lunes, 23 de abril de 2012

UNA PAUSA CON LA TEORÍA / UN CAFÉ CON EL AUTOR

LA DOTACIÓN CUALITATIVA DE LOS GÉNEROS
PARA SU ESTATUS – FUNCIÓN
por
José Ignacio Restrepo

La función de la tradición era defender la construcción de la cultura. Era la frase de un tío que se definía como pedagogo, cuando yo era solo un crío y esa palabra, completamente desconocida para mí, pronunciada con total reverencia por su boca culta, me producía un miedo que no podía explicar. Yo al tío no le entendía casi nada, su discurso me provocaba desconfianza, como el de todos los adultos, y adultos  eran todos los que no eran mis amiguitos de juego. La construcción del estatus está determinada por la educación y el espacio de tu experiencia vital, la obtención de cualidades individuales y sociales, y la adquisición de normas y sentidos. Es entonces un proceso en el cual validas permanentemente el desarrollo de tus habilidades de conocimiento del mundo adulto, mientras pruebas ante gente “profesional” que vas por muy buen camino, o que según tus posibilidades te falta aplicarte y hacer bien hechas las tareas.

La construcción del género en la sociedad contemporánea tradicional persiguió la instauración de una estructura valorativa particular, que relacionaba la formación del hogar con la escuela y la vida productiva, otorgando roles y funciones muy bien diferenciados y antagónicos. Los padres y los hijos ocupan los extremos de un huso, que tejía alternativamente sobre el contexto de la convivencia, sobre los escenarios compartidos, sistemas de relaciones que se reproducían casi de manera automática. La sociedad estaba entonces subordinada a esta forma reproductiva de la cultura, pues la unidad productora de los recursos de sentido, de la filosofía propia del hacer social nacía y se consumía en el hogar. La construcción del lenguaje de consideraciones complementarias al interior del hogar, correspondió con las transformaciones de los trabajos y con la implementación de nuevas equidades y derechos para las mujeres. Pero, más precisamente nació de la necesidad de entregar a la mujer unos dispositivos prácticos de intermediación con el mundo, con los cuales podría comprometerse en unas luchas ineludibles que la esperaban, en las cuales el enemigo sería la cultura patriarcal, remisa a transformarse en aras de su propia subsistencia.

Esa batalla por confiar, por entenderse con el otro que comparte mis miedos y está perdido entre mis búsquedas, al cual debo formar si es mi hijo, porque no me queda otro remedio, porque así me lo enseñaron, o al que debo escuchar y ayudar pues es mi compañero hasta que la muerte se lo lleve o me lleve a mi, esa lucha de enaltecimientos en la cual la tradición se corroboraba una y otra vez mediante la acción, dejando a los individuos rebeldes en lugares disfuncionales, alejados de lo prescrito como moralmente bueno, ha ido cediendo espacios importantes a partir de las transformaciones instrumentales ocurridas en la sociedad, con el advenimiento de la Modernidad. En nuestro país, que vive simultáneamente en diversas épocas de las historia, podemos cotejar las formaciones recientes de nuevos sentidos al interior de la familia. Por ejemplo, gracias a los cambios en el rol de la mujer y a las contraprestaciones que eso ocasiona en otros escenarios de su vida, que no siempre se presentan de forma armoniosa, el sistema educativo ha comenzado a descubrir las diferencias marcadas entre el desempeño de hombres y mujeres según las tareas. Allí se contrastan las cualidades adquiridas por uno y otro género, que determinan muchas veces el logro de un objetivo. Este fenómeno ya tiene tiempo de ser propuesto experimentalmente, pero la dinámica misma en los cambios de rol y función ha comenzado ha rendir su fruto, en el respeto de las condiciones femeninas. La hegemonía del macho como padre, como jefe de personal, director de orquesta o aventurero de alto riesgo es reconocida como tema del pasado. La Economía ha focalizado su atención en la estimulación de las facultades adquiridas por las mujeres jóvenes, que se han convertido en grandes productoras - compradoras  de bienes de consumo, pero la política o la administración pública  siguen restringiendo sus espacios, dominados todavía por la adscripción de género, comprobándose  la presencia bien definida de ejes de dominación.

La oposición complementaria de los roles hogareños permite reproducir los bienes culturales que han dado forma tradicionalmente a la familia. Este acto repetido y autoreferido, demanda de las instituciones una conformidad con las acciones que lo caracterizan. Las cualidades dominantes en cada uno de los roles son el resultado de siglos de construcción de sentido alrededor de la familia, desde todas las instituciones que tienen que ver. Por esta razón, debe considerarse siempre que se especule sobre la cualificación de los géneros, que existen nuevas y no bien ponderadas circunstancias de contexto, que parecen contradecir explicaciones hegemónicas. La aplicación de una formación educativa cada vez más signada por intereses de fortalecimiento individual dentro de un sistema normatizado alrededor del consumo, parece inducir una caracterización competitiva y una estimulación de estándares similares de adscripción, tanto para hombres como para mujeres.

LA NUEVA CULTURA DE GÉNERO

Y entre tanto, este discurso ha terminado por expandir extraordinariamente sus fronteras, hasta lograr una geografía irreconocible, para quienes experimentábamos con él hace unos cuantos años. Los parlamentos de Europa, que intentan sobre la marcha construir los nuevos decálogos del individualismo a la par que administran opulentos discursos estatistas, que pretenden fortalecer las imbricadas pero aun difusas relaciones entre las naciones de la Comunidad, han terminado golpeándose la crisma al encontrar la proliferación de intereses, sobre relaciones familiares, afectos filiales, necesidades sexuales, cooperativas, de convivencia y otras entre individuos homosexuales de ambos géneros, que ante las leyes operantes no parecen tener un lugar adecuado, haciéndolas inoperantes, antagónicas, e inmorales, condiciones que oprimen no solo a dichos individuos sino a la sociedad como un todo. Si el otorgamiento de roles procedía de la familia y esta terminó produciendo estos hombres, mujeres, homosexuales, lesbianas, transexuales y todos los demás, el estado y la jurisprudencia son entonces los encargados de corregir lo corregible, no prosiguiendo con la conducta exclusivista digna del patriarcado ancestral, que ha muerto en el mundo moderno, y que contraría el presente y las perspectivas apreciables. La inclusión de todos los normados hace posible la aplicación de la ley. Una pareja de hombres que se quieren desde los veinticinco años, en los cincuenta no solo son pareja, son una familia; nuestra época no puede ser tan necia, no existe ningún discurso verdadero desde el cual impedir el desarrollo de jurisprudencia inclusiva, frente a la realidad del ser humano, sus géneros y sus sistemas de relación.

Es evidente que queda mucho por hacer.  Si se intenta construir sobre viejos pilares no será bueno para nadie. Hasta los que hoy se precian de conservadores pero legislan mirando esas perspectivas, serán llamados iconoclastas por los muchachos del 2050, si logramos que la sociedad consiga construir lazos ciertos y  edifique sobre el interés general.

JOSÉ IGNACIO RESTREPO
Sociólogo

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