miércoles, 14 de marzo de 2012

OTRO NACIDO EN KIEV, CON LA PLUMA POR ALMA / VISITA DE MIKAIL BULGAKOV

Un ojo desaparecido

Mijaíl Bulgákov




Así pues, había transcurrido un año. Justamente un año desde el momento en que llegué a esta misma casa. También entonces colgaba una cortina de lluvia detrás de las ventanas y también entonces las últimas hojas de los abedules se marchitaban melancólicamente. Parecía que nada había cambiado a mi alrededor. Pero yo sí había cambiado mucho. Decidí festejar, en la más completa soledad, esta noche de recuerdos...

Me dirigí por el crujiente suelo a mi dormitorio y me miré en el espejo. Sí, había una gran diferencia. Un año antes, en el espejo recién sacado de la maleta se había reflejado un rostro afeitado. En ese entonces, la raya a un lado adornaba la cabeza de veinticuatro años. Ahora la raya había desaparecido. Los cabellos estaban echados hacia atrás sin ninguna pretensión. Es imposible seducir a nadie con la raya en el pelo si te encuentras a treinta verstas de la línea del ferrocarril. Lo mismo en cuanto al afeitado: sobre mi labio superior se había establecido firmemente una franja que parecía un cepillo de dientes amarillento y duro y mis mejillas se habían vuelto como un rallador, de modo que si durante el trabajo sentía comezón en el antebrazo, era muy agradable rascármelo con la mejilla. Suele ocurrir así si en vez de tres veces a la semana te afeitas sólo una.

En alguna ocasión, en algún lugar... no recuerdo en dónde... leí algo acerca de un inglés que fue a parar a una isla desierta. Era un inglés muy interesante. Estuvo en esa isla hasta tener alucinaciones. Y cuando un barco se acercó y la lancha arrojó a los hombres salvavidas él -anacoreta- los recibió con disparos de revólver, creyendo que se trataba de un espejismo, de un engaño del desierto campo de agua. Pero ese inglés estaba afeitado. Cada día se afeitaba en la isla deshabitada. Recuerdo que este orgulloso hijo de Britania me produjo la más grande admiración. Cuando vine a este lugar, puse en mi maleta una maquinilla de afeitar Gillette, con una docena de hojas de recambio, una navaja y una brocha. Había decidido firmemente que me afeitaría cada tercer día, porque este lugar no era en nada inferior a una isla deshabitada.

Pero sucedió que, en cierta ocasión, un claro día del mes de abril, después de que yo hubiera colocado todos esos encantos ingleses bajo un dorado y oblicuo rayo de luz y hubiera dejado impecable mi mejilla derecha, irrumpió, trotando como un caballo, Egórich, calzado con unas enormes botas rotas, y me informó que una mujer estaba dando a luz en los matorrales del vedado, junto al riachuelo. Recuerdo que con la toalla me limpié la mejilla izquierda y salí a toda prisa acompañado de Egórich. Éramos tres los que corríamos hacia el riachuelo, turbio y crecido en medio de los desnudos sotos de mimbres: la comadrona llevando las pinzas de torsión, un rollo de gasa y un frasco de yodo, yo con los ojos extraviados y saltones y, detrás, Egórich. Éste, a cada cinco pasos, se sentaba en la tierra y, maldiciendo, arrancaba pedazos de su bota izquierda: se le había despegado la suela. El viento volaba a nuestro encuentro, el dulce y salvaje viento de la primavera rusa. La comadrona Pelagueia Ivánovna había perdido su pasador y sus cabellos recogidos en un moño se habían soltado y le golpeaban el hombro.

-¿Por qué demonios te bebes todo tu dinero? -farfullé al vuelo a Egórich-. Es una canallada. Eres el guardián de una clínica y vas vestido como un mendigo.

-Eso no es dinero -dijo Egórich haciendo rechinar con rabia los dientes-. Por veinte rublos al mes todo este sufrimiento... ¡Ah, maldita seas! -Egórich golpeaba el suelo con el pie como un furioso caballo trotón-. Dinero... con eso no sólo no me alcanza para botas, ni siquiera para comer y beber...

-Beber, eso es lo principal para ti -dije con voz afónica, asfixiándome-, por eso vas tan desarrapado...

Junto al puente podrido se oyó un lastimero y débil gemido, que voló sobre el impetuoso torrente y se apagó. Llegamos corriendo y vimos a una mujer desgreñada, que se retorcía de dolor. El pañuelo se le había caído de la cabeza y los húmedos cabellos estaban pegados a su frente sudorosa. La mujer, en su sufrimiento, ponía los ojos en blanco y con las uñas desgarraba su pelliza. Una brillante sangre había salpicado la primera hierba verde, clara y pálida, que había brotado en la tierra fértil y embebida de agua.

-No alcanzó a llegar, no alcanzó a llegar -dijo apresuradamente Pelagueia Ivánovna mientras ella misma, con la cabeza descubierta y parecida a una bruja, deshacía el rollo de gasa.

Allí, con el alegre rugido de las aguas que se precipitaban a través de los oscurecidos pilares de madera del puente, Pelagueia Ivánovna y yo recibimos a un bebé de sexo masculino. Lo recibimos vivo y salvamos a la madre. Luego las dos enfermeras y Egórich, con el pie izquierdo descalzo, libre ya de la odiada suela podrida, llevaron a la parturienta hasta el hospital en una camilla.

Cuando ésta, ya tranquila y pálida, yacía cubierta por las sábanas, cuando el bebé ya había sido colocado en una cuna junto a ella y cuando todo estuvo en orden, le pregunté:

-¿No podías encontrar un lugar mejor que el puente para dar a luz? ¿Por qué no viniste a caballo?

Ella contestó:

-Mi suegro no me dio el caballo. "Son sólo cinco verstas", me dijo. "Llegarás. Eres una mujer fuerte. Para qué cansar en vano al caballo..."

-Tu suegro es un tonto y un cerdo -respondí.

-Ah, qué gente tan ignorante -añadió compasivamente Pelagueia Ivánovna, y luego, por alguna razón, se rió.

Capté su mirada, que se había detenido en mi mejilla izquierda.

Salí, y en la sala de partos me miré al espejo. El espejo me mostró lo que mostraba normalmente: una fisonomía contraída de tipo claramente degenerativo, con un ojo derecho que aparentemente había recibido un golpe. Pero -y de eso el espejo no tenía la culpa- en la mejilla derecha del degenerado se podía haber bailado como sobre parquet, mientras que en la izquierda se extendía un espeso vello rojizo. El mentón servía de línea divisoria. Me vino a la memoria un libro de tapas amarillas: Sajalín. En ese libro había fotografías de distintos hombres.

«Asesinato, robo, un hacha ensangrentada -pensé yo-, diez años... Qué vida tan original llevo, después de todo, en esta isla deshabitada. Debo ir a terminar de afeitarme...»

Y aspirando el aire de abril que llegaba de los negros campos, escuchando el estruendo que producían los cuervos desde las copas de los abedules y entrecerrando los ojos a causa del primer sol, atravesé el patio dispuesto a terminar de afeitarme. Eran alrededor de las tres de la tarde. Terminé de afeitarme a las nueve de la noche. Nunca, según había podido observar, las cosas inesperadas -como un parto en medio de los matorrales- llegaban solas a Múrievo. En cuanto puse la mano en la abrazadera de la puerta de mi balcón, el hocico de un caballo apareció en el portón de la entrada, junto con una carreta cubierta de suciedad, que se zarandeaba fuertemente. La conducía una campesina que gritaba con voz aguda:

-¡Arre, maldito!

Desde el balcón oí cómo, entre un montón de trapos, gimoteaba un muchachito.

Por supuesto, resultó que tenía la pierna rota y durante dos horas el enfermero y yo estuvimos atareados colocando el vendaje de yeso al niño, que durante esas dos horas estuvo dando alaridos. Después, había que comer y después tuve pereza de afeitarme: quería leer alguna cosa. Después llegó arrastrándose el crepúsculo, el horizonte se oscureció y yo, apresuradamente, por fin terminé de afeitarme. Pero como la dentada Gillette se había quedado olvidada en el agua jabonosa, para siempre quedó en ella una franja oxidada como recuerdo del parto de primavera junto al puente.

Sí... no tenía sentido afeitarse dos veces a la semana. En ocasiones estábamos completamente cubiertos de nieve, aullaba la tormenta, y nos quedábamos sin salir del hospital de Múrievo durante un par de días; ni siquiera había quien fuera a Voznesensk, a nueve verstas de distancia, a traer los periódicos. Durante las largas noches, yo paseaba arriba y abajo por mi gabinete y deseaba ardientemente leer un periódico, como en la infancia había deseado leer El rastreador de Cooper. Pero los aires ingleses no se extinguieron por completo en la isla deshabitada de Múrievo y, de tiempo en tiempo, sacaba del estuche negro el brillante juguetito, me afeitaba con indolencia y salía limpio y terso como el orgulloso habitante de la isla. Lástima que no hubiera nadie que pudiera admirarme.

Pero... sí... hubo, además de éste, otro caso similar. En cierta ocasión, según recuerdo, ya había sacado la maquinilla de afeitar y Axinia me había traído al gabinete el mellado jarro con agua caliente, cuando tocaron amenazadoramente a la puerta y me llamaron. Pelagueia Ivánovna y yo debíamos ir a un lugar terriblemente lejano. Y atravesamos, envueltos en nuestras pellizas de cordero y más parecidos a un negro fantasma que a nosotros mismos, aquel enloquecido océano blanco. La tormenta silbaba como una bruja, aullaba, escupía, reía. Todo había desaparecido y yo experimentaba una conocida sensación de frío en algún lugar de la región del plexo solar ante la sola idea de que pudiéramos confundir el camino en medio de aquella oscuridad que giraba satánicamente alrededor de nosotros y muriéramos todos: Pelagueia Ivánovna, el cochero, el caballo y yo. También, recuerdo, surgió en mí la tonta idea de que, cuando nos estuviéramos congelando y nos encontráramos cubiertos a medias por la nieve, inyectaría morfina a la comadrona, al cochero y a mí mismo... ¿Para qué? Simplemente para no sufrir... «Aun sin morfina te congelarás espléndidamente, médico -recuerdo que me contestó una voz seca y fuerte-, nada te...» ¡Uh-uh-uh!... ¡Ah-ah-ah!..., soplaba la bruja, y nos sacudíamos en el trineo... Seguramente publicarán en algún periódico de la capital, en la última página, que en tales y tales circunstancias perecieron en el cumplimiento de su deber el doctor fulano de tal, junto con Pelagueia Ivánovna, el cochero y un par de caballos. Paz a sus restos en el mar de nieve. Púa..., las cosas que pueden venir a la cabeza cuando el así llamado deber te arrastra y te arrastra...

No perecimos, ni nos extraviamos, sino que llegamos a la aldea Gríshievo, donde, sujetando al bebé por la piernecita, realicé el segundo viraje de mi vida. La parturienta era la esposa del maestro de la aldea y, mientras Pelagueia Ivánovna y yo -ensangrentados hasta los codos y cubiertos de sudor hasta los ojos- a la luz de la lámpara nos ocupábamos del viraje, se oía cómo, al otro lado de la puerta de tablones, el marido sollozaba y se paseaba por la parte oscura de la isba. Acompañado de los gemidos de la parturienta y de los incesantes sollozos del marido, debo confesar que le rompí el brazo al bebé. El niño nació muerto. ¡Ah, cómo me corría el sudor por la espalda! Instantáneamente me vino a la cabeza la idea de que aparecería alguien amenazador, negro y enorme, que irrumpiría en la isba y diría con voz de piedra: «Ajá. ¡Retírenle el título!»

Yo, sintiendo desfallecer mis fuerzas, miraba aquel cuerpecito amarillo e inerte y a la madre del color de la cera, que yacía inmóvil, inconsciente a causa del cloroformo. Por el postigo de la ventana que habíamos abierto para disipar el asfixiante olor del cloroformo, entraba una ráfaga de viento y nieve que se transformaba en una nube de vapor. Cerré el postigo y de nuevo fijé la mirada en la manita fláccida que sostenía la enfermera. Ah, no puedo expresar la desesperación con la que regresé a casa solo, ya que había dejado a Pelagueia Ivánovna para que cuidara de la madre. El trineo se sacudía en medio de la tormenta, que ya había amainado; los sombríos bosques me miraban con reproche, sin esperanza, con desesperación. Me sentía derrotado, deshecho, aplastado por el cruel destino. Él me había arrojado a este lugar perdido y me había obligado a luchar solo, sin ningún tipo de apoyo ni indicaciones. ¡Cuántas dificultades tan increíbles me veo obligado a soportar! A mí pueden traerme cualquier caso complicado o difícil, la mayoría de las veces quirúrgico, y yo debo hacerle frente, con mi rostro sin afeitar, y vencerlo. Y cuando no lo venzo, sufro como ahora, que voy dando tumbos por los baches del camino y he dejado atrás el cadáver de un recién nacido y a su madre. Mañana, en cuanto cese la tormenta, Pelagueia Ivánovna la traerá al hospital y la gran interrogante será: ¿podré salvarla? ¿Y cómo debo salvarla? ¿Cómo entender esa grandiosa palabra? En realidad actúo al azar, no sé nada. Hasta ahora había tenido suerte, algunos casos asombrosos han terminado bien, pero hoy, hoy no he tenido suerte. Ah, mi corazón se siente agobiado por la soledad, el frío, porque no hay nadie alrededor. Quizá he cometido un crimen -con el bracito-. Quisiera irme a algún sitio, caer ante los pies de alguien y decirle que las cosas son así, que yo, el médico tal, he roto el brazo de un bebé. Quítenme el título, soy indigno de él, queridos colegas, envíenme a Sajalín. ¡Oh, qué neurastenia!

Me tumbé en el fondo del trineo y me encogí, para que el frío no me devorara con tanta crueldad. Me sentí como un perro miserable, sin hogar ni experiencia.

Viajamos durante mucho, mucho tiempo, hasta que vimos los destellos del pequeño pero alegre y eternamente familiar farol del portón de entrada del hospital. El farol parpadeaba, se desvanecía, aparecía y desaparecía de nuevo, nos atraía hacia sí. Al verlo, mi alma solitaria se sintió menos apesadumbrada y cuando ya finalmente se afirmó ante mis ojos, cuando creció y se acercó, cuando las paredes del hospital dejaron de ser negras para adquirir su habitual tono blanquecino, yo, mientras atravesaba el portón, me decía a mí mismo:

«Preocuparse por el brazo es una tontería. No tiene ninguna importancia. Se lo rompiste a un bebé que ya estaba muerto. No es en el brazo en lo que debes pensar ahora, sino en que la madre está viva.»

El farol me animó, el familiar balcón también, pero ya dentro de la casa, cuando subía hacia mi gabinete y comencé a sentir el calor de la estufa y a saborear por anticipado el sueño liberador de todos los tormentos, farfullé de la siguiente manera:

«Las cosas son así, pero de todas maneras tengo miedo y me siento muy solo. Muy solo.»

La maquinilla de afeitar estaba sobre la mesa y junto a ella el jarro con el agua, que se había enfriado ya. Con desprecio arrojé la maquinilla al cajón. Sí, en verdad que era un momento muy adecuado para afeitarse...

Había transcurrido un año. Mientras transcurría lentamente me había parecido multifacético, variado, complicado y terrible, pero ahora comprendo que ha pasado como un huracán. Me miro en el espejo y veo las huellas que ha dejado en mi rostro. Los ojos se han vuelto más severos e intranquilos, la boca más firme y viril, la arruga del entrecejo me quedará para toda la vida, como me quedan los recuerdos. Los veo en el espejo correr en un impetuoso torrente. Pero... en otra ocasión también temblé al pensar en mi título y en que algún fantástico tribunal me juzgaría y los terribles jueces me preguntarían:

«¿Dónde está la mandíbula del soldado? ¡Eh! ¡Contesta, malvado sinvergüenza con título universitario!»

¡Cómo no voy a recordarlo! El asunto es que, aunque en el mundo existe el enfermero Demián Lukich que extrae los dientes con la misma habilidad con que un carpintero saca los clavos herrumbrosos de las tablas viejas, el tacto y el sentimiento de mi propia dignidad me sugirieron, desde mis primeros pasos en el hospital de Múrievo, que debía aprender a extraer muelas. Demián Lukich podría ausentarse o enfermar y nuestras comadronas saben hacerlo todo menos una cosa: extraer muelas. Ese no es asunto de ellas.

En consecuencia... Recuerdo perfectamente un rostro sonrosado pero consumido por el sufrimiento que estaba en el taburete frente a mí. Era el de un soldado que, como muchos otros, había vuelto del frente que se desmoronaba después de la revolución. Recuerdo con exactitud la enorme muela agujereada, fuertemente enclavada en la mandíbula. Frunciendo el ceño con expresión de sabiduría y tosiendo con preocupación, coloqué las tenazas en aquella muela. Debo añadir, sin embargo, que en ese momento recordaba con toda claridad el conocido relato de Chéjov acerca de cómo le extrajeron una muela al sacristán. Entonces, por primera vez, me pareció que ese relato no era gracioso. Algo crujió con fuerza en el interior de la boca y el soldado dio un corto alarido:

-|Ay!

Después de eso, cesó la resistencia a mis manos y las tenazas salieron de la boca con un objeto blanco y ensangrentado apretado entre ellas. En ese instante sentí que el corazón me daba un vuelco porque ese objeto superaba, por sus dimensiones, a cualquier diente, aunque éste fuera una muela de soldado. Al principio no comprendí nada, pero luego estuve a punto de echarme a llorar: de las tenazas verdaderamente colgaba una muela de raíces muy largas, pero de la muela colgaba un enorme trozo de hueso, inmaculadamente blanco e irregular.

«Le he roto la mandíbula...», pensé, y las piernas me flaquearon. Dando gracias al destino porque no se encontraban en ese momento junto a mí ni el enfermero ni las comadronas, con un movimiento subrepticio envolví el fruto de mi audaz trabajo en una gasa y lo escondí en mi bolsillo. El soldado se balanceaba en el taburete aferrándose con una mano a la pata del sillón ginecológico y con la otra a la pata del taburete, y me miraba con ojos saltones y completamente atontados. Confundido, le di un vaso con una solución de permanganato de potasio y le ordené:

-Enjuágate la boca.

Fue una acción tonta. El soldado se llenó la boca de la solución y cuando la escupió, ésta salió mezclada con la sangre de color escarlata que ya por el camino se había convertido en un líquido espeso de un color nunca antes visto. Luego, la sangre comenzó a manar de tal forma de la boca del soldado, que yo mismo me asusté. Si le hubiera hecho un corte en la garganta con una navaja de afeitar, seguramente no habría manado con tanta fuerza. Dejé el vaso con el permanganato y me lancé hacia el soldado con bolas de gasa con las que intentaba taparle el agujero abierto en la mandíbula. La gasa se volvió inmediatamente escarlata y, al sacarla, vi con horror que en aquel agujero fácilmente se podía acomodar una ciruela de las de gran tamaño.

«He arruinado a este pobre soldado», pensé con desesperación mientras sacaba largas franjas de gasa de un frasco. Finalmente la sangre se detuvo y unté con yodo el agujero de la mandíbula.

-No comas nada durante tres horas -dije con voz temblorosa a mi paciente.

-Se lo agradezco profundamente -respondió el soldado, mirando con cierto asombro la taza, llena de su sangre.

-Tú, amigo mío -dije con voz lastimera-, haz lo siguiente... Ven mañana o pasado mañana a verme. Necesito... sabes... será necesario examinarte... Tienes al lado una muela sospechosa... ¿De acuerdo?

-Se lo agradezco profundamente -repitió el soldado con aire sombrío, y se alejó sujetándose la mandíbula. Yo me lancé hacia el consultorio y estuve sentado allí durante un tiempo, cogiéndome la cabeza con las manos y balanceándome, como si yo mismo tuviera dolor de muelas. Unas cinco veces saqué del bolsillo la dura y ensangrentada bola, pero siempre volvía a esconderla rápidamente.

Durante una semana viví como extraviado en la niebla, adelgacé y me debilité.

«El soldado tendrá gangrena o septicemia... ¡Ah, demonios! ¿Para qué le habré metido las tenazas en la boca?»

Escenas absurdas me cruzaban por la mente. Por ejemplo, el soldado comienza a temblar. Primero camina, y relata cosas sobre Kérenski y el frente, pero se va poniendo cada vez más silencioso. Ya no está para Kérenski. El soldado está acostado sobre una almohada de percal y delira. Tiene cuarenta grados de temperatura. Todos los aldeanos visitan al soldado. Al final el soldado ya está tendido sobre la mesa, bajo los iconos, con la nariz afilada.

En la aldea comienza el cotilleo.

«¿Cómo habrá podido pasarle esto?»

«El doctor le sacó una muela...»

«Ahí está el asunto...»

Más días, más cotilleo. Una investigación. Aparece un hombre de rostro severo.

«¿Usted le extrajo una muela al soldado...?»

«Sí... yo.»

Exhuman al soldado. Un juicio. El oprobio. Yo soy la causa de la muerte. Y he aquí que ya no soy un médico, sino un hombre desdichado, arrojado por la borda, mejor dicho, un ex hombre.

El soldado no volvía al hospital, yo me deprimía y la bola se llenaba de herrumbre y se secaba sobre el escritorio. Una semana más tarde debía ir a la capital de distrito por el salario del personal. Me marché a los cinco días y, ante todo, fui a ver al médico del hospital de distrito. Ese hombre, con una barbita ahumada por el humo del tabaco, había trabajado durante veinticinco años en el hospital. Había visto de todo. Esa noche, en su gabinete, yo tomaba melancólicamente té con limón y hurgaba en el mantel, hasta que finalmente no resistí y, hablando con rodeos, le conté una historia confusa y falsa: a veces... ocurren ciertas cosas... si alguien extrae una muela... y rompe la mandíbula... puede producirse la gangrena, ¿verdad...? Sabe, un trozo... he leído...

El médico me escuchó un buen rato fijando en mí sus ojos descoloridos bajo cejas hirsutas, y de pronto me dijo:

-Usted le ha roto el alvéolo... En el futuro extraerá muy bien las muelas... Deje el té y vamos a beber un poco de vodka antes de la cena.

En ese momento, y para toda la vida, el soldado que me atormentaba salió de mi cabeza.

¡Ah, el espejo de los recuerdos! Había transcurrido un año. ¡Qué gracioso me resulta ahora recordar ese alvéolo! Yo, a decir verdad, nunca extraeré los dientes como Demián Lukich. ¡Faltaría más! Él extrae unos cinco dientes cada día, mientras que yo uno cada dos semanas. Pero, pese a eso, los extraigo como muchos quisieran poder hacerlo. Y ya no rompo los alvéolos, y si lo hiciera, no me asustaría.

Pero ¿qué importancia tienen los dientes? Cuántas cosas no habré visto y hecho en este año inolvidable.

La noche entraba en la habitación. La lámpara estaba ya encendida y yo, flotando en el amargo olor a tabaco, hacía un balance. Mi corazón se llenó de orgullo. Había hecho dos amputaciones desde la cadera (las de dedos ni siquiera las cuento). ¿Y cuántos raspados? Los tengo anotados dieciocho veces. ¿Y la hernia? ¿Y la traqueotomía? Todo lo he hecho, y ha salido bien. ¡Cuántos abscesos gigantescos he abierto! ¿Y los vendajes en las fracturas? Los he hecho de yeso y almidonados. He arreglado dislocaciones. He hecho intubaciones. Y partos. ¡De todo tipo! Es verdad que no haría cesáreas. Siempre se puede enviar a la parturienta a la ciudad. Pero fórceps, virajes, todos los que quieran.

Recuerdo mi último examen estatal de medicina legal. El profesor me dijo:

-Hable de las heridas a quemarropa.

Comencé a hablar con soltura, y hablé durante mucho rato; por mi memoria visual pasaba flotando la página de un grueso libro de texto. Finalmente quedé agotado; el profesor me miró con repugnancia y dijo con voz cascada:

-Nada parecido a lo que usted acaba de decir ocurre en las heridas a quemarropa. ¿Cuántos sobresalientes tiene?

-Quince -contesté.

El profesor puso frente a mi apellido un aprobado y yo salí de allí rodeado de niebla y vergüenza...

Salí y muy pronto me marché a Múrievo, y aquí estoy, solo. El diablo sabrá lo que ocurre en las heridas a quemarropa. Yo sé que cuando aquí había una persona acostada en la mesa de operaciones y una espuma de burbujas -rosada por la sangre- le salía de la boca no perdí el dominio de mí mismo. No, aunque su pecho había sido destrozado a quemarropa con perdigones para lobos, hasta tal punto que se veía un pulmón y la carne del pecho colgaba a pedazos. Y un mes y medio más tarde ese mismo hombre salió vivo de mi hospital. En la universidad nunca tuve el honor de tener entre mis manos unos fórceps, en cambio aquí, aunque temblando, aprendí a utilizarlos en un momento. No oculto que recibí a un bebé extraño: la mitad de su cabeza estaba hinchada, de color azul purpúreo y sin un ojo. Sentí que me helaba. Escuché vagamente las palabras de consuelo de Pelagueia Ivánovna:

-No es nada, doctor, simplemente le ha puesto en el ojo una de las paletas de los fórceps.

Estuve temblando durante dos días, pero dos días más tarde la cabeza recuperó su estado normal.

Y cuántas heridas he cosido. Cuántas pleuritis purulentas he visto, cuántas neumonías, tifus, cánceres, sífilis, hernias (y las he curado), hemorroides, sarcomas...

Inspirado, abrí el libro de registros y estuve contando durante una hora. ¡Y los conté todos! En un año, hasta esa misma noche, había atendido a 15,613 enfermos. Internados había tenido 200 y sólo habían muerto seis.

Cerré el libro y me dispuse a dormir. A mis veinticuatro años, estaba acostado en mi cama en espera de poder conciliar el sueño, y pensaba que mi experiencia era ahora enorme. ¿De qué podía tener miedo? De nada. Había sacado guisantes de los oídos de los niños, había cortado, cortado, cortado... Mi mano era valiente, no temblaba. Había visto toda clase de picardías y aprendido a comprender incomprensibles frases de labios de las campesinas. Me orientaba en ellas como Sherlock Holmes en los documentos misteriosos... El sueño estaba cada vez más cerca...

-Yo... -farfullé, mientras me quedaba dormido-, yo verdaderamente ya no puedo imaginar que me traigan un caso que me ponga en un callejón sin salida..., quizá allá, en la capital, dirán que actúo como un enfermero... qué importa... ellos están bien... en las clínicas y universidades... en los gabinetes de rayos X... en cambio yo aquí... soy todo... y los campesinos no pueden vivir sin mí... Cómo temblaba cuando llamaban a la puerta, cómo me contraía mentalmente por el miedo... En cambio ahora...

***

-¿Cuándo ocurrió esto?

-Hace una semana, padrecito, hace una semana... Lo echó...

Y la campesina comenzó a sollozar.

Era una mañana grisácea del mes de octubre: el primer día de mi segundo año. La noche anterior me había sentido orgulloso y me había jactado de mí mismo mientras lograba conciliar el sueño, y esta mañana estaba de pie, con mi bata, y observaba desorientado...

La mujer sostenía en sus brazos a su hijito de un año como si fuera un tronco; al chiquillo le faltaba el ojo izquierdo. En lugar de un ojo, de su estirado y delgadísimo párpado asomaba un globo de color amarillo, del tamaño de una manzana pequeña. El chiquillo gritaba y pataleaba de dolor, y la campesina sollozaba. Yo no sabía qué hacer. Lo examiné desde todos los ángulos. Demián Lukich y la comadrona estaban de pie detrás de mí. Callaban. Nunca habían visto nada semejante.

«¿Qué puede ser esto...? Una herida cerebral... Hmm... pero está vivo... Sarcoma... Hmm... es demasiado blando... Un horrible tumor nunca visto... Pero a partir de dónde... De lo que fuera el ojo... O quizá el ojo nunca haya existido... en todo caso, ahora no está...»

-Pues bien -dije con aire inspirado-, es necesario operar este problema...

E inmediatamente me imaginé cómo haría una incisión en el párpado, cómo lo abriría y...

«¿Y qué...? ¿Qué ocurrirá más adelante? Tal vez eso provenía del cerebro... Diablos... Es bastante suave... se parece al cerebro...»

-¿Qué? ¿Cortarle? -preguntó la campesina palideciendo-. ¿Cortar en el ojo? No doy mi consentimiento...

Y, horrorizada, se puso a envolver al chiquillo en trapos.

-No tiene ningún ojo -contesté categóricamente-. Observa, no hay lugar para el ojo. Tu niño tiene un extraño tumor...

-Dele unas gotas -dijo la campesina, aterrorizada.

-¿Te estás burlando acaso? ¿Qué tienen que ver las gotas aquí? ¡Ninguna gota lo puede ayudar!

-Entonces qué, ¿se va a quedar sin ojo?

-Te estoy diciendo que no tiene ojo...

-¡Pues hace tres días tenía uno! -exclamó con desesperación la mujer.

«¡Diablos...!»

-No lo sé, quizá en realidad lo tenía... Diablos... Pero es que ahora no lo tiene... Y por último, querida, es mejor que lleves a tu niño a la ciudad. Allí le harán inmediatamente una operación... ¿No es verdad, Demián Lukich?

-Sí -respondió meditabundo el enfermero, evidentemente sin saber qué decir-, es algo nunca visto.

-¿Que lo operen en la ciudad? -preguntó la campesina con horror-. No lo permitiré.

El asunto terminó con que la mujer se llevó a su niño sin permitir que le tocaran el ojo.

Durante dos días estuve rompiéndome la cabeza, me encogía de hombros, hurgaba en la biblioteca, miraba ilustraciones que representaban a niños con ampollas emergiendo en lugar de ojos... Diablos.

Dos días más tarde me había olvidado del chiquillo.

***

Transcurrió una semana.

-¡Ana Zhújova! -grité.

Entró una alegre campesina con un niño en brazos.

-¿De qué se trata? -pregunté como de costumbre.

-El costado me duele, no puedo respirar -comunicó la campesina, y por alguna razón sonrió burlonamente.

El sonido de su voz me hizo estremecer.

-¿No me reconoce? -preguntó la campesina con tono burlón.

-Espera..., espera..., sí... Espera... ¿Este es el mismo niño?

-El mismo. ¿Recuerda, señor doctor, que usted dijo que no había ojo y que era necesario operar para...?

Me quedé atontado. La campesina me miraba con aire victorioso, la risa jugueteaba en sus ojos.

El niño estaba sentado tranquilo en sus brazos y miraba el mundo con sus ojos castaños. No había ni rastro del tumor amarillo.

«Esto es brujería...», pensé desconcertado.

Después, cuando me hube recobrado un poco, tiré cuidadosamente el párpado hacia atrás. El niño lloriqueó, trató de girar la cabeza, pero de todas formas pude ver... una pequeñísima cicatriz en la mucosa... Vaya...

-En cuanto salimos de aquí la otra vez... se reventó...

-No hace falta que me cuentes nada, mujer -dije yo confundido-, lo he comprendido ya...

-Y usted decía que no tenía ojo... Pues le ha salido uno -y la campesina rió burlonamente.

«Lo he comprendido, ¡que el diablo me lleve...! Un enorme absceso se había desarrollado en el párpado inferior, y había hecho a un lado el ojo, lo había cubierto completamente... y cuando se reventó, el pus salió... y todo quedó en su lugar...»

***

No. Nunca, ni siquiera cuando esté quedándome dormido, murmuraré con orgullo que nada me puede asombrar. No. Ha transcurrido un año, y pasará otro y será tan rico en sorpresas como el primero... Eso significa que hay que aprender con humildad.

FIN

miércoles, 7 de marzo de 2012

UN RECUERDO DE GUERRA / El Cuento del Autor


HAY HÁBITOS QUE MATAN
por
José Ignacio Restrepo



I
La bicicleta negra esperaba, contra el muro construido hace diez siglos, y la lluvia le caía en forma firme, logrando sacar sonidos pequeños, que serían audibles para alguien que se hallara cerca. Eran ya seis horas de llover sin pausa, y ese lugar de la vieja ciudad de Reims, hacía rato lucía de un solo color, un sombrío pardo mojado que lo oculta todo, cicatrices, moho, retales de perdido origen que ni siquiera sus dueños reconocerían, a estas horas. Hace mucho tiempo esta ciudad lo cuenta si te quedas quieto, pero hoy llueve de una forma que si alguien lo hiciera quedaría hecho una sopa.

Por la vieja cuadra que ni un poco de iluminación tiene a su haber, dos sombras se recortan contra la bruma y el agua que cae. Vienen discutiendo pero lo hacen en voz baja, como si temieran que otros, ajenos a ellos, se enteraran. Repentinamente, uno de ellos hala al otro por la manga y éste deja caer ante el forzado embate, una bolsa mediana al suelo. Cuando ambos se detienen en su aparente disputa, para alcanzar la talega, que ha comenzado a mojarse, una tercera presencia hace su entrada, desde la cuadra del frente, que ninguno de  los dos observa. Es un hombre, vasto, mal vestido y muy bajo, diríase casi enano. En mitad de la calle, se detiene, saca algo de su chaqueta, algo que brilla cuando recibe la poca luz que se refracta entre tanta lluvia que cae, algo que pone delante de sí. Es un arma de fuego, que escupe sus proyectiles, una, dos, tres, cuatro veces. Los dos que pugnaban por hacerse con el paquete, yacen ahora completamente quietos, ocultando la bolsa bajo sus cuerpos, de los que mana sangre, roja, caliente, abundante, la cual se mezcla sin esfuerzo con el agua que corre sobre la acera.

El hombre bajo se acerca a los cadáveres. Sin ningún respeto voltea los cuerpos hasta hacerse de la bolsa, que es del tamaño de una libreta de notas, y tan gruesa como una biblia de clérigo, de esas con las que se dicta clase de religión en los colegios. La levanta, observándola, como urgido de comprobar si no acaba de asesinar a dos extraños por nada. Abre la cremallera, mete su mano derecha, si, esa que acaba de tirar del gatillo del arma que ahora está oculta en su saco oscuro, comprueba que todo está bajo control, se acerca de nuevo, le quita el reloj de pulsera a uno de los occisos, se lo coloca en la muñeca de su mano derecha. Como si debiera parecer un robo. Revisa la hora, casi las 12 de este martes de junio, en la ciudad sitiada, llena de resistentes y de nazis, que hoy simplemente no se ven por sitio alguno…

A lo lejos se recorta la silueta de la Catedral, que ante muchos es simplemente un edificio más, aunque otros se hayan refugiado en sus religiosos fundamentos para dictar desde allí, el condumio de religión y estado, que hoy no tuvo nada que ver, que librar o defender, en este encuentro de tres que gano uno, para llevarse una pequeña bolsa de mano.
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La monja desaliñada apareció por la puerta secundaria, que daba a la cocina del edificio auxiliar, sede antiguamente del colegio de las carmelitas, y se liberó del humedecido pañolón, parecido al de las viudas de Madrid, que suele verse en las procesiones de Semana Santa y a las salidas de las corridas de toros. Era una mujer fea y diminuta, con un ceño al parecer permanente en su rostro campesino. Sacó de su pechera unos pequeños lentes, se los puso ante los ojos sin calzárselos bien de las orejas, solamente para ver los anuncios que estaban pegados de un cartel de corcho, igual que las noticias de las comidas en los refectorios…-Recuerden dejar en orden el oratorio, es como un brazo del cuerpo de nuestro señor-, -Las misas de esta semana se correrán una hora, para permitir a la hermana superiora hacer las visitas a los enfermos-…Estaban escritos de manera pulida, con la letra de su amiga de tantos años, y ella podía casi escuchar la mismísima voz de Cleo, la hermana comunicadora, con su frágil figura, que sin pretender ser especial pero siéndolo, informa cada cosa que pasa. Verdad que sin ella todas andarían de arriba para abajo, sin saber a qué hora tiene lugar lo que deben saber…

Cruzó el pasillo que casi siempre estaba en penumbra, por carecer de ventanas en su recorrido, y llegó al comedor, donde no había nadie por lo avanzado de la hora. Entró, y al mirar dentro de la alacena se dio cuenta que estaba hambrienta. Se preparó un emparedado, con dos carnes, tomate y lechuga, al que le esparció abundante mayonesa. Era una satisfacción que rara vez se prodigaba, por eso hoy se la concedió, algo había de premio en sentarse a comer a una hora tan avanzada, con la ropa húmeda, tras soportar el chaparrón que había caído por toda la ciudad durante varias horas. Decidió en ese instante no empezar a pensar en lo que había pasado, era mejor para el ánimo y para su labor dentro de la Abadía, no comenzar a recordar esas imágenes, evidencia de aquel esfuerzo que había decidido llevar a cabo en nombre de la libertad. La libertad de ellos, de los niños y ancianos, de las mujeres, que no sabían siquiera la forma de defenderse de aquellos que habían elegido por compañeros, menos podría de los otros hombres que suelen comportarse como bestias…

Pero, desear no pensar y hacerlo era con mucho, la misma infame cosa. No pudo despegar ese ruido inmenso y el eco retumbando calle abajo, por toda la ribera del río, de sus muy tiernos oídos educados con las notas de Bach desde los lejanos días del hospicio. No podía, aunque lo quisiera con todas sus fuerzas dejar de observar a esos sujetos cayendo pesadamente contra el suelo, esos que solo unos segundos antes peleaban el uno con el otro, cayendo como dos molinos gigantes, agarrándose involuntariamente el uno con el otro.  La sangre, corriendo por sobre la acera mojada, ocupando los defectos de la superficie franqueada hacía horas por el agua, todo estaba tan húmedo, incluso la tez maquillada de su propia cara…No alcanzaron a verla, ni siquiera los sucios gatos del río andaban por allí, pues la lluvia alejaba hasta la más férrea de las pobrezas, hacía que cualquier madriguera se sintiera como la más acogedora de las casas, por eso y no por más, la calle estaba vacía cuando disparó sobre los dos hombres, y se llevó el paquete que los traía peleándose desde antes de que por su mano los sorprendiera la muerte…

La hermana se quitó la bufanda. Luego dejó libre el hábito carmelita que constituía el mejor y más gravoso de los disfraces, y lentamente se resignó a que apareciera el atuendo oscuro y masculino del asesino, ese hombre enjuto y de baja estatura del que sólo ella sabía su nombre verdadero y genuina apariencia, ésta, la figura sencilla y trabajadora, aparentemente sumisa y avejentada, de nombre Constance Lampeducci, hermana de la orden desde los catorce años, hace ya treinta largos y pacientes…Tomó el atuendo, que de todas formas le quedaba un poco ancho, pues era originalmente utilizado por un antiguo jardinero más grande que ella, y las guardó, pues al amanecer debía colgarlas de cualquier alambre para que el sol acabara de secarlas…Fue hasta la puerta y puso el pestillo. Extrajo de la pequeña cubierta la bolsa con cierre, lo abrió y sacó una por una las hojas de material criptografiado, que aquellos dos agentes enemigos cuidaban con su vida, pues era clara su importancia ya que tenía esa roja esvástica grabada con hilo negro y dorado en la bolsa, señal de que pertenecía el cuerpo nazi…

Era un listado de 114 nombres, con direcciones y algunos teléfonos, de colaboradores franceses de los nazis, más de la mitad tenían escritos al lado los encargos a los que habían accedido, sus responsabilidades y el monto de la paga, que les había sido prometido. Había algunos nombres de clara ascendencia judía, lo cual dejaba muy mal parados a unos y a otros, desde luego toda lucha que se lleve a cabo en tierra extranjera ya de por sí está viciada de forma. Esta guerra era un asunto vil, no lo sabría ella que ha terminado siendo una herramienta de muerte.
La hermana Constance se acostó, después de guardar nuevamente los papeles que había logrado obtener. No podía conciliar el sueño y sabía por qué. Lloró un poco lo indigno de su suerte, después oró pidiendo perdón y luz para el día siguiente. Con esto se tranquilizó un poco, y el llegar la calma, simplemente sucumbió al cansancio y se quedó profundamente dormida.

II
Pascual revisó su arsenal, que consistía en una pistola Luger, calibre 9 mm, que había sustraído del cadáver de un oficial alemán, al que diera de baja en noviembre pasado, cuando ya habían transcurrido más de ocho meses de la ocupación. El arma tenía un hermoso diseño, siempre le había gustado, y además llevaba grabado un nombre, probablemente el de su dueño, Ludwig, y en el ojo de la g tenía magníficamente instalado un pequeño diamante, lo que dejaba entrever el gusto de aquel oficial por las joyas, las cosas valiosas, que seguramente asociaba indefectiblemente con la muerte. Acaso igual que él mismo lo hacía, en este trance de su vida ligaba  su bien más preciado, la libertad, con la posibilidad de morir. Fuera la suya o la de tantos como alcanzara en su batalla personal, realmente no importaba, la misión era sacar a los nazis de su patria a como diera lugar.



Comenzó a desarmar el arma de fuego pieza por pieza. Primero, desaseguró el pestillo de seguridad, luego sacó la peineta de ocho proyectiles extrayendo la recámara y sacando de su sitio el proyectil alojado allí. Apreció nuevamente el mecanismo interno  de retroceso, que la Parabellum exhibía, famoso entre quienes apreciaban el diseño de máquinas y herramientas, sirvieran para lo que fuese. Sacó su trapo de felpa fina, ya curtido por las numerosas veces de usarlo y le vertió un poco de lubricante, del mismo que usaba en su moto. Recordó que la  felpa era de una de las cortinas de su madre, que había caído defendiendo la hermosa casa heredada de su padre, a las afueras de Reims, donde los primeros oficiales nazis que llegaron se establecieron al enamorarse de su construcción exquisita, sus viñedos y de la belleza del paisaje. Esa era la comprobación de que personas abyectas y personas buenas, pueden tener sentimientos semejantes por las mismas cosas.

Terminó de limpiar su herramienta de trabajo, eso era su pistola en esta época aciaga. En tiempos de paz, ni siquiera se le habría ocurrido tener una de éstas, o cualquier otro instrumento de muerte, puesto que su espíritu estaba dispuesto naturalmente para la vida. Mas, por eso mismo había terminado en este rol de secreta disposición y puesta en escena, por su amor a la libertad, a la belleza y a la vida. Había pasado de ser maestro y tenedor de una pequeña librería, a ser un agente de la resistencia, donde tenía ya el nivel de capitán, ganado por su arrojo y gran dominio de las circunstancias, y porque prefería llevar a cabo las misiones más peligrosas que encargarlas a sus subalternos, generalmente con menos experiencia que él mismo en la tarea de pelear como guerrilleros, emboscando, haciendo de explosivistas, asesinando alemanes. Ese país antiguamente era competencia del suyo en economía, deportes y filosofía. Enemigos a muerte en el día a día de este 1943 y los siguientes…A un año de haberse consolidado el proyecto de la resistencia Combatiente, con todas las cartas echadas y las fuerzas unidas y organizadas, acordando con los Aliados cada objetivo, misión y método, su trabajo se había logrado estructurar, con un equipo solvente y acucioso, buenas armas, y planes de trabajo ordenados y bien ejecutados.

Realmente, él llevaba la Luger por un motivo absolutamente personal. Este era, que iba matar alemanes con esa arma, y cuando terminara de matarlos, cuando se acabara la guerra y se marcharan los pocos que lograran sobrevivir, regalaría el arma al Museo de Guerra, que contaría cómo esa herramienta de muerte se  había constituido en un instrumento para recuperar su libertad, ese derecho consagrado hacía mucho, puesto en duda por este avatar continental, guiado por un oficial medio sordomudo, lleno de vicios y malos hábitos, llamado Adolfo Hitler.

Pascual terminó su tarea, armó nuevamente el arma, le puso el cargador y la aseguró. Recordó los dos últimos cadáveres que su sencillo accionar, sumado a su excelsa puntería, habían dejado yertos como trozos de árbol, sus caras blancas, pulidas, de pelo claro, y el agujero en ambas a la altura de la frente, como conspicuo gesto de agradecimiento por haber acudido a la cita, sin objetar nada, solo aceptando la expiración como justa dádiva por lo hecho y también por lo dejado de hacer. Por eso en su funda era un instrumento inofensivo, justo como lo son los pensamientos: por más violentos que sean, cualquier rostro protegido de una amplia sonrisa puede ocultarlos sin ningún esfuerzo. Apretó el sujetador de acero algo oxidado contra su espalda, ocultando el arma de cualquier mirada curiosa, pero dejándola al alcance de su mano derecha, para traerla rápidamente a la escena si era necesario. El tantas veces practicado gesto de prestidigitador, hacía de su confianza un hecho simple y sin importancia, salvo cuando narraba a otros más jóvenes, situaciones reales ya pasadas. Allí podía apreciarse que ninguno de los sobrevivientes en esta guerra, lo era por carencias del enemigo, sino por las prestezas aprendidas una y otra vez, todos los días, solamente para llegar al momento de la verdad, en mejor forma que el adversario, más conspicuo, elemental y animal, con más deseo de salir del tajo.

Pascual tomó su bolso de cuero, metió medio pan, el pote de café con leche frío, ese sería su almuerzo. Supo al darle una última mirada, que su hambre sería poca, que otra vez debería esperar el hambre de mañana, una en que no haga falta soñar con preservar la vida de las balas…

III
La hermana Constance abrió los ojos, y recordó vagamente haber tenido cruentas pesadillas. Se retiró con dificultad unas lagañas incoloras pero secas, y meditó en el trabajo de Dios que le correspondía llevar a cabo, fundamentalmente por no ser una bella religiosa, por ser baja casi enana, por tener conocimientos especiales –léase manejar armas de fuego con excelsa destreza- y por no tener ningún pariente en este mundo, es decir por ser huérfana de afectos carnales, y no tener a alguien que la llore o le impida hacer cosas de tan escaso fundamento. Es, como dicen en la milicia, pura carne de cañón. Hoy debe llevar el paquete que obtuvo anoche, fuera de Reims, cerca al frente, debe tomar su motocicleta con sidecar y recorrer casi doscientas millas, cuatro pueblos, seis comarcas, para llegar al final a un lugar donde se haga la entrega. Allí,  un capitán amigo le recibirá el material para ponerlo en manos, inmediatamente del criptógrafo, para poder averiguar el todo y la parte. Ella sabe perfectamente, lo importante que es poder tener al día la lista de los colaboradores franceses, esos que mezclados entre la población están ayudando a que perdamos esta guerra, ayudando a los nazis a quedarse con Europa. Al final del día deberá estar aquí, en esta misma cama, sentada, haciendo un cotejo de lo llevado a cabo, del avance gigantesco de llegar latiendo el corazón a casa…



Se puso de pie, determinada, se quitó la bata, y entró a la ducha, dejando caer sobre su cuerpo pequeño un agua tan gélida que la estremeció hasta la médula. Salió. Se colocó los ropajes completos, propios de su orden sobre unos calzoncillos de atleta, fuertes, que le resguardaban el trasero del largo recorrido que haría sentada en la máquina. Escondió su arma entre la pretina de esa fuerte pantaleta propia de un luchador, o de un corredor, que precisa tener los genitales quietos en su sitio. Al llegar al comedor, solo encuentra a dos novicias hablando en voz muy baja en medio de algunas risitas. La saludan y luego se marchan a sus oficios. Come algo de carne y fruta, y un poco de leche de cabra, no quiere que el estómago le salte por estar repleto, solo con contener el miedo en él ya será suficiente. Termina allí y baja hasta el taller, donde cubierta por una lona color café, está la Triumph que perteneció al arzobispado, y que le fue heredada a la Abadía desde hacía ya diez años, para llevar comida y medicinas a campesinos pobres, gente que no puede ni siquiera venir desde sus casas, para recibir la ayuda. La limpió. Revisó ambos frenos y luego encendió el motor para permitir que calentara antes de partir. Cargó en el sidecar el bulto con las medicinas y el material de colegio, para los niños que estudian. Habla bien de una nación en guerra que sus escuelas sigan funcionando, pensó Constance. Luego, ocultó debajo del tanque, en un adminículo diseñado para esconder  documentos, la libreta que había capturado, esa que traían los oficiales alemanes que murieron vestidos de civil, mientras jugaban a que se peleaban en una calle de una ciudad tomada, vaya olvido para alguien que sabe que no tiene la vida comprada…

Constance se persignó ante la proximidad de tan doloroso recuerdo, empujo los hábitos sobre la motocicleta, se colocó el casco de aviador y las gafas para proteger sus ojos del viento, y arrancó, haciendo un ruido que se escuchó en todo el convento.
En la ventana norte, otra religiosa de mayor rango y edad de la que ahora salía por el portón, hizo hacia ella en el aire la señal de la cruz, enviándole todos los ángeles protectores para que la cuidaran en la labor comprometida que había emprendido, un día hacía tiempo en que decidió hacer parte de la Resistencia y ayudar a liberar a una patria perdida, aunque eso significara después enfrentar el juicio eterno por haber ejercido violencia contra otro semejante…Te dispenso, Constance, yo te dispenso, pensó la Madre Superiora. Que semejantes van a ser de nosotros estos sátrapas, que nos robaron hasta el propio deseo de seguir viviendo.

IV
La moto avanza de regreso, son las cuatro y pico de la tarde. Constance ha entregado sus encargos, sus tente en pie para pobres de espíritu y enfermos del cuerpo, y viene de regreso raudamente para cumplir la cita con su enlace, más acá de la mitad del camino, a la salida de Fismes, en donde estará –en ese último puente que deja ver la fastuosa campiña-, un hombre al que no conoce, que hace su labor de enlace para esta salvación que aún se  tarda. A él debe entregar ese pequeño encargo que lleva todo el día escondido bajo el tanque, envuelto en un listón de pana gastada, y tras hacerlo viajará más liviana, con el apuro natural que tiene quien quiere ya llegar a casa, a la seguridad de un techo y un ambiente conocido, de una comida caliente y el saludo alegre de rostros amigos.


Repentinamente, el motor de la Triumph carraspea un poco y la hermana se llena de pánico, al pensar que no llegara a la cita pactada. Cada quien piensa para sus adentros que el papel que le toca es el más importante, el que sostiene toda la plataforma, por el que los demás podrán conservar un día más la vida. Si no llega a tiempo, el enlace simplemente se marchará y será absolutamente responsable de todo lo que pase en adelante…O lo que no pase. Pero, es una falsa alarma, el tanque va bien lleno, y cuando llegara a Reims, todavía quedará casi la mitad para emprender nuevamente el trabajo de buen mensajero con medicinas y alimentos para los desfavorecidos.



Vislumbra la entrada a Fismes, y su corazón da un bote, por saber que podrá efectuar la entrega como fue su compromiso, así de firme es su responsabilidad que de solo pensar en no cumplir todo su cuerpo tiembla. Las religiosas elevadas a Dios con serena abnegación solo tienen poder para medir el tamaño de su satisfacción, cuando entregan todo el sacrificio de que son capaces, así la cota del sufrimiento sea lo último de que tengan conciencia. Estaba más oscuro de lo que esperaba pero eso no sería obstáculo para llegar a tiempo. Cuando vio el puente nuevamente sintió, que las cosas no marchaban bien. Era la clásica presión en la boca del estómago, impidiendo su respiración, elevando la presión arterial, produciendo sudor que bajaba por su frente hasta las cejas y los párpados. Al voltear por una de las calles, que parecía más un callejón digno de estar de cabo a rabo en un museo, vio exactamente lo que nadie en su posición desearía encontrar a sesenta metros y acelerando, sin bajarle a la Triumph. Una  patrulla alemana de unos veinticinco soldados al mando probablemente de un capitán, había colocado un retén a la salida de poblado, exactamente en el puente donde ella debía disminuir la velocidad, detenerse por un momento, y entregar a su enlace el pequeño paquete.



Constance no podía pensar, solo veía la mano en alto del oficial nazi, que en forma autoritaria le exigía que se detuviera para una inspección. Comenzó a disminuir la velocidad, pensando que solamente la Santísima Trinidad podría indicarle que hacer, mostrarle el camino para salir de este atolladero, y llegar a Reims viva. Se detuvo. El oficial le indicó que se bajara de la motocicleta, mientras ella, siguiendo las indicaciones de sus superiores, mostraba con sus gestos que no entendía el idioma, algo que era absolutamente falso, pues el alemán era su segunda lengua por la formación desde el hospicio. Constance miraba con el rabillo del ojo, en que iba la revisión de su vehículo, pues si hallaran el encargo sería suficiente motivo para que la ajusticiaran allí mismo. Como si estuviera escuchando sus preocupados pensamientos, un soldado extrajo de abajo del tanque el paquete que la monja debía hacer llegar a los Partisanos de la zona.

La mujer tragó saliva, sintiendo la cercanía de la muerte. En ese mismo instante, un brazo poderoso del infierno se deshizo sobre el lugar, abrazando con su ruido y ruina mortales, a todos los que estaban allí, excepto a ella. Los soldados iban cayendo, como si fueran muñequitos de Navidad siguiendo un guión previamente aceptado. Constance cerró los ojos para esperar la muerte, nadie en medio de esa extraordinaria carnicería podría salir ileso. El hábito carmelita simplemente volaba alrededor de su cuerpo, mientras uno por uno todos los que conformaban el retén alemán cayeron muertos.

Cuando cesó el ruido, Constance abrió nuevamente los ojos, y por un instante tuvo la inmensa epifanía de que había sido el fuego de San Rafael y sus querubines, el que la había librado de un desenlace cruento en mitad del suceso, no podía deducir que hacían allí los alemanes, si fue por una orden imprevista, o debido a que plan, que seguro no estaba descrito en ningún cronograma. Repentinamente escuchó en francés, la interrogación definitiva. Ese ¿está bien? era seguramente la más bella pregunta que nadie nunca le había hecho jamás en la vida…Constance cayó pesadamente sobre sus rodillas, ensuciando el hábito, se quitó el casco y las gafas de protección para poder secarse las lágrimas, que habían empezado a brotar espontáneamente ante la presencia cercana de la muerte. El rostro de su enlace apareció, con los demás soldados de la resistencia, en un número cercano a veinte. Él la tomó de la cabeza y la abrazo contra el pecho, como si fuera su hermano, como si fuera su padre…como si se tratara de su amante.

Constance se sentó, para escuchar del propio Pascual, que así se llamaba su enlace, como ella había servido de señuelo sin saberlo, en esta misión que perseguía realmente terminar con Fritz Gunthër Verendhofg, el capitán que comandaba ese grupo de soldados, oficial que había diezmado a las fuerzas de la Resistencia, y que desde su llegada a Reims proveniente de Paris, se constituyera en un importante objetivo militar. La hermana realmente no entendía muy bien, como estos hombres podían coordinar semejante operación, sin que nadie los viera, sin más herramienta que la presunción sobre la fuerza y herramientas del enemigo. Al sospechar que los alemanes presumirían toda la maniobra de Constance, que además ya recelaban del encuentro con un enlace a la altura del puente a la salida de Fismes, pero que no podían conjeturar que todo era una trampa basada en el poder de la inteligencia alemana, y ante todo, planeando una celada en la que ellos pensaban no podrían hacer, se produjo esta acción, bautizada con el analógico término de Operación Llamarada, lo que a la hermana Constance Lampeducci, le lució completamente atinado y de gran poder, en lo tocante a la propaganda. Pidió continuar con su trabajo, lo que fue aceptado, pero con la lógica dispensa de un merecido descanso por su importante papel en la operación.

Pascual regresó a Reims al día siguiente. Se la había pasado evocando la fortaleza y capacidad de la mujer que había conocido, la querida hermana Constance. De tan baja estatura, con unos ojos tan limpios, casi infantiles, y una fuerza inusitada que se veía en sus manos y su rostro. Tenía presa en su mente esa imagen, la monja de pie, mientras ese cuerpo de francotiradores de la Resistencia disparaba desde ocho lugares distintos al grupo de alemanes, que apenas sospechaban del encuentro entre dos personas francesas, que harían parte de un grupo de renegados a los que debían cazar y dar muerte. Constance allí quieta, absolutamente confiada en la razón de su destino, y en cualquier acontecimiento que de él se derivara…Como lo había predicho ante sus propios compañeros, ella no se movería, pasara lo que pasara. En cambio ellos, los nazis, ellos si llegarían pensando otra vez que la historia estaba de su lado, confiados en que Francia y Europa les pertenecía, en la fe de que su guerra, la que libraban, está ganada de antemano.

Hay hábitos que liberan y hábitos que matan…

JOSÉ IGNACIO RESTREPO

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lunes, 5 de marzo de 2012

SENCILLAMENTE ELABORADO / Un maestro del horror, Robert Bloch


Un hombre con manías


por Robert Bloch


Serían más o menos las diez cuando salí del hotel. La noche era cálida y necesitaba beber algo. Era insensato probar en el bar del hotel porque el lugar era como un manicomio. La Convención de jugadores de bolos también lo había invadido.
Bajando por la avenida Euclid tuve la impresión de que todo Cleveland estaba lleno de jugadores de bolos. Y lo curioso es que la mayoría de ellos parecían ir en busca de algo que beber. Cada taberna que pasé estaba abarrotada de hombres en mangas de camisa, con sus
distintivos. Y no porque necesitaran identificación, la mayor parte llevaba en la mano la característica bolsa con la bola dentro.

Cuando Washington Irving escribió sobre Rip van Winkle y los enanos, demostró que entendía perfectamente a los jugadores de bolos.
Bueno, en esta Convención no había enanos... sólo bebedores de tamaño natural. Cualquier zumbido de truenos de las distantes montañas hubiera sido ahogado por los gritos y las carcajadas.
Yo deseaba quedar al margen. Así que dejé Euclid y seguí andando al azar, en busca de un lugar tranquilo. Mi propia bolsa empezaba a pesarme. En realidad, me proponía llevarla a la estación y dejarla en consigna hasta la hora del tren, pero antes necesitaba beber.
Por fin encontré un lugar. Era un local oscuro, tétrico, pero también desierto. El encargado de la barra estaba completamente solo, en un extremo, escuchando un partido por radio.
Me senté cerca de la puerta y deposité la bolsa sobre el taburete, a mi lado. Pedí una cerveza:
-Tráigame una botella -dije-, así no tendré que interrumpirle.
Lo hacía sólo por mostrarme amable, pero podía haberme evitado la molestia. Antes de tener la oportunidad de volver a su partido, entró otro cliente.
-Whisky doble, olvídese del agua.
Levanté la cabeza.
Los jugadores de bolos habían ocupado efectivamente la ciudad. El cliente era un hombre grueso, de unos cuarenta años, con arrugas que le llegaban casi arriba de la calva. Llevaba abrigo y la inevitable bolsa: negra, abultada, muy parecida a la mía. Mientras le miraba, lacolocó cuidadosamente sobre el taburete contiguo y alcanzó su vaso.
Echó la cabeza hacia atrás y tragó. Pude ver el movimiento de su cuello blancuzco. Luego empujó el vaso vacío:
-Otro -dijo al de la barra- . Y baje la radio, ¿quiere, Mac?
Sacó un puñado de billetes. Por un momento la expresión del de la barra dudó entre una mueca y una sonrisa. Pero al ver los billetes lloviendo sobre la barra, ganó la sonrisa. Se encogió de hombros, manipuló el control del volumen y redujo la voz del comentarista a unlejano zumbido. Yo sabía lo que estaba pensando: "Si me pidiera cerveza le mandaría al infierno, pero está pagando whisky".
El segundo vaso bajó casi tan de prisa como el volumen de la radio.
-Otro -ordenó el fornido.
El de la barra volvió, le sirvió, cogió el dinero, lo metió en la caja registradora y marchó al extremo del mostrador. Allí se agachó sobre la radio, tratando de captar la voz del comentarista.
Contemplé cómo desaparecía el tercer vaso. El cuello del desconocido era, ahora, de un rojo vivo. Tres vasos de whisky en dos minutos producen maravillas en la tez. También sueltan la lengua.
-Juegos de pelota -masculló el desconocido-. No comprendo cómo alguien puede escuchar ese rollo... -se secó la frente y me miró-. A veces uno tiene la idea de que no hay nada más en el mundo que aficionados al béisbol. Un puñado de locos desgañitándose por nada, durante todo el verano. Luego viene el otoño y empiezan los partidos de fútbol. Exactamente igual, sólo que peor. Y tan pronto termina, empieza el baloncesto. ¡Santo Dios!, pero ¿qué ven en ello?
-Todo el mundo tiene alguna manía -dije.
-Sí. Pero, ¿qué clase de manía es ésta? Quiero decir, ¿quién puede excitarse al ver a un grupo de monos peleando por agarrar una pelota? No me digan que les importa de verdad quién pierda o quién gane. Muchos van a un partido por diferentes razones. ¿Ha ido alguna vez a ver un partido, Mac?
-Alguna que otra vez.
-Entonces ya sabe de lo que estoy hablando. Les ha oído allí; les ha oído gritar. Ésta es la razón por la que van... por gritar. Y, ¿ qué es lo que gritan? Se lo diré : ¡Maten al árbitro! Si, eso es lo que gritan: ¡Muerte al árbitro!
Terminé rápidamente lo que me quedaba de cerveza y empecé a bajar del taburete.
-Venga, una más, Mac -me dijo-. Le invito.
Sacudí la cabeza.
-Lo siento, tengo que coger el tren a medianoche.
Miró el reloj.
-Tiene tiempo de sobra.
Abrí la boca para protestar, pero el de la barra estaba ya abriendo una botella y sirviendo whisky al forastero. Éste volvía a hablarme:
-El fútbol es peor. Uno puede hacerse mucho daño jugando al fútbol, algunos se lastiman de verdad. Y esto es lo que la gente quiere ver. Y chico, cuando empiezan a gritar pidiendo sangre, se le revuelve a uno el estómago.
-No sé. Después de todo, es una forma inocente de liberar las represiones.
Puede que me entendiera, puede que no, pero asintió con la cabeza.
-Libera algo, como usted dice, pero no estoy seguro de que sea tan inocente. Fíjese en el boxeo y en la lucha libre. ¿Llama usted deporte a eso? ¿Le llamaría pasatiempo, manía...?
-Bueno -ofrecí-, a la gente le gusta ver cómo se sacuden.
-Claro, sólo que no lo confiesan -su rostro ahora estaba completamente rojo; empezaba a sudar-. ¿Y qué me dice de la caza y la pesca? Si lo piensa bien, viene a ser lo mismo. Sólo que ahí es uno mismo el que mata. Coge un arma y dispara contra un pobre animal tonto. O corta un gusano vivo y lo mete en un anzuelo y el anzuelo corta la boca de un pez, y usted lo encuentra excitante, ¿no?, cuando entra el anzuelo y pincha y destroza...
-Espere un momento. Puede que no esté mal. ¿Qué es un pez? Si así se evita que la gente sea sádica...
-Déjese de palabras rimbombantes -me interrumpió. Luego me guiñó el ojo-. Sabe que es cierto. Todo el mundo siente esta necesidad, tarde o temprano. Ni los juegos ni el boxeo les satisfacen realmente. Así que, de vez en cuando o con frecuencia, necesitamos tener unaguerra. Entonces hay una buena excusa para matar de verdad. Millones.
Nietzsche creía ser un filosofo lúgubre. Tenía que haber sabido lo de los whiskis dobles.
-¿Que solución encuentra? -me esforcé por eliminar el sarcasmo de mi voz-. ¿Cree que se haría menos daño si se suprimieran las leyes contra el crimen?
-Tal vez -el calvo contempló su vaso vacío-. Depende de quién fuera asesinado. Supóngase que sólo se asesinara a vagos y vagabundos. O a las putas, quizá. Ya me entiende, alguien sin familia, sin parientes, sin nada. Alguien que no se echara en falta. Uno podría salirse sin que le cogieran.
Me incliné hacia delante, y mirándole fijamente le pregunté:
-¿Cree que podría?
No me miró. Contempló su bolsa antes de contestar.
-Entiéndame, Mac -dijo con una sonrisa forzada. Yo no soy un asesino. Pero estaba pensando en un tipo que solía hacerlo. Aquí, en esta ciudad, además. Pero de eso hará unos veinte años.
-¿Le conoció?
-No, claro que no. Nadie le conocía, ahí esta lo bueno. Por eso se libraba siempre. Pero todo el mundo sabía de él. Lo único que había que hacer era leer los periódicos -terminó su vaso-. Le llamaban el Sajatorsos de Cleveland -continuó-. En cuatro años cometió trece asesinatos, en Kingsbury y por los alrededores de Jackall Hill. La Policía se volvía loca tratando de encontrarle. Suponían que venía a la ciudad los fines de semana. Encontraba algún desgraciado o atraía a un vagabundo a un callejón o en los vertederos cerca de las vías. Les prometería darles una botella o algo. Y haría lo mismo con las mujeres. Después sacaba su navaja.
-Quiere decir que no eran pasatiempos, que no se engañaba. Iba a matar.
El hombre asintió.
-En efecto. Verdaderas emociones y un auténtico trofeo final. Verá, le gustaba cortarles sus...
Me puse en pie y alargue la mano hacia la bolsa. El forastero se rió:
-No tenga miedo, Mac. Ese tío abandonó la ciudad en 1938 o así. Quizá cuando empezó la guerra se fue a Europa y allí se alistó. Formará parte de algún comando y así siguió haciendo lo mismo... sólo que entonces era un héroe en lugar de un asesino. ¿Me comprende?
-Tranquilo -le dije-. Le comprendo muy bien. Pero, no se lo tome así. La teoría es suya, no mía.
Bajó la voz:
-¿Teoría? Puede que sí, Mac. Pero esta noche he tropezado con algo que le impresionaría de verdad. ¿Por qué supone que he estado tragando todos esos vasos?
-Todos los jugadores de bolos beben -le dije-. Pero si realmente piensa así de los deportes, ¿cómo se ha hecho jugador de bolos?
El calvo se acercó a mí:
-Un hombre tiene derecho a tener manías, Mac, o estallaría. ¿Entiende?
Abrí la boca para contestarle, pero antes de poder hacerlo oí otro ruido. Ambos lo oímos a la vez... el zumbido de una sirena en la calle.
El de la barra levantó la cabeza y comentó:
-Parece como si viniera hacia aquí, ¿verdad?
El calvo se puso de pie y se encaminó a la puerta. Corrí tras él:
-Tome, no se olvide de la bolsa.
Ni me miró. Murmuró:
-Gracias. Gracias, Mac.
Y se fue. No se quedó en la calle, sino que se perdió por un callejón entre dos edificios cercanos. En un momento desapareció. Me quedé en el umbral mientras la sirena atronaba la calle. Un coche patrulla se detuvo frente a la taberna, pero no paró el motor. Un sargento deuniforme llegaba siguiéndole por la acera, corriendo, y se paró sin aliento. Miró la acera, miró el interior de la taberna, me miró a mí.
-¿Ha visto a un hombre grueso, calvo, con una bolsa de jugador de bolos? -jadeó.
Tuve que decirle la verdad.
-Pues, sí. Salió de aquí no hace ni un minuto...
-¿En qué dirección?
Señalé entre los dos edificios y él gritó unas órdenes a los hombres del coche patrulla. El coche arrancó y el sargento se quedó atrás.
-Cuénteme -me dijo, empujándome otra vez dentro.
-Está bien, pero, ¿de qué se trata?
-Asesinato. En el hotel de la Convención de jugadores de bolos. Hace cosa de una hora. El botones le vio salir de la habitación de una mujer, y sospechó que era un amigo del bien ajeno, porque le vio utilizar la escalera en lugar del ascensor.
-¿Amigo de lo ajeno?
-Ratero... ¿sabe? Rondan las convenciones, se meten en las habitaciones y roban lo que pueden. En todo caso, este salió corriendo de la habitación. El botones se fijó bien en él y avisó al policía de la casa. El policía encontró a la mujer en la cama. Le había rebanado elcuello, y bien. Pero el tipo llevaba mucha ventaja.
Respiré profundamente:
-El hombre que estaba aquí -dije-. Robusto, calvo... Estuvo hablándome del Sajatorsos de Cleveland. Pero pensé que estaba borracho o que...
-La descripción del botones concuerda con la que nos dio un vendedor de periódicos de esta calle. Le vio venir hacia aquí. Como usted dice, era robusto y calvo.
Se quedó mirando mi bolsa.
-Se llevó la suya, ¿verdad?
Afirmé con la cabeza.
-Esto fue lo que nos ayudó a seguirle hasta aquí. Su bolsa de jugador de bolos.
-¿Alguien la vio?, ¿la describió?
-No, no hacía falta describirla. ¿Se fijó en que vine corriendo por la acera? Estaba siguiendo el rastro. Y aquí mismo... eche una mirada al suelo, debajo del taburete. Mire. Cómo puede observar no llevaba una bola en su bolsa. Las bolas no gotean.
Me senté en mi taburete y la habitación pareció dar vueltas. No me había fijado en la sangre antes. Levanté la cabeza. Un policía entró en el local. Había venido corriendo a juzgar por cómo resoplaba, pero su rostro no estaba sofocado. Tenía un color blanco verdoso.
-¿Le alcanzaron? -preguntó el sargento.
-Lo que quedó de él -el policía apartó la mirada-. No quiso detenerse. Disparamos por encima de su cabeza, a lo mejor oyó usted el disparo. Saltó la valla que hay detrás de esta manzana, corrió hacia la vía y lo arrolló un mercancías.
-¿Está muerto?
El sargento soltó una palabrota entre dientes.
-Entonces no podemos estar seguros -comentó-. Quizá, después de todo, no era más que un ratero.
-Ya lo verá -dijo el policía- Hanson trae su bolsa. Cayó lejos de él cuando el tren le embistió.
En aquel momento, otro policía entró con la bolsa. El sargento se la quitó de las manos y la puso sobre el mostrador.
-¿Era ésta la que llevaba? -me preguntó.
-Sí.
La voz se me pegó a la garganta. Me volví, no quería ver cómo el sargento abría la bolsa. Ni quería ver sus rostros cuando miraran dentro. Pero, naturalmente, les oí. Creo que Hanson se mareó.
Di al sargento mí declaración oficial, tal como me pidió. Quería un nombre y una dirección y se los di. Hanson tomó nota de todo y me hizo firmar.
Le conté la conversación con el desconocido, toda la teoría del asesinato como manía o pasatiempo, la idea de elegir a los desgraciados de este mundo como víctimas, porque nadie les echaría en falta.
-Suena a loco, cuando se habla así, ¿verdad? Yo todo el tiempo creí que hacía comedia.
El sargento miró la bolsa y luego me miró a mí:
-No era comedia. Era, probablemente, la manera de funcionar de la mente de un asesino. Conozco bien su historia... todos los de la Policía han estudiado los casos del Sajatorsos, durante años. La historia concuerda. El asesino dejó la ciudad hace veinte años, cuando la cosa se puso difícil. Probablemente se alistó en Europa y, tal vez, se quedó en los países ocupados cuando terminó la guerra. Después sintió la necesidad de volver a empezar de nuevo.
-¿Por qué? -pregunté.
-¡Quién sabe! Puede que para él fuera un pasatiempo. Una especie de juego. Quizá le gustaba ganar trofeos. Pero imagínese el valor que tuvo, metiéndose en plena Convención de jugadores de bolos y llevando a cabo semejante cosa. Con una bolsa para poder llevarse...
Imagino que se fijó en mi expresión, porque apoyó su mano en mi hombro.
-Perdóneme. Comprendo cómo se siente. Estuvo en gran peligro, hablando así con él. Probablemente el más inteligente de los asesinos psicópatas que jamás hayan vivido. Considérese afortunado.
Asentí y me dirigí a la puerta. Todavía podría alcanzar el tren de medianoche. Coincidía con el sargento sobre el riesgo corrido, y sobre el más inteligente de los asesinos psicópatas del mundo.
También estuve de acuerdo en lo afortunado que era. Quiero decir cuando, en el ultimo momento, el ratero salió huyendo de la taberna y yo le entregué la bolsa que goteaba. Fue una suerte para mí que jamás pudiera darse cuenta de que había cambiado mi bolsa por la suya.

FIN