martes, 15 de mayo de 2012

ENTRE PARES Y NONES / Visita de Rudyard Kipling


La  Casa  de  los  Deseos

de
Rudyard Kipling


La nueva visitadora de la iglesia acababa de marcharse tras pasar veinte minutos en la casa. Mientras estuvo ella, la señora Ashcroft había hablado con el acento propio de una cocinera anciana, experimentada y con una buena jubilación que había vivido mucho en Londres. Por eso ahora estaba tanto más dispuesta a recuperar su forma de hablar de Sussex, que le resultaba más fácil, cuando llegó en el autobús la señora Fettley, que había recorrido cincuenta kilómetros para verla aquel agradable sábado de marzo. Eran amigas desde la infancia, pero últimamente el destino había hecho que no se pudieran ver sino de tarde en tarde.

Ambas tenían mucho que decirse, y había muchos cabos sueltos que atar desde la última vez, antes de que la señora Fettley, con su bolsa de retazos para hacer una colcha., ocupara el sofá bajo la ventana que daba al jardín y al campo de fútbol del valle de abajo.

-Casi todos se han apeado en Bush Tye para el partido de hoy -explicó-, de manera que me quedé sola la última legua y media. ¡Anda que no hay baches!
-Pero a ti no te pasa nada -dijo su anfitriona-. Por ti no pasan los años, Liz.

La señora Fettley sonrió e intentó combinar dos retazos a su gusto.

-Sí., y si no ya me habría roto la columna hace veinte años. Seguro que ni te acuerdas cuando me decían que estaba bien fuerte. ¿A que no?

La señora Ashcroft negó lentamente con la cabeza -todo lo hacía lentamente- y siguió cosiendo un forro de arpillera en un cesto de paja para herramientas adornado con cintas de algodón. La señora Fettley siguió cosiendo retazos a la luz primaveral que entraba entre los geranios del alféizar, y ambas se quedaron calladas un rato.

-¿Qué tal es esa nueva visitadora tuya? -preguntó la señora Fettley con un gesto hacia la puerta. Como era muy miope, al entrar casi se había tropezado con aquella señora.

La señora Ashcroft suspendió la gran aguja de coser el forro con un gesto tranquilo antes de pincharla.

-Salvo que no te cuenta nada de lo que pasa por ahí, no tengo nada especial contra ella.
-La nuestra, la de Keyneslade -dijo la señora Fettley- habla sin parar y es muy compasiva, pero no se para a escuchar. Dale que dale, que no la oyes más que a ella.
-Ésta no habla mucho. Yo creo que quiere hacerse de esas monjas protestantes, o algo así.
-La nuestra está casada, pero dicen que como si nada... -la señora Fettley levantó la barbilla huesuda-. ¡Dios mío! ¡Esos malditos altobuses arman un terremoto!

La casita revestida de azulejo tembló al paso de dos autobuses especiales de cuarenta plazas que se dirigían al partido de Bush Tye; detrás de ellos humeaba el autobús «del mercado» de todos los sábados. camino de la capital del condado, y de una de las tabernas abarrotadas salió un cuarto vehículo a sumarse a la procesión, impidiendo el paso de los coches que iban de excursión en sentido opuesto.

-Sigues teniendo la lengua tan larga como siempre, Liz -observó la señora Ashcroft.
-Sólo cuando estoy contigo. El resto del tiempo soy la típica agüelita: tres nietos ya.

Apuesto que ese cesto es para uno de tus nietos, ¿a que sí?

-Es para Arthur, el mayor de mi Jane.
-Pero no trabaja en ninguna parte, ¿verdad?
-No. Es para cuando van de gira.
-Tienes suerte. Mi Willie se pasa la vida pidiéndome dinero para comprar uno de esos arradios que pone la gente en el jardín para oír la música que dan de Londres y todo eso. Y encima se lo doy... ¡Si es que soy tonta!
-Y, ¿a que no te da un beso de gracias después? -la sonrisa de la señora Ashcroft parecía dirigirse a ella misma.
-Y tanto. Los chicos de ahora no se pueden comparar con los de hace cuarenta años. Muchos derechos y nada de obligaciones. ¡Y se lo aguantamos! ¡Si es que somos tontas! ¡Willie me pide tres chelines cada vez!
-Si es que se creen que el dinero crece en los árboles... -dijo la señora Ashcroft.
-Y la semana pasada -siguió la otra- mi hija va y pide un cuarto de libra de tocino al carnicero y va y le dice que se lo corte, que no va ella a molestarse en cortarlo.
-Apuesto que se lo cobró.
-Apuesto que sí. Me dijo que aquella tarde había una sesión de tresillos en la asociación de mujeres y que no iba a molestarse ella en picarlo.
-¡Mira que!

La señora Ashcroft dio los últimos toques al cesto. Apenas había terminado cuando llegó corriendo su nieto de dieciséis años, con una de las tantas muchachas que lo seguían a todas partes, recorrió el sendero del jardín preguntando a voces si ya estaba listo el cesto, lo agarró y se marchó sin dar las gracias. La señora Fettley lo contempló atentamente.

-Van de gira no sé dónde -explicó la señora Ashcroft.
-¡Ah! -dijo la otra entornando los ojos-. Apuesto a que no las deja en paz si le dan una oportunidad. Ahora que lo pienso. ¿a quién demonios me recuerda?
-Tienen que apañárselas por su cuenta... igual que nosotras a su edad -dijo la señora Ashcroft empezando a preparar el té.
-Tú sí que te las apañabas bien, Gracie -dijo la señora Fettley.
-¿De qué hablas ahora?
-No sé... Pero de repente me acuerdo de aquella mujer de Rye... no me acuerdo cómo se llamaba... Barnsley, ¿no?
-Quieres decir Batten... Polly Batten.
-Eso es... Polly Batten. Aquel día que se te echó encima con un tenedor de la paja -era cuando íbamos a la trilla en Smalldene- por quitarle el novio.
-Pero, ¿no me oíste decirle que por mí se lo podía quedar? -la señora Ashcroft tenía la sonrisa y la voz más suaves que nunca.
-Claro, y todos creíamos que te iba a clavar el tenedor en el pecho cuando se lo dijiste.
-No... Polly nunca se pasaba. Era demasiado fuguillas para llegar hasta el final.
-Pues a mí siempre me pareció -dijo la señora Fettley tras una pausa- que lo más tonto del mundo es que dos mujeres se peleen por un hombre. Es como un perro con dos amos.
-A lo mejor. Pero, ¿por qué te acuerdas ahora de todo eso, Liz?
-La cara del chico y la forma de andar. No lo había visto desde que era rapaz. A tu Jane no le vi nada así, pero este chico... este chico. ¡Pero si es como volver a ver a Jim Batten otra vez! ... ¿Eh?
-A lo mejor. Las hay que lo dicen... claro que ellas son estériles.
-¡Ah! ¡Bueno, bueno! ¡Hay que ver, hay que ver! ... Y ya hace años que murió Jim Batten...
-Veintisiete años -respondió brevemente la señora Ashcroft-. ¿Quieres servirlo tú, Liz?

La señora Fettley sirvió las tostadas con mantequilla., el pan de higos, el té hervido, amargo como el pecado., conserva casera de peras y una cola de cerdo hervida, fría, para bajar los bollos. Lo elogió todo cumplidamente.

-Sí., a mí no me gusta maltratar la panza -dijo pensativa la señora Ashcroft-. Sólo se vive una vez.
-Pero., ¿no te sientes pesada a veces? -le sugirió su invitada.
-La enfermera dice que es más fácil que me muera de una indigestión que de la pierna -comentó la señora Ashcroft. que tenía desde hace mucho tiempo una úlcera en el tobillo para la que necesitaba la asistencia constante de la enfermera del pueblo, que presumía (o dejaba que lo hicieran otros por ella) que desde su toma de posesión le había hecho ya ciento tres curas.
-¡Y con lo dispuesta que has sido siempre! Te ha venido todo demasiado pronto. Mira que te he visto empeorar -dijo la señora Fettley en tono verdaderamente afectuoso.
-A todos nos tiene que dar algo alguna vez. Entodavía me queda el corazón -fue la respuesta de la señora Ashcroft.
-Siempre has tenido un corazón que vale por tres. Da gusto recordarlo cuando va una apagándose.
-Bueno, tú también tienes cosas que recordar -contestó la señora Ashcroft.
-Y tanto. Pero no pienso demasiado en esas cosas salvo cuando estoy contigo, Gra. Para recordar no hay como las amistades.

La señora Fettley, con la boca medio abierta. se quedó mirando el calendario de colores de la tienda de comestibles. La casita volvía a retemblar al paso de los automóviles, y el campo de fútbol repleto, al otro lado del jardín, hacía casi tanto ruido como los coches, porque la gente del pueblo estaba entregada a sus diversiones del sábado.

La señora Fettley llevaba un rato hablando con gran precisión y sin interrumpirse, hasta que se secó los ojos.

-Y entonces -concluyó- me leyeron su esquela en los papeles el mes pasado. Claro que ya no era asunto mío... porque hacía tanto tiempo que no le había puesto la vista encima. Claro que no podía decir ni hacer nada. Y tampoco tengo derecho a ir a Eastbourne a ver su tumba. Llevo tiempo pensando en ir un día en el autobús, pero en casa me iban a freír a preguntas. De manera que ya no me queda ni eso para consolarme.

-¿Pero has tenido tus satisfacciones?
-¡Y tanto que sí! Los cuatro años que trabajó en el tren cerca de casa. Y los otros maquinistas le hicieron un funeral muy güeno.
-Entonces no puedes quejarte. ¿Otra taza de té?

Al ir bajando el sol, la luz y el aire habían ido cambiando, y las dos ancianas cerraron la puerta de la cocina para que no entrase el fresco. Se veía a un par de arrendajos que piaban y revoloteaban en los dos manzanos del jardín. Ahora le tocaba hablar a la señora Ashcroft, que tenía los codos puestos en la mesita del té y la pierna enferma apoyada en un taburete...

-¡Nunca lo hubiera creído! ¿Y qué dijo tu marido de todo eso? -preguntó la señora Fettley cuando cesó el relato hecho en voz grave.
-Dijo que por él podía irme donde me diera la gana. Pero como estaba en cama dije que lo cuidaría. Ya sabía él que no iba a aprovecharme mientras estuviera así de malo. Duró ocho o nueve semanas. Entonces le dio corno un ataque y se quedó varios días quieto como una piedra. Entonces un día se levanta en la cama y va y dice: «Reza para que ningún hombre te trate como me has tratado tú a mí.» Y yo digo: «¿Y tú?» Porque ya sabes tú, Liz, cómo era él con las mujeres. «Los dos», dice él, «pero yo me estoy muriendo y veo lo que te va a pasar». Se murió un domingo y lo enterramos el jueves... Y mira que lo había querido yo... antes o... no sé.
-No me lo habías dicho nunca -aventuró la señora Fettley.
-Te lo digo por lo que acabas de decirme tú. Cuando se murió escribí para decir que ya estaba libre a aquella señora Marshall de Londres... con la que empecé de pincha de cocina hace... ¡tantos anos, Dios mío! Se alegró mucho, porque ellos se estaban haciendo viejos y yo ya sabía sus mañas. ¿Te acuerdas, Liz, que de vez en cuando me ponía a servir hace años... cuando necesitábamos dinero o mi marido... no estaba en casa?
-Es verdad que pasó seis meses en la cárcel de Chichester, ¿no? -murmuró la señora Fettley-. Nunca supimos bien lo que había pasado.
-Podía haber sido más, pero el otro no murió.
-No tuvo que ver contigo, ¿verdad, Gra?
-¡No! Aquella vez fue por la mujer del otro. Y entonces, cuando se murió mi hombre, volví a ponerme a servir con los Marshall, de cocinera, a comer como los señores y a que todos me llamaran señora Ashcroft. Fue el año que te marchaste tú a Portsmouth.
-A Cosham -corrigió la señora Fettley-. Entonces estaban construyendo bastante allí. Primero se fue mi marido y alquiló un cuarto, y después me fui yo.
-Bueno, pues me pasé un año o así en Londres y fue como un suspiro, con cuatro comidas al día y una vida de lo más tranquila. Entonces, hacia el otoño, se fueron los dos de viaje, a Francia o algo así, y me dijeron que volviera yo después, porque no podían pasarse sin mí. Puse la casa en orden para la guardesa y después me vine aquí con mi hermana Bessie, con todos los meses pagados y todo el mundo contento de volver a verme.
-Eso debió ser cuando yo estaba en Cosham -dijo la señora Fettley.
-Te acordarás, Liz, que en aquellos tiempos la gente no andaba con aquellos orgullos tontos, igual que no había cines ni campeonatos de tresillos. Fueses hombre o mujer, tomabas cualquier trabajo que te dieran un chelín. ¿No es verdad? Yo estaba agotada después de Londres, y creí que el aire del campo me sentaría. Así que me quedé en Smalldene y echaba una mano cuando había que sacar las patatas tempranas o matar gallinas... Todo eso. ¡Anda. que no se hubieran reído de mí en Londres si me hubieran visto con botas de hombre y las enaguas remangadas!
-¿Y te pintó bien? -preguntó la señora Fettley.
-La verdad es que no fui allí por eso. Tú sabes tan bien corno yo que las cosas nunca pasan hasta que han pasado. El corazón no te advierte de nada cuando te va a pasar algo hasta que ya te ha pasado. No nos enteramos de las cosas hasta que ya han pasado.
-¿Quién fue?
-'Arrv Mockler -dijo la señora Ashcroft, al mismo tiempo que hacía una mueca. Le dolía la pierna enferma.
-¿'Arry? ¡El hijo de Bert Mockler! ;Y yo nunca me lo malicié!

La señora Ashcroft asintió:

-Y yo me decía, y me lo creía, que lo que pasaba era que me gustaba trabajar en el campo.
-¿Y cómo fue?
-Lo de siempre. Al principio, estupendo... y después peor que nada. Debí haberme dado cuenta, porque tuve advertencias de sobra, pero no les hice caso. Porque una vez estábamos quemando basura, justo cuando estábamos empezando a conocernos bien. Era un poco demasiado pronto para quemarla, y se lo dije. «¡No!», va y dice él, «cuanto antes acabemos con esta porquería, mejor», dice. Tenía un gesto muy duro cuando me dijo eso. Entonces me di cuenta. de que me había encontrado con un hombre de verdad, que nunca me había pasado antes. Siempre había mandado yo.

¡Sí, es verdad! O mandas tú o mandan ellos -suspiró la otra-. A mí me gustan las cosas como deben ser.

-A mí no, pero a 'Arry sí... Por entonces tenía yo que volverme a Londres. Me resultó imposible. ¡Lo juro! Conque fui y un lunes por la mañana me eché un chorro de agua hirviendo en el brazo izquierdo y en la mano. Así me podía quedar allí otros quince días.
-¿Y valió la pena? -preguntó la señora Fettley, contemplando la cicatriz blanquecina en el antebrazo arrugado de la señora Ashcroft.

Ésta asintió:

-Y después nos las arreglarnos entre los dos para que él pudiera venir a Londres a buscar trabajo en unas cocheras cerca de donde estaba yo. Y se lo dieron. Ya me encargué yo. Su madre nunca se malició nada. Él se vino a Londres y ahí vivimos los dos, a menos de un kilómetro de distancia.
-Pero le pagarías el viaje tú... -dijo la señora Fettley, convencida de ello.

La señora Ashcroft volvió a asentir:

-Para él todo me parecía poco. Era mi hombre. ¡Ay, Dios mío! ¡Lo que nos reíamos cuando salíamos de paseo por aquellas calles adoquinadas al atardecer, aunque a mí me dolían los callos con aquellas botitas! Nunca lo había pasado así de bien. ¡Nunca en mi vida! ¡Y él tampoco!

La señora Fettley echó una risita de solidaridad.

-¿Y cómo fue que acabaron? -preguntó.
-Cuando me lo devolvió todo, hasta el último penique. Entonces lo comprendí, pero noquería comprenderlo. «Has sido muy amable conmigo», va y me dice. Y yo le digo: «¡Amable! ¿Me dices eso a mí?» Pero él va y me sigue diciendo lo buena que he sido con él y que nunca en la vida lo va a olvidar. Estuve sin creérmelo dos o tres días, porque no queríacreérmelo. Entonces va y me dice que no estaba contento con su trabajo en la cochera, y que los otros están abusando de él, y todas esas mentiras que cuentan los hombres cuando van a dejarla a una. Lo dejé que hablara todo lo que quisiera, sin ayudarlo ni discutirle. Cuando acabó de hablar me quité un broche que me había regalado y le digo: «Vale. No te pido nada.» Y me di la güelta y me marché a sufrir a solas. Y él no insistió. Desde entonces no vino a verme ni me escribió. Se golvió otra vez a casa con su madre.
-¿Y estuviste mucho tiempo esperando a que volviera? -preguntó implacable la señora Fettley.
-¡Y tanto!... ¡Y tanto! Cuando pasaba por las calles por las que habíamos ido juntos, me creía que hasta las piedras decían su nombre.
-Sí -dijo la señora Fettley-. Yo creo que eso hace más daño que nada en el mundo. ¿Y no pasó nada más?
-No, nada. Eso es lo más raro de todo, aunque te parezca mentira, Liz.
-Te creo. Te apuesto que a estas alturas no vas a decir una mentira.
-Y tanto... Y sufrí como no se lo deseo a mi peor enemigo. ¡Dios mío! ¡Aquella primavera fue un infierno! Primero fueron los dolores de cabeza, que nunca había tenido en toda la vida. ¡Imagínate, yo con dolores de cabeza! Pero al final los prefería. Así no podía pensar...
-Es como el dolor de muelas -comentó la señora Fettley-. Tiene que doler y doler hasta que ya no se puede soportar mas... y entonces ya no queda nada.
-A mí me quedó bastante para toda la vida. Todo pasó por la muchacha de la señora de la limpieza. Se llamaba Sophy Ellis. Era todo ojos y codos y siempre tenía hambre. Yo le daba de comer. A veces no le hacía ni caso, y desde luego ni la miraba cuando pasó lo mío con 'Arry. Pero ya sabes lo que pasa a veces con las rapazas. Me cogió un cariño loco, y todo el tiempo me hacía arrumacos, y yo no tenía coraje para echarla... Una tarde, me acuerdo que era al principio de la primavera, su madre la había mandado a ver si podía sacarnos algo de comer. Yo estaba sentada al hado de la chimenea, con el mandil puesto por la cabeza, medio loca del dolor de cabeza, cuando va y entra la Sophy. Creo que le dije que me dejara en paz. «¡Anda!» va y dice «¿No es más que eso? ¡Eso se lo quito yo en medio minuto!» Le dije que no me pusiera un dedo encima, porque creí que me iba a acariciar la frente... que a mí no me gustan esas cosas. «No la voy a tocar», va y dice, y vuelve a salir. No hacía ni diez minutos que ya se había ido cuando de pronto se me pasa el dolor de cabeza. Conque me puse a la faena. Pasa un rato y vuelve la Sophy y se sienta en mi silla, más callada que un muerto. Tenía unas ojeras asina de grandes y la cara toda consumida. Le pregunté qué le pasaba. Y va y dice: «Nada. Ahora lo tengo yo.» «Que tienes qué», digo yo. «Su dolor de cabeza», dice ella, toda ronca y apretando los labios. «Se lo he quitado.» Y yo le digo: «Bobadas; se me ha ido solo mientras tú andabas por ahí. Quédate ahí mientras te hago una taza de té.» «Eso no vale», dice ella. «Tiene que durarme lo mismo que a usted. ¿Cuánto tiempo le duran a usted los dolores de cabeza?» «No digas bobadas», le digo yo, «o mando a buscar al médico», porque parecía que tenía un ataque de anginas. «Ay, señora Ashcroft », dice ella, estirando los bracitos, «la quiero tanto». Entonces no pude decir nada. Me la senté en el halda y le hice cariños. «¿Se le ha pasado de verdad?», me dice. «Sí, le digo. «y si eres tú la que me lo has quitado, te lo agradezco de verdad». «Claro que he sido yo», dice y me pone la cabeza en la mejilla. «Yo soy la única que sabe de esas cosas.» Y entomices va y me dice que ha cambiado mi dolor de cabeza por el suyo en una Casa de los Deseos.
-¿Qué? -dijo la señora Fettley, muy extrañada.
-Una Casa de los Deseos. ¡No! Yo tampoco había oído hablar de nada por el estilo. Al principio no entendí nada, pero cuando me lo fue explicando vi que una Casa de los Deseos tenía que ser una casa deshabitá, sin naide desde hacía mucho tiempo, para que viniera alguien a habitarla. Dijo que se lo había dicho una rapaza con la que jugaba en los establos donde trabajaba 'Arry. Dijo que la chica andaba con unos que venían en una caravana a pasarse los inviernos en Londres. Gitanos, digo yo.
-¡Aaah! Los gitanos saben muchas cosas, pero yo nunca había oído hablar de una Casa de los Deseos, y eso que he oído decir... tantas cosas -dijo la señora Fettley.
-Sophy dijo que había una Casa de los Deseos en Wadloes Road, unas manzanas más allá, camino de la tienda de comestibles donde comprábamos nosotros. No había más que llamar a la puerta y echar el deseo por la raja del buzón. Le pregunté si eran las hadas. Y va y me dice: «¿Pero no sabe usted que en las Casas de los Deseos no hay hadas? No hay más que un trasgo.»
-¡Díos mío de mi vida! ¿Dónde aprendió esa palabra? -exclamó la señora Fettley, porque en Sussex los trasgos son espíritus de los muertos o, lo que es todavía peor, de los vivos.
-Me dijo que se lo había dicho la chica de la caravana. Y, la verdad, Liz, aquello me dio miedo, y como la tenía en brazos, debe haberlo sentido, y la apreté fuerte y le digo:

«Eres muy amable de haberme quitado el dolor de cabeza, pero ¿por qué no te deseaste algo muy bonito para ti?» Y va y me dice: «No dejan. En la Casa de los Deseos lo único que te dejan es desear que si a alguien le pasa algo malo se te pase a ti. Cuando madre me trata bien, le quito los dolores de cabeza, pero es la primera vez que puedo hacer algo por usted. La quiero tanto, señora Ashcroft.» Y va y sigue diciendo cosas por el estilo. Te aseguro, Liz, que de oírla hablar se me pusieron los pelos de punta. Le pregunté lo que era un trasgo y va y me dice: «No sé, pero cuando tocas el timbre oyes que viene corriendo del sótano y sube la escalera hasta la puerta. Entonces dices lo que deseas y te largas». Y yo digo: «¿El trasgo no te abre la puerta?» «¡Ni hablar!», dice ella. «No oyes más que unas risitas detrás de la puerta. Entonces dices lo que le quieres quitar a alguien al que quieres mucho y te lo pasa a ti», dice. No le pregunté nada más; la rapaza estaba demasiado cansada y tenía mucha calentura. La estuve haciendo arrumacos hasta que llegó la hora de encender el gas, y poco después se le pasó el dolor de cabeza, que debía de ser el mío, y se puso a jugar con el gato.

-¡Qué cosas! -dijo la señora Fettley-. Y, ¿le volviste a preguntar algo?
-Ella quería seguir hablando de aquello, pero yo no estaba dispuesta a hablar de esas cosas con una niña.
-Y entonces, ¿qué hiciste?
-Cuando me venían los dolores de cabeza me quedaba sentada en mi habitación, detrás de la cocina. Pero no me se olvidó.
-Claro. Y, ¿te volvió a hablar de eso?
-No. Además, no sabía nada más que lo que le había contado la gitanilla, sólo que aquel encantamiento valía. Y después -aquello fue en mayo- me pasé el verano en Londres. Fueron semanas y semana’s de mucho calor y con viento, y con las calles que apestaban a boñigas secas de caballo que el viento se llevaba de un lado para otro y se amontonaban en las aceras. Ahora ya no pasa eso. Tenía vacaciones justo antes de la recogida del lúpulo, y vine aquí a pasarlas con Bessie otra vez. Se dio cuenta que había adelgazado y que tenía ojeras.
-Y, ¿viste a 'Arry?

La señora Ashcroft asintió:

-Al cuarto... no, al quinto día. Un miércoles, fue. Yo sabía que había vuelto a trabajar a Smalldene. Le pregunté a su madre en la calle, con todo descaro. No pudo decirme mucho, porque estaba la Bessie y ya sabes lo que habla, y aquel día no paraba. Pero aquel miércoles había yo sacado a uno de los chicos de la Bessie que se me colgaba de las sayas, y cuando íbamos por la trasera de Chanter’s Tot sentí que venía él por el sendero detrás de mí y por la manera de andar sentí que había cambiado en algo. Empecé a andar más despacio y sentí que él también. Entonces me paré un rato con el crío, para hacer que se me adelantara él. Y entonces tuvo que pasarme. Y va y no me dice más que: «Buenas», y sigue su camino, tratando de hacer corno si no le pasara nada.


-¿Estaba bebido? -preguntó la señora Fettley.


-¡Ni hablar! Estaba como encogido y pálido, y le colgaba la ropa como si fuera un espantapájaros, y tenía la nuca blanca como el papel. Tuve que agarrarme para no abrir los brazos y llamarle. Pero tuve que tragar saliva hasta volver a casa y dejar a todos los críos en la cama. Y entonces, después de la cena voy y le digo a la Bessie: «¿Qué demonios le ha pasado a 'Arry Mockler?» Y la Bessie va y me dice que se ha pasado dos meses en el hospital porque se ha cortado el pie con una pala cuando estaba vaciando el estanque de Smalldene. El barro estaba infestado y se le subió la infección por toda la pierna y luego por todo el cuerpo. No llevaba más que quince días de vuelta a su trabajo de carretero en Smalldene. La Bessie me dijo que el doctor había dicho que probablemente no aguantaría las primeras heladas de noviembre, y que su madre le había dicho que no comía ni dormía bien y que dejaba la cama empapada, aunque durmiera sin mantas. Y que escupía que daba miedo por las mañanas. «Hay que ver», digo yo, «qué pena. Pero a lo mejor con la recogida del lúpulo se pone güeno», y me traigo la costura y voy y enhebro la aguja a la luz de la lámpara, sin hacer ni un gesto. Aquella noche (me había puesto a dormir en el cuarto de la colada) me la pasé llorando. Y ya sabes tú, que me has acompañado en los partos, que para que llore yo tengo que estar muy a las malas.
-Sí, pero un parto no es más que dolor -dijo la señora Fettley.
-Me desperté con el canto del gallo y me puse té frío en los ojos para que no me se notara. Y aquella tarde, cuando salía a poner unas flores en la tumba de mi hombre, para que no comentaran, me encontré con 'Arry donde está ahora el Monumento a los Caídos. Volvía de donde sus caballos, así que no podía verme. Le miro de arriba abajo y le digo: «'Arry, vente a descansar a Londres.» «No pienso», dice, «porque yo no puedo darte nada». Y yo le digo: «No te pido nada. ¡Por Dios que no te pido nada! Sólo que vengas a ver a un médico en Londres.» Y levanta los ojos cargados para mirarme y me dice: «No hay nada que hacer, Gra. No me quedan más que unos meses.» «¡Pero si tú eres mi hombre!», le digo. Y no pude decir nada más. Se me atragantaban las palabras. «Muchas gracias, Gra», dice (pero nunca me dijo que yo era su mujer), y sigue su camino y su madre, maldita sea, le estaba esperando, y cuando entró él en casa candó la puerta.

La señora Fettley alargó un brazo por encima de la mesa, como para tocar en la muñeca a la señora Ashcroft, pero ésta retiró el brazo.

-Así que seguí hasta el cementerio con mis flores y me acordé de lo que me había dicho mi marido aquella noche. Era verdad que se estaba muriendo y había pasado lo que había dicho él. Pero cuando estaba poniendo las plantas en su tumba me di cuenta que sí había algo quepodía hacer yo por 'Arry. Diga lo que diga el doctor, pensé que podía intentarlo. Y fui y lo intenté. Aquella mañana llegó una cuenta de nuestra tienda de. Londres. La señora Marshall me había dejado dinero para esas cosas, claro, pero yo le dije a la Bessie que era que tenía que ir a abrir la casa. Y me fui en el tren de la tarde.
-¡Ah! Pero, ¿no te daba... no te daba miedo?
-¿Por qué? No me quedaba ya nada más que mi vergüenza y la crueldad de Dios. Ya me había quedado sin 'Arry para siempre. ¿no? Sabía que iba a seguir ardiendo hasta quedarme consumida.
-¡Pobrecita! -dijo la señora Fettley, volviendo a alargar el brazo, y esta vez la señora Ashcroft permitió que le tocara la muñeca.
-Pero me alegraba saber que por lo menos podría tratar de hacer algo por él. Y entonces fui y pagué la cuenta de la tienda y me metí el recibo en el bolso y fui a la casa de la señora Ellis, que era la que venía a hacer la limpieza, y le pedí las llaves y fui a abrir la casa. Primero me hice la cama (¡Dios mío! ¡Dormir en mi propia cama!). Después me hice una taza de té y me quedé sentada en la cocina, pensando todo el rato hasta el atardecer. Casi era de noche cuando me vestí y salí con el recibo y el bolso, haciendo como que estaba buscando unas señas. La casa era el número 14 de Waldoes Road, y era una de esas casitas con la cocina en el sótano, de esas casitas todas pegadas unas a otras con un jardincito delante y una valla, y había veinte o treinta iguales. Tenía la pintura de la puerta agrietada y hacía años que no la habían pintado. En la calle no había casi gente; sólo gatos. ¡Y qué calor! Voy a la puerta de lo más natural, subo las escaleras y voy y toco al timbre. Sonó muy fuerte, como pasa siempre en las casas vacías... Cuando dejó de sonar oí como si retirasen una silla en la cocina. Después oí unas pisadas en la escalera de la cocina, como si fuera una mujer bien fuerte en zapatillas. Iban subiendo por la escalera hasta llegar al vestíbulo... oí cómo chirriaban los escalones... y se pararon delante de la puerta. Me inclino hacia la raja del buzón y digo: «Que me caiga a mí encima todo lo que le está pasando a mi hombre, 'Arry Mockler, porque le quiero.» Y entonces, lo que fuese que estaba al otro lado de la puerta dejó escapar el aliento, como si hubiera estado un rato sin respirar para oír mejor.
-Y, ¿no te dijo nada? -preguntó la señora Fettley.
-Nada. No hizo más soltar el aliento, como si dijera: A-ah. Después golvieron a sonar las pisadas que golvían a bajar a la cocina, corno si arrastrase los pies... y sentí que golvían a arrastrar la silla.
-¿Y todo ese tiempo tú estabas en la puerta, Gra?

La señora Ashcroft asintió.

-Entonces me fui y me crucé con un hombre que va y me dice: «¿No sabía usted que esa casa estaba vacía?» «No», le digo yo. «Deben de haberme dado mal el número.» Y me golví a nuestra casa y me acosté, porque ya no podía más. Hacía tanto calor que casi no se podía dormir, y me estuve dando paseos por la habitación, y durmiendo a ratos, hasta el amanecer. Entonces me fui a la cocina a hacerme el té y me di un golpe justo encima del tobillo con una de las tenazas de la cocina que la señora Ellis había sacado de su sitio la última vez que había ido a limpiar. Y después de eso me puse a esperar hasta que los Marshall golvieran de vacaciones.
-¿Tú sola? ¿Y no te daban ya miedo las casas vacías? -preguntó horrorizada la señora Fettley.
-Güeno, la señora Ellis y Sophy empezaron a venir en cuanto que se enteraron que había vuelto yo, y entre las tres golvimos a limpiar la casa de arriba abajo. En todas las casas siempre queda algo que hacer. Y así me pasé todo el otoño y el invierno, allá en Londres.
-¿Y no pasó nada con lo que habías hecho?

La señora Ashcroft sonrió:

-No. Entonces no. En noviembre le mandé diez chelines a la Bessie.
-Siempre has sido muy generosa -interrumpió la señora Fettley.
-Y recibí lo que esperaba, con todas las demás noticias. Me decía que con la recogida del lúpulo él se había puesto estupendo. Había estado en la recogida seis semanas y ahora estaba otra vez en Smalldene, con los caballos. A mí no me importaba cómo había sido eso, con tal que estuviera bien. Pero no creas que mis diez chelines sirvieron para tranquilizarme mucho. Si 'Arry se hubiera muerto, entonces sería mío hasta el Día del Juicio. Pero 'Arry vivo, seguro que iba a liarse con alguna en cuanto pudiera. Aquello me tenía cabreada. Y cuando llegó la primavera me empezó a fastidiar otra cosa. Me había salido una especie de divieso con mucha pus en la pierna, justo encima de la bota y no se me cerraba nunca. Me daba asco mirarlo. porque yo he sido siempre de piel muy fuerte. Ya me pueden dar un hachazo, que en seguida se cierra la herida, como quien cava la tierra. Entonces la señora Marshall hizo que me viniera a ver su propio doctor. El doctor me dijo que tendría que haberle consultado mucho antes, en lugar de llevar meses vendándomelo con una media de color. Me dijo que en el trabajo me pasaba demasiado tiempo de pie, porque el divieso estaba al lado de una vena hinchada, por detrás del tobillo. Y va y me dice: «Va a tardar en quitársele tanto como tardó en ponérsele así. Ponga la pierna en alto y descánsela», dice, «y pronto se le pasará. Más vale que no cierre en seguida. Tiene usted la pierna muy fuerte, señora Ashcroft». Y va y me pone unas hilas húmedas.


-Hizo bien -dijo convencida la señora Fettley-. A las heridas que supuran se les ponen hilas húmedas. Se tragan la pus, igual que la mecha de la lámpara se traga el aceite.


-Es verdad. Y ha señora Marshall se pasaba el rato haciéndome pasar más tiempo sentada y casi se me cerró. Y después me hicieron venir con la Bessie para acabar de curarme, porque no soy de las que les gusta estar sentada cuando hay algo que hacer. Entonces era cuando golviste tú al pueblo, Liz.
-Sí. pero la verdad es que no me sospechaba nada.
-Yo no quería que sospecharas nada -sonrió la señora Ashcroft-. Vi a 'Arry dos o tres veces por la calle y estaba estupendo; había engordado y estaba curado del todo. Entonces, un día ya no le vi y su madre me dijo que uno de los caballos le había dado una coz en la cadera. Estaba en cama, con muchos dolores. Y la Bessie va y le dice a su madre que era una pena que 'Arry no estuviera casado para que su mujer se encargara de cuidarle. ¡Cómo se puso la vieja! Nos dijo que 'Arry no había mirado a una mujer en toda su vida, y que mientras ella viviera le cuidaría sin parar. Y por eso me di cuenta de que le vigilaría como un perro, y encima sin pedir ni un hueso.

La señora Fettley reía en silencio.

-Aquel día -continuó la señora Ashcroft- estuve todo el tiempo sin dormir, y vi cómo iba y venía el doctor porque creían que también le había dado en las costillas. Eso hizo que me se volviera a reventar el grano y me saliera toda la pus. Pero resultó que 'Arry no tenía nada en has costillas, y pasó bien la noche. Cuando me enteré, a la mañana siguiente, me digo: «Todavía no voy a pensar nada. No voy a descansar la pierna en toda la semana, a ver qué pasa.» Aquel día no me dolió, era más bien como si me fuera quedando sin fuerzas, y 'Arry volvió a pasar bien la noche. Entonces seguí igual, pero no me atreví a pensar nada hasta el fin de semana, que 'Arry volvió a levantarse, casi corno si nada, sin heridas por dentro ni por fuera. Casi me puse de rodillas en el lavadero cuando salió la Bessie a la calle, y digo: «Ahí te tengo, muchacho. Todo lo güeno que te pase hasta que yo me muera te vendrá de mí, aunque tú no lo sepas. ¡Dios mío, haz que viva mucho tiempo, por el bien de 'Arry!», digo. Y creo que aquello me alivió los dolores.

-¿Para siempre? -preguntó ha señora Fettley.

-Han vuelto muchas veces, pero por fuertes que fueran, yo sabía que era por él. Lo sabía. Fui y me puse a controlar los dolores, igual que se controla una cocina, hasta que aprendí a tenerlos cuando quería yo. Y aquello también era muy raro, Liz. Había .veces que el grano se encogía y se secaba. Al principio yo hacía todo lo posible para que me golviera, porque me daba miedo dejar a 'Arry demasiado tiempo solo por si le pasaba algo. Y después comprendí que aquello era porque estaba bien y así fue cómo me salvé.

-¿Cuánto tiempo? -preguntó la señora Fettley, interesadísima.

-A veces me he pasado casi un año sin que se viera más que la punta del granito. Estaba seco y chiquitísimo. Luego se volvía a inflamar, como un aviso, y me dolía. Cuando ya no podía más, porque tenía que seguir haciendo mi trabajo de Londres, ponía la pierna en una silla hasta que se aliviaba. Pero tardaba su tiempo. Entonces sabía, por aquella sensación, que a 'Arry le pasaba algo. Y le mandaba cinco chelines a la Bessie, o les mandaba algo a los niños, para enterarme de si a lo mejor es que le pasaba algo porque yo me había descuidado. ¡Y eso era! Año tras año conseguí cuidar de él, Liz, y todo lo güeno que le pasó fue gracias a mí... años y años.
-Pero, ¿de qué te valió todo eso a ti, Gra? -casi sollozó la señora Fettley-. ¿Le veías mucho?
-A veces, cuando me venía a pasar aquí las fiestas. Y cuando me vine aquí para siempre, más. Pero nunca me ha hecho caso, ni a mí ni a ninguna otra mujer, más que a su madre. ¡Cómo le vigilaba yo! Y ella también.
-¡Tantos años! -dijo la señora Fettley-. Y, ¿dónde trabaja ahora?
-Hace mucho que dejó lo de los caballos. Ahora trabaja en una de esas casas grandes de tractores, de esas que también hacen arados y algunos camiones. Me han dicho que hay veces que los lleva hasta Gales. Para las fiestas viene a ver a su madre, pero ahora hay veces que me paso semanas sin verle. ¡Me da igual! Con su trabajo, nunca se puede quedar mucho tiempo en el mismo sitio.
-Pero, es un decir, suponte que 'Arry fuera y se casara -dijo la señora Fettley. La señora Ashcroft dio un respingo entre los dientes, iguales y sin puentes.
-Nunca se me ha ocurrido eso -respondió-. Supongo que se me tendrían en cuenta todos mis dolores. ¿No, Liz?
-Es lo que debería pasar, hija. Es lo que debería pasar.
-La verdad es que a veces duele mucho. Ya verás cuando venga la enfermera. Se cree que no me he enterado de lo que es.

La señora Fettley comprendió. La naturaleza humana raras veces se permite pronunciar la palabra «cáncer».

-¿Estás totalmente segura, Gra? -pregunto.
-Ya estaba segura cuando el señor Marshall me mandó a subir a su estudio y me estuvo hablando un rato largo de que había sido una sirvienta muy fiel y les había servido mucho tiempo, pero no el suficiente para que me dieran una pensión. Pero me pasarían una cantidad semanal. Ya sabía yo lo que significaba eso... y ya hace tres anos.
-Eso no demuestra nada, Gra.
-¿Pasarle 15 chelines a la semana a una mujer que lógicamente tenía veinte años de vida por delante? ¡Claro que sí!
-¡Te equivocas, te equivocas! -insistió la señora Fettley.
-Liz, no me puedo equivocar cuando los bordes están todos dados la vuelta, como... como un cuello de camisa arrugado. Ya lo verás. Y además, yo amortajé a Dora Wickwood. A ella le había dado debajo del sobaco.

La señora Fettley se quedó pensativa un rato e inclinó la cabeza como rindiéndose.

-¿Cuánto tiempo crees que te queda a partir de ahora, hija?
-Igual que tardó en venir, tardará en irse. Pero si no te veo antes de la próxima recogida del lúpulo, ésta será nuestra despedida, Liz.
-No sé si podré venir antes, si no tengo un perrito que me guíe. Los niños no quieren molestarse. ¡Ay, Gra! Me estoy quedando ciega... ¡Me estoy quedando ciega!
-¡Ah!, ¿por eso no has hecho más que tocar y retocar la colcha todo este rato? Ya me decía yo... Pero sí que va a contar el dolor, ¿no crees, Liz? Sí que contará el dolor para que 'Arry siga... donde quiero yo. Dime que no ha sido todo para nada.
-Estoy segura... segura, hija. Tendrás tu recompensa.
-Eso es lo único que quiero... Si es que me tienen en cuenta el dolor.
-Seguro, seguro, Gra.

Llamaron a la puerta.

-Es la enfermera. Se ha adelantado -dijo la señora Ashcroft-. Ábrela.

Entró la joven a paso animado, con un bolso lleno de frasquitos tintineantes.

-Buenas tardes, señora Ashcroft saludó-. He venido un poquito más temprano que de costumbre por lo del baile de esta noche en la Institución. ¿Verdad que no le importa?
-No, no. A mí ya se me pasó la edad de bailar -dijo la señora Ashcroft, recuperando su tono de sirvienta discreta-. Aquí mi vieja amiga, la señora Fettley, me ha estado haciendo compañía.
-Espero que no la haya fatigado a usted -dijo la enfermera en tono un tanto frío.
-Todo lo contrario. Ha sido un placer. Sólo que... sólo que al final me he sentido un poco cansada.
-Claro, claro -la enfermera ya se había puesto de rodillas y tenía unas gasas en la mano-. Cuando se reúnen las señoras mayores, hablan demasiado. Ya me he dado yo cuenta.
-A lo mejor tiene usted razón -dijo la señora Fettley, poniéndose en pie-. Así que me voy.
-Pero antes, míralo -dijo la señora Ashcroft con voz apagada-. Me gustaría que lo vieras.

La señora Fettley lo miró y sintió un escalofrío. Después, se inclinó, dio un beso suave a la señora Ashcroft en la frente macilenta y otro en los ojos grises desvaídos.

-Sí que cuenta, ¿verdad? ¿El dolor? -aquellas palabras apenas si traspasaron los labios, que todavía mostraban huellas de su antigua línea.

La señora Fettley se los besó y se fue hacia la puerta.


FIN

lunes, 14 de mayo de 2012

ALGO NOIR, PARA EMPEZAR SEMANA.../ EL CUENTO DEL AUTOR


EL  SABOR  DE  VIZCAYA

por
José Ignacio Restrepo


El furioso latigazo del viento trazó algún deseo medieval, encadenado en el bosque cercano desde entonces, y halló puerto sobre mi superciliar derecho, un segundo antes – de hecho, casi simultáneamente –que éste chocara contra el gastado pavimento, que a esta hora ardía.

La bellísima Raleigh americana de color amarillo, liviana como una ninfa en días de asueto, quedó tirada en una posición innombrable, con uno de sus manillares rotos y el aro delantero torcido por el golpe fuerte e inesperado contra el borde del andén. Empecé a recuperar el conocimiento con los pitos de los coches que pedían el reinicio del tráfico, el cual estaba interrumpido por aquellos vehículos cuyos conductores me miraban sin decir nada, con la pretensión de auxiliarme o ver por fin un muerto en acción fuera de la  televisión.

El pequeño de gorra ladeada de los gigantes, que estaba de cuclillas a mi lado rompió el hielo certeramente.

-    Fue aquella rama,- dijo señalando la saliente de una especie de arbusto alto.
-   Ah, muchas gracias por tu ayuda...repliqué con la boca seca y bastante mareado, mientras volteaba el cuello para ver el árbol, que por su follaje parecía estar celebrando el retorno del verano, como el resto de seres vivos de toda la península.

Al oírme contestar, las siete u ocho personas que se habían aglomerado, entre las que seguramente estaba el dueño de la Station Wagon Mitsubishi color ámbar, que me había obstruido llevándome hacia el árbol, parecieron entender que este joven ciclista que lucía como uno de ésos que lleva encargos a domicilio y que realmente lo era, se encontraba lo suficientemente bien para no dar el espectáculo que aguardaban, más bien estaba listo para recuperar el sentido. Y, como seguro pensaron que de todos modos yo no lucía capaz de levantarme queriendo matar a alguien, entonces se esfumaron conversando, pues esta no era hora para andar por ahí buscando un show gratuito.

La línea del tráfico se recompuso y yo me quedé con el chico de la gorra que miraba con auténtico respeto el abultado y descarnado chichón, que comenzaba a crecer en mi ya cicatrizada rodilla derecha. Sin percatarnos, uno de los paquetes que se había salido de mi bolso en la caída, quedó olvidado sobre el asfalto del lugar y uno de los curiosos lo recogió, ocultándolo, y luego se retiró de allí. Habrían de pasar diez días y un mil sucesos para que el paquete común y corriente se pusiera de nuevo en camino hacia su destinatario, quien ansiaba con urgencia tenerlo en sus manos.


En el boliche, las sonoras exclamaciones cuando uno de los contendores derriba toda la apuesta, suenan igual si el sitio tiene nombre en París o en la zona rosa de ciudad de Méjico. O en este sitio de Bangkok, para extremar el concepto. Miguel había enviado el libro, el directorio del comendador por correo certificado, así luciera menos seguro. Cualquiera de la  organización habría criticado el hecho pero él, que siempre confiaba en los canales comunes, sabía que existían ojos y oídos por todas partes, y más para seguir las lides de su trabajo, entonces era mejor hacer uso de las maneras formales, que nadie sospechaba fueran competentes para nuestras necesidades, Al llenar la ficha con 18 chuzas, y un 87% de efectividad, decidió pasar por el bar y buscar a Elisa, para echarse un polvillo corto y luego ir a dormir, las ocho horas completas, rutina que aprendió de su tía, quien hizo de mamá, cuando la mafia venida de Cantón, le robó a sus padres y al restorán que sería su herencia cuando era solamente un chico. A los dieciocho años, Miguel, ya había acumulado suficiente dinero para jubilarse temprano, pero ese no era su sueño, el quería poder, poder del bueno. Al llegar al bar, le dijeron que Elisa ya no trabajaba allí, el sueño le invadió y se fue a dormir. Mientras hacia la cama, hizo una síntesis de lo que llevaba y de lo que esperaba. Hasta aquí, los trabajos lo habían apurado y logro acercarse lo suficiente para obtener los detalles contables de la cuarta cuenta de Balbuena, con la que cubría todo el robo de autos y la prostitución en Bangkok. Esperaba que el libro llegara a Madrid, después de hacer una escala en Viscaya, en donde el dueño del carguero que entraría por Gijón, lo entregaría a un correo seguro, para que él lo llevara personalmente a la tasca de Franco, en Madrid, y se cumpliera el ciclo, el ciclo que terminaría con Gabriel Balbuena, quien en mala hora había sido encargado de los negocios de Franco en este lugar de Oriente. Cuando terminara todo esto, emergería en toda su dimensión la capacidad de conducir una organización del tamaño y la importancia que esta tenia. Franco Vallesi habría de reconocer que el filio del restorán, había nacido para ser grande, inmenso. Tras enfocar en su mente las siete letras de esta palabra, cerro lo ojos y concilio el sueño.


Un día después, el contador aun no sospechaba que el sostén de su existencia en esta tierra, la secreta relación de cuentas falsas duplicadas del trabajo ilegal de Gabriel Balbuena, había sido copiada y viajaba rumbo a Madrid, y estaría en manos de Franco Vallesi, el Don, en cuestión de horas solamente. Y como no lo sospechaba, la remisión de números indignos seguía su construcción contable normal, así como sus conversaciones en la oficina de Gabriel, y en la suya propia, acerca de esos y otros temas, que previamente intervenidas con micrófonos, se estaban grabando en una cajilla, la cual solo respondía a una clave. Llegaría el momento de las revelaciones, y el contador no iba a saber explicar los motivos de su lealtad escindida, de su doble moral yendo en contravía de los intereses del Jefe, en beneficio de un lugarteniente. En ningún lugar del mapa, en tiempo alguno, ha tenido valor esa genuflexa pérdida de la identidad en un empleado de confianza superior, con dos generaciones en la familia, mucho menos en esta época de dificultades para conservar lo obtenido, sin mencionar la virtud escatológica de la estructura criminal, la cual él había mancillado por un poco de dinero extra y el reconocimiento de quien pronto, seguramente al igual que él, tocaría el fondo de algún canal con los pies bien calzados por unos bellos baldes de cemento.

Miguel se había despertado a tiempo para su carrera matinal, ocho kilómetros a lo largo del canal principal hasta llegar a la bahía. Se enorgullecía de respetar estas rutinas, con las cuales jugaba a  multiplicar distancias, por recorrido, por tiempo empleado, por año. Era una manera de limpiarse, lo sabía, una íntima plática de enriquecimiento moral que mantenía por su afición al trabajo, el que pensaba era el resultado de un sistema corrupto por naturaleza en el cual la familia había encontrado un nicho natural, como lo tenía el gobierno, la iglesia o los sindicatos de trabajadores. El crimen organizado, a su modo de ver era tan necesario como las escuelas o el departamento sanitario, o para decirlo en un lenguaje conocido, ¿qué haría la policía de un país en ausencia de su razón de ser, la delincuencia? ¿y los políticos? Miguel había fortalecido esta filosofía en ausencia de alguna otra. Las personas cercanas a él desde la infancia, tuvieron lazos cercanos con organizaciones criminales, su formación inicial se pagó con dineros mal habidos, su primer trabajo, su primera novia, su instrucción como joven, todos fueron momentos enmarcados en la delincuencia, en el respeto por los más fuertes, en la compra de seguridad ficticia, en el dominio de su paso por las calles, siempre, desde la escuela sus compañeros le respetaban porque conocían de sus lazos de sangre con los padrinos de Napoli. No tuvo motivo para dudar de este camino, ningún interrogante moral que le exigiera un compromiso distinto que el de continuar perseverando para ser mejor que los ejemplos a la mano, que eran bastantes y de muy diversa clase.

Miguel tomo el teléfono y marcó al encargado de las cajillas, que era de absoluta confianza, por haber llegado de Europa y estar a su cargo solamente. Le pidió que marcara la clave para comprobar que funcionaban las grabaciones. Minutos despues recibió respuesta afirmativa. Satisfecho, tomó  su celular para buscar el número de Elisa, su dirección, pues no acostumbraba dejar en libertad a quien aún no se la había ganado. Además, ella sabía cosas comprometedoras y debía mantenerla cerca y sebada, ese fue siempre un consejo de sus tía, las mujeres somos felices siendo sometidas, castigo y regalos, eso nos hace sentir queridas aunque estemos presas, siempre y cuando no veamos señales en las muñecas. Bueno, ese detalle depende de a dónde lleven los pasos, como siempre, y con quién caminen, y cuánto.


El hombre tomó la decisión de abrir la pequeña caja, que no parecía poder contener algo diferente a un cuaderno argollado, o quizá un libro de colección. Entró al callejón y rasgó la cubierta de manila rústica que cubría el cartón, y en ese instante una de sus uñas se astilló hasta la duramadre produciéndole un dolor que le hizo tirar la caja al suelo. El instintivo acto estuvo acompañado de una exclamación silenciosa, que seguía la indicación impuesta con el clásico gesto hospitalario del dedo en los labios, impartida por un hombre mucho más alto que él, cuyo atuendo rematado por un gris sobretodo le hacía parecer un gánster clásico. Era un mafioso de pelo engominado y zapatos brillantes. Había recogido la medio desenvuelta caja, y mostraba a la altura del pecho una funda de cuero que hablaba de la existencia de una herramienta completa, y él realmente no quería ver algo más que lo que ya había visto.

-       Puede quedárselo, realmente no lo quiero…
-       ¿No quieres algo de dinero por la caja?
-       No…Bueno…Si, necesito el dinero,
-       Entonces, ¿quieres algo por esto o no?

El sujeto le acercó un billete de 50 dólares, que él distinguía por haberlo visto en una revista, y sin pensarlo dos veces extendió la mano derecha, a pesar del leve sangrado que brotaba por su índice herido. Tomó el pago y se lo metió al bolsillo, dándole una última mirada a la caja, pensando que lo que sea que hubiera en ella debía interesarle a otras personas, antes de que él se la robara, y por esa justa causa era bueno cederla. Sin mirar más al hombre dio media vuelta, mientras trataba de recordar donde estaba y donde quedaba la farmacia más próxima.

El sonido fuerte pero apagado interrumpió abruptamente su cuestionamiento. Sintió un dolor inaudito arriba de su riñón izquierdo, y supo que no iba a alcanzar a llegar a la bendita farmacia. En un postrero pensamiento voluntario, maldijo al mensajero que se había caído cuando él franqueaba la acera hacia la calle, sin un solo duro en el bolsillo, lleno de inquietudes y de cuentas, tan solo hacía un cuarto de hora, y con ese último esforzado sentimiento se murió.

El calor de aquella ciudad española en esta época del año era francamente insoportable. Al apearse del Peugeot 360, un poco pasado para su gusto, nadie dejó de observar su sobretodo gris, pero todos sin excepción, voltearon la cara hacia otro sitio a los dos segundos, con lo cual advirtió, que pese a la prenda impropia para la época él no llamaba la atención. Entró al restorán y cruzó sin saludar a ninguno de los seis o siete clientes, que departían en dos mesas, en medio del humero y el contraluz artificial que el encerramiento producía. Solamente un guiño casi imperceptible al somelier, avisaba que el recién llegado era reconocido en aquel lugar y acaso por ello nadie salvo el empleado, repararon en el pequeño paquete que llevaba en la mano. Al cruzar por la puerta que derivaba a la cocina, su paso y semblante disminuyeron en el carácter autoritario que le era natural, cambiando de forma notable, bajando inclusive su estatura. Tocó una puerta de Madera falsa y tras cinco segundos recibió un adelante, cuyo acento italiano no dejaba duda sobre el gentilicio de quien lo había pronunciado.



-       ¿Lo trajiste?
-       Sí, señor. Aquí está.

La estruendosa carcajada del italiano, evidenciaba un mejoramiento de su estado de ánimo. Tomó la agenda que había en la caja, y empezó el rito para encender un habano gigante.

-       Lo hicimos, Guido…

Lentamente, el espeso humo comenzó su ascenso hacia el techo de esa especie de oficina. La ausencia de una ventana hacía prever, que los gratinosos componentes del cigarro, se elevarían y habitarían para siempre dentro de estas cuatro paredes, igual que los secretos o las imprecaciones, durmiendo como muertas que en un nicho público de cementerio pobre se conocen…

Con gran cuidado, el contador revisa la bocina del teléfono de su apartamento, desde el cual puede apreciarse la intensa vida nocturna de Bangkok, a esta hora de la noche. Un chirrido repetido al contestar las llamadas ha despertado antiguas inquietudes, vivas aun por trabajos con jefes sanguinarios que remediaban cualquier duda con la muerte, recuerdos de acciones pasadas de escasa ortodoxia criminal, de las que salió con vida seguramente  porque su madre rezaba mucho por él, pero con su madre ahora difunta le tocaba poner más cuidado pues su trabajo se cruzaba con intereses mezquinos y peligrosos. Además, hay una burla sobre alguien cada que él completa un cálculo y de ser sorprendido su vida no vale ni un céntimo.

Ahí estaba. El pequeñísimo adminículo contrastaba con el resto de los instalados al lado de la bocina, por no tener ningún cable que saliera de él y por su brillo nobel, que denotaba su cercana fecha de fabricación. Nuevamente, enroscó cuidadosamente la tapa y se sentó en la sala para pensar de donde provendría el golpe y de que fuerza sería: Balbuena operaba para Vallesi, y él trabajaba para ambos, Pero, claro, el Jefe ignoraba el movimiento de encubrimiento del diez por ciento de las ganancias en Bangkok y esta precaución solo podía provenir de Madrid, su sitio favorito durante el verano. El timaba al jefe y él lo vigilaba, era una relación pecaminosa y como tal debía concretarse.

Ahora, esto significaba que las falsas cuentas habían sido obtenidas por alguien y viajaban rumbo a Madrid. No había tiempo para perder, debía estar allí para interceder por su trabajo que no era otro que la obtención de pruebas reales contra Balbuena, de este minuto en adelante su interés retornaba hacia Vallesi y debía averiguar si su vida valía la información que él tenía sobre la operación, construida hace meses para derrumbar su operación criminal en Oriente. Descolgó el teléfono para ordenar un pasaje aéreo, pero nuevamente puso el teléfono en su sitio. Decidió reordenar el rumbo de su vida, para salvarla, desde la cafetería frente al hotel, donde esperaba que Vallesi no lo estuviera espiando también.


Entre tanto, Miguel recorría sitios nocturnos de la zona oeste de Bangkok buscando las huellas del paso ligero y huidizo de su compañera de juerga, la bellísima rubia oxigenada que se hacía llamar Elisa, aunque él sabía que se llamaba Betsabé. Ese nombre realmente no iba bien con su naturaleza. Lo embargaba una vaga aprensión, parecida a la que siente un padre cuando pasada cierta hora de la noche, su hija adolecente no llega a casa. Todo progenitor en estas circunstancias imagina lo peor, aunque una zona de su cerebro contradiga ese suave pavor. Era eso, Miguel experimentaba un suave en crescendo pavor pues Elisa/Betsabé poseía algunas de sus llaves, esas que abrían y cerraban los secretos de su trabajo, entre ella y su asistente había repartido los códigos de manejo de sus pingues negocios, que eran realmente sustracciones de los negocios algo agrietados ya de Gabriel Balbuena. Esa aparente desaparición podía significar que aquel peligroso delincuente había advertido su estratagema y tomaba cartas en el  asunto.

Después de entrar y salir de muchos sitios, preguntando por la joven asociada, Miguel retornó a su apartamento abatido, lleno de imágenes descompuestas, antagónicas con el humor que le ataviaba por estos días. Tan solo entrar, sin encender las luces siquiera, sintió que algo no estaba en su lugar, un olor, una esencia que no le pertenecía, tomó la pistola…

-       Jefe…soy yo, Bernardo…
-       Casi te mato, ¿por qué no me llamaste? No es bueno  meterse…
-       No, don Miguel, me están buscando, nos están buscando, pa…

Miguel comprendió entonces que sus preocupaciones no eran infundadas. Entendió que sus planes de desenmascarar a Balbuena ante los ojos de Vallesi se habían venido abajo, tuvo la certeza que Elisa había muerto, que las claves de su misión estaban expuestas y que el misionero y el libro del contador corrían el riesgo de no arribar a su destino.

-       Vamos Berna, debemos hacer unas llamadas. Aquí ya no valemos nada de nada.

El restorán tenía dos horas pico durante los días hábiles, un horario extendido de diez a diez, el sábado y el domingo permanecía cerrado al público pero abierto a la familia, la de Mauro Leggino primo hermano de Franco Vallesi. Ambos habían construido imperios criminales de similar tamaño y valor y por esta razón su parentesco tenía poca importancia frente al antagonismo natural, que era casi exclusivamente de índole profesional.

Era domingo, y el lugar lucía solo, sin un auto afuera, los restos del día anterior en la acera y algunas servilletas sucias batiéndose en un juego pueril en medio de la calle. Solamente el Peugeot, parqueado un poco sobre la acera, hablaba de la presencia de alguien en el sitio. El hombre tocó varias veces el timbre y nadie abrió. Se aproximó a la ventana, que tenía un espacio por el que quizá se viera si existía allí algún movimiento. Nada, no quedaba sino la puerta del servicio; dio la vuelta  y recibió una mala señal pues ésta se encontraba abierta, de par en par. Total silencio, una penumbra sostenida y un olor a sobras grasosas, era el resumen del lugar en su interior. Al trasponer la puerta de la oficina sus temores se hicieron reales.

El contador miró los dos cadáveres y dedujo que habían sido asesinados la noche anterior, por alguien que conocía  a quienes en vida recibían los nombres de Mauro Leggino y Guido Stromboli, el uno Jefe y el otro empleado. Lo aseveraría ante cualquier forense puesto que las pistolas de ambos seguían en sus fundas y en el escritorio, tres vasos aun tenían el whisky a medio consumir. Los dos certeros tiros en mitad de los ojos convencerían a cualquiera de que los difuntos pasaban la velada con otro delincuente, tan peligroso como ellos pero que estaba allí con la idea previa de matarlos.

El contador sintió un frío singular que no era producto de la escena que se presentaba ante sus ojos, sino de comprobar que el objetivo de alcanzar el libro antes de que este llegue a manos de Vallesi, se estaba complicando de manera evidente. La cubierta de manila medio rasgada, que dormía en la papelera color hueso, le estaba repitiendo a gritos que las cuentas mal hechas rápidamente se dirimían en sumas y restas elocuentes. Estos dos pretendían ayudarle,  y a Balbuena, su socio en el crimen, eran tres menos. El cuarto, según él no podía ser otro que el dueño de los números, el hijo de su madre, él…

Pensaba con rapidez, la muerte rondaba allí y el corría gran peligro. Alguien debía interceder por su vida y ese alguien era Miguel, el chico de Bangkok, cuya amistad con Vallesi podría servir de puente a la explicación que faltaba y por la cual, tres personas ya habían dado sus vidas: la chica rubia y estos dos hijos de su madre. Empezó a marcar el indicativo, pero sus dedos no atinaban en las pequeñas teclas del personal. El temblor  tenía nombre y apoderado, Rafaello Peruggi Certi,  ya olía la muerte.


Durante el vuelo Miguel no dejaba de pensar en las opciones que tenía para obtener alguna ganancia de esta inesperada y peligrosa situación.  Realmente todo se había cerrado y ahora no parecía ser el libro contable, la herramienta para aclarar los detalles, y hacer creíble el todo como la suma de sus partes. De seguro el contador iba rumbo a Madrid o acaso ya habría llegado. Sin un tono adecuado y el don de la oportunidad, los datos del libro perderían completamente su importancia y a su gestor. Sería mejor, es más, sería lo único válido y respetuoso, cortar  el cuento en pequeñísimos pedazos y comenzar a olvidar, las derrotas del honor como las penas de amor solo pueden curarse con el olvido…

La estrecha calle hervía de curiosos igual que en época de carnaval decembrino. Pero era otra cosa, Miguel bien lo sabía. Los policías entraban al restorán por decenas, mientras contra la línea amarilla, mucha gente se agolpaba preguntando por personas asociadas al negocio, el de comidas y el otro, en el que él sabía estaba el motivo de toda esta debacle. Le cabía averiguar, pues el porqué de su visita que seguramente se hallaba directamente uncido a las muertes, fueran quienes fueren los difuntos que estaban allí dentro.

Lo presumía. Mauro y Guido, llevaban años peleando los negocios del crimen, que ya pertenecían a Franco Vallesi y el mercado de oriente fue el principal escenario de esas querellas. Con la contratación de buena parte de su equipo con dinero de Vallesi, la rotura fue evidente, y era esperada la venganza por parte del capo, que seguía el decálogo de la Mafia de Berrocha, el cual consistía en la eliminación de todos los que apreciaran el mismo título, y que no llevaran la sangre del divo.

¿Dónde y con quién se encontraba el libro? Todo se volvía contra quienes menos prestigio y poder detentaren, pues lucirían como directos responsables de cualquier ataque, real o imaginario; y entre esos estaba él, quien de algún modo entendía lo que a sus ojos se presentaba. Los dos cadáveres hace unas horas solamente querían quedarse con lo que Franco Vallesi había construido, aquello que él, un mozo de cuadra como solían llamarlo los señores, había intentado cuidar, descubriendo el doble juego contable que durante más de dos años se habían llevado a cabo a sus espaldas.

Lo siguiente era encontrar a Rafaello, cuya vida estaba en peligro. Debía convencerlo de acudir con él a donde el jefe. Así luciera riesgoso, era la única salida viable, ahora que las aguas parecían querer llevarse todo a su paso: con el libro desaparecido, solo su palabra sumada a la de él, compondría el trozo suficiente del broquel, que los guardara de una muerte sin honor, la peor que delincuentes como ellos pueden tener.

Dos días después, ya en la capital, no tenía idea aun de donde se escondía el contador. Decidió, esperar dentro de su hotel, para evitar que cualquiera se enterara de su presencia en Madrid, mientras daba paso a los otros actores de la horrible comedia a que hicieran algún movimiento legible, y así continuar para cerrarlo  todo.

Al llegar la noche, ese mismo afán inmóvil inscrito en un martirio forzado, lo estaba viviendo en la sencilla alcoba de otro hotel, un hombre educado que creció y vivía entre intelectuales, y que nunca pensó realmente hallarse en esta situación precaria por obra de su propia necedad. Ansiaba que ocurriera un cambio de tercio, un viraje definitivo en favor suyo, la presencia de la diosa fortuna, única invitada que todos, silenciosamente, todos los implicados demandaban…


El sabor salino del aire era una circunstancia dijéramos permanente en esta zona de España, que recibía los altos vientos del Atlántico, que a esta hora del año se revuelve, como párvulo deseoso de que se acabe la clase. Al mediodía moroso, el habitante  común demanda un descanso para la pesadez normal de la  ingesta, que es abundante y gratinosa por naturaleza.

Miguel sentía las vísceras chocando mientras digería el abundante plato de fetuchini y las dos copas de oporto, que había almorzado, y se había tendido a pensar, o mejor, a dejarse llevar por los pensamientos, actividad no bien desarrollada en un individuo más formado en la acción que en el ensimismamiento. Sufrió un tremendo sobresalto cuando el zumbido del celular y su vibración simultánea rompieron el curso de sus preocupaciones. Era una apuesta al todo o nada, quien lo buscara a él en estas circunstancias, forzosamente tenía intereses que hacer valer, y el número que mostraba la pantalla no le era conocido. Corto el forro, como decía su padre en la cocina, sin pensarlo tres veces.

-       Si…A quién busca…
-       A usted, lo busco a usted…

Era el jefe. Era una suerte que esto acabara, fuera de la manera que fuera…

-       Señor, excúseme, no identifiqué su voz, ¿me necesita?
-       Aquí mismo en 25 minutos, ni uno más, ni uno menos…
-        
El intento por hacer de un viaje una aventura de ingreso a las grandes ligas, parecía haber terminado para él. El tono de la voz de Vallesi hacía prever lo peor, aunque en el fondo era la esperanza en este instante la que regía su destino. Esa esperanza que lo había guiado siempre, que tenía espiritualmente marcada con el rostro y la voz de su madre difunta, que lo envió siempre a la vida lleno de la fe que reemplaza el no saber antes, lo que se cruza por nuestra vida.

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El contador estaba sentado, atado de los pies y de las manos con la misma soga. Lo habían golpeado un poco en el rostro, pues lucía algunos rasguños, pero nada que no pudiera empeorar mucho más. Los ojos de niño de Rafaello se posaron en los suyos como antecediendo las cosas que vendrían, casi pidiéndole siguiera la secuencia de un guion que Miguel realmente no sabía cuál era. Pensó que ambos estaban llevados del carajo, y la diferencia de sus posiciones era la distancia entre los tiempos de llegada a la casa del don.

Como una regla que siempre se cumplía Vallesi apareció a espaldas de los invitados, silenciosamente, como había aprendido tras años de aplicarse en la única asignatura de aprender y practicar mañas siniestras, y con las manos tomadas atrás, conducta que obliga a cualquier contrario a sospechar de un ataque por sorpresa.

-       Ustedes dos huelen muy mal, como a pasillito de huecos de muro, como a narcisos que ya no son…

El silencio dejaba  ver que todos sabíamos que continuaría hablando, así el tema o las maneras a nadie gustaran.

-       Vos que llegaste tan rápido y no te tuvimos que buscar, debes tener como pagar toda esta cuenta, me imagino. Y si me imagino bien, entonces esta noche estaremos comiendo y bebiendo un poco, como los asociados que somos. Nos reiremos de esta situación apurada, que nunca queremos se vuelva un hecho cotidiano, y entenderemos que para luchar por el progreso es preciso en ocasiones hacer de cascanueces. Dale Miguel, convénceme…

Mi santa madre, que también conoció lo sórdido y magnífico que encierra el hecho de pertenecer a esta gran familia, me dijo una vez, que la posición del rey no debe inspirar ninguna pasión distinta de la confianza absoluta. Solo hoy, como protagonista eximio de la acción de esta sala, advertí completamente el sentido manifiesto de sus palabras, pronunciadas para que las llevara en mi corazón y en mi memoria, y las pusiera en acción en un evento como este.

Demoré cuatro horas y diez y ocho minutos en recomponer la marcha de los acontecimientos. Mientras explicaba con total acierto y veracidad todos los eventos acaecidos desde mi llegada a Bangkok, en el orden tributario en que su importancia los situaba, ante mi objetivo de obtener a como diera lugar las pruebas necesarias para comprobar las acciones ominosas de Gabriel Balbuena y Mauro Leggino. Al pasar el tiempo, sentí otra vez que ese era mi destino llegar a la cúspide el único lugar que me podía contener, el lugar que había elegido. En el rostro del don podía advertir que mi sencilla elocuencia le agradaba, que era quizá oportuno empezar a revisar el decálogo de Berrocha, las leyes de servidumbre y de adscripción, que yo era un heredero posible para una sucesión imprevista, pues sus gestos faciales mostraban aquello a lo que mi madre aducía con sus palabras, que el don primero es un padre, después todo lo que la gente dice que es…


El arco superciliar de todos modos me ha quedado levantado. Si, y las coronas, que desacierto había sido esa maldita caída. Dos semanas sin hacer su trabajo, le tenían las pantorrillas como dos globos de fiesta, pero ya medio desinflados. Estaba harto, pero rejodidamente harto de ver el cable de la mañana a la noche, ningún canal pasa nada nuevo, todos repiten lo ya visto…

Que le va a hacer, debe cumplir con el dictamen médico y con la incapacidad. No ha podido averiguar de dónde diablos habrá salido esa belleza, esa diosa con ruedas, la última RALEIGH del mercado, que ni en Vizcaya habrá otra como ésa. Está impaciente por rodarla frente a sus compañeros de trabajo…Debe haber sido quien manejaba la Mitsubishi color ámbar, no ha debido querer llevarme como cargo de conciencia…

JOSÉ IGNACIO RESTREPO
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