miércoles, 7 de marzo de 2012

UN RECUERDO DE GUERRA / El Cuento del Autor


HAY HÁBITOS QUE MATAN
por
José Ignacio Restrepo



I
La bicicleta negra esperaba, contra el muro construido hace diez siglos, y la lluvia le caía en forma firme, logrando sacar sonidos pequeños, que serían audibles para alguien que se hallara cerca. Eran ya seis horas de llover sin pausa, y ese lugar de la vieja ciudad de Reims, hacía rato lucía de un solo color, un sombrío pardo mojado que lo oculta todo, cicatrices, moho, retales de perdido origen que ni siquiera sus dueños reconocerían, a estas horas. Hace mucho tiempo esta ciudad lo cuenta si te quedas quieto, pero hoy llueve de una forma que si alguien lo hiciera quedaría hecho una sopa.

Por la vieja cuadra que ni un poco de iluminación tiene a su haber, dos sombras se recortan contra la bruma y el agua que cae. Vienen discutiendo pero lo hacen en voz baja, como si temieran que otros, ajenos a ellos, se enteraran. Repentinamente, uno de ellos hala al otro por la manga y éste deja caer ante el forzado embate, una bolsa mediana al suelo. Cuando ambos se detienen en su aparente disputa, para alcanzar la talega, que ha comenzado a mojarse, una tercera presencia hace su entrada, desde la cuadra del frente, que ninguno de  los dos observa. Es un hombre, vasto, mal vestido y muy bajo, diríase casi enano. En mitad de la calle, se detiene, saca algo de su chaqueta, algo que brilla cuando recibe la poca luz que se refracta entre tanta lluvia que cae, algo que pone delante de sí. Es un arma de fuego, que escupe sus proyectiles, una, dos, tres, cuatro veces. Los dos que pugnaban por hacerse con el paquete, yacen ahora completamente quietos, ocultando la bolsa bajo sus cuerpos, de los que mana sangre, roja, caliente, abundante, la cual se mezcla sin esfuerzo con el agua que corre sobre la acera.

El hombre bajo se acerca a los cadáveres. Sin ningún respeto voltea los cuerpos hasta hacerse de la bolsa, que es del tamaño de una libreta de notas, y tan gruesa como una biblia de clérigo, de esas con las que se dicta clase de religión en los colegios. La levanta, observándola, como urgido de comprobar si no acaba de asesinar a dos extraños por nada. Abre la cremallera, mete su mano derecha, si, esa que acaba de tirar del gatillo del arma que ahora está oculta en su saco oscuro, comprueba que todo está bajo control, se acerca de nuevo, le quita el reloj de pulsera a uno de los occisos, se lo coloca en la muñeca de su mano derecha. Como si debiera parecer un robo. Revisa la hora, casi las 12 de este martes de junio, en la ciudad sitiada, llena de resistentes y de nazis, que hoy simplemente no se ven por sitio alguno…

A lo lejos se recorta la silueta de la Catedral, que ante muchos es simplemente un edificio más, aunque otros se hayan refugiado en sus religiosos fundamentos para dictar desde allí, el condumio de religión y estado, que hoy no tuvo nada que ver, que librar o defender, en este encuentro de tres que gano uno, para llevarse una pequeña bolsa de mano.
-------



La monja desaliñada apareció por la puerta secundaria, que daba a la cocina del edificio auxiliar, sede antiguamente del colegio de las carmelitas, y se liberó del humedecido pañolón, parecido al de las viudas de Madrid, que suele verse en las procesiones de Semana Santa y a las salidas de las corridas de toros. Era una mujer fea y diminuta, con un ceño al parecer permanente en su rostro campesino. Sacó de su pechera unos pequeños lentes, se los puso ante los ojos sin calzárselos bien de las orejas, solamente para ver los anuncios que estaban pegados de un cartel de corcho, igual que las noticias de las comidas en los refectorios…-Recuerden dejar en orden el oratorio, es como un brazo del cuerpo de nuestro señor-, -Las misas de esta semana se correrán una hora, para permitir a la hermana superiora hacer las visitas a los enfermos-…Estaban escritos de manera pulida, con la letra de su amiga de tantos años, y ella podía casi escuchar la mismísima voz de Cleo, la hermana comunicadora, con su frágil figura, que sin pretender ser especial pero siéndolo, informa cada cosa que pasa. Verdad que sin ella todas andarían de arriba para abajo, sin saber a qué hora tiene lugar lo que deben saber…

Cruzó el pasillo que casi siempre estaba en penumbra, por carecer de ventanas en su recorrido, y llegó al comedor, donde no había nadie por lo avanzado de la hora. Entró, y al mirar dentro de la alacena se dio cuenta que estaba hambrienta. Se preparó un emparedado, con dos carnes, tomate y lechuga, al que le esparció abundante mayonesa. Era una satisfacción que rara vez se prodigaba, por eso hoy se la concedió, algo había de premio en sentarse a comer a una hora tan avanzada, con la ropa húmeda, tras soportar el chaparrón que había caído por toda la ciudad durante varias horas. Decidió en ese instante no empezar a pensar en lo que había pasado, era mejor para el ánimo y para su labor dentro de la Abadía, no comenzar a recordar esas imágenes, evidencia de aquel esfuerzo que había decidido llevar a cabo en nombre de la libertad. La libertad de ellos, de los niños y ancianos, de las mujeres, que no sabían siquiera la forma de defenderse de aquellos que habían elegido por compañeros, menos podría de los otros hombres que suelen comportarse como bestias…

Pero, desear no pensar y hacerlo era con mucho, la misma infame cosa. No pudo despegar ese ruido inmenso y el eco retumbando calle abajo, por toda la ribera del río, de sus muy tiernos oídos educados con las notas de Bach desde los lejanos días del hospicio. No podía, aunque lo quisiera con todas sus fuerzas dejar de observar a esos sujetos cayendo pesadamente contra el suelo, esos que solo unos segundos antes peleaban el uno con el otro, cayendo como dos molinos gigantes, agarrándose involuntariamente el uno con el otro.  La sangre, corriendo por sobre la acera mojada, ocupando los defectos de la superficie franqueada hacía horas por el agua, todo estaba tan húmedo, incluso la tez maquillada de su propia cara…No alcanzaron a verla, ni siquiera los sucios gatos del río andaban por allí, pues la lluvia alejaba hasta la más férrea de las pobrezas, hacía que cualquier madriguera se sintiera como la más acogedora de las casas, por eso y no por más, la calle estaba vacía cuando disparó sobre los dos hombres, y se llevó el paquete que los traía peleándose desde antes de que por su mano los sorprendiera la muerte…

La hermana se quitó la bufanda. Luego dejó libre el hábito carmelita que constituía el mejor y más gravoso de los disfraces, y lentamente se resignó a que apareciera el atuendo oscuro y masculino del asesino, ese hombre enjuto y de baja estatura del que sólo ella sabía su nombre verdadero y genuina apariencia, ésta, la figura sencilla y trabajadora, aparentemente sumisa y avejentada, de nombre Constance Lampeducci, hermana de la orden desde los catorce años, hace ya treinta largos y pacientes…Tomó el atuendo, que de todas formas le quedaba un poco ancho, pues era originalmente utilizado por un antiguo jardinero más grande que ella, y las guardó, pues al amanecer debía colgarlas de cualquier alambre para que el sol acabara de secarlas…Fue hasta la puerta y puso el pestillo. Extrajo de la pequeña cubierta la bolsa con cierre, lo abrió y sacó una por una las hojas de material criptografiado, que aquellos dos agentes enemigos cuidaban con su vida, pues era clara su importancia ya que tenía esa roja esvástica grabada con hilo negro y dorado en la bolsa, señal de que pertenecía el cuerpo nazi…

Era un listado de 114 nombres, con direcciones y algunos teléfonos, de colaboradores franceses de los nazis, más de la mitad tenían escritos al lado los encargos a los que habían accedido, sus responsabilidades y el monto de la paga, que les había sido prometido. Había algunos nombres de clara ascendencia judía, lo cual dejaba muy mal parados a unos y a otros, desde luego toda lucha que se lleve a cabo en tierra extranjera ya de por sí está viciada de forma. Esta guerra era un asunto vil, no lo sabría ella que ha terminado siendo una herramienta de muerte.
La hermana Constance se acostó, después de guardar nuevamente los papeles que había logrado obtener. No podía conciliar el sueño y sabía por qué. Lloró un poco lo indigno de su suerte, después oró pidiendo perdón y luz para el día siguiente. Con esto se tranquilizó un poco, y el llegar la calma, simplemente sucumbió al cansancio y se quedó profundamente dormida.

II
Pascual revisó su arsenal, que consistía en una pistola Luger, calibre 9 mm, que había sustraído del cadáver de un oficial alemán, al que diera de baja en noviembre pasado, cuando ya habían transcurrido más de ocho meses de la ocupación. El arma tenía un hermoso diseño, siempre le había gustado, y además llevaba grabado un nombre, probablemente el de su dueño, Ludwig, y en el ojo de la g tenía magníficamente instalado un pequeño diamante, lo que dejaba entrever el gusto de aquel oficial por las joyas, las cosas valiosas, que seguramente asociaba indefectiblemente con la muerte. Acaso igual que él mismo lo hacía, en este trance de su vida ligaba  su bien más preciado, la libertad, con la posibilidad de morir. Fuera la suya o la de tantos como alcanzara en su batalla personal, realmente no importaba, la misión era sacar a los nazis de su patria a como diera lugar.



Comenzó a desarmar el arma de fuego pieza por pieza. Primero, desaseguró el pestillo de seguridad, luego sacó la peineta de ocho proyectiles extrayendo la recámara y sacando de su sitio el proyectil alojado allí. Apreció nuevamente el mecanismo interno  de retroceso, que la Parabellum exhibía, famoso entre quienes apreciaban el diseño de máquinas y herramientas, sirvieran para lo que fuese. Sacó su trapo de felpa fina, ya curtido por las numerosas veces de usarlo y le vertió un poco de lubricante, del mismo que usaba en su moto. Recordó que la  felpa era de una de las cortinas de su madre, que había caído defendiendo la hermosa casa heredada de su padre, a las afueras de Reims, donde los primeros oficiales nazis que llegaron se establecieron al enamorarse de su construcción exquisita, sus viñedos y de la belleza del paisaje. Esa era la comprobación de que personas abyectas y personas buenas, pueden tener sentimientos semejantes por las mismas cosas.

Terminó de limpiar su herramienta de trabajo, eso era su pistola en esta época aciaga. En tiempos de paz, ni siquiera se le habría ocurrido tener una de éstas, o cualquier otro instrumento de muerte, puesto que su espíritu estaba dispuesto naturalmente para la vida. Mas, por eso mismo había terminado en este rol de secreta disposición y puesta en escena, por su amor a la libertad, a la belleza y a la vida. Había pasado de ser maestro y tenedor de una pequeña librería, a ser un agente de la resistencia, donde tenía ya el nivel de capitán, ganado por su arrojo y gran dominio de las circunstancias, y porque prefería llevar a cabo las misiones más peligrosas que encargarlas a sus subalternos, generalmente con menos experiencia que él mismo en la tarea de pelear como guerrilleros, emboscando, haciendo de explosivistas, asesinando alemanes. Ese país antiguamente era competencia del suyo en economía, deportes y filosofía. Enemigos a muerte en el día a día de este 1943 y los siguientes…A un año de haberse consolidado el proyecto de la resistencia Combatiente, con todas las cartas echadas y las fuerzas unidas y organizadas, acordando con los Aliados cada objetivo, misión y método, su trabajo se había logrado estructurar, con un equipo solvente y acucioso, buenas armas, y planes de trabajo ordenados y bien ejecutados.

Realmente, él llevaba la Luger por un motivo absolutamente personal. Este era, que iba matar alemanes con esa arma, y cuando terminara de matarlos, cuando se acabara la guerra y se marcharan los pocos que lograran sobrevivir, regalaría el arma al Museo de Guerra, que contaría cómo esa herramienta de muerte se  había constituido en un instrumento para recuperar su libertad, ese derecho consagrado hacía mucho, puesto en duda por este avatar continental, guiado por un oficial medio sordomudo, lleno de vicios y malos hábitos, llamado Adolfo Hitler.

Pascual terminó su tarea, armó nuevamente el arma, le puso el cargador y la aseguró. Recordó los dos últimos cadáveres que su sencillo accionar, sumado a su excelsa puntería, habían dejado yertos como trozos de árbol, sus caras blancas, pulidas, de pelo claro, y el agujero en ambas a la altura de la frente, como conspicuo gesto de agradecimiento por haber acudido a la cita, sin objetar nada, solo aceptando la expiración como justa dádiva por lo hecho y también por lo dejado de hacer. Por eso en su funda era un instrumento inofensivo, justo como lo son los pensamientos: por más violentos que sean, cualquier rostro protegido de una amplia sonrisa puede ocultarlos sin ningún esfuerzo. Apretó el sujetador de acero algo oxidado contra su espalda, ocultando el arma de cualquier mirada curiosa, pero dejándola al alcance de su mano derecha, para traerla rápidamente a la escena si era necesario. El tantas veces practicado gesto de prestidigitador, hacía de su confianza un hecho simple y sin importancia, salvo cuando narraba a otros más jóvenes, situaciones reales ya pasadas. Allí podía apreciarse que ninguno de los sobrevivientes en esta guerra, lo era por carencias del enemigo, sino por las prestezas aprendidas una y otra vez, todos los días, solamente para llegar al momento de la verdad, en mejor forma que el adversario, más conspicuo, elemental y animal, con más deseo de salir del tajo.

Pascual tomó su bolso de cuero, metió medio pan, el pote de café con leche frío, ese sería su almuerzo. Supo al darle una última mirada, que su hambre sería poca, que otra vez debería esperar el hambre de mañana, una en que no haga falta soñar con preservar la vida de las balas…

III
La hermana Constance abrió los ojos, y recordó vagamente haber tenido cruentas pesadillas. Se retiró con dificultad unas lagañas incoloras pero secas, y meditó en el trabajo de Dios que le correspondía llevar a cabo, fundamentalmente por no ser una bella religiosa, por ser baja casi enana, por tener conocimientos especiales –léase manejar armas de fuego con excelsa destreza- y por no tener ningún pariente en este mundo, es decir por ser huérfana de afectos carnales, y no tener a alguien que la llore o le impida hacer cosas de tan escaso fundamento. Es, como dicen en la milicia, pura carne de cañón. Hoy debe llevar el paquete que obtuvo anoche, fuera de Reims, cerca al frente, debe tomar su motocicleta con sidecar y recorrer casi doscientas millas, cuatro pueblos, seis comarcas, para llegar al final a un lugar donde se haga la entrega. Allí,  un capitán amigo le recibirá el material para ponerlo en manos, inmediatamente del criptógrafo, para poder averiguar el todo y la parte. Ella sabe perfectamente, lo importante que es poder tener al día la lista de los colaboradores franceses, esos que mezclados entre la población están ayudando a que perdamos esta guerra, ayudando a los nazis a quedarse con Europa. Al final del día deberá estar aquí, en esta misma cama, sentada, haciendo un cotejo de lo llevado a cabo, del avance gigantesco de llegar latiendo el corazón a casa…



Se puso de pie, determinada, se quitó la bata, y entró a la ducha, dejando caer sobre su cuerpo pequeño un agua tan gélida que la estremeció hasta la médula. Salió. Se colocó los ropajes completos, propios de su orden sobre unos calzoncillos de atleta, fuertes, que le resguardaban el trasero del largo recorrido que haría sentada en la máquina. Escondió su arma entre la pretina de esa fuerte pantaleta propia de un luchador, o de un corredor, que precisa tener los genitales quietos en su sitio. Al llegar al comedor, solo encuentra a dos novicias hablando en voz muy baja en medio de algunas risitas. La saludan y luego se marchan a sus oficios. Come algo de carne y fruta, y un poco de leche de cabra, no quiere que el estómago le salte por estar repleto, solo con contener el miedo en él ya será suficiente. Termina allí y baja hasta el taller, donde cubierta por una lona color café, está la Triumph que perteneció al arzobispado, y que le fue heredada a la Abadía desde hacía ya diez años, para llevar comida y medicinas a campesinos pobres, gente que no puede ni siquiera venir desde sus casas, para recibir la ayuda. La limpió. Revisó ambos frenos y luego encendió el motor para permitir que calentara antes de partir. Cargó en el sidecar el bulto con las medicinas y el material de colegio, para los niños que estudian. Habla bien de una nación en guerra que sus escuelas sigan funcionando, pensó Constance. Luego, ocultó debajo del tanque, en un adminículo diseñado para esconder  documentos, la libreta que había capturado, esa que traían los oficiales alemanes que murieron vestidos de civil, mientras jugaban a que se peleaban en una calle de una ciudad tomada, vaya olvido para alguien que sabe que no tiene la vida comprada…

Constance se persignó ante la proximidad de tan doloroso recuerdo, empujo los hábitos sobre la motocicleta, se colocó el casco de aviador y las gafas para proteger sus ojos del viento, y arrancó, haciendo un ruido que se escuchó en todo el convento.
En la ventana norte, otra religiosa de mayor rango y edad de la que ahora salía por el portón, hizo hacia ella en el aire la señal de la cruz, enviándole todos los ángeles protectores para que la cuidaran en la labor comprometida que había emprendido, un día hacía tiempo en que decidió hacer parte de la Resistencia y ayudar a liberar a una patria perdida, aunque eso significara después enfrentar el juicio eterno por haber ejercido violencia contra otro semejante…Te dispenso, Constance, yo te dispenso, pensó la Madre Superiora. Que semejantes van a ser de nosotros estos sátrapas, que nos robaron hasta el propio deseo de seguir viviendo.

IV
La moto avanza de regreso, son las cuatro y pico de la tarde. Constance ha entregado sus encargos, sus tente en pie para pobres de espíritu y enfermos del cuerpo, y viene de regreso raudamente para cumplir la cita con su enlace, más acá de la mitad del camino, a la salida de Fismes, en donde estará –en ese último puente que deja ver la fastuosa campiña-, un hombre al que no conoce, que hace su labor de enlace para esta salvación que aún se  tarda. A él debe entregar ese pequeño encargo que lleva todo el día escondido bajo el tanque, envuelto en un listón de pana gastada, y tras hacerlo viajará más liviana, con el apuro natural que tiene quien quiere ya llegar a casa, a la seguridad de un techo y un ambiente conocido, de una comida caliente y el saludo alegre de rostros amigos.


Repentinamente, el motor de la Triumph carraspea un poco y la hermana se llena de pánico, al pensar que no llegara a la cita pactada. Cada quien piensa para sus adentros que el papel que le toca es el más importante, el que sostiene toda la plataforma, por el que los demás podrán conservar un día más la vida. Si no llega a tiempo, el enlace simplemente se marchará y será absolutamente responsable de todo lo que pase en adelante…O lo que no pase. Pero, es una falsa alarma, el tanque va bien lleno, y cuando llegara a Reims, todavía quedará casi la mitad para emprender nuevamente el trabajo de buen mensajero con medicinas y alimentos para los desfavorecidos.



Vislumbra la entrada a Fismes, y su corazón da un bote, por saber que podrá efectuar la entrega como fue su compromiso, así de firme es su responsabilidad que de solo pensar en no cumplir todo su cuerpo tiembla. Las religiosas elevadas a Dios con serena abnegación solo tienen poder para medir el tamaño de su satisfacción, cuando entregan todo el sacrificio de que son capaces, así la cota del sufrimiento sea lo último de que tengan conciencia. Estaba más oscuro de lo que esperaba pero eso no sería obstáculo para llegar a tiempo. Cuando vio el puente nuevamente sintió, que las cosas no marchaban bien. Era la clásica presión en la boca del estómago, impidiendo su respiración, elevando la presión arterial, produciendo sudor que bajaba por su frente hasta las cejas y los párpados. Al voltear por una de las calles, que parecía más un callejón digno de estar de cabo a rabo en un museo, vio exactamente lo que nadie en su posición desearía encontrar a sesenta metros y acelerando, sin bajarle a la Triumph. Una  patrulla alemana de unos veinticinco soldados al mando probablemente de un capitán, había colocado un retén a la salida de poblado, exactamente en el puente donde ella debía disminuir la velocidad, detenerse por un momento, y entregar a su enlace el pequeño paquete.



Constance no podía pensar, solo veía la mano en alto del oficial nazi, que en forma autoritaria le exigía que se detuviera para una inspección. Comenzó a disminuir la velocidad, pensando que solamente la Santísima Trinidad podría indicarle que hacer, mostrarle el camino para salir de este atolladero, y llegar a Reims viva. Se detuvo. El oficial le indicó que se bajara de la motocicleta, mientras ella, siguiendo las indicaciones de sus superiores, mostraba con sus gestos que no entendía el idioma, algo que era absolutamente falso, pues el alemán era su segunda lengua por la formación desde el hospicio. Constance miraba con el rabillo del ojo, en que iba la revisión de su vehículo, pues si hallaran el encargo sería suficiente motivo para que la ajusticiaran allí mismo. Como si estuviera escuchando sus preocupados pensamientos, un soldado extrajo de abajo del tanque el paquete que la monja debía hacer llegar a los Partisanos de la zona.

La mujer tragó saliva, sintiendo la cercanía de la muerte. En ese mismo instante, un brazo poderoso del infierno se deshizo sobre el lugar, abrazando con su ruido y ruina mortales, a todos los que estaban allí, excepto a ella. Los soldados iban cayendo, como si fueran muñequitos de Navidad siguiendo un guión previamente aceptado. Constance cerró los ojos para esperar la muerte, nadie en medio de esa extraordinaria carnicería podría salir ileso. El hábito carmelita simplemente volaba alrededor de su cuerpo, mientras uno por uno todos los que conformaban el retén alemán cayeron muertos.

Cuando cesó el ruido, Constance abrió nuevamente los ojos, y por un instante tuvo la inmensa epifanía de que había sido el fuego de San Rafael y sus querubines, el que la había librado de un desenlace cruento en mitad del suceso, no podía deducir que hacían allí los alemanes, si fue por una orden imprevista, o debido a que plan, que seguro no estaba descrito en ningún cronograma. Repentinamente escuchó en francés, la interrogación definitiva. Ese ¿está bien? era seguramente la más bella pregunta que nadie nunca le había hecho jamás en la vida…Constance cayó pesadamente sobre sus rodillas, ensuciando el hábito, se quitó el casco y las gafas de protección para poder secarse las lágrimas, que habían empezado a brotar espontáneamente ante la presencia cercana de la muerte. El rostro de su enlace apareció, con los demás soldados de la resistencia, en un número cercano a veinte. Él la tomó de la cabeza y la abrazo contra el pecho, como si fuera su hermano, como si fuera su padre…como si se tratara de su amante.

Constance se sentó, para escuchar del propio Pascual, que así se llamaba su enlace, como ella había servido de señuelo sin saberlo, en esta misión que perseguía realmente terminar con Fritz Gunthër Verendhofg, el capitán que comandaba ese grupo de soldados, oficial que había diezmado a las fuerzas de la Resistencia, y que desde su llegada a Reims proveniente de Paris, se constituyera en un importante objetivo militar. La hermana realmente no entendía muy bien, como estos hombres podían coordinar semejante operación, sin que nadie los viera, sin más herramienta que la presunción sobre la fuerza y herramientas del enemigo. Al sospechar que los alemanes presumirían toda la maniobra de Constance, que además ya recelaban del encuentro con un enlace a la altura del puente a la salida de Fismes, pero que no podían conjeturar que todo era una trampa basada en el poder de la inteligencia alemana, y ante todo, planeando una celada en la que ellos pensaban no podrían hacer, se produjo esta acción, bautizada con el analógico término de Operación Llamarada, lo que a la hermana Constance Lampeducci, le lució completamente atinado y de gran poder, en lo tocante a la propaganda. Pidió continuar con su trabajo, lo que fue aceptado, pero con la lógica dispensa de un merecido descanso por su importante papel en la operación.

Pascual regresó a Reims al día siguiente. Se la había pasado evocando la fortaleza y capacidad de la mujer que había conocido, la querida hermana Constance. De tan baja estatura, con unos ojos tan limpios, casi infantiles, y una fuerza inusitada que se veía en sus manos y su rostro. Tenía presa en su mente esa imagen, la monja de pie, mientras ese cuerpo de francotiradores de la Resistencia disparaba desde ocho lugares distintos al grupo de alemanes, que apenas sospechaban del encuentro entre dos personas francesas, que harían parte de un grupo de renegados a los que debían cazar y dar muerte. Constance allí quieta, absolutamente confiada en la razón de su destino, y en cualquier acontecimiento que de él se derivara…Como lo había predicho ante sus propios compañeros, ella no se movería, pasara lo que pasara. En cambio ellos, los nazis, ellos si llegarían pensando otra vez que la historia estaba de su lado, confiados en que Francia y Europa les pertenecía, en la fe de que su guerra, la que libraban, está ganada de antemano.

Hay hábitos que liberan y hábitos que matan…

JOSÉ IGNACIO RESTREPO

• Copyright ©





2 comentarios:

Carmen Soriano López dijo...

Genial!!! qué puedo decir cercano a la verdad, genial, una monja medio enana en sidecar y el encaje perfecto en una historia que de tan conocida no deja ser siempre misteriosa y embrujadora... eres genial, en verso o prosa es tuya la palabra, desde siempre.

JOSÉ IGNACIO RESTREPO dijo...

Cuánta alegría me causa tu llegada, Carmen, y el criterio por el cuento, que me llena el alma...Un retozo ennegrecido entre el humo de la Triumph, acalorado de sentir a Constance, a Pacual, te envío esta misiva que establece mi renuencia por toda guerra pero mi inmenso afecto por cualquier sobrevivencia...Abrazos y besos...

Publicar un comentario en la entrada