martes, 18 de abril de 2017

CUENTO LAS HORAS PARA IRME DE AQUÍ / Poesía de José Ignacio Restrepo


ES HORA


Sucio campo de pruebas,
no existen reglas claras
y ante los cansados ojos
la ventaja corre del lado de los otros,
los vecinos hastiados que se ríen
de que haya niños negros en la verja
cantando por unas monedas,
de esas que se usaban en los teléfonos antiguos,
que ya casi no se ven
porque no existen...

Senda paulatina,
antes de salir pido mi abrigo...
no ocurrió como tampoco otras veces,
no llegó la que me mire a los ojos,
la que me haga olvidar el cielo arrebolado,
la que me tiente
a hacer lo inadecuado...
y ahora debo regresar al trabajo,
pulir feas fotos digitales
de esas que salen en los diarios,
con gente estallada por la guerra...
con gente cuya cara duele,
con gente similar a ti
llevando un rostro de pesares
y las manos sin saber orar.
Otras con dulces delfines sonriendo 
encallados en una playa solitaria y sin nombre,
 muertos y apretados
sin saber qué diablos ha fallado...

Soy este,
pueblo un mar de sincopados azules,
el vértigo es mi solana religión
y mi cardumen es tan abundante
como esa lago de estrellas
que de arriba
siempre me mira...
mi tristeza escolástica es formada
y cantautora en horas clandestinas,
y las ansias de vivir pasan como fantasmas gordos,
repitiendo sin voz
aún tienes tiempo...

Y cuando soy aquel otro
y abatido me persigno,
me siento como soldado redentor
quemando la maldad
del inframundo,
luego constato que sigo estando aquí
y que el licor acabó...

Un café,
gracias ruiseñor...
es hora otra vez de comenzar el día.


JOSÉ IGNACIO RESTREPO
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sábado, 8 de abril de 2017

RESENTIDO.../ Poesía de José Ignacio Restrepo


REZO MALO


Y caer en la trampa...
tomar ese cursor que bota fuego
y salir a matar, que no te maten,
servir de diezmador, de reluctante
para cualquier doctrina,
cualquier credo...
y correr explicando otro evangelio,
que bien sirve al atrio de la muerte
porque ya somos muchos
y en medio del hedor idolatrado,
es verdad,
no podemos entendernos...
si acaso con un buen kalashnikov
quemándonos con fuego
entre las manos...

No ser una estadística mañana
entre los que caídos bien lo explican,
muy lejos a su juego encadenados
se ríen del jornal poco que pagan
y del parque perdido en la pelea,
los que por cnn boletean
sus apuestas infames,
y aquello que se pierde hoy en la guerra
cien veces de seguro lograrán
recuperar con creces
cuando brote,
ese oro negro más negro que nunca,
en su diván del club, o en sus mansiones,
estos prohombres sucios de la historia
verán en la pantalla aumentada
los signos del dow jones
que lo aseguran,
que con cada caído por la peste
de las balas y bombas regaladas,
se ha duplicado el precio de la acción
de neveras y muebles y tejidos,
y autos malparidos...
y cosas que se compran y se venden
que duermen entre muros malnacidos,
esperando a a que lleguen los que pagan,
que creen en la vida regalada
por sus sueldos de paja...
los salarios de infesto plenilunio
que el sol como cincel
les amortaja
gastándoles la piel y el intestino,
entre días amorfos
que por un plan ya tienen su destino...

No caigas redentor solo de ti
para mirar tu sangre en la calzada,
y ser un algoritmo desdeñado,
un recurso vital bien malgastado...
no te dejes matar,
corre hasta allá...
en la fe de que puedes esconderte,
cuando se acabe todo lo que tienes
para igual responder
a este llamado tonto de la muerte...

JOSÉ IGNACIO RESTREPO
• Copyright ©

viernes, 7 de abril de 2017

POR EL ROTO DEL TECHO, VEO A SYRIUS / Poesía de José Ignacio Restrepo


EN LAS ARENAS


Ponerse hielo en el cuerpo tumefacto 
y en las heridas abiertas, aún sangrantes,
limpiar y luego que la sangre cese
aplicar con algodón mercurorocromo
al estilo enseñado por mamá,
mirando lejos y mientras resoplando,
queriendo que el aire llegue a ese lugar
desde los labios de un ángel...

Haber venido es el peor error
y al mismo tiempo un delicado acierto,
el compartir con otros que se fueron
sangrantes, comatosos de este mundo
y que al igual que yo atrás dejaron
una vida de cómodas franquicias
al decidir llegar de alguna forma
y compartir en estas viejas tierras
con gente amable, vital, sobreviviente...
sin apoyarnos en algo diferente
que nuestra humanidad bien ampollada...

Venir aquí a mirarnos a los ojos
con estos otros llorados y cansados,
para ayudarlos a mudar de casa,
a correr invictos, presurosos,
ganándole carreras a la muerte...
sin lograrlo algunas, muchas veces,
sin poder quitarle al enemigo,
a ese verdadero ciego inmundo,
aquello que va robando a diario
la fe de prosperar, el mutuo arraigo,
el día de mañana para todos
los que siglos juntaron... 
el quiere robarse sin esfuerzo
este terreno de sueños construido
de padres para hijos...

Hoy abrí de nuevo mis dos ojos
y vi el cerco profuso de la muerte,
vi el fuego que acabó con el portal,
el techo derruido en mil pedazos,
la llegada y la salida del zaguán...
el cuarto donde ayer dejé mis cosas
no existe, 
encima hay solo piedras...
me falta la visión en el derecho
y con el ojo izquierdo he comprobado
que lo que vine a hacer no lo he logrado...

Pero...
los muertos son un pan para el futuro...
en el alma de todos los que quedan
habita una bondad que no se muere,
dejada como herencia bendecida
aliento para el resto de la vida...
y esta tierra llena de riquezas 
que late en sus días y en sus noches,
y acaso mute de dueños esta tarde,
lleva sendas de belleza peregrina
con pasos hechos de sueños infantiles, 
de canciones pueriles, taciturnas,
de recuerdos tallados simplemente 
reteñidos en la tez de la memoria...

Y no podrá borrar ninguna guerra, 
ni el dolor, ni la muerte abominable,
el sereno y querido sentimiento
por llegar a este hoy,
los que viven aún, los malheridos, 
y aquellos que merecen que ésto acabe...
padres, hijos y amigos,
que se fueron ayer
su fe cual delicada filigrana 
paga entero el viaje
hasta la gloria...

JOSÉ IGNACIO RESTREPO
• Copyright ©

jueves, 25 de febrero de 2016

DE LA SENDA DEL GUERRERO / Cuento de José Ignacio Restrepo

N. N. 
por 
José Ignacio Restrepo



Tiene tiempo de estar haciendo esto, tantas tardes de tedio diocesano, tras decidir parar de trabajar. Sí, son cerca de diez años mal contados. Va y viene en una ruta larga desde el largo bulevar a la troncal de San Marcos, pasa por el mercado de los pobres, mira la fila que parece intacta siempre, muchos sacos grises, muchas cabezas gachas ya pintadas de nieve. Al subir esa cresta sembrada de altas palmeras, apura el paso que allí es un trote de tranco medio, y sube creyéndose un corcel bendito por mirones del Parnaso, un caballo inmaculado que no conoce guerras, solo películas ganadoras y líneas de poemas.

Un kilómetro después detiene el curso completamente. Se sienta en un muro como cualquier escolar con asma, y respira profundamente doscientas veces, mientras mira el sacrosanto firmamento. Se vigila el cuerpo y le hace un masaje muy fino, dejando que las coyunturas le hablen, como en un sortilegio de ecos y quejidos sobre el desgaste al que están siendo sometidos con estas mediciones matutinas, y estas labores de solo uno, que son el pan diario de su nuevo periplo.
Diez años van desde que no vende su fuerza de trabajo y solo se encarga de negocios particulares, asuntos que solo saben dos, y un tercero, que ignora ser la mancha del vestido, la ficha sobrante del juego, un muerto vivo...Ni supo cómo llegó a este puerto, tan secreto e ilegal, como particular. Igual, es un triunfo que lo enorgullece. Estar vigente, haberse mantenido hasta este momento, sin lastimar a quien no se debe y alcanzando poco a poco territorios alejados de este lugar donde vive.
Comienza lentamente el camino de regreso, que tiene marcas de esfuerzo de índole diversa al anterior, a pesar de ser trazado sobre un mapa igual. Repasa rostros, eventos, otras corridas donde fue el toro y no el torero, aumenta el ritmo de la respiración y va disminuyendo la distancia hasta su bella casa, levantada sobre una colina, hecha toda de arcos y muros cruzados por ventanas de tonos azules diferentes. La casa se puede ver tres kilómetros antes de llegar. Tal es su magnificencia y su tamaño. La construyó con los primeros tres años de trabajo. No somete ya su pensamiento al escrutinio de ecos ajenos, sobre la moralidad de su labor, pues ha concluido que es tan necesaria como muchas otras que se categorizan en el ámbito de lo constructivo. Si no se limpian los diques, si no se derriban casas pequeñas para dar origen a los grandes edificios, si no se juntan valores para sacar un valor alternativo ¿qué pasaría?

Sus disparos, aquellos accidentes que suceden, esos suicidios inesperados, que tienen la marca de su silencio, el tacto sobrecogedor de lo inexplicado, son trabajos muy bien remunerados porque hay cosas que deben suceder y por si solas no suceden...

Va llegando, es una loma que saca lo mejor que tiene. Su mejor esfuerzo antes de llegar a casa, como hace diez años cuando era un don nadie lleno de valor para hacer lo que otros solo pensaban. Son menos de doscientos pasos, un trote de caballo que sabe que lo espera un frío baño, y una cena llena de deleite natural, en la gran mesa de mármol de su bella casa de vidrio...

Un silbido débil, de un cohete disfrazado de bala, irrumpe en el final de su carrera como un misil que va a acabar el mundo...

El combatiente de un solo país cae en la vía pública de manera aparatosa. Ya está muerto cuando rompe su mentón contra el asfalto. No lleva documentos, no va armado. Llegará a donde llegan todos aquellos que fallecen sin poder ser identificados. Quizá se tarden un tiempo en averiguar la empresa que tenía, qué cosa se propuso construir quitando del camino las piedras que otros simplemente señalaban. Un cuento de azares, medio quemado por otro que no aparece, el cabo de su rabo, el viento inesperado de su vela, el punto aparte de su relato inventado quien sabe cómo, casi un juego a medio empezar apenas, de una vulgar caja de letras...

JOSÉ IGNACIO RESTREPO Copyright ©

domingo, 7 de octubre de 2012

FELICES, SI HAY REMEDIO.../ EL CUENTO DEL AUTOR

NO FUE SOLO UN MAL SUEÑO
por José Ignacio Restrepo




Todos tuvimos quien nos diera de mamar una primera vez. Aunque fuera una partera de pago, laborando por horas, o una enfermera ordenada y hacendosa, con el biberón en su mano, de esas que aguza los oídos para escuchar antes que todos, las pisadas de los patrones. O por lo menos, una vieja sirvienta que todavía recuerda su labor, regida por los gimoteos de los nenes en algún hospital lejano. Algunos contaron con una familia y fueron formados legalmente, como dios manda, pues padres, hermanas y hermanos les repetían una y otra vez, come con el cubierto, lávate las manos, métete la camisa, no te hurgues la nariz, siéntate derecho. Todas esas fórmulas fatigosas de cumplir pero socialmente útiles, para ser capaces a lo último de salir al ruedo…y parecerse a los demás.

Yo apenas tuve algo de eso. Ni padres, ni hermanos, solo un poco de guía nada más. Al que sirvió de ejemplo, lo recuerdo siempre alzando la voz y dando gritos, y por su nombre incomparable: Casio. Él medía casi dos metros y siempre le vi en su batola de enfermero, pues cuando salía del hospicio ya vestía con otra ropa y no podíamos verlo. Esa ala del edificio, la de los administradores, era independiente y no lindaba con la nuestra. Alzaba mucho la voz cuando no estábamos atentos, y casi enseguida el grito nos decía que no lo estábamos haciendo de la forma correcta. Desde entonces supe que sería como ellos, como los administradores, entendí que el orfanato solo era el sitio de pruebas, y que de superarlas con algún mérito, simplemente pasaría al siguiente nivel. Lo busqué una vez, hace un tiempo, para agradecerle, para darle algún beneficio por haberme formado tan a las malas, pero tan resistente. Ya no existe, algún pazguato cobrador que le fue a cobrar una deuda, lo dejó tirado y sangrante en el embaldosado artificial de su viejo apartamento.

Bueno, eran solo algunas cuitas para entrar sobre el tema, cuando uno está abatido le llegan esas noticias, inmutables y propias, los llamados recuerdos se presentan para dar con que entender lo que el presente nos deja.

Si hubiera tenido abuela, no tendría males de boca. Las abuelas son tanto más tiernas, cuanto más rebelde sea el crío. Eso sí son buenas, porque gente volada del infierno hay por toda parte, te lo digo yo con total conocimiento. Y este mal de boca que me aqueja de seguro ni siquiera lo tendría, si en vez de aquel violento empleado de hospicio, el enfermero Casio, hubiera tenido a mi lado, por días y noches sin término, a una abuelo o abuela de esos de los cuentos, formándome como se hace con los santos…para que una vez muertos se vayan derechito al cielo.

Pasar la lengua por el borde, es un calvario. Solo les digo que tengo todos los nervios a punto, a cien…No obstante estar intactos, y aunque no estén cubiertos por ningún diente, mis dientes me recuerdan esos abuelos que no tuvieron a su cuidado. Esto no empezó tan lejos, como para no poder contarlo. Si hago una sinopsis os haré entender cómo vine a quedar sin siquiera un diente, antes que aparezcan los contrarios…No deben tardar, pues cómo veo las cosas, me llevan media jornada, debí haber dormido algo más de tres horas, por la maldita anestesia. Y  que lo dicho testifique, que no fue por los dientes, que este maldito aquí sentado va a perder sin hacer repulsa lo que tiene.

Y, ¿lo podrás comprender?, de un oscuro comienzo como el mío, en un orfanato del Estado, nadie quisiera hablar, y yo tampoco. Me puedo remitir mejor, a esa iniciación tardía, como la llamo yo. La primera prueba ante aquel patrón fue simplemente un homicidio, él quería saber si se podía contar conmigo, y yo solo gasté dos cartuchos de los doce que traía la pistola. En eso vio él, que yo también era ahorrativo, que sería cuidadoso en las finanzas, que no era botarate a la hora de comprar, pues quien así se comporta buscará realizar el negocio que sea, para poderlo tirar luego. Ahí se distinguen los que traicionan, los que venden, pues nunca lo que tienen les es suficiente. Escalé en un envión lo que a otros les lleva toda una vida, pues puse bajo el escrutinio del más grande, ese bien valor llamado carácter, que se ata sin reparo a la honestidad, a la confianza, a la ética. Quién dijo que los delincuentes no tenían de esas cosas, si es en sus escenarios donde más se necesitan. De uno a otro encargo, me di a la tarea de cumplirle siempre de manera perfecta. Y los resultados no tardaron en llamar positivamente su atención. Pasé de ser operario del gatillo, a ser parte de la plana media, con más de cincuenta hombrachos a mi cargo, y ellos aprendieron a respetarme, pues en mi boca no cabía una palabra que no viniera directamente de la boca del jefe. Y ése hombre para ellos, estaba en el nivel del mismo dios…

Fue un asunto de mecánica celeste. El Don fue sorprendido por uno de esos jineteros, que quieren llegar primero por solo hacer el trabajo sucio, de alguno que promete demasiado y jamás cumple. Solo cuando le vi en el ataúd, supe que ese destierro eterno ha de ser plácido, pues la cara del jefe mostraba un franco semblante, como el que presenta aquel que entrega el deber cumplido. Tenía puesta en el rostro esa sonrisa coherente, que los padres muestran a sus hijos tercos, cuando ya han aprendido la lección que ellos mismos con dificultad asimilaron. Afable, era ese el gesto. Él, que siempre lo vio serio y hosco observaba aquella condición anormal, que  se había quedado a dormir en cada uno de los músculos que componían su faz. Y los que le distinguimos con nuestro aprecio, no podíamos dejar de echar un vistazo a esa última expresión paternal.

Al cónclave asistieron bastantes, en todo caso sí llegaron todos los estrictamente necesarios, y tras el ágape que se acostumbra, todos votamos en la urna de Jacintos, cuyos visos de color azul hacían de esta función, un momento casi sacro. En la organización, únicamente algunos pocos habían votado más de dos veces, para elegir  al sucesor de un Jefe. En términos estelares, yo apenas había llegado al grupo. Pero, contra toda posibilidad, fui erigido en jefe esa misma noche, solo dos personas cercanas, prefirieron a otro de los comensales allí presentes. Y ese fue el comienzo. Con semejante aval, ya era yo el responsable de coordinar cada viraje de esta nave, buscar por todas las formas que nuestras tareas subrepticias e ilegales, tuvieran un más allá de reconocimiento y fortuna. Tal es en últimas el propósito de enfrentarse a quienes demandan de todos el cumplimiento de las estatutos. La ley es para nosotros una trampa para evitar que conquistemos otro peldaño de la escalera, donde al final nos espera el poder y la riqueza.

Hace trece años que nadie vota otra elección, en esa bonita vasija color azul blancuzco…Y llegó la hora de que me resguarde, de que cubra mis pasos. Cada minuto gobernando esta administración sin nombre, aumentando mis bienes y mis herencias, y las de todos los asociados, es una batalla ganada a los ataques permanentes de nuestros enemigos. Estoy cansado de correr. No le voy a echar la culpa al trajín, pues mucha agua ha pasado bajo el puente, y esto lo elegí con cada decisión que tomé, hace ya mucho tiempo. Yo sabía que llegaría la hora de desaparecer, con lo que no contaba era con las dificultades que tendría en este momento.

Hecha la síntesis, hagamos claridad sobre lo que tengo, lo que debo, y sobre el escenario donde están ocurriendo todas estas inspiradas reflexiones, no sea que el que lea se aburra y se impida por propia mano, de llegar junto conmigo a la rezada de ese fatal, postrero Padre Nuestro. No hay casi luz en este pequeño dispensario, desde que llegué ya lo había notado. Fue entonces y no ahora, cuando debí hacer algo al respecto. Pensé que con esa lámpara rectangular el trabajo de este, cómo le llamo, especialista, quedaría bien hecho, y él podría ofrecer por el todas las previstas garantías. Pero bueno, me equivoqué. Se demoró un poco en perfilar cada pieza, sirviéndose de una fresa que era la luz de su instrumental, todos y cada uno de los dientes y muelas, que reposaban como prueba de mi identidad en mis antecedentes delictivos. Poseer el detalle completo de mí historia dental, junto con la huella de la mordida, los hacía cercanos a mí. Era igual que poseer, el dactilograma completo de los veinte dedos de mis manos, que desde el año anterior ya sencillamente no era exacto, pues mis yemas habían dejado de existir.

En todo caso, no quisiera ser espejo si fuera a reflejar la imagen de mi boca abierta. Tras dos días ininterrumpidos de intervenir mi boca, y con los dos brazos atados por pura prevención al descansa manos, una estúpida conversación había saltado de aquí para allá, hasta coronarse como suele pasar en estas situaciones, con una decena de lentas afirmaciones de mi cabeza. Sin yo darme casi la maldita cuenta, confirmé con éstas aserciones una sospecha, que para el dentista se convirtió en la peor y mejor de las noticias, y en un motivo insalvable para dejarme atado aquí, con la boca llena de esas horribles tuercas, unas roscas metálicas donde deberían encajar los nuevos dientes, que podía ver a mi derecha sobre un estante, en una caja aún sin desempacar.


Debí estar mudo o por lo menos callado, y no creerme tanto o más que aquel a quien suplí en este cargo. Al parecer, era yo el responsable de la muerte de su querida, que ocurrió hace diez meses y algo, y todas las preguntas y derivas que yo había respondido afirmativamente, le dieron la prueba sobre el particular. Estaba atado firmemente a la silla de aquel odontólogo, sin uno solo de mis dientes, comenzando a recuperar la conciencia del dolor, esperando a que regresara acompañado de quienes nos hacen todo el tiempo la guerra diciéndole al mundo entero que nosotros somos los malos, y no ellos. Y no tenía nada más que hacer, sino esperar, pues él debía ponerme mis nuevos dientes. O algo temporal, con que poderme ver sin que me de un ataque de pánico, ante el espejo.

Y si no, como podría comer la maldita comida para puercos, que sirven en la cárcel…



2

Nadie puede afirmar, y yo no voy a hacerlo, que uno puede acostumbrarse al maltrato, a la mal comida y a la falta de salud, por el hecho simple e innegable de sentirse como un cerdo, por ver reflejada la propia maldad y la responsabilidad por los malos actos cometidos, en todo lo que a diario le circunda. Pero, por momentos se olvida la calamidad de ser el que eres, si observas con cuidado y con tiempo suficiente, a todos aquellos que están contigo, pasando este mal rato, que para mi, está escrito durará así como va, dizque algunos años. La costumbre como la paciencia, son aptitudes que llegan a apreciarse, si están acompañadas de la necesidad de sobrevivencia. Este es mi presente, un hecho limitado y temporal.

Tardaron varios meses en completar el trabajo dental. Ese otro malnacido que le dejó atado a la silla, esperando por la tomba, le había dejado literalmente en carne viva, por su supuesta venganza, que en todo caso no va aquedarse ahí. Ya ha hecho lo necesario para que se le encuentre y le sea cobrado todo lo que debe. Da muy mala imagen, además de estar pagando cana, ser burlado y ofendido sin hacer lo propio para recuperar algo de honor. Y él suele cobrarlo todo, de una sola vez. Lo averiguaron muchos antes de ahora y fue en ese instante lo último que supieron. Ese odontólogo de mierda ha de estar pagando su escondrijo a peso. 

Bueno, sus dientes le duelen cada que se mastica un banano maduro, parece simplemente que no fueran de él sino de otro vergajo, que tuviera unos nuevos en su boca chiquita…Él se aguanta lo que sea, porque ese siempre ha sido su carácter, aguantarse lo malo para poder ver realizado lo bueno, más pronto que tarde, así le enseñaron, y siempre ha obtenido rédito de ello.Todo lo espera, mientras los de afuera hacen el trabajo oscuro, sus buenos y bien pagados abogados. Ellos deben encontrar a los pone quejas, a los testigos de la fiscalía, a sus familiares, esas cosas. Averiguar, si alguien tiene casi prendido su rabo de paja, el juez, su esposa, la niña bien de la casa. De algo se tiene que servir uno, porque para eso está hecho el sistema de justicia, y uno tiene que utilizar cualquier arma que tenga a la mano. Sería tontería, un crimen, una salvajada, purgar años de cárcel sin tener que pagar nada.

Ya en una semana viene el ortodoncista, para terminar de poner las dos últimas coronas en los dientes del frente. Ahora mismo, casi no come nada duro, protegiendo las carillas. Si se llegan a quebrar, quedarían afuera, al sol y al aire, esos feos tornillos que parecen del propio Arnold Schwarzenegger, cuando hizo Terminator…Los compas se ríen en la mesa, cuando parte todo en el plato, en pedacitos muy pequeños, para así no hacer mucha fuerza a la hora de masticar. Le bufan, le llaman bebé, y cosas peores. Pero, él solo quiere volver a tener buenos sus dientes, porque después de tanto tiempo de acá para allá en su misma boca, toda esta movida solo por querer ocultarse del pasado, termina pareciéndose a esas pesadillas, en las que todos los personajes son realmente uno mismo, todos vestidos diferente saliendo de cada parte, con sus diálogos y gestos, diversos y elocuentes, siempre con el mismo rostro, el que tienes en el espejo cuando te afeitas por la mañana…Siete días y todo volverá a estar perfecto en su boca, y entonces podrá sentarse a esperar, y ver como desaparecen los obstáculos que lo tiene aquí engranado. Falta poco para recuperar su libertad, y volver a su hacienda, mucho más respetado después de soportar esta batalla, y ganarla a pura mano…


*  *  *
El odontólogo entra al dispensario, que con los cambios sobrevenidos en las cárceles en los últimos años, es un lugar amplio, realmente completo y moderno, con todos los implementos necesarios para hacer del trabajo odontológico algo profesional y sin riesgos, que ofrezca a pesar del sitio, las mejores garantías. Al fin y al cabo, aquí adentro están viviendo muchos de los hombres más ricos y poderosos de este país…La asistente ya lo ha dejado todo preparado para que el doctor me coloque las dos porcelanas en lugar de las carillas que traigo…

-     Muy buenos días…
-     Buenos días, doc…
-   Estaremos ocupados algo más de dos horas, y luego tendrá completa su dentadura. Me llamo Demóstenes Sinisterra, estoy reemplazando a Aldo Cedeña, que salió de vacaciones…
-   Ya le veía la cara un poco más alargada y barrosa, y me preguntaba de qué carro en movimiento lo habían tirado, contra su voluntad…
-     El famoso buen humor carcelario…Bueno, señor…
-   …Dígame el Don, todos me llaman así, como se hacía ahora tiempos…

El odontólogo se le quedó viendo un instante largo, y luego comenzó a elegir todo el instrumental necesario, entre el dejado en el mueble auxiliar por la asistente…Tenía una mirada profunda y de lentos parpadeos, que recordaba vagamente los ojos de las vacas. Se demoraba la preparación de la intervención, y una cierta inquietud fue haciendo presa del paciente, que tenía por virtud o defecto enfrentar esa sensación, silbando las canciones que se hacían famosas en la radio. Su boca tenía realmente algún virtuosismo al hacer éso, y seguramente el intérprete estaba ansioso de verla completa y como nueva…

-   Bueno…Vamos a comenzar. 
El Don experimentó una hermosa sensación. Una suerte de epifanía le recorrió, pues sabía que en breve este infierno de ver su boca como una cosa marchita, por fin terminaría. Las palabras de aquel profesional desconocido eran cada una, como una redención para este episodio de loca insatisacción. Lo miró con la mejor de las miradas, esa que solo utilizaba con las mujeres, la rompecaderas la llamaba él, y que tenía tan abandonada como las tenía a ellas, a su pesar obviamente.

-     Primero lo primero…

Le vio preparando una jeringuilla, con tal propiedad que ese singular pánico que toda la vida les había guardado, se perdió entre la atenta observación. Pensó, todo sea por coronar…

-    …Serán dos pinchazos, arriba en el paladar, no vaya a moverse…

Sintió como entraba la aguja e inmediatamente, la sensación pasó de desagradable a inexistente. Una sacra confianza en que cada cosa que empieza finalmente acaba, comenzó a invadirle y el relax inició su recorrido, previo el trabajo que culminaría con la visión tranquila y esperada, frente al espejo de mano que guardaba bajo la almohada, de su dentadura hermosamente recuperada. 

-    Algunos pacientes temen mucho esta clase de intervenciones, en las que obligatoriamente debemos usar anestesia para completarlas. Piensan que pueden quedarse dormidos, tantas cosas se han dicho que terminan siendo solamente habladurías dañinas para el ejercicio de nuestra labor. Claro, casos han habido. Pero siempre hay detrás un clásico error, que solo se hace público en raras ocasiones, llamado inexperticia, inexperencia, incapacidad, impropiedad, desconocimiento, incompetencia, ineptitud, insuficiencia…

Había comenzado a hacer efecto la droga que le evitaría el dolor. Él escuchaba los comentarios del médico algo separados, como si vinieran de una distancia mayor de la que tenían entre si. Las palabras del final, comenzaron a sonar casi como dogmática retahíla, y él sonríó con la sensación vaga de demorarse para completar el gesto. Claro, la anestesia ya había adormilado los músculos de la boca, y estaba llevándolo casi hasta la somnolencia. Podía ver al odontólogo con ojos de vaca, envuelto en una especie de vaporoso éter, que le dibujaba perfectamente el blanco de su bata.

-  …claro…nada de ésto hubiera pasado, y ni nos habríamos conocido usted y yo, si mi padre no hubiera sido arrollado por ese coche negro…Usted estaría acá, cumpliendo su condena, esperando a su odontólogo de cabecera, para que le completara este trabajo, y yo, almorzaría con mi padre, ese otro odontólogo que solo hacía justicia cuando le dejó la boca hecha un infierno, ¿recuerda?...Sentados al frente de mi almacén de implementos para el dibujo, la talla y la cerámica, almorzando, hablando sobre el calor inmundo que está haciendo por estos días…

Era inmensa la necesidad de rendirse al sueño, y no veía cómo podrían colocarle las…


*  *  *

La asistente vio salir al médico, un poco antes de lo esperado, y sin embargo, por una conducta aprendida desde la facultad, le dispensó una despedida corta, que no alcanzó a completar…

-   No, aun no acabó…Está un poco intranquilo, esperaremos unos minuticos para colocarle las piezas…Prefiero que no lo moleste. No demoro, ya vuelvo…

Ella le sonrió. Siempre hacía eso si necesitaba expresarse ante la autoridad, como signo de respeto.

Adentro del consultorio, el paciente parecía dormir profundamente. De no saber que recién había recibido una dosis de anestesia, uno pensaría que estaba muerto. De verdad….


JOSÉ IGNACIO RESTREPO
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sábado, 21 de julio de 2012

QUE LA MUERTE NO PUEDE, NI PODRÁ... / Con Julio Cortázar


LA NOCHE BOCA ARRIBA
Por
JULIO CORTÁZAR



Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos;

 le llamaban la guerra florida.


A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.

Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pie y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.

Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en la piernas. "Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado..."; Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.

La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. "Natural", dijo él. "Como que me la ligué encima..." Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.

Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.



Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.

Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. "Huele a guerra", pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor a guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.

-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo.

Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse.

Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trozito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.

Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. "La calzada", pensó. "Me salí de la calzada." Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.

Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás.

-Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.

Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin... Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.

Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.

Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida.

Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada... Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.