lunes, 14 de mayo de 2012

ALGO NOIR, PARA EMPEZAR SEMANA.../ EL CUENTO DEL AUTOR


EL  SABOR  DE  VIZCAYA

por
José Ignacio Restrepo


El furioso latigazo del viento trazó algún deseo medieval, encadenado en el bosque cercano desde entonces, y halló puerto sobre mi superciliar derecho, un segundo antes – de hecho, casi simultáneamente –que éste chocara contra el gastado pavimento, que a esta hora ardía.

La bellísima Raleigh americana de color amarillo, liviana como una ninfa en días de asueto, quedó tirada en una posición innombrable, con uno de sus manillares rotos y el aro delantero torcido por el golpe fuerte e inesperado contra el borde del andén. Empecé a recuperar el conocimiento con los pitos de los coches que pedían el reinicio del tráfico, el cual estaba interrumpido por aquellos vehículos cuyos conductores me miraban sin decir nada, con la pretensión de auxiliarme o ver por fin un muerto en acción fuera de la  televisión.

El pequeño de gorra ladeada de los gigantes, que estaba de cuclillas a mi lado rompió el hielo certeramente.

-    Fue aquella rama,- dijo señalando la saliente de una especie de arbusto alto.
-   Ah, muchas gracias por tu ayuda...repliqué con la boca seca y bastante mareado, mientras volteaba el cuello para ver el árbol, que por su follaje parecía estar celebrando el retorno del verano, como el resto de seres vivos de toda la península.

Al oírme contestar, las siete u ocho personas que se habían aglomerado, entre las que seguramente estaba el dueño de la Station Wagon Mitsubishi color ámbar, que me había obstruido llevándome hacia el árbol, parecieron entender que este joven ciclista que lucía como uno de ésos que lleva encargos a domicilio y que realmente lo era, se encontraba lo suficientemente bien para no dar el espectáculo que aguardaban, más bien estaba listo para recuperar el sentido. Y, como seguro pensaron que de todos modos yo no lucía capaz de levantarme queriendo matar a alguien, entonces se esfumaron conversando, pues esta no era hora para andar por ahí buscando un show gratuito.

La línea del tráfico se recompuso y yo me quedé con el chico de la gorra que miraba con auténtico respeto el abultado y descarnado chichón, que comenzaba a crecer en mi ya cicatrizada rodilla derecha. Sin percatarnos, uno de los paquetes que se había salido de mi bolso en la caída, quedó olvidado sobre el asfalto del lugar y uno de los curiosos lo recogió, ocultándolo, y luego se retiró de allí. Habrían de pasar diez días y un mil sucesos para que el paquete común y corriente se pusiera de nuevo en camino hacia su destinatario, quien ansiaba con urgencia tenerlo en sus manos.


En el boliche, las sonoras exclamaciones cuando uno de los contendores derriba toda la apuesta, suenan igual si el sitio tiene nombre en París o en la zona rosa de ciudad de Méjico. O en este sitio de Bangkok, para extremar el concepto. Miguel había enviado el libro, el directorio del comendador por correo certificado, así luciera menos seguro. Cualquiera de la  organización habría criticado el hecho pero él, que siempre confiaba en los canales comunes, sabía que existían ojos y oídos por todas partes, y más para seguir las lides de su trabajo, entonces era mejor hacer uso de las maneras formales, que nadie sospechaba fueran competentes para nuestras necesidades, Al llenar la ficha con 18 chuzas, y un 87% de efectividad, decidió pasar por el bar y buscar a Elisa, para echarse un polvillo corto y luego ir a dormir, las ocho horas completas, rutina que aprendió de su tía, quien hizo de mamá, cuando la mafia venida de Cantón, le robó a sus padres y al restorán que sería su herencia cuando era solamente un chico. A los dieciocho años, Miguel, ya había acumulado suficiente dinero para jubilarse temprano, pero ese no era su sueño, el quería poder, poder del bueno. Al llegar al bar, le dijeron que Elisa ya no trabajaba allí, el sueño le invadió y se fue a dormir. Mientras hacia la cama, hizo una síntesis de lo que llevaba y de lo que esperaba. Hasta aquí, los trabajos lo habían apurado y logro acercarse lo suficiente para obtener los detalles contables de la cuarta cuenta de Balbuena, con la que cubría todo el robo de autos y la prostitución en Bangkok. Esperaba que el libro llegara a Madrid, después de hacer una escala en Viscaya, en donde el dueño del carguero que entraría por Gijón, lo entregaría a un correo seguro, para que él lo llevara personalmente a la tasca de Franco, en Madrid, y se cumpliera el ciclo, el ciclo que terminaría con Gabriel Balbuena, quien en mala hora había sido encargado de los negocios de Franco en este lugar de Oriente. Cuando terminara todo esto, emergería en toda su dimensión la capacidad de conducir una organización del tamaño y la importancia que esta tenia. Franco Vallesi habría de reconocer que el filio del restorán, había nacido para ser grande, inmenso. Tras enfocar en su mente las siete letras de esta palabra, cerro lo ojos y concilio el sueño.


Un día después, el contador aun no sospechaba que el sostén de su existencia en esta tierra, la secreta relación de cuentas falsas duplicadas del trabajo ilegal de Gabriel Balbuena, había sido copiada y viajaba rumbo a Madrid, y estaría en manos de Franco Vallesi, el Don, en cuestión de horas solamente. Y como no lo sospechaba, la remisión de números indignos seguía su construcción contable normal, así como sus conversaciones en la oficina de Gabriel, y en la suya propia, acerca de esos y otros temas, que previamente intervenidas con micrófonos, se estaban grabando en una cajilla, la cual solo respondía a una clave. Llegaría el momento de las revelaciones, y el contador no iba a saber explicar los motivos de su lealtad escindida, de su doble moral yendo en contravía de los intereses del Jefe, en beneficio de un lugarteniente. En ningún lugar del mapa, en tiempo alguno, ha tenido valor esa genuflexa pérdida de la identidad en un empleado de confianza superior, con dos generaciones en la familia, mucho menos en esta época de dificultades para conservar lo obtenido, sin mencionar la virtud escatológica de la estructura criminal, la cual él había mancillado por un poco de dinero extra y el reconocimiento de quien pronto, seguramente al igual que él, tocaría el fondo de algún canal con los pies bien calzados por unos bellos baldes de cemento.

Miguel se había despertado a tiempo para su carrera matinal, ocho kilómetros a lo largo del canal principal hasta llegar a la bahía. Se enorgullecía de respetar estas rutinas, con las cuales jugaba a  multiplicar distancias, por recorrido, por tiempo empleado, por año. Era una manera de limpiarse, lo sabía, una íntima plática de enriquecimiento moral que mantenía por su afición al trabajo, el que pensaba era el resultado de un sistema corrupto por naturaleza en el cual la familia había encontrado un nicho natural, como lo tenía el gobierno, la iglesia o los sindicatos de trabajadores. El crimen organizado, a su modo de ver era tan necesario como las escuelas o el departamento sanitario, o para decirlo en un lenguaje conocido, ¿qué haría la policía de un país en ausencia de su razón de ser, la delincuencia? ¿y los políticos? Miguel había fortalecido esta filosofía en ausencia de alguna otra. Las personas cercanas a él desde la infancia, tuvieron lazos cercanos con organizaciones criminales, su formación inicial se pagó con dineros mal habidos, su primer trabajo, su primera novia, su instrucción como joven, todos fueron momentos enmarcados en la delincuencia, en el respeto por los más fuertes, en la compra de seguridad ficticia, en el dominio de su paso por las calles, siempre, desde la escuela sus compañeros le respetaban porque conocían de sus lazos de sangre con los padrinos de Napoli. No tuvo motivo para dudar de este camino, ningún interrogante moral que le exigiera un compromiso distinto que el de continuar perseverando para ser mejor que los ejemplos a la mano, que eran bastantes y de muy diversa clase.

Miguel tomo el teléfono y marcó al encargado de las cajillas, que era de absoluta confianza, por haber llegado de Europa y estar a su cargo solamente. Le pidió que marcara la clave para comprobar que funcionaban las grabaciones. Minutos despues recibió respuesta afirmativa. Satisfecho, tomó  su celular para buscar el número de Elisa, su dirección, pues no acostumbraba dejar en libertad a quien aún no se la había ganado. Además, ella sabía cosas comprometedoras y debía mantenerla cerca y sebada, ese fue siempre un consejo de sus tía, las mujeres somos felices siendo sometidas, castigo y regalos, eso nos hace sentir queridas aunque estemos presas, siempre y cuando no veamos señales en las muñecas. Bueno, ese detalle depende de a dónde lleven los pasos, como siempre, y con quién caminen, y cuánto.


El hombre tomó la decisión de abrir la pequeña caja, que no parecía poder contener algo diferente a un cuaderno argollado, o quizá un libro de colección. Entró al callejón y rasgó la cubierta de manila rústica que cubría el cartón, y en ese instante una de sus uñas se astilló hasta la duramadre produciéndole un dolor que le hizo tirar la caja al suelo. El instintivo acto estuvo acompañado de una exclamación silenciosa, que seguía la indicación impuesta con el clásico gesto hospitalario del dedo en los labios, impartida por un hombre mucho más alto que él, cuyo atuendo rematado por un gris sobretodo le hacía parecer un gánster clásico. Era un mafioso de pelo engominado y zapatos brillantes. Había recogido la medio desenvuelta caja, y mostraba a la altura del pecho una funda de cuero que hablaba de la existencia de una herramienta completa, y él realmente no quería ver algo más que lo que ya había visto.

-       Puede quedárselo, realmente no lo quiero…
-       ¿No quieres algo de dinero por la caja?
-       No…Bueno…Si, necesito el dinero,
-       Entonces, ¿quieres algo por esto o no?

El sujeto le acercó un billete de 50 dólares, que él distinguía por haberlo visto en una revista, y sin pensarlo dos veces extendió la mano derecha, a pesar del leve sangrado que brotaba por su índice herido. Tomó el pago y se lo metió al bolsillo, dándole una última mirada a la caja, pensando que lo que sea que hubiera en ella debía interesarle a otras personas, antes de que él se la robara, y por esa justa causa era bueno cederla. Sin mirar más al hombre dio media vuelta, mientras trataba de recordar donde estaba y donde quedaba la farmacia más próxima.

El sonido fuerte pero apagado interrumpió abruptamente su cuestionamiento. Sintió un dolor inaudito arriba de su riñón izquierdo, y supo que no iba a alcanzar a llegar a la bendita farmacia. En un postrero pensamiento voluntario, maldijo al mensajero que se había caído cuando él franqueaba la acera hacia la calle, sin un solo duro en el bolsillo, lleno de inquietudes y de cuentas, tan solo hacía un cuarto de hora, y con ese último esforzado sentimiento se murió.

El calor de aquella ciudad española en esta época del año era francamente insoportable. Al apearse del Peugeot 360, un poco pasado para su gusto, nadie dejó de observar su sobretodo gris, pero todos sin excepción, voltearon la cara hacia otro sitio a los dos segundos, con lo cual advirtió, que pese a la prenda impropia para la época él no llamaba la atención. Entró al restorán y cruzó sin saludar a ninguno de los seis o siete clientes, que departían en dos mesas, en medio del humero y el contraluz artificial que el encerramiento producía. Solamente un guiño casi imperceptible al somelier, avisaba que el recién llegado era reconocido en aquel lugar y acaso por ello nadie salvo el empleado, repararon en el pequeño paquete que llevaba en la mano. Al cruzar por la puerta que derivaba a la cocina, su paso y semblante disminuyeron en el carácter autoritario que le era natural, cambiando de forma notable, bajando inclusive su estatura. Tocó una puerta de Madera falsa y tras cinco segundos recibió un adelante, cuyo acento italiano no dejaba duda sobre el gentilicio de quien lo había pronunciado.



-       ¿Lo trajiste?
-       Sí, señor. Aquí está.

La estruendosa carcajada del italiano, evidenciaba un mejoramiento de su estado de ánimo. Tomó la agenda que había en la caja, y empezó el rito para encender un habano gigante.

-       Lo hicimos, Guido…

Lentamente, el espeso humo comenzó su ascenso hacia el techo de esa especie de oficina. La ausencia de una ventana hacía prever, que los gratinosos componentes del cigarro, se elevarían y habitarían para siempre dentro de estas cuatro paredes, igual que los secretos o las imprecaciones, durmiendo como muertas que en un nicho público de cementerio pobre se conocen…

Con gran cuidado, el contador revisa la bocina del teléfono de su apartamento, desde el cual puede apreciarse la intensa vida nocturna de Bangkok, a esta hora de la noche. Un chirrido repetido al contestar las llamadas ha despertado antiguas inquietudes, vivas aun por trabajos con jefes sanguinarios que remediaban cualquier duda con la muerte, recuerdos de acciones pasadas de escasa ortodoxia criminal, de las que salió con vida seguramente  porque su madre rezaba mucho por él, pero con su madre ahora difunta le tocaba poner más cuidado pues su trabajo se cruzaba con intereses mezquinos y peligrosos. Además, hay una burla sobre alguien cada que él completa un cálculo y de ser sorprendido su vida no vale ni un céntimo.

Ahí estaba. El pequeñísimo adminículo contrastaba con el resto de los instalados al lado de la bocina, por no tener ningún cable que saliera de él y por su brillo nobel, que denotaba su cercana fecha de fabricación. Nuevamente, enroscó cuidadosamente la tapa y se sentó en la sala para pensar de donde provendría el golpe y de que fuerza sería: Balbuena operaba para Vallesi, y él trabajaba para ambos, Pero, claro, el Jefe ignoraba el movimiento de encubrimiento del diez por ciento de las ganancias en Bangkok y esta precaución solo podía provenir de Madrid, su sitio favorito durante el verano. El timaba al jefe y él lo vigilaba, era una relación pecaminosa y como tal debía concretarse.

Ahora, esto significaba que las falsas cuentas habían sido obtenidas por alguien y viajaban rumbo a Madrid. No había tiempo para perder, debía estar allí para interceder por su trabajo que no era otro que la obtención de pruebas reales contra Balbuena, de este minuto en adelante su interés retornaba hacia Vallesi y debía averiguar si su vida valía la información que él tenía sobre la operación, construida hace meses para derrumbar su operación criminal en Oriente. Descolgó el teléfono para ordenar un pasaje aéreo, pero nuevamente puso el teléfono en su sitio. Decidió reordenar el rumbo de su vida, para salvarla, desde la cafetería frente al hotel, donde esperaba que Vallesi no lo estuviera espiando también.


Entre tanto, Miguel recorría sitios nocturnos de la zona oeste de Bangkok buscando las huellas del paso ligero y huidizo de su compañera de juerga, la bellísima rubia oxigenada que se hacía llamar Elisa, aunque él sabía que se llamaba Betsabé. Ese nombre realmente no iba bien con su naturaleza. Lo embargaba una vaga aprensión, parecida a la que siente un padre cuando pasada cierta hora de la noche, su hija adolecente no llega a casa. Todo progenitor en estas circunstancias imagina lo peor, aunque una zona de su cerebro contradiga ese suave pavor. Era eso, Miguel experimentaba un suave en crescendo pavor pues Elisa/Betsabé poseía algunas de sus llaves, esas que abrían y cerraban los secretos de su trabajo, entre ella y su asistente había repartido los códigos de manejo de sus pingues negocios, que eran realmente sustracciones de los negocios algo agrietados ya de Gabriel Balbuena. Esa aparente desaparición podía significar que aquel peligroso delincuente había advertido su estratagema y tomaba cartas en el  asunto.

Después de entrar y salir de muchos sitios, preguntando por la joven asociada, Miguel retornó a su apartamento abatido, lleno de imágenes descompuestas, antagónicas con el humor que le ataviaba por estos días. Tan solo entrar, sin encender las luces siquiera, sintió que algo no estaba en su lugar, un olor, una esencia que no le pertenecía, tomó la pistola…

-       Jefe…soy yo, Bernardo…
-       Casi te mato, ¿por qué no me llamaste? No es bueno  meterse…
-       No, don Miguel, me están buscando, nos están buscando, pa…

Miguel comprendió entonces que sus preocupaciones no eran infundadas. Entendió que sus planes de desenmascarar a Balbuena ante los ojos de Vallesi se habían venido abajo, tuvo la certeza que Elisa había muerto, que las claves de su misión estaban expuestas y que el misionero y el libro del contador corrían el riesgo de no arribar a su destino.

-       Vamos Berna, debemos hacer unas llamadas. Aquí ya no valemos nada de nada.

El restorán tenía dos horas pico durante los días hábiles, un horario extendido de diez a diez, el sábado y el domingo permanecía cerrado al público pero abierto a la familia, la de Mauro Leggino primo hermano de Franco Vallesi. Ambos habían construido imperios criminales de similar tamaño y valor y por esta razón su parentesco tenía poca importancia frente al antagonismo natural, que era casi exclusivamente de índole profesional.

Era domingo, y el lugar lucía solo, sin un auto afuera, los restos del día anterior en la acera y algunas servilletas sucias batiéndose en un juego pueril en medio de la calle. Solamente el Peugeot, parqueado un poco sobre la acera, hablaba de la presencia de alguien en el sitio. El hombre tocó varias veces el timbre y nadie abrió. Se aproximó a la ventana, que tenía un espacio por el que quizá se viera si existía allí algún movimiento. Nada, no quedaba sino la puerta del servicio; dio la vuelta  y recibió una mala señal pues ésta se encontraba abierta, de par en par. Total silencio, una penumbra sostenida y un olor a sobras grasosas, era el resumen del lugar en su interior. Al trasponer la puerta de la oficina sus temores se hicieron reales.

El contador miró los dos cadáveres y dedujo que habían sido asesinados la noche anterior, por alguien que conocía  a quienes en vida recibían los nombres de Mauro Leggino y Guido Stromboli, el uno Jefe y el otro empleado. Lo aseveraría ante cualquier forense puesto que las pistolas de ambos seguían en sus fundas y en el escritorio, tres vasos aun tenían el whisky a medio consumir. Los dos certeros tiros en mitad de los ojos convencerían a cualquiera de que los difuntos pasaban la velada con otro delincuente, tan peligroso como ellos pero que estaba allí con la idea previa de matarlos.

El contador sintió un frío singular que no era producto de la escena que se presentaba ante sus ojos, sino de comprobar que el objetivo de alcanzar el libro antes de que este llegue a manos de Vallesi, se estaba complicando de manera evidente. La cubierta de manila medio rasgada, que dormía en la papelera color hueso, le estaba repitiendo a gritos que las cuentas mal hechas rápidamente se dirimían en sumas y restas elocuentes. Estos dos pretendían ayudarle,  y a Balbuena, su socio en el crimen, eran tres menos. El cuarto, según él no podía ser otro que el dueño de los números, el hijo de su madre, él…

Pensaba con rapidez, la muerte rondaba allí y el corría gran peligro. Alguien debía interceder por su vida y ese alguien era Miguel, el chico de Bangkok, cuya amistad con Vallesi podría servir de puente a la explicación que faltaba y por la cual, tres personas ya habían dado sus vidas: la chica rubia y estos dos hijos de su madre. Empezó a marcar el indicativo, pero sus dedos no atinaban en las pequeñas teclas del personal. El temblor  tenía nombre y apoderado, Rafaello Peruggi Certi,  ya olía la muerte.


Durante el vuelo Miguel no dejaba de pensar en las opciones que tenía para obtener alguna ganancia de esta inesperada y peligrosa situación.  Realmente todo se había cerrado y ahora no parecía ser el libro contable, la herramienta para aclarar los detalles, y hacer creíble el todo como la suma de sus partes. De seguro el contador iba rumbo a Madrid o acaso ya habría llegado. Sin un tono adecuado y el don de la oportunidad, los datos del libro perderían completamente su importancia y a su gestor. Sería mejor, es más, sería lo único válido y respetuoso, cortar  el cuento en pequeñísimos pedazos y comenzar a olvidar, las derrotas del honor como las penas de amor solo pueden curarse con el olvido…

La estrecha calle hervía de curiosos igual que en época de carnaval decembrino. Pero era otra cosa, Miguel bien lo sabía. Los policías entraban al restorán por decenas, mientras contra la línea amarilla, mucha gente se agolpaba preguntando por personas asociadas al negocio, el de comidas y el otro, en el que él sabía estaba el motivo de toda esta debacle. Le cabía averiguar, pues el porqué de su visita que seguramente se hallaba directamente uncido a las muertes, fueran quienes fueren los difuntos que estaban allí dentro.

Lo presumía. Mauro y Guido, llevaban años peleando los negocios del crimen, que ya pertenecían a Franco Vallesi y el mercado de oriente fue el principal escenario de esas querellas. Con la contratación de buena parte de su equipo con dinero de Vallesi, la rotura fue evidente, y era esperada la venganza por parte del capo, que seguía el decálogo de la Mafia de Berrocha, el cual consistía en la eliminación de todos los que apreciaran el mismo título, y que no llevaran la sangre del divo.

¿Dónde y con quién se encontraba el libro? Todo se volvía contra quienes menos prestigio y poder detentaren, pues lucirían como directos responsables de cualquier ataque, real o imaginario; y entre esos estaba él, quien de algún modo entendía lo que a sus ojos se presentaba. Los dos cadáveres hace unas horas solamente querían quedarse con lo que Franco Vallesi había construido, aquello que él, un mozo de cuadra como solían llamarlo los señores, había intentado cuidar, descubriendo el doble juego contable que durante más de dos años se habían llevado a cabo a sus espaldas.

Lo siguiente era encontrar a Rafaello, cuya vida estaba en peligro. Debía convencerlo de acudir con él a donde el jefe. Así luciera riesgoso, era la única salida viable, ahora que las aguas parecían querer llevarse todo a su paso: con el libro desaparecido, solo su palabra sumada a la de él, compondría el trozo suficiente del broquel, que los guardara de una muerte sin honor, la peor que delincuentes como ellos pueden tener.

Dos días después, ya en la capital, no tenía idea aun de donde se escondía el contador. Decidió, esperar dentro de su hotel, para evitar que cualquiera se enterara de su presencia en Madrid, mientras daba paso a los otros actores de la horrible comedia a que hicieran algún movimiento legible, y así continuar para cerrarlo  todo.

Al llegar la noche, ese mismo afán inmóvil inscrito en un martirio forzado, lo estaba viviendo en la sencilla alcoba de otro hotel, un hombre educado que creció y vivía entre intelectuales, y que nunca pensó realmente hallarse en esta situación precaria por obra de su propia necedad. Ansiaba que ocurriera un cambio de tercio, un viraje definitivo en favor suyo, la presencia de la diosa fortuna, única invitada que todos, silenciosamente, todos los implicados demandaban…


El sabor salino del aire era una circunstancia dijéramos permanente en esta zona de España, que recibía los altos vientos del Atlántico, que a esta hora del año se revuelve, como párvulo deseoso de que se acabe la clase. Al mediodía moroso, el habitante  común demanda un descanso para la pesadez normal de la  ingesta, que es abundante y gratinosa por naturaleza.

Miguel sentía las vísceras chocando mientras digería el abundante plato de fetuchini y las dos copas de oporto, que había almorzado, y se había tendido a pensar, o mejor, a dejarse llevar por los pensamientos, actividad no bien desarrollada en un individuo más formado en la acción que en el ensimismamiento. Sufrió un tremendo sobresalto cuando el zumbido del celular y su vibración simultánea rompieron el curso de sus preocupaciones. Era una apuesta al todo o nada, quien lo buscara a él en estas circunstancias, forzosamente tenía intereses que hacer valer, y el número que mostraba la pantalla no le era conocido. Corto el forro, como decía su padre en la cocina, sin pensarlo tres veces.

-       Si…A quién busca…
-       A usted, lo busco a usted…

Era el jefe. Era una suerte que esto acabara, fuera de la manera que fuera…

-       Señor, excúseme, no identifiqué su voz, ¿me necesita?
-       Aquí mismo en 25 minutos, ni uno más, ni uno menos…
-        
El intento por hacer de un viaje una aventura de ingreso a las grandes ligas, parecía haber terminado para él. El tono de la voz de Vallesi hacía prever lo peor, aunque en el fondo era la esperanza en este instante la que regía su destino. Esa esperanza que lo había guiado siempre, que tenía espiritualmente marcada con el rostro y la voz de su madre difunta, que lo envió siempre a la vida lleno de la fe que reemplaza el no saber antes, lo que se cruza por nuestra vida.

                                                        ******************************

El contador estaba sentado, atado de los pies y de las manos con la misma soga. Lo habían golpeado un poco en el rostro, pues lucía algunos rasguños, pero nada que no pudiera empeorar mucho más. Los ojos de niño de Rafaello se posaron en los suyos como antecediendo las cosas que vendrían, casi pidiéndole siguiera la secuencia de un guion que Miguel realmente no sabía cuál era. Pensó que ambos estaban llevados del carajo, y la diferencia de sus posiciones era la distancia entre los tiempos de llegada a la casa del don.

Como una regla que siempre se cumplía Vallesi apareció a espaldas de los invitados, silenciosamente, como había aprendido tras años de aplicarse en la única asignatura de aprender y practicar mañas siniestras, y con las manos tomadas atrás, conducta que obliga a cualquier contrario a sospechar de un ataque por sorpresa.

-       Ustedes dos huelen muy mal, como a pasillito de huecos de muro, como a narcisos que ya no son…

El silencio dejaba  ver que todos sabíamos que continuaría hablando, así el tema o las maneras a nadie gustaran.

-       Vos que llegaste tan rápido y no te tuvimos que buscar, debes tener como pagar toda esta cuenta, me imagino. Y si me imagino bien, entonces esta noche estaremos comiendo y bebiendo un poco, como los asociados que somos. Nos reiremos de esta situación apurada, que nunca queremos se vuelva un hecho cotidiano, y entenderemos que para luchar por el progreso es preciso en ocasiones hacer de cascanueces. Dale Miguel, convénceme…

Mi santa madre, que también conoció lo sórdido y magnífico que encierra el hecho de pertenecer a esta gran familia, me dijo una vez, que la posición del rey no debe inspirar ninguna pasión distinta de la confianza absoluta. Solo hoy, como protagonista eximio de la acción de esta sala, advertí completamente el sentido manifiesto de sus palabras, pronunciadas para que las llevara en mi corazón y en mi memoria, y las pusiera en acción en un evento como este.

Demoré cuatro horas y diez y ocho minutos en recomponer la marcha de los acontecimientos. Mientras explicaba con total acierto y veracidad todos los eventos acaecidos desde mi llegada a Bangkok, en el orden tributario en que su importancia los situaba, ante mi objetivo de obtener a como diera lugar las pruebas necesarias para comprobar las acciones ominosas de Gabriel Balbuena y Mauro Leggino. Al pasar el tiempo, sentí otra vez que ese era mi destino llegar a la cúspide el único lugar que me podía contener, el lugar que había elegido. En el rostro del don podía advertir que mi sencilla elocuencia le agradaba, que era quizá oportuno empezar a revisar el decálogo de Berrocha, las leyes de servidumbre y de adscripción, que yo era un heredero posible para una sucesión imprevista, pues sus gestos faciales mostraban aquello a lo que mi madre aducía con sus palabras, que el don primero es un padre, después todo lo que la gente dice que es…


El arco superciliar de todos modos me ha quedado levantado. Si, y las coronas, que desacierto había sido esa maldita caída. Dos semanas sin hacer su trabajo, le tenían las pantorrillas como dos globos de fiesta, pero ya medio desinflados. Estaba harto, pero rejodidamente harto de ver el cable de la mañana a la noche, ningún canal pasa nada nuevo, todos repiten lo ya visto…

Que le va a hacer, debe cumplir con el dictamen médico y con la incapacidad. No ha podido averiguar de dónde diablos habrá salido esa belleza, esa diosa con ruedas, la última RALEIGH del mercado, que ni en Vizcaya habrá otra como ésa. Está impaciente por rodarla frente a sus compañeros de trabajo…Debe haber sido quien manejaba la Mitsubishi color ámbar, no ha debido querer llevarme como cargo de conciencia…

JOSÉ IGNACIO RESTREPO
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jueves, 10 de mayo de 2012

DEL DÍA DE DESCANSO.../ EL CUENTO DEL AUTOR


EL MISTERIO DEL DOMINGO


por
José Ignacio Restrepo



Si, esa es una conducta que me ha dejado perplejo desde que sostuve por primera vez una conversación con uno de aquellos amigos, con los que pasas el tiempo invirtiendo el orden de aparición de los asuntos prioritarios. Uno de esos que no llevaste a casa hasta que fue inevitablemente obligatorio, uno, como hay pocos, que supo de antemano,  merced a qué artilugio aun hoy lo ignoro, que él sería lampiño como un príncipe mientras que a mí la barba oscura me iría hasta la espalda. Ese amigo que se enamoró platónicamente de tu madre y te hizo mirarla detalladamente una y otra vez para intentar entender tal virtuosismo.

Con mí amigo Rafael, que continúa siendo ese elegido que sin embargo no lo es, he dialogado el viejo tema del misterio oprobioso e ineluctable que se da solamente los domingos, sin que hallamos podido alcanzar una conclusión que nos serene completamente, que aleje la cuestión por fin de nuestras mentes calenturientas que desdeñan los grandes asuntos de la política mundial y nacional, no porque no convenga tratarlos sino porque harta suela les hemos pasado por encima, tanta que ya nuestro mejorcito calzado nos empuja hacia pastos más verdes, más caminables.

Así que nuevamente nos encontramos hoy, otro domingo sin algún juego con pelota en la TV, es decir domingo sin televisión, porque para aquellos que conservamos un poco de nuestras cabezas en su sitio nos fue dado comprobar que el cable es una trampa mucho peor que la televisión pública, es como una rubia oxigenada de senos implantados y operada en los juanetes pero que tiene el mismo pito para orinar que nosotros, vale mejor decir que es un invento marica, te ponen todas las películas que de adolescente no viste en estreno como todos, porque a ti te faltaba dinero para  lujos semejantes, te colocan además  todas las del año pasado y el antepasado para recordarte las penurias que tuviste y habrás de tener, junto a los miserables pensamientos derrotistas y autocompasivos que te acompañarán en el autobús regresando de quien sabe donde, por no haber podido comprar ni a plazos las cositas que anunciaban en los televentas, que a vos te hubieran servido para vivir mejorcito la vida y que para ellos no calificaban siquiera para la escenografía de las producciones más baratas. Y, por último, te exhiben las novedades y te anuncian aquellas que están actualmente en producción, para que sientas bien dentro y de antemano esa especie de angustia no bien localizada por carecer de un bien tan preciado y despreciado, en el que trabajan tantísimas personas que tu  nunca vas a conocer, y que de oídas te sientan mal, salvo sonoramente cuando ves algunas en muy contadas excepciones.


Y por eso Rafael y yo hemos asentido de tácito en no mencionar más el asunto del misterio de los domingos, mucho menos en los domingos. Les presagio que será intuitivamente comprensible para cualquiera que vaya leyendo esta jácara, sobre todo si lo hace para su placer o su congoja, un maldito domingo de estos. Pero a todos nos ha pasado,  al menos una vez en la vida,  faltar a una promesa de esas que cumplir o no cumplir en nada cambiaba a favor nuestro o en el de nadie más; entender eso es fácil, hasta para cualquier mentecato bien amable de esos que vemos por ahí.

Justo eso nos ocurrió ayer domingo. Domingo a secas, porque no traía ningún otro regalito encima como de Ramos, de Gloria, de Pascua o de Resurrección. Y enfrentándonos a ese silencio mutilante que parece quemar el paladar y poner las manos inquietas de los puros nervios, el tema que rondaba de hace días para hacernos incumplir el juramento sin palabra ni sustento, se apareció de improviso en la persona de don Juvenal, maestro en uso de buen retiro. Eso fue justo cuando ambos observábamos sin misión concreta la calle, a través de la ventana del saloncito que hace las veces de sala en el apartamento de soltero-separado que tiene Rafa en la Circunvalar, la que antes se llamaba Avenida 25 y que todos conocíamos por el nada exquisito apodo de Calle de los Fusilados, unos que fueron mártires de causa, unos agónicos ilustrados, que decidieron morirse atravesados por la pólvora de sus enemigos antes de reconocer que a ellos posteriormente les darían la razón. Pero después, como en efecto ocurrió.

Don Juvenal, ignorante por completo que era objeto de nuestra observación, tomó la acera absolutamente aperezado y somnoliento, dando por sentado y con razón que no lo iba a atropellar un pontiac ni ningún otro, mientras casi se moría tratando de completar la apertura bucal que le permitiera rematar su quincuagésimo noveno bostezo vespertino. Sin tener conciencia ninguna sobre ello, despertó el estímulo largamente adormilado que haría posible que en domingo y contra toda prescripción, Rafael Villalba y Gildardo Benavides, Rafa y BENFICA, según nuestros motes de adolescencia, iniciáramos una disertación ayudados de seis maltas, mejor dicho, con media docena de cervezas, para pilotear luego medio chamuscados hasta la vivienda de cada uno. En fin, tras una brevedad henchida de nuestro personal amodorramiento, superado con absoluta seguridad por semejante boqueada leonina de don Juve, nos abalanzamos sin piedad sobre el misterio de los domingos, argumentando más allá de sus debatidos contornos, con tal de hallar esta vez una profundidad superior, que nos dejara tranquilos y deseosos de volcarnos más luego sobre otro constelado argumento.

Rafa, lanza en ristre como casi siempre, se proyectó con una explicación bastante peculiar, que arrancaba por allá a mediados del siglo IV después del que sabemos, cuando el Imperio Romano ya comenzaba a deteriorarse(o se había caído en pedazos, no sé), merced claro a lo descomunal de su tamaño, al gigantesco desarrollo de la corrupción, al envilecimiento de sus gobernantes y a la gran contradicción entre obediencia e independencia que se da en todo territorio que no puede gobernar a quienes moran dentro de sus fronteras. Para aquellas épocas, explicaba mi buen amigo, las líneas colindantes del imperio estaban ya demasiado apartadas del poder de Roma y sus senadores y aunque los intereses eran claros para el que gobernaba no lo eran tanto para quien era gobernado. Como bien puede suponerse, todo aquello que presumía un delito o una contravención, o al menos podía tomarse por una inflexión alejada del sentido de la ley, y que beneficiaba la experiencia cotidiana de los asociados por la posibilidad  de conseguir tal o cual propósito, se convertía en la medida que todos seguían. Eran muchísimas las ocasiones en las que siendo preguntados los propretores por la impertinencia o legalidad de una conducta o de un procedimiento, ellos que eran los encargados por el senado romano de hacer cumplir la ley, simplemente adujeran que no recordaban bien la letra de la ley, acaso por una razón bien sencilla de entender: su incapacidad para leer el más sencillo de los textos. Muchos de ellos en Hispania, en Galia, en el Rhin, o en el ancho Danubio, o los que habían sido enviados a lugares más lejanos e inhóspitos como el norte de África o la desértica Turquía, habían dejado de ser exclusivamente romanos, convirtiéndose con el paso de los años en pobladores del lugar con derechos un poco más amplios, condición que les privaba de otros dones y los hacía ante los ojos de los parroquianos unos bichos más o menos raros. Esos sencillos pobladores también estaban exentos de saber la norma y su contenido, pues ellos del mismo modo ignoraban como leer, escribir y contar, y sabido es que la difusión de boca en boca acerca de estos y otros tópicos determina grandes malentendidos, no solo entonces sino en todas las épocas de la historia.

Como en modo  alguno yo había llegado a entender hacia donde diablos se dirigía mi compa Rafa con aquella disertación algo anterior a la fecha de diseño de su juego de sala,  y como esa parte de mi ser que a veces  no entendía utilizaba o compartía algunas neuronas importantes con mis músculos faciales, el resultado fue que mi rostro había adquirido para aquel instante una contorsión suma, tan pronunciada, tan aguda y franca, que quien me viera en aquellos momentos estoy seguro me confundiría con otra persona. Él, pese a todo, parecía no advertir que yo era su única audiencia, y había olvidado que la amistad que teníamos no me había inhibido nunca ni lo haría tampoco en este momento,  de decirle sus tres verdades y otro poquito en caso de que cupiese hacerlo.


-   Eche Rafa, no me creas tan bobo...Tú estás hablando de    otra cosa, no joda. ¿Qué tiene  que ver el maldito imperio romano con nuestro jodido misterio del domingo?

El hombre me miró como si fuera la primera vez que viera un yeti de los apalaches canadienses caminando por algún frondoso corredor para caminantes y atletas, de esos que cruzan el Central Park en la famosa isla de Manhattan. Parecía estar mirando al gigante, vestido para invierno, pero en plena temporada de calor frisando los 40 grados. Y el monstruo, o sea yo, también lo miraba, con los ojos abiertos a lo que daba y los brazos en jarras, pidiendo claridad. O si no nos vamos con la aburrición a meterla en envases vacíos de clarita, no fuera tan poquita nuestra suerte, o qué.

Rafita hizo ese guiño de excusa que le conozco desde cuando flirteaba con mi mamá, y lo siguió haciendo mientras continuaba con su tema, hablando caminó hacia su minúscula cocina, y ya andaba por el siglo doce cuando con su mano derecha abría el enfriador y sacaba dos águilas absolutamente heladas, como diciéndome que le perdonara tantísimas curvas, que las necesitaba para poder llegar a quién sabe dónde, con un mínimo de claridad. Continuó por donde iba, todavía nadie leía, nadie respetaba, muy poquitos comprendían el real sentido de la ley. Y ésta, había sido escrita hacía tanto tiempo y tan lejos que simplemente gobernaba el diestro al zurdo, el que era fuerte al que era manso y el que tomaba en su mano el dinero de los otros para hacer con él lo que a bien tuviere, en nombre de dios o de quien fuera. Las personas se dejaban regir, justo como lo hacen ahora, porque les gusta tener a alguien más fuerte a quien criticar o sobre quien despotricar. A la gente de todas las épocas no hay nada que le venga mejor, que un sonoro hijueputa al final de una tarde de lunes, una de esas imprecaciones que oyen todos los vecinos y que a los dos días a vos te toca explicar que fue un primo de La Góndola que vino de fin de semana, el que lamentablemente quedó hincho de tanto ron que bogó, y le dio por maltratar desde la casa la honra del presidente y hasta la de tu exesposa. Y es que ni los lunes, ni ningún otro día, se debe uno poner a hacer la lista de las vainas que se desean, sopena de comprobar dolorosamente que son las mismas de hace quince años. De eso no hay culpable, no existe responsable.  No hay Dios que sea así de malo (no existen pruebas por lo menos), entonces no queda más que cargar contra el indecoroso presidente, que aunque ningún juez lo acuse por alguna pifia relacionada con sus funciones es realmente convicto de mucho de lo malo que pasa, seguro que también de esta mañana mía, de este domingo mío de pobres, sin un punto cardinal hacia donde dirigirse para hallar algo positivo.

Nuevamente miro en los ojos de Rafita, para ver la curva que me aguarda. Hoy redescubro su tic, ese brinquito argumentativo de su ceja izquierda que lo hizo tan popular entre las féminas de la universidad, el cual siempre fue malinterpretado. Todas suponían que era un gesto napoleónico, una especie de guiño que advertía que se estaba en presencia de una verdadera luminaria, un espécimen extraordinario del género humano que se había dignado quien sabe por que motivo posar sus ojos en la que atentamente lo observaba, quien era casi siempre titular de  una llamativa figura, con talle torneado, bello rostro y pocas ideas que discutir. En realidad, ese gesto mecánico, díscolo y avieso tenía su origen en la ingestión desproporcionada de bebidas alcohólicas con el estómago completamente vacío, conducta absolutamente reprochable que Rafa mantuvo durante el tiempo de la academia, previo a su noviazgo con Carmen, la dama trajo a su vida una cierta comodidad color berenjena, con la consistencia de las tartas de banano, quiero decir él dejó de tomar, dejó de fumar y de andar con amigos, y se dedicó todo el tiempo a lamerle los muslos, a chuparle todo aquello que se asemejara a un tejido blando, todo menos el cabello y las uñas de los pies, según me rebelara en otra famosísima rasca. El maldito negocio salió mal, Rafa varias veces rodó por las escalas de la casa que a duras penas estaba pagando. Carmen solía guardar herramientas de la cocina, léase cuchillos para cortar el pavo, y el finísimo sacacorchos inglés que habían regalado en promoción por comprar el ineficaz lava cubiertos westinhouse, en los cajones bajos de la cómoda, con el propósito de ganar algunos puntos si se presentaba un “coloquio” con su marido. Porque si hablamos de una discusión de más de una hora, la primorosa morena era en sí misma un arma: una noche de viernes en que Rafa no la llamó para avisarle que tenía que entregar un proyecto para la cuenta de Curtimbres Besta, ella lo saludó normalmente cuando él entró por el vestíbulo, asintió con una sonrisa cuando él dijo que tomaría una ducha antes de cenar y solo detuvo el martillo de minero que hacía agujeros amorfos de alrededor de cuatro centímetros de círculo sobre el parabrisas de su modesto Land Rover, cuando Rafael entró corriendo al garaje, desnudo y mojado como un pingüino perdido en algún nuevo muelle de Vancouver.


En fin. El bendito tic este reaparecía, como un recién llegado con el vértigo estomacal patente en las líneas del rostro, y yo me detuve a auscultarlo mientras medio oía la voz de Rafa intentando juntar la distancia de una coma, con el espasmo corto de un punto y coma, y tengo que reconocer que tenía extraviado el dorado hilo de la historia. El misterio del domingo reapareció en la lejana Yugoslavia, cuando estaba toda ella juntita en el mapa de Europa, y en todos sus poblados se podía ver a al gente despacharse una siestita entre las doce y media y las dos y media de la tarde, con el estómago llenito y medio litro de Bianchi empezando a lavar el cerebro. La gente lo que dice es voy a tirarme un dominguito, a extenderme con los ojos cerrados para ver los elefantes volando bajo la lluvia mientras destiñen el Rosado nuevo de su extensa piel pintada. Que es por todo el mundo, empieza a impacientarse Mi Compa Rafa, de la costa al interior, del ras del mar a la altura de los páramos, en los confesionarios mientras se oyen las ajenas faltas, en los cobertizos esperando a la que ya no llega, en los bares sin filiación que quedan en pueblitos de cortito nombre, en los colegios de varones y en las normales que forman maestritas, en los ancianatos donde el domingo dura toda la semana, en los cuarteles donde bosteza sin reato alguno hasta el más in garante de los lerdos policías, en los cines porno, colgando ropa vieja en las anchas azoteas, con medio plato lleno o si se quiere vacío de las mejores lentejas, que siguen siendo apenas unas tristes semillitas cocinadas.

Rafa me está mirando. Cuanto lleva haciendo eso no lo sé, pero ha conseguido develar el entresijo que ha separado los domingos de sus otras funciones conocidas, tras disertar largamente por vericuetos conceptualmente peligrosos, conste aquí que lo ha hecho del todo sin mi ayuda, consiguiendo llegar al último punto que cerraba el tema del todo y para siempre, ya no más inventarnos cualquier cosa para hacer a partir de la una de la tarde, como la colocadita del paraguas y las sillas en el patio de atrás buscando consolarnos con asado de una carne, metido entre seis empanadas, caladas en media docena de cervecitas,  después de lograr que mis seres queridos se marcharan para otro sitio del globo, la casa de mi suegra por ejemplo, para luego quedar contrariados hasta el cuello con la lloviznita eventual que se convirtió en un diluvio universal. O esa caminata por el bastión de las Antenas, hace unos meses, en donde dicen puedes ver a ojo limpio fácilmente el vuelo de mariposas de veinte centímetros, de alas acrisoladas, increíbles, sin haberte  tomado nada antes, que se convirtió no sabemos  como en un trozo del film “Una temporada en el Infierno”, cuando nos retuvieron esos policías mal vestidos, parecidos a guardabosques albaneses que no hubiesen sido nombrados todavía, y que más bien nos hicieron pensar en aquellos voluntarios partisanos de la guerra europea, perpetuada por los documentales de Discovery, que en el ’45 recibieron a los aliados americanos con la esperanza de renovar su guardarropa no bien concluyera el litigio y que debieron mostrar esa tristeza gatuna en los ojos y en las uñas al verlos llegar y luego partir, igual que esos que encontramos, que nunca se cansaron de decirme que se me veía  bonito el Rolex, me lo repitieron como ocho veces, pero que no me salía en nada con mis zapatos de lona parda, aunque si uno no se fijaba en el reloj de todas maneras los zapatos también se notaban de buena calidad.

-  De manera que así fue la cosa, Rafa... Yo no lo  ignoraba  del todo, pero si me causa cierta sorpresa, es decir, tal vez el orden de la argumentación yo no lo habría dispuesto de ese modo...

El hombre estaba de espaldas, asintiendo muy despacio a lo que yo le decía. No era el momento ni el lugar para poner los puntos sobre las íes, ya llegaría la hora en que me guindaría por el tobillo, como decimos por aquí. Lo mejor era ya pasar a otro tema que no estuviera tan embodegado pero me iría antes hasta la licorera a traer un buen chileno de los que a él le encantan, y mientras pensaría lo del temita, una cosa sencilla como el asunto este de las mujeres en el fútbol o la homosexualidad del clero, conveniencias o no, etc... Porque lo que era ese misterio de los domingos  a duras penas le cogí el inicio; me quedaría duro, durísimo, retomar con eso algún camino y  mucho menos encontrar la salida fatal que deja cerrada Rafael, invariablemente, cuando uno tiene la grosería de marcharse virtualmente en mitad del tema, sin hacer siquiera un seña del culo para despedirse.

Tenía que ser un buen chileno. Yo ya tenía resuelto el misterio ése desde hacía mucho tiempo, pero no quería que fuera a pensar que porque las siestas mías tenían compañía en la cama y las modorras aburridas de él ya no, entonces el sueño sin fútbol por TV de los largos domingos, era de lejos más fácil de explicar para mí que para él... No Rafa, pelao, de los bostezos de concurso no viene la dormilona macabra que está atravesada en cada minuto del primer día de la semana, sino de saber sin duda que al día siguiente comienza la faena del esclavo. Y me cargo la historia compañero, donde le ponga bolas a tu cuento me salgo durmiendo, y en este instante estuviéramos berracos y con sueño. De lejos, Rafa. Voy por el chileno, y más bien si veo a Corbata, o al hijo, lo contrato pa’ técnico...


JOSÉ IGNACIO RESTREPO
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miércoles, 9 de mayo de 2012

SOÑAR EL MAR... / EL CUENTO DEL AUTOR

LA MULETA COJA
por
José Ignacio Restrepo


No podía observar más que la mitad del pasillo, la que partía de la puerta del baño de damas y llegaba hasta el propio pie de las escalas, junto al cajero automático. Suponía que su compañera estaría vigilante, en la otra mitad, el atajo completo debía medir casi doscientos metros, y en él habían ocurrido en los últimos cuatro meses, ocho violaciones, de las cuales dos habían dejado muerte al terminar. El autor seguía libre, aunque casi lo habían cogido tres semanas antes. En la parte de afuera del centro comercial, estaban expectantes más de veinte policías, todos vestidos de civil, y nuestros radios en apagado, se prenderían en cuanto viéramos al causante de este estropicio urbano, que en las mentes de las personas se parecía a la historia de dos cazadores enfrentados y en la mente de los administradores se concebía como parte del diario espectáculo, que dan aquellos que por obligación habitamos y trasegamos este sitio, la ciudad. El infierno…

Las pistas son muchas pero no nos sirven de nada. Semen de alguien ilocalizable, que no tiene partidas de bautizo o reseñas, un alguien desconocido que parece no haber dejado rastros de sus triunfos o derrotas, que no tuvo colegio ni fue al ejército, que no se ha casado ni ha ingresado al hospital por algún accidente o por hallarse enfermo. Un misterio del que desconocemos su estatura, aunque sospechamos que tiene ojos claros, y con su piel de color aceitunado, puede ser sumamente atractivo, bueno, sin contar con el otro defecto, aparte de sus permanentes y criminales intenciones. Nuestro amigo, eufemísticamente hablando, quién conserva los interiores de sus víctimas como recuerdo de su crimen, es cojo de una de sus piernas…Cuando lo vea, lo digo a título personal, buscaré la manera de fracturarle la que tiene buena, así hay una posibilidad de que termine cojo de las dos, y pueda por este albur, caminar de nuevo sin la ayuda de una muleta…Será solo cogerlo, y quitarle los mocos cuando empiece a llorar con la primera patada que le suelte, para comparar su ADN y comprobar que él es, que podrá ir a ocupar una celda personal, mientras la comunidad en un juicio determina, si podrá vivir en un manicomio o se volverá un cuenco de cenizas, lanzadas desde cualquier buque al mar…

La última de sus víctimas murió por una hemorragia cerrada de tórax, pues al salir huyendo fue arrollada por un coche en la 1ª de Mayo, que a esas horas, casi las doce de la noche, hervía de coches. Hace más de un año, la ciudad había decretado normativas para convertirla en lo que ya era, por su tamaño una metrópoli como ésta precisaba un manejo diferente de los horarios, debía romper con las famosas horas pico, que hacían inservible cualquier medida dirigida a ordenar el tránsito y el flujo de tareas, la industria y el comercio agradecían el haber tomado esas iniciativas, pero el trabajo de vigilancia y las acciones preventivas de la policía aún no se habían puesto a tono. De hecho, los crímenes contra la propiedad y la vida, se habían casi duplicado, en este lapso de tiempo. Y aún seguimos ensayando, pero las cosas, estas cosas, no ayudan mucho.

Seguí observando el pasillo, desde el acceso a la toilette hasta el cajero, con la vocación intensa de que el esperado hiciera ante mí su aparición. La silueta de mi compañera, que esta vez hacía de señuelo, parecía la de una muchacha cualquiera que esperara a alguien, para continuar hacia otra parte. Ella no semejaba ser una policía experimentada, con más de cuatro años en la fuerza, sino una chiquilla cualquiera que ha escapado a la vigilancia de sus padres porque ya se siente capaz de andar la vida, de enfrentar cualquier cosa que se venga…Como las demás, como la última, que perdió la vida tontamente por huir de cualquier manera hacia la calle…

Miré el reloj. Faltaba un cuarto de hora para la medianoche. Con esta, eran tres las medianoches que pasaba aguardando la aparición de este fantasmal personaje. Su hijo le había preguntado sobre el tiempo que les quedaba, y él no tuvo la respuesta. No sabía cuánto ni cómo, realmente, tenía que reconocer que solo un error de parte del asesino les permitiría apresarlo. Y que nada de lo que hacían por resolver el asunto, podría asegurarles a los ciudadanos que estaba cerca el fin de la amenaza. Ahora mismo podía estar ocurriendo otra violación, en otro lugar distinto de éste, y ellos solamente iban a enterarse mañana, o nunca. El Jefe ya le había entregado una declaración de más arriba, lo que constituía una especie de ultimátum, y así las cosas sus trabajo empezaba a experimentar una especie de temblor, semejante al de las mujeres jóvenes y adultas de la ciudad, que no dejaban de nombrar en sus conversaciones el temor permanente que sentían de caminar después del anochecer por la ciudad.

Volvió a clavar los ojos en el pasillo. Sentía que si dejaba de hacerlo, podía aparecer el encartado y si por estar en otra cosa no lo veía, todo el mundo quedaría pendiente del mismo hilo que él lo hacía. Y como si sus pensamientos contuvieran el mejor de los embrujados llamamientos, asomó por la horquilla del portal un hombre adulto de piel algo oscura y pelo un poco largo, que caminaba lentamente ocultando una especie de cojeo. Lo miré como si en vez de un cuaderno, trajera entre las manos un arcón lleno de plata, con la estipulación precisa de hallar un policía de civil, con cargo en vigilancia, teniente hacía ya un año, para entregárselo a él y solo a él. El hombre caminó mirando a lado y lado, deteniéndose en una de las vitrinas que mostraban artículos electrónicos, y por algo más de tres minutos, los que le observaban casi contenían la respiración como si con hacerlo pudieran guiar al tipo a cada paso, hasta que llegara donde haciéndose un poco la mensa, lo esperaba nuestra compañera, mirando embelesada otra vitrina.

Y al fin, el tipo se le aproximó a su compa, y él, aunque todo fuera riesgo, se mordió los labios de aguantar las ganas de que se le echara encima, sin aviso alguno, y la abrochara con su primera y última amenaza, para acabar con él, y salir directamente y por fin, para su casa.  Y, como obedeciéndole el sujeto caminó con algo más de enjundia, y cuando divisó completamente a la nombrada, enfiló sus pasos y confirmando que no había nadie más allí, trató de preguntarle algo, Y LE CAYÓ ENCIMA CON TODOS SUS HUESOS.

Y fue Troya. Como decía cada cuarto de hora mi madre, que en paz descanse. Le fuimos en dos pasos a su metro cuadrado, y lo tomamos todos de dónde bien pudimos, luego llegaron los de afuera, mientras el tipo gritaba con todos sus pulmones, no me roben, cabrones, que yo no tengo nada, y nosotros como sordos, buenos sordos veteranos, lo halábamos con fuerza para que apercibiera que era autoridad, la que le había pillado, no cualquier grupo de ladrones de trece. Pero, como todo buen cuadro, por alguna parte ha de mostrar su gran fisura, este no iba a ser una excepción. Y el juancho éste no dejaba de vociferar, que nada tenía que otro pudiera querer, y un momento luego desistió del pedido, y haciendo un gran esfuerzo se soltó medio metro, para espetarnos en su vozarrón más grueso:

-   Solo arrimé por aquí, para buscar lo que me hace falta, que por venir urgido a mear, me echo el policía de la tarde, hace días ya. Estimado, me dijo, burlándose de mi estado, este baño es el de damas, guárdese su cosa y se me sale, pero ya…Y dejé mi muletín tirado, por la prisa de irme…

Me quedé pasmado cuando habló, y alcé el brazo pidiendo le soltaran. Alcé de nuevo mi mano, y llegó la muleta ipso facto. El apremiado la vio y ansioso hizo un respingo, mencionando, esa es, que alegría al encontrarla. Lo tomé por el costado ayudándole a correr, lo metimos al camión, en frente al computador, y por la cámara lo vio una de las testigos, que en la estación esperaba para poder reconocer al que apresáramos. Por el interno, dijo no, él no es quién me violó…

Estábamos otra vez como al principio. La muleta no pertenecía al asesino, así que él tenía bien sus dos piernas, además de todo lo demás, como seguro tenía intacto el deseo de salir a cazar de nuevo. Ya lo bajábamos del camión policial, cuando tuve una admonición del tamaño de Cuba, acaso el violador podía tener su propio disfraz, y lo teníamos ante nuestros ojos, disfrazado como tal.

-  Espera…- le dije
-  Si, qué necesita ahora, señor policía…- respondió malhumorado.  
-  Párate contra el camión, pero ya…

Lo tomamos  y le medimos la estatura, por los dos costados, y sus dos piernas medían igual. Le miré, con tal gravedad que él posó sus ojos en el suelo, luego miró la muleta, que aún seguía en mi mano. Me la puse ante el rostro, preguntándome de que se trataba el juego, pues sabía que tenía la solución ante mí pero no podía verla… Toqué la barra de aluminio hueco de arriba abajo y el gesto de la cara del sujeto, se endureció por un instante. Pasé revista a los tornillos pasadores, y pedí algo para removerlos. Me quedé viéndole mientras alguien me traía el destornillador, y él simplemente mantuvo la compostura.

Mis ojos no dieron crédito a lo que brotó de la muleta. Había sido un golpe de suerte, cuya única explicación era la mal llamada intuición, de la cual las mujeres al parecer hacen mayor gala que nosotros. Del tubo hueco, salió un rollete de prendas femeninas, que estaba apelmazadas, entrelazadas, casi uncidas unas de otras, como una especie de trofeo de guerra, que podía llevarse a todas partes sin que nadie lo advirtiera…

-  Hasta aquí llegaste violador de mierda…

Le pegué la patada a la altura de la cadera, para que no fuera a pedir ni aun por error su viejo apoyo…

Esa noche regresé más temprano a casa, y alcancé a contarle a mi hijo que ya habíamos solucionado el problema, y la ciudad descansaba un poco más tranquila, aunque fuera una ilusión, una mentira para calmar nuestras mentes siempre infantiles. Cuando se durmió, me regaló su sonrisa sincera de hombre bueno que aún no sabe que lo es, y que se enfunda en mis zapatos por la mañana, para sentir un poco el tamaño real del mundo.

Al reclinarme en el cuerpo entre dormido de mi dama, deseé soñar hoy con mi futuro, pescaría en la playa, que se ve desierta y soleada. Mi barca con un nombre, el nombre de ella… Ningún problema que mencionar, solo la piel un tanto enrojecida, y la misma tarea para el siguiente día, nada más…

JOSÉ IGNACIO RESTREPO
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jueves, 3 de mayo de 2012

COMO FRACCIONES DE UN MOMENTO ETÉREO / EL CUENTO DEL AUTOR


SE  LLAMA  AMELIA  X
por
José Ignacio Restrepo


Desde la tapa abierta del casillero, una foto algo averiada de una bella mujer parecía realmente mirarme, como interrogándome por el motivo del retardo, por eso que me había detenido en cosas que ella no entiende, por haberla dejado allí olvidada para irme a otra parte. Sostiene sus ojos de excelsa belleza, sin importarle que no sea yo ese sujeto que recogió todos sus enseres y se marchó, dejándola a ella allí fijada con una vulgar cinta pegante, como si llevarla le significara un esfuerzo demasiado grande, o una constante recordación del absurdo paso del tiempo sobre los hombres y las cosas.

Es una mujer definitivamente hermosa, que fue capturada por una cámara quizá en sus veintiún o veintidós años. La película usada es una Ektachrome de Kodak, y en ella se refleja espléndidamente el brillo rojizo del sol poniente, sobre el cabello largo y bello, también rojo de la mujer, que apenas intentaba componer una sonrisa y ha dejado para la posteridad ese gesto absolutamente tierno y espontáneo, que de haber logrado forzosamente sonreír, simplemente no habría quedado inmortalizado. Seguramente, quien disparó el obturador le pidió que sonriera y ella, sorprendida por alguna razón, se demoró o alcanzó a hacerlo un poco para luego arrepentirse, sin que el fotógrafo lograra detener su acción, la de grabar su alegría de estar con él, que simplemente ya había emprendido. Quedó así, en mitad de un gesto tan humano y tan divino a la vez, absolutamente prevenida y al mismo tiempo espantada, con la comisura derecha de su boca levemente abierta, y el ojo izquierdo un poco levantado, como diciendo, ¿así o más?


En el segundo minuto de observación, tuve la certeza de que la buscaría y tendría algo con ella. No sabía cuándo ni cómo, pero esa mirada directa sobre unos ojos que no eran los míos, pero que al mismo tiempo parecían horadar mi alma, ya no se iba a ir para otra parte que no fuera mi bodega de soñador, y embrujado como estaba por la mezcla curiosa de voluntarismo y casualidad, la separé del casillero y la guardé con cuidado dentro de uno de mis libros, el de “Cosmogonía para el despertar de una Era”, con el cual abriría hoy la cátedra de Nuevos Estoicismos, en el pregrado de Pedagogía que me adoptaba como unos de sus nuevos preceptores. Guardé las cosas innecesarias para este primer bloque, tomé el libro y mis notas, la botella de agua y la grabadora. Mi celular ya estaba acostumbrado a quedarse por fuera de mis clases desde hacía algún tiempo, y por ello ni siquiera lo miré, cuando sonó el timbre de comienzo de clase y rápidamente cerré la batiente. Ajusté el candado que aseguraba que todo lo que quedó allí guardado me esperaría. El salón estaba girando por ese mismo pasillo, así que me dije, Mariano, no corras, parecerás un estudiante más y hace años que no lo eres…

- Buenos días,jóvenes…

El grupo lo saludó con un silencio digno, señal de reconocimiento entre quienes acogen a uno distinto pero que puede llegar a ser aceptado, como a un miembro desconocido de una amplia familia, la cual se distingue por no tener a nadie realmente irreemplazable. Colocó sus cosas sobre el escritorio, que era mediano y de falsa madera, y procedió a escribir su nombre con el marcador, en el tablero blanco que lucía absolutamente nuevo.


- Mi madre deseaba que yo fuera una niña, y me tenía listo el nombre, desde el primer día que se enteró de su embarazo. Al saber que su deseo no iba a ser satisfecho simplemente cambio el Mariana por Mariano, de forma que siempre he pensado que al menos por el nombre, he traído gran alegría a la vida de mi madre…Y les cuento esto no por alguna gratuidad de tipo personal, sino para introducirme directamente en el tema de las satisfacciones y los deseos, nervio central de nuestra materia…como lo podrán comprobar por ustedes mismos.

Vi como algunos de los asistentes se sonreían, dada la muy particular forma de presentar los componentes curriculares, pues mi disposición rompía la natural distancia que suele acompañar estos comienzos…Cada vez que se inicia esta especie de tensión simétrica, donde uno como profesor al parecer tiene tomado el extremo más vigoroso de un huso, y el otro, como alumno, solo debe seguir arquetípicamente el movimiento de tejer, haciendo al conocimiento de objeto de intercambio, la aparición o no de elementos naturales que permitan y procreen la simpatía suele ser la garantía para que el semestre llegue a un buen puerto.Todo lo que debe aplicar un instructor, siempre en ciernes como yo, fue aprendido, probado y cotejado en su tiempo como estudiante, y si no entonces él es producto de un fuego fatuo.

Y entonces la vi. Estaba desatenta de mi discurso, jugando a dejar correr la lapicera sobre la tabla de su silla, mientras su vista iba colgando de aquí para allá, atravesando la vidriera que le quedaba a la izquierda, hasta llegar al campo y la floresta contigua al parking del campus. Me quedé en la mitad de una frase, y al desear continuar ya la idea iba saliendo de la brusca caída libre a la que yo la había forzado, de forma involuntaria. Simplemente me quedé observándola, en su perfecto devaneo, hasta que el grupo en pleno se percató de la dirección de mi tácita acción y comenzaron las voces a murmurar salmitos y a emitir graciosas risas, todo en un marco de idiotez infantil que yo había propiciado desde que llegué…

Ella sin embargo, se conmiseró y regresó de su paseo solo para salvarnos. Sus ojos alumbraron dieciséis momentos vacuos, que ninguna academia o reguero de ciencias podría llenar. Estaba allí, tan ilesa como la foto que había salvado hacía una hora de la extraña soledad del locker, a la que alguien la había obligado seguramente sin que ella le diera motivo suficiente.

- No es que su introducción esté larga o que mi atención sea insuficiente…Es solo que el día está tan bello, que es pecado, casi un crimen, estar en este módulo cuadrado,como si no hubiera otro momento para hacer esto, para continuar este cortejo tantas veces iniciado, que seguro usted también sabe, no nos llevará a ninguna parte…

No había dejado de ver a través de la ventana, mientras forzaba a todos en el aula a escuchar, pues sus palabras, cada una de ellas, habían brotado de su garganta en una especie de espiración sublime, de la que los poetas se sirven para sostener enamorado al auditorio, que ni siquiera respira para no oponer otro sonido al del que ya viene menguado, por ser producido de ese modo. Era un reto,del tamaño del puente de Brooklyn, propuesto con superior romanticismo, de ese que no tiene época, y es mejor cuando el arco va encima de Orión al amparo de un largo plenilunio, pero ajeno a la marcha del tiempo, como es. Solo es posible vencerlo dejándose llevar de él. Sin remedio.

- Aun no tengo el listado de alumnos…Alguien debería ayudarme en este instante, so pena de perder nuestro semestre el rumbo…

Un joven, dela primera fila, comprendió el mensaje, cual si fuera todo esto la puesta renovada de una obra pasada, que ha llenado varias temporadas el teatro universitario.

- Se llama Amelia, pero todos le dicen Amelia X…

Yo lo miré como si fuera la péndola de un campanario de plastilina, pero con los ojos sinembargo, le acerqué unas gracias sin término. Ya tenía el arma, pero no sabía cómousarla, y sentía que el grupo en pleno aguardaba el siguiente movimiento, que debería ser mío.

- Bueno,parece una propuesta interesante, pero no tendría argumentos para justificarla, y en nuestro juego llamado supervivencia,  preciso estar aquí para poder continuar…


- ¿Y acaso no es defecto de aquella verdad, su filial enlace con la animosa ingenuidad, que la fuerza perpetuamente a saltar al vacío sin saber volar, en un exilio fortuito que la llevará a una muerte cierta, si no encuentra para su acto una legítima justificación que la libere de ser eternamente un compromiso?

Posó sus ojos sobre mí, sabiéndome perdido. Yo supuse que ya tenía una noticia sobre el porqué de su encierro, la razón para que alguien de este lugar quisiera verla cada vez que pusiera sus libros al cuidado del asueto, pero también al día siguiente, cuando debiera liberarlos del sueño.

- La verdad, querida, debo dejar claro el conjunto de motivos que tengo para venir acá durante diez y seis semanas, sin falta, y en ese ambiente delicioso y soleado no sería posible…

Ella se puso de pié, tomó un sombrero de tela con flores estampadas, su bolso demasiado grande y sus cuadernos, y comenzó a salir, despaciosamente, mientras mis ojos no daban crédito. La demás gente no parecía sufrir el síndrome que comenzaba a invadirme, pensé que acaso ya ella los habría adiestrado.

Al pasar por mi lado, habló bajo, solo para mí…

- Hasta otro día, recién llegado. Debo hacer honor a mis palabras, pero sabes que eres bienvenido…


Cerró la puerta al salir, pero alcanzó a mirar nuevamente por el cuadrado de vidrio, que no tiene otra razón de ser que decirnos a todos que nuestra privacía no es verdadera pero tampoco falsa. Amelia se había marchado de la primera clase, dejándome claro que era bienvenido. Quedamos como sin fuerzas, y yo tercié a fondo para evitar que la primera reunión se hundiera totalmente, les di la lista de textos que usaríamos, los autores de apoyo, y las fechas de exámenes. Luego, el timbre sonó como una campana de boxeo, que te dice que al menos no te tumbaron a la lona, y aun tendrás otros tres minutos, otro nuevo asalto para tentar a la suerte.

Al llegar a la oficina de los profesores, tras esa hora corta de prueba, el joven que me había dicho el nombre de la chica, estaba apostado a un lado, esperándome a todas luces.

- Profe, quisiera decirle algo, si me lo permite…

Con mi gesto sencillo, lo invité a pasar a la oficina.

- Me llamo Alberto Ceñudo. Quisiera ser todo lo directo que usted me permita…

Con los ojos, nuevamente, le di cuerda suficiente para que acabara de una vez…

- Amelia, profe, es una de esas chicas que no puede recuperarse después de perder a alguien…El semestre pasado, su novio murió en una de esas carreras de medianoche. Él hizo una apuesta con su coche, y al final, en la angustia por no perder, simplemente chocó contra la base del puente que hay a la salida del pueblo. El auto se prendió en llamas y luego explotó…Amelia no ha podido aceptar lo que pasó…

Así que el casillero era del difunto novio de la chica, por esa razón y no por otra, era el único que estaba disponible.

El chico se despidió, no sin antes ofrecerme toda clase de disculpas, por ir a hablar conmigo sin yo haberle pedido nada. Lo despaché, asegurándole que había hecho bien en ir a contarme. Me quedé reflexionando sin orden sobre la vida y la muerte, y luego simplemente decidí irme a casa, con el fin de preparar la clase del día siguiente, componiendo un sistema de seguros para que no se reiterara una situación como la de hoy. 


El salón estaba en pleno, y todos ocupaban las sillas de la primera reunión. Ella también.

- Espero que hayan comenzado las lecturas…Toda discusión precisa de dos partes, que buscando habitar en un nivel, puedan gracias a su posición como fuerzas antagónicas, propiciar el ascenso, merced a la prueba enfrentada de los conceptos…He ahí el fundamento de las lecturas…

Miré al fondo y descubrí que Amelia me estaba mirando. Me quedé allí respondiendo con la luzde mi silencio, negado ante la distancia que había nacido entre la realidad y las estratagemas para sustituirla por el sueño, después de saber todos los hechos de boca de Alberto Ceñudo. Pasó toda la clase, toda la primera semana, el primer mes, y la voz de Amelia X no retornó al foro libre de nuestro salón de clase. Simplemente se ausentó espiritual y definitivamente, sin una razón valedera o por lo menos comprensible.
…

Fue un martes cualquiera del mes dos del curso, cuando revivió de su mutismo y nuevamente sembró de flores el lamentable ambiente del salón de clase.

- ...No decidir no solamente es, en principio, la toma desteñida de una decisión, sino la tácita demostración de nuestra definitiva reciedumbre, de nuestra terquedad ante la posibilidad de afectar al destino, con intervenciones que busquen redimir al presente de una dirección, dándole otra…

La voz de Amelia llenó el aire del cuadrado, de fragancias volátiles…


- Pero, ¿acaso puede decidir quién está por fuera de un presente cierto, y se aturde para actuar por estar entre el pasado y el futuro probable? Determinación es una categoría que premedita la consecución de un después gracias a la dinámica de actos que corren simultáneos, y que obtendrán nuevos presentes gracias al movimiento, a la decisión tomada… Quien esté por fuera de esa quinética ejecución, mal podría derivar de ella resultado alguno…

Respondí con la mesura propia del que reflexiona cada punto, para dar una atinada contestación.

- Tienes la razón completamente de tu parte, Amelia…No negarás que el tema alcanzaría para una propuesta de Evaluación, o un trabajo para el semestre… ¿Lo intentarías?

- Aunque ya llevaba otra cosa adelantada, me parece muy buena idea, Profesor Recién Llegado…Y la llevaré a la práctica, también como vector hacia mi interna profilaxis.

Ante todo el salón mostré por primera vez, la amplitud serena de mi imperfecta sonrisa…Algunos con motivos distintos a los míos, también sonrieron.

No tenía seguridad, de llegar a cumplir la promesa que me hiciera el primer día, al ver esa foto tan bella. Pero, algo dentro de mí gritaba de contento, dejando de manifiesto en esa sencilla respuesta, que había comenzado la curación de la divina Amelia X. 

Y que estábamos invitados para enterarnos del resto…

JOSÉ IGNACIO RESTREPO
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