lunes, 28 de febrero de 2011

CITA ABIERTA AL ENIGMA (2) / Un cuento de José Ignacio Restrepo

LOS OTROS NOMBRES DEL MUERTO (2)
por
José Ignacio Restrepo
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En el interior, el frío tiene color claro, seguramente este frío color claro tenga nombre armónico, con un número adecuado de letras cuya inicial suene fuerte, quizá como un grito en el callejón vacío, en la noche, o como un estornudo seguido de otro, en el pasillo angosto, de cerradas puertas, vaya, la piel seguro lo ha recitado lentamente, porque el nombre de este frío fue escrito en lengua eslava, perdida ya entre los senderos nevados que ni siquiera el verano visita, sobre una lápida ancha lleno de huellas congeladas, parecidas a dedos marcados, que no tiene, sin embargo, la edad suficiente para hablar de los hielos del norte, o del sur… O del alma, ese lugar profundo, de oquedades vertiginosas y precipicios de incierto fondo, donde los vientos tristes, angustiosos, lamentan estar vivos sin que nada o nadie manifieste un perdón exiguo, un rayo de luz que caliente este frío lugar de gélidas voces, gritándose las unas a las otras, la misma muerte, la esperanza encinta de cadáver, el vacío…
Ese frío con su nombre camina ante y sobre, y a los lados, de un pasillo a otro, por este lugar de silencios sombríos, con flecos hechos de murmullos escondidos tras las manos, y el aire sin calor solo pretende conservar noticias mortecinas, que han claudicado sin pena en renglones azarosamente dispuestos en idénticas columnas, miles ejemplares de prensa que al no circular se ha hecho clandestina, envueltos en esta calma de invierno seco para evitar que se resquebrajen de envejecimiento. Como él, pesados, a la espera, densos, de tanta idea, de tanta entramada noticia, que se busca a sí misma y no se halla. El fuerte olor a moho rememora en sus tejidos, en cada poro cerrado, en sus sienes basálticas, la esencial humedad exudada de los rincones vegetales de la celda, en la que se hacían ocultas a la respiración y al aliento de las cosas corrientes, como los zapatos recurrentemente mojados y expuestos al sol, o la ropa que nos echamos tantas veces, y una más sin hacerle la bendición de una lavada.
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Aquí, solo el frío, nada semejante a aquellas pasadas competencias… Acaso se contraen una docena de gripas, a diario, en este lugar, pero es aquí en el archivo de la Biblioteca Nacional que debo comenzar a buscar una orden naciendo del día siguiente a esa muerte, ese evento con la cabeza en brega de añadir al zócalo de la gallera un rasgo propio que no llegó a quedar, día, más, día menos, una noticia roja perdida en los anales de 1989. Oculto, la ancha mesa en penumbra, la lectura incisiva y a igual tiempo rápida, de cada línea, de cada nombre o fecha, con cada respiración el deseo de un golpe de suerte, porque en el fondo uno sabe que los diarios informan sobre los hechos de la capital y las ciudades mayores, pero más bien poco sobre lo que sucede en la provincia, aun siendo excepcionales situaciones. Si hallara algo, sería simplemente increíble. Así pensando sus expectativas disminuían con cada página que revisaba, pero los dedos iban de la húmeda esponja de cajero bancario a la puntas de las páginas amarillentas por el encierro y después de varias horas sus yemas estaban arrugadas como las de un viejo, la lengua le sabía a periódico viejo, a tinta y a moho, por las veces que olvidaba que tenía la espuma y humedecía los dedos, llevándoselos luego a la boca. Años de inutilidad suntuosa, estas solas mesas y sus sillas, como mucho de lo que allí escrito dormía.
Samuel recorrió las notas judiciales, los obituarios y las crónicas rojas de aquellos viejos diarios, pasando los ojos por cientos de situaciones con fechas y nombres que no hacían ninguna referencia a su angustioso recuerdo. A las 7 de la noche, afuera de aquel lugar tuvo la certidumbre, la fe afligida de que aquel suceso no se había elevado hasta hacerse público. Al pasar frente a una cervecería, después de alejarse a pie de la Biblioteca más o menos sin rumbo, decidió entrar y olvidarse un poco de todo, convencerse de lo infructuoso y quizá estúpido de su búsqueda. Una vez dentro solo descansó de sus pensamientos hasta sentir bajar por su garganta el frío y amargo líquido. Entonces poco a poco con la cerveza en la mano, el ambiente corriente del lugar lo fue capturando sin esfuerzo, de la penumbra a la opacidad y desde ahí a lo oscuro, el iris de sus ojos deriva, se vuelve un indagador de cada uno de los rostros, los trajes, los cuerpos que comparten con él aquel ausentismo voluntario de la noche exterior que a nadie allí interesa. Desde la cárcel se había convertido en un experto observador de las personas, que pese a estar sujetas a su exhaustivo interés no podrían asegurar que realmente lo eran, es más ni siquiera lo advertían, y al ir sus ojos vagando sin modular en su mente ningún reflejo excepto un ánimo crítico o de afán estético, por el modo de caminar, el talle o los pechos turgentes, levantados, o más allá ese rostro sin serenidad, que intermitentemente perfecciona un tic, un pensamiento automático en su disfraz facial, días y noches, desde la infancia azuzando una señal para los otros que tormentosamente ya se escapa al control de la conciencia, como si fuera el nido permanente de algún bicho indeseable, que a veces está, a veces no…A un poco, a unos metros, otro observador enarca la ceja derecha al atender otro punto, dos que discuten en voz baja con las manos como apagando el incendio del sentido de sus voces, mientras el humo de sendos cigarrillos revolotea frente a ellos, se miran, entre tanto uno habla el otro hace de su rostro un rictus total, a la espera de afirmar o negar, de continuar discutiendo o prodigar un solemne armisticio de mirada y silencio. O acaso darle una despedida inesperada, sin una tierna mirada, que diga que existe una siguiente parada en el mutuo camino…
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Samuel paladea otro largo sorbo. Ya no hay agitación, sólo está el que mira desde la puerta de la abierta jaula, como tantas veces a los animales que están presos, pero que no lo saben: la dama de la barra, con una pierna dormida sobre la otra, el vestido abierto que no atiende al frío, su belleza crepuscular acicalada hace horas para algún cualquiera que se aproxime y pregunte por su brillo de instrumento abandonado, o su música sin auditorio hace años, si,ésa con parecido a una hermosa vista esperando ser escanciada, gota a gota, al pulsar la piel de sus cuerdas, en espera de alguien que traiga la partitura correcta, uno que la quiera tocar y pague, ese otro de allí, o el mesero que hace rato la mira, que la debe mirar así siempre que viene, quizá solo es su impotencia, con su dejo de genuina pereza porque él sabe que no puede irse con ella, su paga apenas es la mitad de la de ella. La pareja que sueña, a su derecha, no sienten la presencia o la ausencia de nada de lo que hay allí, tan cerca están que no pueden ver nada si no al otro, él la senda de lunares de su rostro, ella donde no crece la barba de él, nada más, pueden dejar el análisis de los defectos al futuro, y entonces los gritos por venir, porque hoy son los besos inquietos los que pagan las copas. Y cinco o seis metros más allá, hay uno que en la escasa luz cuadra, intenta, cifras en números pequeños que no le dan, no cuadran, no tiene cara de padre de familia, no son las cuentas de los hijos, debe ser un negocio malo, un mal negocio. Alguien está perdiendo, puede ser él, u otro, son ya minutos mordisqueando el lápiz hasta dañarlo y en esa poca luz, con tanto esfuerzo en los ojos y en su un tanto ya marchito rostro, puede verse incluso que ha robado, quizá a otro ladrón, y el que lo hace así, no va a saber Samuel esos detalles, esas historias de deshecho de las celdas, solo se roba a sí mismo como idiota, quitándose la paz, poniendo en su lugar angustia y tedio y vigor en las arrugas, y los cansados ojos…Si, las manos azarosas del que hurta dicen igual que las de este sin decir él nada…
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De repente Samuel extrae su esfero del bolsillo, junto a una hoja que desdobla en el gemelo acto, tan rápidamente que no luce como el estático hombre de hace un instante. Traza enérgica, compulsivamente, mientras de forma alterna observa el rostro del individuo que está a unos metros de él, haciendo cuentas sobre la mesa casi en la penumbra. Bebe un trago y unas cuantas gotas escapan por una de sus comisuras las cuales seca con la manga de su camisa. No borra ninguna de sus rayas, corrige unas con otras más perfectas, más atinadas, aprisa, como esos que se ganan la vida retratando parroquianos en la ferias, algunos inseguros detalles son asegurados por líneas más certeras, y ya no mira, ya no alza los ojos para mirar al ejemplar que le ha servido de modelo, de estímulo, ni prueba el líquido que claro y sin burbujas, reposa en el vaso transparente, que tiene en frente.
Una por una, las líneas han dado forma a un rostro plano y frontal, producto del afán inusitado no usual para esta hora ni escenario, vestidas en una inquietud que aún no tiene nombre, como todo lo que realmente transita lento aunque veloz se vea desde el frente. Al detenerse, Samuel observa su creación, a la vez sobrecogido y tranquilo. Sin un motivo claro para él siente un cansancio inusitado. Alza la mano llamando al camarero y éste llega de inmediato. Cancela mecánicamente. Como en sus noches de pesadilla, pobladas de argumentos diversos, luego difusos en su tránsito y al final iguales dolorosamente, ha logrado dar forma a ese rostro desventurado, el rostro del hombre que dejó sin existencia, esa cara sin origen que tuvo gestos y vida hasta toparse con él, que alguien debe recordar, que debe colgar de alguna pared en forma de retrato, donde… Al salir, el neón y la bruma le abrazan, y ve sin ver, el frío de la noche bogotana, por debajo de un grado, un frío que congela las lágrimas de su rostro que nadie ve…
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Sobre el suelo mojado, que la lluvia pertinaz no ha dejado secar en todo el día, las últimas palomas de la tarde comen apresuradamente unos granos de maíz, arrojados por algunos entre los escasos transeúntes. No dejan de comer, sin inmutarse por las gotas que crecen en tamaño y se hacen más frecuentes, mientras ya se anuncia la noche. Han pasado ya varios días desde la noche en que hizo el dibujo del rostro, y una apatía sin nombre ni apellido lo ha estado dominando desde entonces. Entiende ahora que había soñado hallar algo sobre él sin hacer apenas esfuerzo, y al no encontrar el camino se había minado su resistencia. Sintió lo difícil de este camino elegido, el no saber que instrumento usar le dejaba impaciente y sintiéndose inútil, sin pistas, sin norte, sin una fe apoyada en dios juicioso que atendiera a la súplica, nada.
El cielo estaba plomizo, con ese color abrillantado y a la vez opaco, similar al de las perlas que reciben luz de una llama algo alejada, y nadie podría considerar que parecía un firmamento triste, si a su vez no lo apresara alguna angustia silenciosa en mitad del alma. Samuel observó con total deferencia la torre de la Catedral Primada, faltaban diez minutos para las seis de la tarde. Habían transcurrido tres horas y sus pensamientos habían ido y venido, agotándole al no consentir en algo concreto. Su ropa estaba algo húmeda, lo que naturalmente empezaba a causarle un frio que seguramente iría creciendo con el paso de los minutos, en la piel de la espalda, en el rostro, tomando por asalto cada una de sus coyunturas.
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- Es una mala tarde para mirarlas…No llegan muchas con este clima, estas deben haber estado partidas del hambre…
Le lució muy extraño, al voltear su rostro, que una mujer de buen aspecto le hablara tan directamente, pues en una ciudad los desconocidos no inician diálogos, sino existe un motivo común y forzoso que los impulse a ello. Acaso este lo era. La observó, directamente, solo un instante y luego posó nuevamente los ojos en las palomas, que eran cada vez más pocas…
- Es probable que traten de conservar a quien les trae el maíz. Solo los animales pueden expresar tan claramente el agradecimiento…
Samuel volteó. Ella estaba sentada a menos de dos metros de él, miró de nuevo su rostro y le sorprendió ver en ella las señales de su propia confianza.
- Vengo mucho aquí, no lo había visto antes…
Considerando que se abría ante él al ocasión de una charla, le contestó que era la primera vez en su vida que se hacía allí, en la Plaza de Bolívar, a mirar a las palomas, ¿34? ¿38 años? La observó sin ser inquisitivo, con mesura y respeto, tal vez era separada, lucía como empleada de almacén, quizá cajera de algún banco, un tanto desaliñada por el largo horario y sin ganas de llegar a casa. El rostro circunspecto, el buen modo al hablar, académica, si. O maestra…Una belleza salina, gris, amable…La lluvia comenzó a caer fuerte, rítmicamente y las palomas volaron con decisión al campanario. En un gesto involuntario la mujer le cogió la mano, y alzando la voz, le dijo:
- Venga, no nos mojemos sin conocernos, ¿quiere?
Samuel la dejó hacer. Sin siquiera sospecharlo, asistía a su tercer nacimiento, en menos tiempo en el que un camino muestra que se parte en dos, y quien lo transita decide cuál de ellos tomar, ya corría junto a ella, viendo su cabello volar en bucles color avellana, y sus ojos mirándolo, hacia atrás, mientras le hacían la primera sonrisa con nombre de dama, en mucho, mucho tiempo…    ( Continuará )
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1 comentario:

Europa Prima dijo...

Y mientras continúa la espera por conocer de dónde vendrá la salvación del hombre, se redefine el alma con exacta coincidencia, descripciones pos si solas invaluables... exquisitas.

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