viernes, 25 de febrero de 2011

CITA ABIERTA AL ENIGMA ( 1 ) / Un cuento de José Ignacio Restrepo

LOS OTROS NOMBRES DEL MUERTO (1)
por 
José Ignacio Restrepo



1
El ronroneo del gato daba un efecto sedante, casi mágico, que ascendía por su mano izquierda, adueñándose de todos sus nervios cual si fuera un gas, hasta  que lo sentía como el mismo minino en todo su ser. La visión del peludo animal desgonzado sobre sus piernas desde hace unos minutos, hipnotizado bajo el influjo de sus tranquilas caricias justificaba la extraña placidez que lo llenaba, tan similar a la producida por un suave enervante. Nunca había llamado al animal por nombre alguno, era el gato quien le había elegido para dispensarle el favor preferencial de que lo sobara, de que le cantara en baja voz aquellas letanías de dos o tres sílabas, de tres o cuatro acordes, que parecían gustarle más que cualquier divertimento, de los que otros como él pudieran ofrecerle para intercambiar por compañía.
Se acercaba cuando le placía. Lo observaba tanto y con tanta atención que aprendí a intuir cuando su presencia tendería a la aproximación. Mas, eran solo dos las condiciones para que surgiera de inmediato, por donde uno menos lo esperaba: la comida y el juego de la ramita con las  hebras deslucidas de la colcha, práctica deportiva durante la cual sus habilidades de contorsionismo se hacían evidentes. Alguna vez pensé que un gato bien entrenado se convertiría por si solo en un espectáculo entretenidísimo, divertido, inigualable. Al menos aquí lo sería, de seguro.
El minino me prefería. Elegía comer de mi mano aunque los otros como yo consumían iguales alimentos. Algunos de mis vecinos habían compuesto rimas y chistes del más pésimo gusto, era que el bello gato macho entraba por mi ventana a altas horas, se acariciaba las costillas contra los barrotes, saltando luego a mi cama, nunca dejó de hacerlo, ni cuando estuve enfermo, ni después convaleciente. Se metía bajo la manta, ronroneaba un tanto y luego tras acompasarse con mi respiración, se dormía. Si sus aventuras lo llevaban al penal, que de seguro no era su único hogar, lo cierto es que aquel gato sólo dormía conmigo y del primer día de eso ya habían corrido más de tres años. Y aunque yo no lo llamaba en forma alguna allí si le apodaban, burlándose de su género, le decían Samanta o Hechizada, aludiendo a la bruja de la telecomedia gringa de los años 60, que recuerdo era protagonizada por una rubia agradable, Elizabeth Montgomery. A mí me decían Suertudo, por mis noches con el gato. Pero el sarcasmo fue en los inicios dramático, cuando comprendía las circunstancias que habían ocasionado mi condena y también las acaecidas posteriormente, mientras la cumplía.



Aquel accidente nunca debió ocurrir. Nunca pude entender como concurrieron todas aquellas circunstancias, de qué modo mi vida que era simple y corriente se volvió una tragedia irreversible. Una vulgar riña, un desconocido que te agrede porque le ganaste 10 grandes en los gallos, la riposta, que es un acto de justicia, instinto solo. Yo nunca atacaba ni haciendo deporte, pero me había defendido bien otras veces y aquel tipo tenía la cabeza blanda, quedó en el suelo tendido, al primer puñetazo. Conmigo alzaron, y a los dos días casi, el tipo se murió, con su cabeza traumada, llena de sangre, por el golpe que el suelo le dio tras mi puño de goma. Me cambió la vida. Me programaron los siguientes diez años, uno por cada mil que me gané, cambió todo para mi esposa y mi hijo, mi hijo de apenas cinco años. Ella no resistió, simplemente se fue con otro hombre, hace casi cuatro están casados. El muchacho se fue para donde los papás de ella. Desde el día de su primera comunión, cuando me envió una postal con una notica atrás, no sé nada de él. Ya debe pasarme en estatura.
Suertudo…He escuchado el tonto remoquete demasiado tiempo, ya no me suena a nada. Va siendo hora que practique voltear el rostro, al escuchar mi nombre, Samuel, Samuel Carvajal, 36 años entrando a 37, casado y separado, con un hijo, a dos días de abandonar este barco atascado, entre la cordillera y la selva, en ninguna parte…
Con un movimiento lento, confiado, el minino volteó su cuerpo dejando el peludo vientre expuesto a los rayos del sol, mientras miraba a aquel hombre directo a los ojos, como si siguiera el curso de sus pensamientos. De improviso puso sus patas contra el suelo y echó a andar, deambulando en  zigzag por el patio, dando la impresión de buscar desde ya un sustituto, el siguiente dueño y señor de sus “favores nocturnos”



El eco de unos pasos se multiplica por aquel largo pasillo, que comunica las oficinas con los patios, dando la impresión de que un buen grupo de personas lo está atravesando.
Gómez caminaba sin notarlo siquiera, tras casi cuatro años yendo de aquí para allá, solo sabía que el pasillo terminaba a los 91 pasos de sus botas, sobre las cuales el brillo dijérase permanente, reflejaba entre destellos las líneas opacas de puertas y paredes. Su uniforme, de un azul desteñido por el uso, estaba limpio, como diciendo quien me lleva puesto, quien me porta. Acaso  cuando ascendiera a sargento, pronto, estrenaría uno nuevo. Llevaba un papel en la mano derecha, la orden de libertad para un hombre, uno que no debió estar aquí y que estaba seguro no volvería. En el tercer patio, una sosa calima llenaba el ambiente después de almuerzo, que a diferencia de otros penales era copioso y nutritivo. Samuel Carvajal estaba de tendido bajo  la sombra que le muro proyectaba y literalmente dormía bocabajo. El guardián llegó sin él apenas notarlo, toma el papel de su mano y camina hasta la puerta.
- Enhorabuena. El papel ya está firmado. Te deseo suerte para que compongas las cosas.
El hombre volteó su cuerpo, miró al guardián, y luego se sentó, mirándolo con los ojos entre cerrados. Parecía meditar a fondo las palabras pronunciadas, y daba la sensación de no comprender muy bien lo dicho por Gómez. Luego, lentamente musitó:
- Te agradezco mucho, Gómez, todo lo que has hecho por mí. No hay mucho que componer. Toca empezar de ceros. Espero que nos veamos afuera, alguna vez…
El interpelado lo miró durante unos segundos, por un instante casi esbozó una sonrisa. Conocía las condiciones con las que el llamado Samuel, recibía la libertad.
- Yo también te agradezco tu amistad, Carvajal. Que haya suerte.
Una sonrisa extraña, algo maltrecha, iluminó el semblante de Samuel. Al ponerse en pie y encaminar sus pasos por última vez hacia el pequeño cuarto, que había sido suyo por tanto tiempo. Buscó con los ojos al minino pero no lo vio por parte alguna. De regreso, se despidió de algunos, no eran sus amigos, pero a estas alturas uno no tiene nada contra nadie y si algo que agradecer a quien le atiende la charla alguna noche, o le brinda cualquier día un cigarrillo. Su maleta casi no pesaba nada, lo que tenía en este mundo no alcanzaba a llenar la capacidad y las escasas pertenencias sonaban allí dentro. El color marrón seguía intacto, valía más la maleta que lo que llevaba, en todo caso. Mientras transitaba el pasillo en penumbra, no pensaba en nada en particular. Sin embargo, los fantasmas inquilinos de su cabeza durante tanto tiempo se habían despertado y ahora armaban tremenda algarabía, como esas fiestas de barco, un martes, para celebrar la llegada de un amigo que hace tiempo estaba lejos, que ya no recordaba. Unas palabras, algún apretón de manos, la orden sellada, su documento en la mano. La puerta se cierra tras de su espalda y Samuel Carvajal ve el exterior, vagamente, a través de las lágrimas.


Los fantasmas poco a poco van tomando forma. Tras caminar cincuenta pasos y lograr la sombra de  la caseta solitaria, donde un aviso destartalado reza PARADERO DE AUTOBUS, se sienta pesadamente sobre el banco de cemento, que es exactamente igual a los que existen por decenas en el penal. Sin explicárselo, su cara da forma a una extraña sonrisa. Siente que no había un motivo claro para volver a estar fuera, no es miedo de enfrentar la realidad, sino más bien el reconocimiento de que después de tanto tiempo uno no conserva esperanza de encontrar nada de lo que tuvo y entiende que se halla en ese momento de la vida en el cual todo da lo mismo.
En la memoria de Samuel se dibujó con lujo de detalle el rostro de una mujer, y él se recreó complacido en cada uno de sus rasgos , omitiendo recordar voluntariamente el hecho de que ella se había divorciado de él 8 años antes, mostrando sentido y consecuencialidad ante un juez, cosas que él no quiso controvertir ni reprochar. Había sido feliz con ella, como seguramente lo sería ahora con quien se había ligado. Mientras se sacaba unas piedritas del zapato izquierdo, empezó a imaginarse la cara de su hijo adolecente, que ya pronto tendría 16 años, “en medio de la primera gran tormenta”, pensó. De la ajada billetera extrajo una foto bien conservada, Fabián Carvajal, primera comunión, 5 de Junio de 1992.  La sonrisa del niño lucía idéntica a la suya cuando tuvo esa edad. Se  preguntó, como otras veces, porqué el niño no había colocado el apellido de su madre al marcar la foto por detrás de su puño y letra. Como otras veces no encontró la respuesta. Mirándola una vez más antes de volverla a su sitio, deseó con toda el alma que el muchacho estuviera bien.
El autobús irrumpió en aquel escenario, sorprendiéndolo, y volcó en su arrugado traje uno o dos kilos de finísimo polvo, gracias a la inercia combinada con el viento, que chocaron contra el lugar donde estaba esperándolo. Subió, sin dar importancia a los diez o doce pasajeros, mientras estos por motivos diversos, calculaban sus años para suponer cuanto había pagado, y acto seguido, derivar al motivo de su estadía en el lugar de castigo, donde nadie sale como ha llegado, al igual que de cualquier sitio, así sea corta la cita. Para algunos sería un peligroso criminal, para otros solo un ser humano más, cuya foto acaso alguna vez apareció en algún diario, ese día desafortunado. Se sentó. Supo que acaecía su segundo nacimiento, deseó con vehemencia tomarse a solas una botella de ron y después dormir, dormir sin que ningún sueño lograra despertarlo.
Al llegar a Garzón, ya sin sol, su cuerpo tendió por si solo hacia lugares conocidos en el pasado. Cuando se detuvo completamente exhausto, el hotel donde pensaba hospedarse se había convertido en un absurdo parqueadero. Caminó, y en el primero que encontró se registró con su documento, sabiendo que era libre de hacerlo pues la consulta del empleado no arrojaría ningún débito.


Había dormido doce horas sin siquiera quitarse la ropa, solo los zapatos. Eran las once de la mañana en el reloj de la mesilla, donde la botella de ron que había pretendido beberse la noche anterior, lucía casi intacta. Se duchó, alisó la ropa sobre la cama tendida y bajó al comedor, pues el vientre le agobiaba por el deseo de comer algo. Mientras almorzaba leyó el diario y ciertamente haciéndolo parecía un parroquiano más de aquel lugar. Encendió un cigarrillo rubio, como era su costumbre, mientras realizaba algunas operaciones sobre el borde del periódico, restando lo consumido de lo que había ahorrado en el penal: tenía doscientos once mil en el bolsillo, una cuenta bancaria con algo más de ocho millones, ya no tenía casa, la había vendido y con su parte pagó la disolución del vínculo y dejó un fideicomiso para el niño, que esperaba hubiera sido útil. Evocó cuando Cecilia, ya embarazada, y él compraron la casa, en 1984, entonces el destino les sonreía. Controló aquellos recuerdos. Quería cambiar aquel dinero de banco, iniciar otra cuenta y sacar una tarjeta de crédito.
Samuel gastó aquella tarde en esos asuntos. Además compró algo de ropa, pues la que tenía realmente lo hacía ver más viejo, y no quería llamar la atención de nadie. Su capital había sumado algunos intereses y era de casi nueve millones. Se sentó en una cafetería de un parque a paladear un jugo de tamarindo, a pensar tranquilamente en el futuro cercano. No sentía la necesidad de buscar a Fabián, ni de buscar rápidamente un trabajo, ¿qué era lo que realmente necesitaba? ¿Había algo que le  apremiara, un elemento urgente, que debiera esclarecer antes de realmente poder comenzar a rehacer su vida?


Intermitente, un viento cálido y fresco al tiempo, se paseaba por su rostro moviéndole un poco el cabello. Samuel juntó el importe y lo colocó sobre la mesa, agregando unas monedas de propina. Había contestado aquel interrogante, casi sin palabras, y la pregunta que hace un momento llenara su cabeza simplemente se despejo, dejando lugar en su mente a una especie de plan, un esbozo que había nacido en las noches largas del penal cuando el sueño, fiera nunca domesticada, se negaba a llegar. Sus manos acariciaron por un momento, la sedosa cabeza de un gato inexistente, y en sus ojos las imágenes del presente se evadieron, y el hoy y el ayer se trenzaron dolorosamente, sin lograr ordenarse en su cerebro. Eran las cinco de la tarde, y el 17 de Agosto, de 1997, se quedaba paulatinamente sin sol. Aquel lugar intermedio en su itinerario, era realmente ya un lugar sin importancia del pasado.
Tres días después, el hombre llamado Samuel Carvajal se movía por la ciudad de Bogotá, como si toda la vida la hubiera pasado allí. Llegó sin el convencimiento, pero poco a poco este simplemente se apoderó de él, se aposentó en un sitio intermedio entre el  viejo sentimiento y los ideales aún sin definir. Lo que llamaba la atención de sus ojos, lo que le entretuvo de aquí para allá por 48 horas, realmente no coincidía en modo alguno con guía turística de la capital que fuera conocida. Sin embargo, también fue a la Biblioteca Nacional, a la Registraduría y a las instalaciones de un importante diario. Debía visitar otros sitios, pues pretendía una empresa tal que solo el empeño podía sostenerla para llegar al final. Ahora, solo tenía esa claridad difusa pero irremediablemente persistente que acompaña las mañanas de cualquier fin y que le dice al que está en la ruta que aquel es el camino correcto, antes incluso de dar los primeros pasos, sin saber de la envergadura de los obstáculos que te esperan. Durante los últimos dos años de su condena fue un interrogante recurrente, todos los que pasan por circunstancias similares lo viven, cuando piensan sobre el futuro, ¿qué haré cuando salga? Muchas veces la contestación no fue clara, su mente divagaba construyendo mapas sobre profundas inquietudes, ninguna de las cuales llegaba luego a desvanecerse por completo. Apenas una semana antes de salir una idea tomó forma, se hizo de un cuerpo completo, sano, pleno de salud y de razones. El futuro dejó de ser ese lugar de preocupaciones y sus pensamientos sobre el porvenir ganaron simpleza en la reflexión. Él había matado a un hombre en un tonto accidente, su identidad se sumió en el misterio, nadie logró darle una noticia cierta sobre ese desgraciado, pues no portaba documento alguno, maldito vicio de ir por ahí sin un papel que diga que fulano es uno, desde cuándo y en donde arrancó su condenada película, aunque solo sea para cobra los pesos del premio de un chance, comprado alguna noche en mitad de una rasca. Le dijeron que quedó sin identificar, y él no dejó nunca de pensar en la familia de aquel hombre, en su mujer, en sus hijos.


Samuel ya no sentía remordimiento y ningún rescoldo antigua nacía de ese nuevo propósito. Tenía una sensación de profunda similitud, acaso de hermandad, con la vida de aquel infortunado y también entre esa muerte y todo lo que él había perdido, por todo ello se había impelido a averiguar quién era ese que se había cruzado fatalmente en su camino. Con ese final, se transformó por completo el destino de sus días y ahora no dejaba de pensar que lo único que deseaba era y por lo que había conseguido terminar el castigo, era por encontrar aquella familia, poderles decir que todo había sido un trágico accidente, un tonto y aciago momento en el que ambos,  habían perdido, de distinta manera, pero lo habían perdido todo.
No sabía cómo, ni porqué medio conseguiría su propósito. Creía que en algún momento hallaría una huella de aquel desconocido, un dato sobre una esposa que buscaba a un hombre, que le expresaba en la distancia lo mucho que hacía falta, cómo lo querían sus hijos. Cuando la hallara, esa huella sería como lámpara, le permitiría ver la manera de reparar ese daño, que en mala hora su mano firmara sin hacerlo como propia…            (Continuará)

1 comentario:

Europa Prima dijo...

y tal como reza el título queda en la cita siguiente el enigma por ser resuelto, hallará o no motivo suficiente Samuel en su catártica empresa o sabrá a tiempo que fue la necesidad, no su causa, absolución precisa y no siempre bien hallada...

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