mala suerte al lugar donde la mala suerte habita.» 

Allegra se volvió de nuevo hacia Wetterman. John, reanudando la conversación con Maisie, trató de situar la cita. Por fin lo consiguió. 

Eran las palabras pronunciadas por Sieglinde en Las valquirias cuando Siegmund propone abandonar la casa. 

¿Ha querido decir...?, pensó John. 

Pero Maisie le preguntaba ya su opinión sobre la última revista musical. Poco antes John había admitido su afición por la música. 

—Después de la cena pediremos a Allegra que toque un rato —sugirió Maisie. 

Pasaron al salón todos juntos, hombres y mujeres, costumbre que Wetterman, en secreto, consideraba incivilizada. Él prefería la ceremoniosa solemnidad del ofrecimiento de cigarros y la botella de vino circulando de mano en mano. Pero quizá aquella noche fuese mejor así. No imaginaba de qué demonios podría hablar con el joven Segrave. Maisie estaba excediéndose con sus caprichos. Aquel tipo no era precisamente atractivo —atractivo de verdad— y menos aún simpático. Sintió alivio cuando Maisie pidió a Allegra que tocase algo. 

Así la velada no se prolongaría tanto. Aquel joven idiota ni siquiera jugaba al bridge. 

Allegra tocaba bien, aunque sin la seguridad de un profesional. Interpretó música moderna: Debussy, Strauss y un poco de Scriabin. A continuación ejecutó el primer movimiento de la Sonata patética de Beethoven, esa expresión de dolor infinito, de un pesar tan inmenso y eterno como el tiempo, que sin embargo destila de principio a fin el ánimo de quien no acepta la derrota, y en la majestuosidad de esa perpetua aflicción avanza con el ritmo del conquistador hacia su sino. 

En los últimos compases Allegra vaciló, tocó un acorde disonante y se interrumpió bruscamente. Miró a Maisie y rió con una mueca burlona. 

—Como ves, no me dejan en paz —dijo. 

De inmediato, sin esperar respuesta a su enigmático comentario, acometió una melodía extraña e inquietante de misteriosos acordes y curioso compás, distinta de cualquier otra música que Segrave hubiese oído hasta entonces. Era delicada como el vuelo de un pájaro suspendido en el aire. De pronto, sin transición previa, se convirtió en una confusa sucesión de notas discordantes, y Allegra, riendo, se levantó y se apartó del piano. 

Pese a su risa, se la notaba alterada, casi asustada. Se sentó junto a Maisie, y John oyó susurrar a esta: 

—No deberías hacerlo. En serio, no deberías. 

—¿Qué era eso último? —preguntó John con vivo interés. 

—Una composición mía —contestó Allegra con tono seco y cortante. 

Wetterman cambió de tema. 

Aquella noche John Segrave volvió a soñar con la casa. 

John se sentía desdichado. Nunca antes su vida le había resultado tan tediosa. Hasta ese momento la había aceptado con resignación, como una necesidad desagradable que, no obstante, dejaba intacta en esencia su libertad interior. De repente todo había cambiado. Los mundos exterior e interior se confundían. 

No se engañó en cuanto a la causa de tal cambio. Se había enamorado de Allegra Kerr a primera vista. ¿Qué haría al respecto? 

Aquella primera noche, dado el inicial desconcierto, no había planeado nada. Ni siquiera había intentado verla de nuevo. Poco tiempo después, cuando Maisie Wetterman lo invitó a pasar un fin de semana en la casa de campo de su padre, acudió entusiasmado; pero, para su decepción, Allegra no estaba allí. 

La mencionó una vez tímidamente, y Maisie le explicó que se hallaba de visita en Escocia. John no insistió más. Habría deseado seguir hablando de ella, pero no consiguió articular palabra. 

Ese fin de semana su comportamiento dejó perpleja a Maisie. No parecía darse cuenta... en fin, no parecía darse cuenta de lo evidente. 
Maisie no se anduvo con rodeos, pero con él de nada servían sus directos métodos. John la consideraba amable pero un tanto abrumadora. 
Sin embargo las Moiras fueron más poderosas que Maisie, y quisieron que John volviese a ver a Allegra. 
Se encontraron casualmente en el parque un domingo por la tarde. John la vio de lejos, y el corazón empezó a latirle con fuerza contra las costillas. ¿Y si se había olvidado de él...? 

Pero Allegra lo recordaba. Se detuvo y habló con él. Minutos después paseaban juntos por la hierba. John se sentía absurdamente feliz. De improviso preguntó: 

—¿Cree usted en los sueños? 

—Creo en las pesadillas —repuso Allegra. 

La aspereza de su contestación sorprendió a John. 

—Las pesadillas —repitió él como un estúpido—. No me refería a las pesadillas. 

—No —dijo ella—. En su vida no ha habido pesadillas, eso se nota. 

De pronto su voz sonaba distinta, más tierna. 

John, tartamudeando ligeramente, le habló de la casa blanca de sus sueños. Había soñado con ella ya seis veces, no, siete. Siempre la misma. Y era hermosa, muy hermosa. 

—¿Se da cuenta? En cierto modo tiene que ver con usted —prosiguió John—. Soñé con ella por primera vez la noche antes de conocerla. 

—¿Conmigo? —Allegra dejó escapar una risa breve y amarga—. No, eso es imposible: la casa era hermosa. 

—Y usted también —aseguró John Segrave. 

Un tanto enojada, Allegra se ruborizó. 

—Disculpe. He dicho una tontería. Ha dado la impresión de que buscaba un halago, ¿verdad? Pero nada más lejos de mis deseos. 

Exteriormente no tengo mala presencia, ya lo sé. 

—Aún no he visto la casa por dentro —dijo John—. Cuando la vea, sin duda la encontraré tan hermosa como por fuera —Hablaba despacio, con seriedad, dando a las palabras un sentido que Allegra prefirió pasar por alto—. Quiero decirle otra cosa, si está dispuesta a escucharme. 

—Escucharé —contestó Allegra. 

—Voy a dejar mi empleo. Tenía que haberlo dejado hace mucho, ahora lo veo claro. Me he conformado con mi suerte, consciente de mi fracaso, sin preocuparme demasiado, viviendo día a día. Ese no es comportamiento propio de un hombre. Un hombre debe buscar una actividad para la que esté capacitado y triunfar en ella. Voy a dejar esto y dedicarme a otra cosa, algo muy distinto. Se trata de una especie de expedición a África Occidental. No puedo entrar en detalles; me he comprometido a mantenerlo en secreto. Pero si todo sale según lo previsto... en fin, seré rico. 

—¿También usted, pues, mide el éxito en función del dinero? 

—Para mí el dinero solo significa una cosa: ¡usted! Cuando regrese... 

—John se interrumpió. 

Allegra agachó la cabeza. Había palidecido. 

—No fingiré haber entendido mal. Porque he de decirle algo ahora mismo, de una vez para siempre: nunca me casaré. John reflexionó por un momento y luego, con extrema delicadeza, preguntó: 

—¿No puede decirme por qué? 

—Podría, pero decírselo es lo que menos deseo en este mundo. 

John quedó de nuevo en silencio. De repente alzó la vista y una sonrisa singularmente atractiva iluminó su rostro de fauno. 

—Comprendo —afirmó—. No quiere permitirme entrar en la casa, ni siquiera a echar una breve ojeada. Las persianas deben seguir bajadas. 

Allegra se inclinó y apoyó una mano en la de él. 

—Solo le diré una cosa. Usted sueña con su casa. Yo en cambio no tengo sueños; tengo pesadillas. 

Y dicho esto se alejó, súbitamente, dejándolo en el mayor desconcierto. 

Aquella noche John soñó de nuevo. Últimamente había comprobado que la casa estaba sin duda habitada. Había visto una mano que apartaba una persiana; había vislumbrado siluetas que se movían en el interior. 

Aquella noche la casa parecía más hermosa que nunca. Sus paredes blancas resplandecían al sol. La imagen era de una paz y una belleza absolutas. 

De pronto lo asaltó un júbilo más intenso. Alguien se acercaba a la ventana. Lo sabía. Una mano, la misma que había visto antes, cogió la persiana y la apartó. En unos segundos vería... 

Se despertó, estremecido aún a causa del horror, de la indescriptible aversión experimentada al contemplar a la criatura que lo había mirado desde la ventana de la casa. 

Era una criatura inconcebiblemente horrenda, una criatura tan abominable y repulsiva que su mero recuerdo le producía náuseas. Y John sabía que lo más espantoso y repugnante de ella era su presencia en aquella casa, la casa de la belleza. 

Ya que donde aquella criatura moraba había horror, un horror que se alzaba y hacía añicos la paz y la serenidad que correspondían a la casa por derecho propio. La belleza, la extraordinaria e inmortal belleza de la casa, había quedado mancillada de manera irremediable, pues entre sus sagradas paredes habitaba la sombra de una criatura inmunda. 

Segrave sabía que si volvía a soñar con la casa, despertaría de inmediato sobresaltado, por miedo a que desde su blanca belleza lo mirase de pronto la criatura. 

Cuando salió de la oficina al día siguiente, fue derecho a casa de los Wetterman. Tenía que ver a Allegra Kerr. Maisie sabría dónde localizarla. 

Cuando lo llevaron ante Maisie, ella saltó de su asiento. John no percibió el destello de ilusión que iluminó sus ojos. Con la mano de Maisie aún en la suya, titubeando, formuló su pregunta: 

—La señorita Kerr... Nos encontramos ayer, pero no sé dónde vive. 

John no notó la súbita flaccidez en la mano de Maisie al retirarla, ni extrajo conclusión alguna de la repentina frialdad de su voz. 

—Allegra está aquí, hospedada en esta casa. Pero, sintiéndolo mucho, ahora no puede verla. 

—Pero... 

—Su madre ha muerto esta mañana —continuó Maisie—. Acabamos de recibir la noticia. 

—¡Oh! —exclamó John, desconcertado. 

—Ha sido muy triste —dijo Maisie. Vaciló por un instante y luego añadió—: Verá, ha muerto... bueno, prácticamente en un manicomio. 

Ha habido muchos casos de demencia en la familia. El abuelo se pegó un tiro; una de las tías de Allegra es una débil mental desahuciada, y otra murió ahogada, también por suicidio. 

John Segrave dejó escapar un balbuceo inarticulado. 

—He pensado que debía saberlo —dijo Maisie con tono virtuoso—. 

Para eso están los amigos, y nosotros lo somos, ¿no? Ya sé que Allegra es muy atractiva. Muchos hombres han pedido su mano, pero como es lógico ella no quiere casarse. No sería correcto, ¿no cree? 


—Ella está bien —afirmó John, y su propia voz le sonó ronca y poco natural—. No le pasa nada. 

—Eso nunca se sabe. Su madre, de joven, tampoco parecía tener ningún problema. Y últimamente... en fin, no es que fuese solo un poco rara; estaba loca de atar. Es espantosa, la demencia. 

—Sí, horrible —dijo John, comprendiendo de pronto qué era la criatura que lo había mirado desde la ventana de la casa. 

Maisie seguía hablando. 

—En realidad —la interrumpió John bruscamente— he venido a despedirme, y agradecerle de paso su amabilidad. 

—¿No irá a... marcharse de la ciudad? —preguntó Maisie con manifiesta inquietud. 

John sonrió de medio lado; era una sonrisa triste y seductora. 

—Sí —contestó—. A África. 

—¡África! —repitió Maisie, perpleja. 

Aún no había salido de su asombro cuando John Segrave le estrechó la mano y se fue, dejándola allí plantada, con los puños tensos a los costados y una mancha de airado rubor en cada mejilla. 

Abajo, en el umbral de la puerta, John Segrave se encontró cara a cara con Allegra, que entraba de la calle. Vestía de negro y tenía el rostro pálido y sin vida. Le lanzó una mirada y le pidió que la acompañase a una pequeña sala. 

—Maisie ya lo ha puesto al corriente —dijo Allegra—. Lo sabe, ¿verdad? 

John asintió con la cabeza. 

—Pero ¿qué más da? Usted está bien. Algunos... se libran. 

Allegra lo contempló con expresión sombría y lastimera. 

—Usted está bien —insistió él. 

—No lo sé —susurró Allegra—. No lo sé. Ya le dije que tengo pesadillas. Y cuando toco el piano, esos otros se adueñan de mis manos. 

John la observaba paralizado. Mientras Allegra hablaba, algo asomó fugazmente a sus ojos. Desapareció en un instante, pero John lo reconoció: era la criatura que lo había mirado desde la casa. 

Allegra advirtió su leve respingo. 

—Me ha comprendido —musitó—. Me ha comprendido... Pero lamento que Maisie se lo haya dicho. Lo ha privado a usted de todo. 

—¿De todo? —preguntó John. 

—Sí. Ni siquiera le quedarán los sueños. A partir de ahora nunca más se atreverá a soñar con la casa. 

En África Occidental caía un sol de justicia y apretaba el calor. 

John Segrave seguía gimiendo. 

—No la encuentro. No la encuentro. 

El médico inglés de corta estatura, cabello rojo y pronunciada mandíbula observaba a su paciente con expresión ceñuda y su característica actitud intimidatoria. 

—Repite eso una y otra vez —comentó—. ¿A qué se refiere? 

—Habla, creo, de una casa —susurró la hermana de la caridad de la misión católica con su afable imperturbabilidad, contemplando también al enfermo. 

—Una casa, ¿eh? Bien, pues tiene que quitársela de la cabeza, o no se recuperará. El problema está en su mente. ¡Segrave! ¡Segrave! 

El enfermo consiguió concentrar su errática atención. Cuando posó la mirada en el rostro del médico, pareció reconocerlo. 

—Escuche, se pondrá bien. Voy a curarlo. Pero no debe preocuparse más por esa casa. No va a escaparse, ¿entiende? Así que por ahora deje de buscarla. 

—De acuerdo —respondió Segrave con aparente docilidad—. 

Considerando que ni siquiera existe, supongo que no puede escaparse. 

—¡Claro que no! —El médico rió con su natural optimismo—. Ahora no tardará ya en recuperarse —Y sin perder tiempo en ceremonias se marchó. 

Segrave se quedó en la cama meditabundo. La fiebre había remitido por el momento, y podía pensar con lucidez. Tenía que encontrar la casa. 

Durante diez años había temido encontrarla. La idea de que se le apareciese de improviso era su mayor terror. Y de pronto un día, cuando sus miedos se habían adormecido, la casa lo encontró a él. 

Recordaba con toda claridad el angustioso terror inicial, y la posterior sensación de alivio, repentina, profunda. ¡Ya que la casa estaba vacía! 

Por completo vacía y en una paz absoluta. Seguía igual que en sus recuerdos de diez años atrás. No la había olvidado. Un enorme furgón de mudanzas negro se alejaba lentamente de la casa. Por lo visto, el último inquilino se marchaba con sus muebles. John se acercó a los responsables del furgón y habló con ellos. El furgón, totalmente negro, tenía algo siniestro. Los caballos, con las crines y las colas al viento, eran también negros, y los hombres llevaban trajes y guantes negros. Todo aquello le recordaba algo, algo que no lograba precisar. 

Sí, sus suposiciones habían sido acertadas. El último inquilino se mudaba; su contrato de arrendamiento había expirado. De momento, hasta que el propietario regresase del extranjero, la casa permanecería deshabitada. 

Y al despertar lo había inundado la apacible belleza de la casa vacía. 

Un mes más tarde recibió una carta de Maisie (perseverante, le escribía una vez al mes). En ella le comunicaba que Allegra Kerr había fallecido en el mismo manicomio que su madre, ¿no era una lástima? Aunque también, en sus circunstancias, una bendición. 

Había sido muy extraño, recibir la noticia en aquel momento, poco después del sueño. John no entendía exactamente por qué, pero se le había antojado extraño. 

Y lo peor era que desde entonces no había conseguido encontrar la casa. Por alguna razón, había olvidado el camino. 

La fiebre lo atacó de nuevo. Se agitó inquieto. ¡Claro, la casa estaba en lo alto de un promontorio! ¿Cómo había podido olvidarlo? Tenía que subir hasta allí. Pero escalar precipicios era peligroso, muy peligroso. Arriba, arriba, arriba... ¡Oh! Había resbalado. Tenía que empezar de nuevo desde abajo. Arriba, arriba, arriba... 

Transcurrieron días, semanas, quizá incluso años, aunque no estaba seguro. Y seguía subiendo. 
En una ocasión oyó la voz del médico. Pero no podía detenerse a escuchar. Además, el médico le pediría que dejase de buscar la casa. 

Él, en su ignorancia, creía que era una casa corriente. 

Recordó de pronto que debía permanecer sereno, muy sereno. Solo manteniéndose muy sereno era posible encontrar la casa. De nada servía buscarla con prisas o impaciencia. 

Si conseguía conservar la serenidad... ¡Pero hacía tanto calor! ¿Calor? 

Hacía frío. Sí, frío. No escalaba por un precipicio, sino por un iceberg, por la pared gélida y recortada de un iceberg. 

Empezaba a flaquear. Abandonaría la búsqueda; era un esfuerzo inútil. ¡Pero allí había un sendero! Eso al menos era mejor que un iceberg. ¡Qué a gusto se estaba en aquel sendero verde, sombreado y fresco! Y aquellos árboles eran magníficos. Se parecían mucho a... ¿cómo se llamaban? No se acordaba, pero daba igual. 

¡Y había también flores! ¡Flores doradas y azules! Era todo precioso, y misteriosamente familiar. Sí, claro, había estado allí antes. Entre los árboles se veía ya el resplandor de la casa, en lo alto del promontorio. ¡Qué hermosa era! El sendero verde, los árboles y las flores no eran nada en comparación con la belleza suprema y placentera de la casa. 

Apretó el paso. ¡Y pensar que nunca había entrado en ella! ¡Qué tonto había sido! Al fin y al cabo, siempre había tenido la llave en el bolsillo. 

Y naturalmente la belleza exterior de la casa era insignificante al lado de la belleza interior, sobre todo ahora que el propietario había regresado del extranjero. Ascendió por la escalinata hacia la gran puerta. 

Unas manos poderosas y crueles tiraron de él hacia atrás. 

Forcejearon con él, zarandeándolo en todas direcciones. 

El médico lo sacudía, le bramaba al oído. 

—Aguante, puede conseguirlo. No se abandone. No se abandone. 

En sus ojos brillaba la fiereza de quien ha visto al enemigo. Segrave se preguntó quién era el enemigo. La monja del hábito negro rezaba. 

También eso le resultó extraño. 

Él solo quería que lo dejasen tranquilo. Solo quería volver a la casa. 

Pues la casa se desvanecía por momentos. 

Eso se debía sin duda a la extraordinaria fortaleza del médico. John era incapaz de resistirse al médico. Ojalá pudiese. 

¡Pero, un momento! Existía una escapatoria: el modo en que los sueños se esfumaban al despertar.


No había fuerza capaz de retenerlos; inevitablemente pasaban de largo. Si se escabullía entre sus manos, el médico nada podría hacer para impedírselo. ¡Sólo tenía que escabullirse! 

Sí, esa era la solución. Veía de nuevo las paredes blancas; oía la voz del médico cada vez más lejana y apenas notaba sus manos. 

Descubrió de pronto cómo se regodeaban los sueños cuando lo eludían a uno. 

Se hallaba ya ante la puerta de la casa. Nada perturbaba la absoluta quietud. Introdujo la llave en la cerradura y abrió. 

Aguardó solo un instante, para percibir en toda su dimensión la perfecta, la inefable, la satisfactoria plenitud de su júbilo. 

Finalmente traspasó el umbral.

FIN




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miércoles, 14 de marzo de 2012

OTRO NACIDO EN KIEV, CON LA PLUMA POR ALMA / VISITA DE MIKAIL BULGAKOV

Un ojo desaparecido

Mijaíl Bulgákov




Así pues, había transcurrido un año. Justamente un año desde el momento en que llegué a esta misma casa. También entonces colgaba una cortina de lluvia detrás de las ventanas y también entonces las últimas hojas de los abedules se marchitaban melancólicamente. Parecía que nada había cambiado a mi alrededor. Pero yo sí había cambiado mucho. Decidí festejar, en la más completa soledad, esta noche de recuerdos...

Me dirigí por el crujiente suelo a mi dormitorio y me miré en el espejo. Sí, había una gran diferencia. Un año antes, en el espejo recién sacado de la maleta se había reflejado un rostro afeitado. En ese entonces, la raya a un lado adornaba la cabeza de veinticuatro años. Ahora la raya había desaparecido. Los cabellos estaban echados hacia atrás sin ninguna pretensión. Es imposible seducir a nadie con la raya en el pelo si te encuentras a treinta verstas de la línea del ferrocarril. Lo mismo en cuanto al afeitado: sobre mi labio superior se había establecido firmemente una franja que parecía un cepillo de dientes amarillento y duro y mis mejillas se habían vuelto como un rallador, de modo que si durante el trabajo sentía comezón en el antebrazo, era muy agradable rascármelo con la mejilla. Suele ocurrir así si en vez de tres veces a la semana te afeitas sólo una.

En alguna ocasión, en algún lugar... no recuerdo en dónde... leí algo acerca de un inglés que fue a parar a una isla desierta. Era un inglés muy interesante. Estuvo en esa isla hasta tener alucinaciones. Y cuando un barco se acercó y la lancha arrojó a los hombres salvavidas él -anacoreta- los recibió con disparos de revólver, creyendo que se trataba de un espejismo, de un engaño del desierto campo de agua. Pero ese inglés estaba afeitado. Cada día se afeitaba en la isla deshabitada. Recuerdo que este orgulloso hijo de Britania me produjo la más grande admiración. Cuando vine a este lugar, puse en mi maleta una maquinilla de afeitar Gillette, con una docena de hojas de recambio, una navaja y una brocha. Había decidido firmemente que me afeitaría cada tercer día, porque este lugar no era en nada inferior a una isla deshabitada.

Pero sucedió que, en cierta ocasión, un claro día del mes de abril, después de que yo hubiera colocado todos esos encantos ingleses bajo un dorado y oblicuo rayo de luz y hubiera dejado impecable mi mejilla derecha, irrumpió, trotando como un caballo, Egórich, calzado con unas enormes botas rotas, y me informó que una mujer estaba dando a luz en los matorrales del vedado, junto al riachuelo. Recuerdo que con la toalla me limpié la mejilla izquierda y salí a toda prisa acompañado de Egórich. Éramos tres los que corríamos hacia el riachuelo, turbio y crecido en medio de los desnudos sotos de mimbres: la comadrona llevando las pinzas de torsión, un rollo de gasa y un frasco de yodo, yo con los ojos extraviados y saltones y, detrás, Egórich. Éste, a cada cinco pasos, se sentaba en la tierra y, maldiciendo, arrancaba pedazos de su bota izquierda: se le había despegado la suela. El viento volaba a nuestro encuentro, el dulce y salvaje viento de la primavera rusa. La comadrona Pelagueia Ivánovna había perdido su pasador y sus cabellos recogidos en un moño se habían soltado y le golpeaban el hombro.

-¿Por qué demonios te bebes todo tu dinero? -farfullé al vuelo a Egórich-. Es una canallada. Eres el guardián de una clínica y vas vestido como un mendigo.

-Eso no es dinero -dijo Egórich haciendo rechinar con rabia los dientes-. Por veinte rublos al mes todo este sufrimiento... ¡Ah, maldita seas! -Egórich golpeaba el suelo con el pie como un furioso caballo trotón-. Dinero... con eso no sólo no me alcanza para botas, ni siquiera para comer y beber...

-Beber, eso es lo principal para ti -dije con voz afónica, asfixiándome-, por eso vas tan desarrapado...

Junto al puente podrido se oyó un lastimero y débil gemido, que voló sobre el impetuoso torrente y se apagó. Llegamos corriendo y vimos a una mujer desgreñada, que se retorcía de dolor. El pañuelo se le había caído de la cabeza y los húmedos cabellos estaban pegados a su frente sudorosa. La mujer, en su sufrimiento, ponía los ojos en blanco y con las uñas desgarraba su pelliza. Una brillante sangre había salpicado la primera hierba verde, clara y pálida, que había brotado en la tierra fértil y embebida de agua.

-No alcanzó a llegar, no alcanzó a llegar -dijo apresuradamente Pelagueia Ivánovna mientras ella misma, con la cabeza descubierta y parecida a una bruja, deshacía el rollo de gasa.

Allí, con el alegre rugido de las aguas que se precipitaban a través de los oscurecidos pilares de madera del puente, Pelagueia Ivánovna y yo recibimos a un bebé de sexo masculino. Lo recibimos vivo y salvamos a la madre. Luego las dos enfermeras y Egórich, con el pie izquierdo descalzo, libre ya de la odiada suela podrida, llevaron a la parturienta hasta el hospital en una camilla.

Cuando ésta, ya tranquila y pálida, yacía cubierta por las sábanas, cuando el bebé ya había sido colocado en una cuna junto a ella y cuando todo estuvo en orden, le pregunté:

-¿No podías encontrar un lugar mejor que el puente para dar a luz? ¿Por qué no viniste a caballo?

Ella contestó:

-Mi suegro no me dio el caballo. "Son sólo cinco verstas", me dijo. "Llegarás. Eres una mujer fuerte. Para qué cansar en vano al caballo..."

-Tu suegro es un tonto y un cerdo -respondí.

-Ah, qué gente tan ignorante -añadió compasivamente Pelagueia Ivánovna, y luego, por alguna razón, se rió.

Capté su mirada, que se había detenido en mi mejilla izquierda.

Salí, y en la sala de partos me miré al espejo. El espejo me mostró lo que mostraba normalmente: una fisonomía contraída de tipo claramente degenerativo, con un ojo derecho que aparentemente había recibido un golpe. Pero -y de eso el espejo no tenía la culpa- en la mejilla derecha del degenerado se podía haber bailado como sobre parquet, mientras que en la izquierda se extendía un espeso vello rojizo. El mentón servía de línea divisoria. Me vino a la memoria un libro de tapas amarillas: Sajalín. En ese libro había fotografías de distintos hombres.

«Asesinato, robo, un hacha ensangrentada -pensé yo-, diez años... Qué vida tan original llevo, después de todo, en esta isla deshabitada. Debo ir a terminar de afeitarme...»

Y aspirando el aire de abril que llegaba de los negros campos, escuchando el estruendo que producían los cuervos desde las copas de los abedules y entrecerrando los ojos a causa del primer sol, atravesé el patio dispuesto a terminar de afeitarme. Eran alrededor de las tres de la tarde. Terminé de afeitarme a las nueve de la noche. Nunca, según había podido observar, las cosas inesperadas -como un parto en medio de los matorrales- llegaban solas a Múrievo. En cuanto puse la mano en la abrazadera de la puerta de mi balcón, el hocico de un caballo apareció en el portón de la entrada, junto con una carreta cubierta de suciedad, que se zarandeaba fuertemente. La conducía una campesina que gritaba con voz aguda:

-¡Arre, maldito!

Desde el balcón oí cómo, entre un montón de trapos, gimoteaba un muchachito.

Por supuesto, resultó que tenía la pierna rota y durante dos horas el enfermero y yo estuvimos atareados colocando el vendaje de yeso al niño, que durante esas dos horas estuvo dando alaridos. Después, había que comer y después tuve pereza de afeitarme: quería leer alguna cosa. Después llegó arrastrándose el crepúsculo, el horizonte se oscureció y yo, apresuradamente, por fin terminé de afeitarme. Pero como la dentada Gillette se había quedado olvidada en el agua jabonosa, para siempre quedó en ella una franja oxidada como recuerdo del parto de primavera junto al puente.

Sí... no tenía sentido afeitarse dos veces a la semana. En ocasiones estábamos completamente cubiertos de nieve, aullaba la tormenta, y nos quedábamos sin salir del hospital de Múrievo durante un par de días; ni siquiera había quien fuera a Voznesensk, a nueve verstas de distancia, a traer los periódicos. Durante las largas noches, yo paseaba arriba y abajo por mi gabinete y deseaba ardientemente leer un periódico, como en la infancia había deseado leer El rastreador de Cooper. Pero los aires ingleses no se extinguieron por completo en la isla deshabitada de Múrievo y, de tiempo en tiempo, sacaba del estuche negro el brillante juguetito, me afeitaba con indolencia y salía limpio y terso como el orgulloso habitante de la isla. Lástima que no hubiera nadie que pudiera admirarme.

Pero... sí... hubo, además de éste, otro caso similar. En cierta ocasión, según recuerdo, ya había sacado la maquinilla de afeitar y Axinia me había traído al gabinete el mellado jarro con agua caliente, cuando tocaron amenazadoramente a la puerta y me llamaron. Pelagueia Ivánovna y yo debíamos ir a un lugar terriblemente lejano. Y atravesamos, envueltos en nuestras pellizas de cordero y más parecidos a un negro fantasma que a nosotros mismos, aquel enloquecido océano blanco. La tormenta silbaba como una bruja, aullaba, escupía, reía. Todo había desaparecido y yo experimentaba una conocida sensación de frío en algún lugar de la región del plexo solar ante la sola idea de que pudiéramos confundir el camino en medio de aquella oscuridad que giraba satánicamente alrededor de nosotros y muriéramos todos: Pelagueia Ivánovna, el cochero, el caballo y yo. También, recuerdo, surgió en mí la tonta idea de que, cuando nos estuviéramos congelando y nos encontráramos cubiertos a medias por la nieve, inyectaría morfina a la comadrona, al cochero y a mí mismo... ¿Para qué? Simplemente para no sufrir... «Aun sin morfina te congelarás espléndidamente, médico -recuerdo que me contestó una voz seca y fuerte-, nada te...» ¡Uh-uh-uh!... ¡Ah-ah-ah!..., soplaba la bruja, y nos sacudíamos en el trineo... Seguramente publicarán en algún periódico de la capital, en la última página, que en tales y tales circunstancias perecieron en el cumplimiento de su deber el doctor fulano de tal, junto con Pelagueia Ivánovna, el cochero y un par de caballos. Paz a sus restos en el mar de nieve. Púa..., las cosas que pueden venir a la cabeza cuando el así llamado deber te arrastra y te arrastra...

No perecimos, ni nos extraviamos, sino que llegamos a la aldea Gríshievo, donde, sujetando al bebé por la piernecita, realicé el segundo viraje de mi vida. La parturienta era la esposa del maestro de la aldea y, mientras Pelagueia Ivánovna y yo -ensangrentados hasta los codos y cubiertos de sudor hasta los ojos- a la luz de la lámpara nos ocupábamos del viraje, se oía cómo, al otro lado de la puerta de tablones, el marido sollozaba y se paseaba por la parte oscura de la isba. Acompañado de los gemidos de la parturienta y de los incesantes sollozos del marido, debo confesar que le rompí el brazo al bebé. El niño nació muerto. ¡Ah, cómo me corría el sudor por la espalda! Instantáneamente me vino a la cabeza la idea de que aparecería alguien amenazador, negro y enorme, que irrumpiría en la isba y diría con voz de piedra: «Ajá. ¡Retírenle el título!»

Yo, sintiendo desfallecer mis fuerzas, miraba aquel cuerpecito amarillo e inerte y a la madre del color de la cera, que yacía inmóvil, inconsciente a causa del cloroformo. Por el postigo de la ventana que habíamos abierto para disipar el asfixiante olor del cloroformo, entraba una ráfaga de viento y nieve que se transformaba en una nube de vapor. Cerré el postigo y de nuevo fijé la mirada en la manita fláccida que sostenía la enfermera. Ah, no puedo expresar la desesperación con la que regresé a casa solo, ya que había dejado a Pelagueia Ivánovna para que cuidara de la madre. El trineo se sacudía en medio de la tormenta, que ya había amainado; los sombríos bosques me miraban con reproche, sin esperanza, con desesperación. Me sentía derrotado, deshecho, aplastado por el cruel destino. Él me había arrojado a este lugar perdido y me había obligado a luchar solo, sin ningún tipo de apoyo ni indicaciones. ¡Cuántas dificultades tan increíbles me veo obligado a soportar! A mí pueden traerme cualquier caso complicado o difícil, la mayoría de las veces quirúrgico, y yo debo hacerle frente, con mi rostro sin afeitar, y vencerlo. Y cuando no lo venzo, sufro como ahora, que voy dando tumbos por los baches del camino y he dejado atrás el cadáver de un recién nacido y a su madre. Mañana, en cuanto cese la tormenta, Pelagueia Ivánovna la traerá al hospital y la gran interrogante será: ¿podré salvarla? ¿Y cómo debo salvarla? ¿Cómo entender esa grandiosa palabra? En realidad actúo al azar, no sé nada. Hasta ahora había tenido suerte, algunos casos asombrosos han terminado bien, pero hoy, hoy no he tenido suerte. Ah, mi corazón se siente agobiado por la soledad, el frío, porque no hay nadie alrededor. Quizá he cometido un crimen -con el bracito-. Quisiera irme a algún sitio, caer ante los pies de alguien y decirle que las cosas son así, que yo, el médico tal, he roto el brazo de un bebé. Quítenme el título, soy indigno de él, queridos colegas, envíenme a Sajalín. ¡Oh, qué neurastenia!

Me tumbé en el fondo del trineo y me encogí, para que el frío no me devorara con tanta crueldad. Me sentí como un perro miserable, sin hogar ni experiencia.

Viajamos durante mucho, mucho tiempo, hasta que vimos los destellos del pequeño pero alegre y eternamente familiar farol del portón de entrada del hospital. El farol parpadeaba, se desvanecía, aparecía y desaparecía de nuevo, nos atraía hacia sí. Al verlo, mi alma solitaria se sintió menos apesadumbrada y cuando ya finalmente se afirmó ante mis ojos, cuando creció y se acercó, cuando las paredes del hospital dejaron de ser negras para adquirir su habitual tono blanquecino, yo, mientras atravesaba el portón, me decía a mí mismo:

«Preocuparse por el brazo es una tontería. No tiene ninguna importancia. Se lo rompiste a un bebé que ya estaba muerto. No es en el brazo en lo que debes pensar ahora, sino en que la madre está viva.»

El farol me animó, el familiar balcón también, pero ya dentro de la casa, cuando subía hacia mi gabinete y comencé a sentir el calor de la estufa y a saborear por anticipado el sueño liberador de todos los tormentos, farfullé de la siguiente manera:

«Las cosas son así, pero de todas maneras tengo miedo y me siento muy solo. Muy solo.»

La maquinilla de afeitar estaba sobre la mesa y junto a ella el jarro con el agua, que se había enfriado ya. Con desprecio arrojé la maquinilla al cajón. Sí, en verdad que era un momento muy adecuado para afeitarse...

Había transcurrido un año. Mientras transcurría lentamente me había parecido multifacético, variado, complicado y terrible, pero ahora comprendo que ha pasado como un huracán. Me miro en el espejo y veo las huellas que ha dejado en mi rostro. Los ojos se han vuelto más severos e intranquilos, la boca más firme y viril, la arruga del entrecejo me quedará para toda la vida, como me quedan los recuerdos. Los veo en el espejo correr en un impetuoso torrente. Pero... en otra ocasión también temblé al pensar en mi título y en que algún fantástico tribunal me juzgaría y los terribles jueces me preguntarían:

«¿Dónde está la mandíbula del soldado? ¡Eh! ¡Contesta, malvado sinvergüenza con título universitario!»

¡Cómo no voy a recordarlo! El asunto es que, aunque en el mundo existe el enfermero Demián Lukich que extrae los dientes con la misma habilidad con que un carpintero saca los clavos herrumbrosos de las tablas viejas, el tacto y el sentimiento de mi propia dignidad me sugirieron, desde mis primeros pasos en el hospital de Múrievo, que debía aprender a extraer muelas. Demián Lukich podría ausentarse o enfermar y nuestras comadronas saben hacerlo todo menos una cosa: extraer muelas. Ese no es asunto de ellas.

En consecuencia... Recuerdo perfectamente un rostro sonrosado pero consumido por el sufrimiento que estaba en el taburete frente a mí. Era el de un soldado que, como muchos otros, había vuelto del frente que se desmoronaba después de la revolución. Recuerdo con exactitud la enorme muela agujereada, fuertemente enclavada en la mandíbula. Frunciendo el ceño con expresión de sabiduría y tosiendo con preocupación, coloqué las tenazas en aquella muela. Debo añadir, sin embargo, que en ese momento recordaba con toda claridad el conocido relato de Chéjov acerca de cómo le extrajeron una muela al sacristán. Entonces, por primera vez, me pareció que ese relato no era gracioso. Algo crujió con fuerza en el interior de la boca y el soldado dio un corto alarido:

-|Ay!

Después de eso, cesó la resistencia a mis manos y las tenazas salieron de la boca con un objeto blanco y ensangrentado apretado entre ellas. En ese instante sentí que el corazón me daba un vuelco porque ese objeto superaba, por sus dimensiones, a cualquier diente, aunque éste fuera una muela de soldado. Al principio no comprendí nada, pero luego estuve a punto de echarme a llorar: de las tenazas verdaderamente colgaba una muela de raíces muy largas, pero de la muela colgaba un enorme trozo de hueso, inmaculadamente blanco e irregular.

«Le he roto la mandíbula...», pensé, y las piernas me flaquearon. Dando gracias al destino porque no se encontraban en ese momento junto a mí ni el enfermero ni las comadronas, con un movimiento subrepticio envolví el fruto de mi audaz trabajo en una gasa y lo escondí en mi bolsillo. El soldado se balanceaba en el taburete aferrándose con una mano a la pata del sillón ginecológico y con la otra a la pata del taburete, y me miraba con ojos saltones y completamente atontados. Confundido, le di un vaso con una solución de permanganato de potasio y le ordené:

-Enjuágate la boca.

Fue una acción tonta. El soldado se llenó la boca de la solución y cuando la escupió, ésta salió mezclada con la sangre de color escarlata que ya por el camino se había convertido en un líquido espeso de un color nunca antes visto. Luego, la sangre comenzó a manar de tal forma de la boca del soldado, que yo mismo me asusté. Si le hubiera hecho un corte en la garganta con una navaja de afeitar, seguramente no habría manado con tanta fuerza. Dejé el vaso con el permanganato y me lancé hacia el soldado con bolas de gasa con las que intentaba taparle el agujero abierto en la mandíbula. La gasa se volvió inmediatamente escarlata y, al sacarla, vi con horror que en aquel agujero fácilmente se podía acomodar una ciruela de las de gran tamaño.

«He arruinado a este pobre soldado», pensé con desesperación mientras sacaba largas franjas de gasa de un frasco. Finalmente la sangre se detuvo y unté con yodo el agujero de la mandíbula.

-No comas nada durante tres horas -dije con voz temblorosa a mi paciente.

-Se lo agradezco profundamente -respondió el soldado, mirando con cierto asombro la taza, llena de su sangre.

-Tú, amigo mío -dije con voz lastimera-, haz lo siguiente... Ven mañana o pasado mañana a verme. Necesito... sabes... será necesario examinarte... Tienes al lado una muela sospechosa... ¿De acuerdo?

-Se lo agradezco profundamente -repitió el soldado con aire sombrío, y se alejó sujetándose la mandíbula. Yo me lancé hacia el consultorio y estuve sentado allí durante un tiempo, cogiéndome la cabeza con las manos y balanceándome, como si yo mismo tuviera dolor de muelas. Unas cinco veces saqué del bolsillo la dura y ensangrentada bola, pero siempre volvía a esconderla rápidamente.

Durante una semana viví como extraviado en la niebla, adelgacé y me debilité.

«El soldado tendrá gangrena o septicemia... ¡Ah, demonios! ¿Para qué le habré metido las tenazas en la boca?»

Escenas absurdas me cruzaban por la mente. Por ejemplo, el soldado comienza a temblar. Primero camina, y relata cosas sobre Kérenski y el frente, pero se va poniendo cada vez más silencioso. Ya no está para Kérenski. El soldado está acostado sobre una almohada de percal y delira. Tiene cuarenta grados de temperatura. Todos los aldeanos visitan al soldado. Al final el soldado ya está tendido sobre la mesa, bajo los iconos, con la nariz afilada.

En la aldea comienza el cotilleo.

«¿Cómo habrá podido pasarle esto?»

«El doctor le sacó una muela...»

«Ahí está el asunto...»

Más días, más cotilleo. Una investigación. Aparece un hombre de rostro severo.

«¿Usted le extrajo una muela al soldado...?»

«Sí... yo.»

Exhuman al soldado. Un juicio. El oprobio. Yo soy la causa de la muerte. Y he aquí que ya no soy un médico, sino un hombre desdichado, arrojado por la borda, mejor dicho, un ex hombre.

El soldado no volvía al hospital, yo me deprimía y la bola se llenaba de herrumbre y se secaba sobre el escritorio. Una semana más tarde debía ir a la capital de distrito por el salario del personal. Me marché a los cinco días y, ante todo, fui a ver al médico del hospital de distrito. Ese hombre, con una barbita ahumada por el humo del tabaco, había trabajado durante veinticinco años en el hospital. Había visto de todo. Esa noche, en su gabinete, yo tomaba melancólicamente té con limón y hurgaba en el mantel, hasta que finalmente no resistí y, hablando con rodeos, le conté una historia confusa y falsa: a veces... ocurren ciertas cosas... si alguien extrae una muela... y rompe la mandíbula... puede producirse la gangrena, ¿verdad...? Sabe, un trozo... he leído...

El médico me escuchó un buen rato fijando en mí sus ojos descoloridos bajo cejas hirsutas, y de pronto me dijo:

-Usted le ha roto el alvéolo... En el futuro extraerá muy bien las muelas... Deje el té y vamos a beber un poco de vodka antes de la cena.

En ese momento, y para toda la vida, el soldado que me atormentaba salió de mi cabeza.

¡Ah, el espejo de los recuerdos! Había transcurrido un año. ¡Qué gracioso me resulta ahora recordar ese alvéolo! Yo, a decir verdad, nunca extraeré los dientes como Demián Lukich. ¡Faltaría más! Él extrae unos cinco dientes cada día, mientras que yo uno cada dos semanas. Pero, pese a eso, los extraigo como muchos quisieran poder hacerlo. Y ya no rompo los alvéolos, y si lo hiciera, no me asustaría.

Pero ¿qué importancia tienen los dientes? Cuántas cosas no habré visto y hecho en este año inolvidable.

La noche entraba en la habitación. La lámpara estaba ya encendida y yo, flotando en el amargo olor a tabaco, hacía un balance. Mi corazón se llenó de orgullo. Había hecho dos amputaciones desde la cadera (las de dedos ni siquiera las cuento). ¿Y cuántos raspados? Los tengo anotados dieciocho veces. ¿Y la hernia? ¿Y la traqueotomía? Todo lo he hecho, y ha salido bien. ¡Cuántos abscesos gigantescos he abierto! ¿Y los vendajes en las fracturas? Los he hecho de yeso y almidonados. He arreglado dislocaciones. He hecho intubaciones. Y partos. ¡De todo tipo! Es verdad que no haría cesáreas. Siempre se puede enviar a la parturienta a la ciudad. Pero fórceps, virajes, todos los que quieran.

Recuerdo mi último examen estatal de medicina legal. El profesor me dijo:

-Hable de las heridas a quemarropa.

Comencé a hablar con soltura, y hablé durante mucho rato; por mi memoria visual pasaba flotando la página de un grueso libro de texto. Finalmente quedé agotado; el profesor me miró con repugnancia y dijo con voz cascada:

-Nada parecido a lo que usted acaba de decir ocurre en las heridas a quemarropa. ¿Cuántos sobresalientes tiene?

-Quince -contesté.

El profesor puso frente a mi apellido un aprobado y yo salí de allí rodeado de niebla y vergüenza...

Salí y muy pronto me marché a Múrievo, y aquí estoy, solo. El diablo sabrá lo que ocurre en las heridas a quemarropa. Yo sé que cuando aquí había una persona acostada en la mesa de operaciones y una espuma de burbujas -rosada por la sangre- le salía de la boca no perdí el dominio de mí mismo. No, aunque su pecho había sido destrozado a quemarropa con perdigones para lobos, hasta tal punto que se veía un pulmón y la carne del pecho colgaba a pedazos. Y un mes y medio más tarde ese mismo hombre salió vivo de mi hospital. En la universidad nunca tuve el honor de tener entre mis manos unos fórceps, en cambio aquí, aunque temblando, aprendí a utilizarlos en un momento. No oculto que recibí a un bebé extraño: la mitad de su cabeza estaba hinchada, de color azul purpúreo y sin un ojo. Sentí que me helaba. Escuché vagamente las palabras de consuelo de Pelagueia Ivánovna:

-No es nada, doctor, simplemente le ha puesto en el ojo una de las paletas de los fórceps.

Estuve temblando durante dos días, pero dos días más tarde la cabeza recuperó su estado normal.

Y cuántas heridas he cosido. Cuántas pleuritis purulentas he visto, cuántas neumonías, tifus, cánceres, sífilis, hernias (y las he curado), hemorroides, sarcomas...

Inspirado, abrí el libro de registros y estuve contando durante una hora. ¡Y los conté todos! En un año, hasta esa misma noche, había atendido a 15,613 enfermos. Internados había tenido 200 y sólo habían muerto seis.

Cerré el libro y me dispuse a dormir. A mis veinticuatro años, estaba acostado en mi cama en espera de poder conciliar el sueño, y pensaba que mi experiencia era ahora enorme. ¿De qué podía tener miedo? De nada. Había sacado guisantes de los oídos de los niños, había cortado, cortado, cortado... Mi mano era valiente, no temblaba. Había visto toda clase de picardías y aprendido a comprender incomprensibles frases de labios de las campesinas. Me orientaba en ellas como Sherlock Holmes en los documentos misteriosos... El sueño estaba cada vez más cerca...

-Yo... -farfullé, mientras me quedaba dormido-, yo verdaderamente ya no puedo imaginar que me traigan un caso que me ponga en un callejón sin salida..., quizá allá, en la capital, dirán que actúo como un enfermero... qué importa... ellos están bien... en las clínicas y universidades... en los gabinetes de rayos X... en cambio yo aquí... soy todo... y los campesinos no pueden vivir sin mí... Cómo temblaba cuando llamaban a la puerta, cómo me contraía mentalmente por el miedo... En cambio ahora...

***

-¿Cuándo ocurrió esto?

-Hace una semana, padrecito, hace una semana... Lo echó...

Y la campesina comenzó a sollozar.

Era una mañana grisácea del mes de octubre: el primer día de mi segundo año. La noche anterior me había sentido orgulloso y me había jactado de mí mismo mientras lograba conciliar el sueño, y esta mañana estaba de pie, con mi bata, y observaba desorientado...

La mujer sostenía en sus brazos a su hijito de un año como si fuera un tronco; al chiquillo le faltaba el ojo izquierdo. En lugar de un ojo, de su estirado y delgadísimo párpado asomaba un globo de color amarillo, del tamaño de una manzana pequeña. El chiquillo gritaba y pataleaba de dolor, y la campesina sollozaba. Yo no sabía qué hacer. Lo examiné desde todos los ángulos. Demián Lukich y la comadrona estaban de pie detrás de mí. Callaban. Nunca habían visto nada semejante.

«¿Qué puede ser esto...? Una herida cerebral... Hmm... pero está vivo... Sarcoma... Hmm... es demasiado blando... Un horrible tumor nunca visto... Pero a partir de dónde... De lo que fuera el ojo... O quizá el ojo nunca haya existido... en todo caso, ahora no está...»

-Pues bien -dije con aire inspirado-, es necesario operar este problema...

E inmediatamente me imaginé cómo haría una incisión en el párpado, cómo lo abriría y...

«¿Y qué...? ¿Qué ocurrirá más adelante? Tal vez eso provenía del cerebro... Diablos... Es bastante suave... se parece al cerebro...»

-¿Qué? ¿Cortarle? -preguntó la campesina palideciendo-. ¿Cortar en el ojo? No doy mi consentimiento...

Y, horrorizada, se puso a envolver al chiquillo en trapos.

-No tiene ningún ojo -contesté categóricamente-. Observa, no hay lugar para el ojo. Tu niño tiene un extraño tumor...

-Dele unas gotas -dijo la campesina, aterrorizada.

-¿Te estás burlando acaso? ¿Qué tienen que ver las gotas aquí? ¡Ninguna gota lo puede ayudar!

-Entonces qué, ¿se va a quedar sin ojo?

-Te estoy diciendo que no tiene ojo...

-¡Pues hace tres días tenía uno! -exclamó con desesperación la mujer.

«¡Diablos...!»

-No lo sé, quizá en realidad lo tenía... Diablos... Pero es que ahora no lo tiene... Y por último, querida, es mejor que lleves a tu niño a la ciudad. Allí le harán inmediatamente una operación... ¿No es verdad, Demián Lukich?

-Sí -respondió meditabundo el enfermero, evidentemente sin saber qué decir-, es algo nunca visto.

-¿Que lo operen en la ciudad? -preguntó la campesina con horror-. No lo permitiré.

El asunto terminó con que la mujer se llevó a su niño sin permitir que le tocaran el ojo.

Durante dos días estuve rompiéndome la cabeza, me encogía de hombros, hurgaba en la biblioteca, miraba ilustraciones que representaban a niños con ampollas emergiendo en lugar de ojos... Diablos.

Dos días más tarde me había olvidado del chiquillo.

***

Transcurrió una semana.

-¡Ana Zhújova! -grité.

Entró una alegre campesina con un niño en brazos.

-¿De qué se trata? -pregunté como de costumbre.

-El costado me duele, no puedo respirar -comunicó la campesina, y por alguna razón sonrió burlonamente.

El sonido de su voz me hizo estremecer.

-¿No me reconoce? -preguntó la campesina con tono burlón.

-Espera..., espera..., sí... Espera... ¿Este es el mismo niño?

-El mismo. ¿Recuerda, señor doctor, que usted dijo que no había ojo y que era necesario operar para...?

Me quedé atontado. La campesina me miraba con aire victorioso, la risa jugueteaba en sus ojos.

El niño estaba sentado tranquilo en sus brazos y miraba el mundo con sus ojos castaños. No había ni rastro del tumor amarillo.

«Esto es brujería...», pensé desconcertado.

Después, cuando me hube recobrado un poco, tiré cuidadosamente el párpado hacia atrás. El niño lloriqueó, trató de girar la cabeza, pero de todas formas pude ver... una pequeñísima cicatriz en la mucosa... Vaya...

-En cuanto salimos de aquí la otra vez... se reventó...

-No hace falta que me cuentes nada, mujer -dije yo confundido-, lo he comprendido ya...

-Y usted decía que no tenía ojo... Pues le ha salido uno -y la campesina rió burlonamente.

«Lo he comprendido, ¡que el diablo me lleve...! Un enorme absceso se había desarrollado en el párpado inferior, y había hecho a un lado el ojo, lo había cubierto completamente... y cuando se reventó, el pus salió... y todo quedó en su lugar...»

***

No. Nunca, ni siquiera cuando esté quedándome dormido, murmuraré con orgullo que nada me puede asombrar. No. Ha transcurrido un año, y pasará otro y será tan rico en sorpresas como el primero... Eso significa que hay que aprender con humildad.

FIN

miércoles, 7 de marzo de 2012

UN RECUERDO DE GUERRA / El Cuento del Autor


HAY HÁBITOS QUE MATAN
por
José Ignacio Restrepo



I
La bicicleta negra esperaba, contra el muro construido hace diez siglos, y la lluvia le caía en forma firme, logrando sacar sonidos pequeños, que serían audibles para alguien que se hallara cerca. Eran ya seis horas de llover sin pausa, y ese lugar de la vieja ciudad de Reims, hacía rato lucía de un solo color, un sombrío pardo mojado que lo oculta todo, cicatrices, moho, retales de perdido origen que ni siquiera sus dueños reconocerían, a estas horas. Hace mucho tiempo esta ciudad lo cuenta si te quedas quieto, pero hoy llueve de una forma que si alguien lo hiciera quedaría hecho una sopa.

Por la vieja cuadra que ni un poco de iluminación tiene a su haber, dos sombras se recortan contra la bruma y el agua que cae. Vienen discutiendo pero lo hacen en voz baja, como si temieran que otros, ajenos a ellos, se enteraran. Repentinamente, uno de ellos hala al otro por la manga y éste deja caer ante el forzado embate, una bolsa mediana al suelo. Cuando ambos se detienen en su aparente disputa, para alcanzar la talega, que ha comenzado a mojarse, una tercera presencia hace su entrada, desde la cuadra del frente, que ninguno de  los dos observa. Es un hombre, vasto, mal vestido y muy bajo, diríase casi enano. En mitad de la calle, se detiene, saca algo de su chaqueta, algo que brilla cuando recibe la poca luz que se refracta entre tanta lluvia que cae, algo que pone delante de sí. Es un arma de fuego, que escupe sus proyectiles, una, dos, tres, cuatro veces. Los dos que pugnaban por hacerse con el paquete, yacen ahora completamente quietos, ocultando la bolsa bajo sus cuerpos, de los que mana sangre, roja, caliente, abundante, la cual se mezcla sin esfuerzo con el agua que corre sobre la acera.

El hombre bajo se acerca a los cadáveres. Sin ningún respeto voltea los cuerpos hasta hacerse de la bolsa, que es del tamaño de una libreta de notas, y tan gruesa como una biblia de clérigo, de esas con las que se dicta clase de religión en los colegios. La levanta, observándola, como urgido de comprobar si no acaba de asesinar a dos extraños por nada. Abre la cremallera, mete su mano derecha, si, esa que acaba de tirar del gatillo del arma que ahora está oculta en su saco oscuro, comprueba que todo está bajo control, se acerca de nuevo, le quita el reloj de pulsera a uno de los occisos, se lo coloca en la muñeca de su mano derecha. Como si debiera parecer un robo. Revisa la hora, casi las 12 de este martes de junio, en la ciudad sitiada, llena de resistentes y de nazis, que hoy simplemente no se ven por sitio alguno…

A lo lejos se recorta la silueta de la Catedral, que ante muchos es simplemente un edificio más, aunque otros se hayan refugiado en sus religiosos fundamentos para dictar desde allí, el condumio de religión y estado, que hoy no tuvo nada que ver, que librar o defender, en este encuentro de tres que gano uno, para llevarse una pequeña bolsa de mano.
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La monja desaliñada apareció por la puerta secundaria, que daba a la cocina del edificio auxiliar, sede antiguamente del colegio de las carmelitas, y se liberó del humedecido pañolón, parecido al de las viudas de Madrid, que suele verse en las procesiones de Semana Santa y a las salidas de las corridas de toros. Era una mujer fea y diminuta, con un ceño al parecer permanente en su rostro campesino. Sacó de su pechera unos pequeños lentes, se los puso ante los ojos sin calzárselos bien de las orejas, solamente para ver los anuncios que estaban pegados de un cartel de corcho, igual que las noticias de las comidas en los refectorios…-Recuerden dejar en orden el oratorio, es como un brazo del cuerpo de nuestro señor-, -Las misas de esta semana se correrán una hora, para permitir a la hermana superiora hacer las visitas a los enfermos-…Estaban escritos de manera pulida, con la letra de su amiga de tantos años, y ella podía casi escuchar la mismísima voz de Cleo, la hermana comunicadora, con su frágil figura, que sin pretender ser especial pero siéndolo, informa cada cosa que pasa. Verdad que sin ella todas andarían de arriba para abajo, sin saber a qué hora tiene lugar lo que deben saber…

Cruzó el pasillo que casi siempre estaba en penumbra, por carecer de ventanas en su recorrido, y llegó al comedor, donde no había nadie por lo avanzado de la hora. Entró, y al mirar dentro de la alacena se dio cuenta que estaba hambrienta. Se preparó un emparedado, con dos carnes, tomate y lechuga, al que le esparció abundante mayonesa. Era una satisfacción que rara vez se prodigaba, por eso hoy se la concedió, algo había de premio en sentarse a comer a una hora tan avanzada, con la ropa húmeda, tras soportar el chaparrón que había caído por toda la ciudad durante varias horas. Decidió en ese instante no empezar a pensar en lo que había pasado, era mejor para el ánimo y para su labor dentro de la Abadía, no comenzar a recordar esas imágenes, evidencia de aquel esfuerzo que había decidido llevar a cabo en nombre de la libertad. La libertad de ellos, de los niños y ancianos, de las mujeres, que no sabían siquiera la forma de defenderse de aquellos que habían elegido por compañeros, menos podría de los otros hombres que suelen comportarse como bestias…

Pero, desear no pensar y hacerlo era con mucho, la misma infame cosa. No pudo despegar ese ruido inmenso y el eco retumbando calle abajo, por toda la ribera del río, de sus muy tiernos oídos educados con las notas de Bach desde los lejanos días del hospicio. No podía, aunque lo quisiera con todas sus fuerzas dejar de observar a esos sujetos cayendo pesadamente contra el suelo, esos que solo unos segundos antes peleaban el uno con el otro, cayendo como dos molinos gigantes, agarrándose involuntariamente el uno con el otro.  La sangre, corriendo por sobre la acera mojada, ocupando los defectos de la superficie franqueada hacía horas por el agua, todo estaba tan húmedo, incluso la tez maquillada de su propia cara…No alcanzaron a verla, ni siquiera los sucios gatos del río andaban por allí, pues la lluvia alejaba hasta la más férrea de las pobrezas, hacía que cualquier madriguera se sintiera como la más acogedora de las casas, por eso y no por más, la calle estaba vacía cuando disparó sobre los dos hombres, y se llevó el paquete que los traía peleándose desde antes de que por su mano los sorprendiera la muerte…

La hermana se quitó la bufanda. Luego dejó libre el hábito carmelita que constituía el mejor y más gravoso de los disfraces, y lentamente se resignó a que apareciera el atuendo oscuro y masculino del asesino, ese hombre enjuto y de baja estatura del que sólo ella sabía su nombre verdadero y genuina apariencia, ésta, la figura sencilla y trabajadora, aparentemente sumisa y avejentada, de nombre Constance Lampeducci, hermana de la orden desde los catorce años, hace ya treinta largos y pacientes…Tomó el atuendo, que de todas formas le quedaba un poco ancho, pues era originalmente utilizado por un antiguo jardinero más grande que ella, y las guardó, pues al amanecer debía colgarlas de cualquier alambre para que el sol acabara de secarlas…Fue hasta la puerta y puso el pestillo. Extrajo de la pequeña cubierta la bolsa con cierre, lo abrió y sacó una por una las hojas de material criptografiado, que aquellos dos agentes enemigos cuidaban con su vida, pues era clara su importancia ya que tenía esa roja esvástica grabada con hilo negro y dorado en la bolsa, señal de que pertenecía el cuerpo nazi…

Era un listado de 114 nombres, con direcciones y algunos teléfonos, de colaboradores franceses de los nazis, más de la mitad tenían escritos al lado los encargos a los que habían accedido, sus responsabilidades y el monto de la paga, que les había sido prometido. Había algunos nombres de clara ascendencia judía, lo cual dejaba muy mal parados a unos y a otros, desde luego toda lucha que se lleve a cabo en tierra extranjera ya de por sí está viciada de forma. Esta guerra era un asunto vil, no lo sabría ella que ha terminado siendo una herramienta de muerte.
La hermana Constance se acostó, después de guardar nuevamente los papeles que había logrado obtener. No podía conciliar el sueño y sabía por qué. Lloró un poco lo indigno de su suerte, después oró pidiendo perdón y luz para el día siguiente. Con esto se tranquilizó un poco, y el llegar la calma, simplemente sucumbió al cansancio y se quedó profundamente dormida.

II
Pascual revisó su arsenal, que consistía en una pistola Luger, calibre 9 mm, que había sustraído del cadáver de un oficial alemán, al que diera de baja en noviembre pasado, cuando ya habían transcurrido más de ocho meses de la ocupación. El arma tenía un hermoso diseño, siempre le había gustado, y además llevaba grabado un nombre, probablemente el de su dueño, Ludwig, y en el ojo de la g tenía magníficamente instalado un pequeño diamante, lo que dejaba entrever el gusto de aquel oficial por las joyas, las cosas valiosas, que seguramente asociaba indefectiblemente con la muerte. Acaso igual que él mismo lo hacía, en este trance de su vida ligaba  su bien más preciado, la libertad, con la posibilidad de morir. Fuera la suya o la de tantos como alcanzara en su batalla personal, realmente no importaba, la misión era sacar a los nazis de su patria a como diera lugar.



Comenzó a desarmar el arma de fuego pieza por pieza. Primero, desaseguró el pestillo de seguridad, luego sacó la peineta de ocho proyectiles extrayendo la recámara y sacando de su sitio el proyectil alojado allí. Apreció nuevamente el mecanismo interno  de retroceso, que la Parabellum exhibía, famoso entre quienes apreciaban el diseño de máquinas y herramientas, sirvieran para lo que fuese. Sacó su trapo de felpa fina, ya curtido por las numerosas veces de usarlo y le vertió un poco de lubricante, del mismo que usaba en su moto. Recordó que la  felpa era de una de las cortinas de su madre, que había caído defendiendo la hermosa casa heredada de su padre, a las afueras de Reims, donde los primeros oficiales nazis que llegaron se establecieron al enamorarse de su construcción exquisita, sus viñedos y de la belleza del paisaje. Esa era la comprobación de que personas abyectas y personas buenas, pueden tener sentimientos semejantes por las mismas cosas.

Terminó de limpiar su herramienta de trabajo, eso era su pistola en esta época aciaga. En tiempos de paz, ni siquiera se le habría ocurrido tener una de éstas, o cualquier otro instrumento de muerte, puesto que su espíritu estaba dispuesto naturalmente para la vida. Mas, por eso mismo había terminado en este rol de secreta disposición y puesta en escena, por su amor a la libertad, a la belleza y a la vida. Había pasado de ser maestro y tenedor de una pequeña librería, a ser un agente de la resistencia, donde tenía ya el nivel de capitán, ganado por su arrojo y gran dominio de las circunstancias, y porque prefería llevar a cabo las misiones más peligrosas que encargarlas a sus subalternos, generalmente con menos experiencia que él mismo en la tarea de pelear como guerrilleros, emboscando, haciendo de explosivistas, asesinando alemanes. Ese país antiguamente era competencia del suyo en economía, deportes y filosofía. Enemigos a muerte en el día a día de este 1943 y los siguientes…A un año de haberse consolidado el proyecto de la resistencia Combatiente, con todas las cartas echadas y las fuerzas unidas y organizadas, acordando con los Aliados cada objetivo, misión y método, su trabajo se había logrado estructurar, con un equipo solvente y acucioso, buenas armas, y planes de trabajo ordenados y bien ejecutados.

Realmente, él llevaba la Luger por un motivo absolutamente personal. Este era, que iba matar alemanes con esa arma, y cuando terminara de matarlos, cuando se acabara la guerra y se marcharan los pocos que lograran sobrevivir, regalaría el arma al Museo de Guerra, que contaría cómo esa herramienta de muerte se  había constituido en un instrumento para recuperar su libertad, ese derecho consagrado hacía mucho, puesto en duda por este avatar continental, guiado por un oficial medio sordomudo, lleno de vicios y malos hábitos, llamado Adolfo Hitler.

Pascual terminó su tarea, armó nuevamente el arma, le puso el cargador y la aseguró. Recordó los dos últimos cadáveres que su sencillo accionar, sumado a su excelsa puntería, habían dejado yertos como trozos de árbol, sus caras blancas, pulidas, de pelo claro, y el agujero en ambas a la altura de la frente, como conspicuo gesto de agradecimiento por haber acudido a la cita, sin objetar nada, solo aceptando la expiración como justa dádiva por lo hecho y también por lo dejado de hacer. Por eso en su funda era un instrumento inofensivo, justo como lo son los pensamientos: por más violentos que sean, cualquier rostro protegido de una amplia sonrisa puede ocultarlos sin ningún esfuerzo. Apretó el sujetador de acero algo oxidado contra su espalda, ocultando el arma de cualquier mirada curiosa, pero dejándola al alcance de su mano derecha, para traerla rápidamente a la escena si era necesario. El tantas veces practicado gesto de prestidigitador, hacía de su confianza un hecho simple y sin importancia, salvo cuando narraba a otros más jóvenes, situaciones reales ya pasadas. Allí podía apreciarse que ninguno de los sobrevivientes en esta guerra, lo era por carencias del enemigo, sino por las prestezas aprendidas una y otra vez, todos los días, solamente para llegar al momento de la verdad, en mejor forma que el adversario, más conspicuo, elemental y animal, con más deseo de salir del tajo.

Pascual tomó su bolso de cuero, metió medio pan, el pote de café con leche frío, ese sería su almuerzo. Supo al darle una última mirada, que su hambre sería poca, que otra vez debería esperar el hambre de mañana, una en que no haga falta soñar con preservar la vida de las balas…

III
La hermana Constance abrió los ojos, y recordó vagamente haber tenido cruentas pesadillas. Se retiró con dificultad unas lagañas incoloras pero secas, y meditó en el trabajo de Dios que le correspondía llevar a cabo, fundamentalmente por no ser una bella religiosa, por ser baja casi enana, por tener conocimientos especiales –léase manejar armas de fuego con excelsa destreza- y por no tener ningún pariente en este mundo, es decir por ser huérfana de afectos carnales, y no tener a alguien que la llore o le impida hacer cosas de tan escaso fundamento. Es, como dicen en la milicia, pura carne de cañón. Hoy debe llevar el paquete que obtuvo anoche, fuera de Reims, cerca al frente, debe tomar su motocicleta con sidecar y recorrer casi doscientas millas, cuatro pueblos, seis comarcas, para llegar al final a un lugar donde se haga la entrega. Allí,  un capitán amigo le recibirá el material para ponerlo en manos, inmediatamente del criptógrafo, para poder averiguar el todo y la parte. Ella sabe perfectamente, lo importante que es poder tener al día la lista de los colaboradores franceses, esos que mezclados entre la población están ayudando a que perdamos esta guerra, ayudando a los nazis a quedarse con Europa. Al final del día deberá estar aquí, en esta misma cama, sentada, haciendo un cotejo de lo llevado a cabo, del avance gigantesco de llegar latiendo el corazón a casa…



Se puso de pie, determinada, se quitó la bata, y entró a la ducha, dejando caer sobre su cuerpo pequeño un agua tan gélida que la estremeció hasta la médula. Salió. Se colocó los ropajes completos, propios de su orden sobre unos calzoncillos de atleta, fuertes, que le resguardaban el trasero del largo recorrido que haría sentada en la máquina. Escondió su arma entre la pretina de esa fuerte pantaleta propia de un luchador, o de un corredor, que precisa tener los genitales quietos en su sitio. Al llegar al comedor, solo encuentra a dos novicias hablando en voz muy baja en medio de algunas risitas. La saludan y luego se marchan a sus oficios. Come algo de carne y fruta, y un poco de leche de cabra, no quiere que el estómago le salte por estar repleto, solo con contener el miedo en él ya será suficiente. Termina allí y baja hasta el taller, donde cubierta por una lona color café, está la Triumph que perteneció al arzobispado, y que le fue heredada a la Abadía desde hacía ya diez años, para llevar comida y medicinas a campesinos pobres, gente que no puede ni siquiera venir desde sus casas, para recibir la ayuda. La limpió. Revisó ambos frenos y luego encendió el motor para permitir que calentara antes de partir. Cargó en el sidecar el bulto con las medicinas y el material de colegio, para los niños que estudian. Habla bien de una nación en guerra que sus escuelas sigan funcionando, pensó Constance. Luego, ocultó debajo del tanque, en un adminículo diseñado para esconder  documentos, la libreta que había capturado, esa que traían los oficiales alemanes que murieron vestidos de civil, mientras jugaban a que se peleaban en una calle de una ciudad tomada, vaya olvido para alguien que sabe que no tiene la vida comprada…

Constance se persignó ante la proximidad de tan doloroso recuerdo, empujo los hábitos sobre la motocicleta, se colocó el casco de aviador y las gafas para proteger sus ojos del viento, y arrancó, haciendo un ruido que se escuchó en todo el convento.
En la ventana norte, otra religiosa de mayor rango y edad de la que ahora salía por el portón, hizo hacia ella en el aire la señal de la cruz, enviándole todos los ángeles protectores para que la cuidaran en la labor comprometida que había emprendido, un día hacía tiempo en que decidió hacer parte de la Resistencia y ayudar a liberar a una patria perdida, aunque eso significara después enfrentar el juicio eterno por haber ejercido violencia contra otro semejante…Te dispenso, Constance, yo te dispenso, pensó la Madre Superiora. Que semejantes van a ser de nosotros estos sátrapas, que nos robaron hasta el propio deseo de seguir viviendo.

IV
La moto avanza de regreso, son las cuatro y pico de la tarde. Constance ha entregado sus encargos, sus tente en pie para pobres de espíritu y enfermos del cuerpo, y viene de regreso raudamente para cumplir la cita con su enlace, más acá de la mitad del camino, a la salida de Fismes, en donde estará –en ese último puente que deja ver la fastuosa campiña-, un hombre al que no conoce, que hace su labor de enlace para esta salvación que aún se  tarda. A él debe entregar ese pequeño encargo que lleva todo el día escondido bajo el tanque, envuelto en un listón de pana gastada, y tras hacerlo viajará más liviana, con el apuro natural que tiene quien quiere ya llegar a casa, a la seguridad de un techo y un ambiente conocido, de una comida caliente y el saludo alegre de rostros amigos.


Repentinamente, el motor de la Triumph carraspea un poco y la hermana se llena de pánico, al pensar que no llegara a la cita pactada. Cada quien piensa para sus adentros que el papel que le toca es el más importante, el que sostiene toda la plataforma, por el que los demás podrán conservar un día más la vida. Si no llega a tiempo, el enlace simplemente se marchará y será absolutamente responsable de todo lo que pase en adelante…O lo que no pase. Pero, es una falsa alarma, el tanque va bien lleno, y cuando llegara a Reims, todavía quedará casi la mitad para emprender nuevamente el trabajo de buen mensajero con medicinas y alimentos para los desfavorecidos.



Vislumbra la entrada a Fismes, y su corazón da un bote, por saber que podrá efectuar la entrega como fue su compromiso, así de firme es su responsabilidad que de solo pensar en no cumplir todo su cuerpo tiembla. Las religiosas elevadas a Dios con serena abnegación solo tienen poder para medir el tamaño de su satisfacción, cuando entregan todo el sacrificio de que son capaces, así la cota del sufrimiento sea lo último de que tengan conciencia. Estaba más oscuro de lo que esperaba pero eso no sería obstáculo para llegar a tiempo. Cuando vio el puente nuevamente sintió, que las cosas no marchaban bien. Era la clásica presión en la boca del estómago, impidiendo su respiración, elevando la presión arterial, produciendo sudor que bajaba por su frente hasta las cejas y los párpados. Al voltear por una de las calles, que parecía más un callejón digno de estar de cabo a rabo en un museo, vio exactamente lo que nadie en su posición desearía encontrar a sesenta metros y acelerando, sin bajarle a la Triumph. Una  patrulla alemana de unos veinticinco soldados al mando probablemente de un capitán, había colocado un retén a la salida de poblado, exactamente en el puente donde ella debía disminuir la velocidad, detenerse por un momento, y entregar a su enlace el pequeño paquete.



Constance no podía pensar, solo veía la mano en alto del oficial nazi, que en forma autoritaria le exigía que se detuviera para una inspección. Comenzó a disminuir la velocidad, pensando que solamente la Santísima Trinidad podría indicarle que hacer, mostrarle el camino para salir de este atolladero, y llegar a Reims viva. Se detuvo. El oficial le indicó que se bajara de la motocicleta, mientras ella, siguiendo las indicaciones de sus superiores, mostraba con sus gestos que no entendía el idioma, algo que era absolutamente falso, pues el alemán era su segunda lengua por la formación desde el hospicio. Constance miraba con el rabillo del ojo, en que iba la revisión de su vehículo, pues si hallaran el encargo sería suficiente motivo para que la ajusticiaran allí mismo. Como si estuviera escuchando sus preocupados pensamientos, un soldado extrajo de abajo del tanque el paquete que la monja debía hacer llegar a los Partisanos de la zona.

La mujer tragó saliva, sintiendo la cercanía de la muerte. En ese mismo instante, un brazo poderoso del infierno se deshizo sobre el lugar, abrazando con su ruido y ruina mortales, a todos los que estaban allí, excepto a ella. Los soldados iban cayendo, como si fueran muñequitos de Navidad siguiendo un guión previamente aceptado. Constance cerró los ojos para esperar la muerte, nadie en medio de esa extraordinaria carnicería podría salir ileso. El hábito carmelita simplemente volaba alrededor de su cuerpo, mientras uno por uno todos los que conformaban el retén alemán cayeron muertos.

Cuando cesó el ruido, Constance abrió nuevamente los ojos, y por un instante tuvo la inmensa epifanía de que había sido el fuego de San Rafael y sus querubines, el que la había librado de un desenlace cruento en mitad del suceso, no podía deducir que hacían allí los alemanes, si fue por una orden imprevista, o debido a que plan, que seguro no estaba descrito en ningún cronograma. Repentinamente escuchó en francés, la interrogación definitiva. Ese ¿está bien? era seguramente la más bella pregunta que nadie nunca le había hecho jamás en la vida…Constance cayó pesadamente sobre sus rodillas, ensuciando el hábito, se quitó el casco y las gafas de protección para poder secarse las lágrimas, que habían empezado a brotar espontáneamente ante la presencia cercana de la muerte. El rostro de su enlace apareció, con los demás soldados de la resistencia, en un número cercano a veinte. Él la tomó de la cabeza y la abrazo contra el pecho, como si fuera su hermano, como si fuera su padre…como si se tratara de su amante.

Constance se sentó, para escuchar del propio Pascual, que así se llamaba su enlace, como ella había servido de señuelo sin saberlo, en esta misión que perseguía realmente terminar con Fritz Gunthër Verendhofg, el capitán que comandaba ese grupo de soldados, oficial que había diezmado a las fuerzas de la Resistencia, y que desde su llegada a Reims proveniente de Paris, se constituyera en un importante objetivo militar. La hermana realmente no entendía muy bien, como estos hombres podían coordinar semejante operación, sin que nadie los viera, sin más herramienta que la presunción sobre la fuerza y herramientas del enemigo. Al sospechar que los alemanes presumirían toda la maniobra de Constance, que además ya recelaban del encuentro con un enlace a la altura del puente a la salida de Fismes, pero que no podían conjeturar que todo era una trampa basada en el poder de la inteligencia alemana, y ante todo, planeando una celada en la que ellos pensaban no podrían hacer, se produjo esta acción, bautizada con el analógico término de Operación Llamarada, lo que a la hermana Constance Lampeducci, le lució completamente atinado y de gran poder, en lo tocante a la propaganda. Pidió continuar con su trabajo, lo que fue aceptado, pero con la lógica dispensa de un merecido descanso por su importante papel en la operación.

Pascual regresó a Reims al día siguiente. Se la había pasado evocando la fortaleza y capacidad de la mujer que había conocido, la querida hermana Constance. De tan baja estatura, con unos ojos tan limpios, casi infantiles, y una fuerza inusitada que se veía en sus manos y su rostro. Tenía presa en su mente esa imagen, la monja de pie, mientras ese cuerpo de francotiradores de la Resistencia disparaba desde ocho lugares distintos al grupo de alemanes, que apenas sospechaban del encuentro entre dos personas francesas, que harían parte de un grupo de renegados a los que debían cazar y dar muerte. Constance allí quieta, absolutamente confiada en la razón de su destino, y en cualquier acontecimiento que de él se derivara…Como lo había predicho ante sus propios compañeros, ella no se movería, pasara lo que pasara. En cambio ellos, los nazis, ellos si llegarían pensando otra vez que la historia estaba de su lado, confiados en que Francia y Europa les pertenecía, en la fe de que su guerra, la que libraban, está ganada de antemano.

Hay hábitos que liberan y hábitos que matan…

JOSÉ IGNACIO RESTREPO

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