jueves, 25 de febrero de 2016

DE LA SENDA DEL GUERRERO / Cuento de José Ignacio Restrepo

N. N. 
por 
José Ignacio Restrepo



Tiene tiempo de estar haciendo esto, tantas tardes de tedio diocesano, tras decidir parar de trabajar. Sí, son cerca de diez años mal contados. Va y viene en una ruta larga desde el largo bulevar a la troncal de San Marcos, pasa por el mercado de los pobres, mira la fila que parece intacta siempre, muchos sacos grises, muchas cabezas gachas ya pintadas de nieve. Al subir esa cresta sembrada de altas palmeras, apura el paso que allí es un trote de tranco medio, y sube creyéndose un corcel bendito por mirones del Parnaso, un caballo inmaculado que no conoce guerras, solo películas ganadoras y líneas de poemas.

Un kilómetro después detiene el curso completamente. Se sienta en un muro como cualquier escolar con asma, y respira profundamente doscientas veces, mientras mira el sacrosanto firmamento. Se vigila el cuerpo y le hace un masaje muy fino, dejando que las coyunturas le hablen, como en un sortilegio de ecos y quejidos sobre el desgaste al que están siendo sometidos con estas mediciones matutinas, y estas labores de solo uno, que son el pan diario de su nuevo periplo.
Diez años van desde que no vende su fuerza de trabajo y solo se encarga de negocios particulares, asuntos que solo saben dos, y un tercero, que ignora ser la mancha del vestido, la ficha sobrante del juego, un muerto vivo...Ni supo cómo llegó a este puerto, tan secreto e ilegal, como particular. Igual, es un triunfo que lo enorgullece. Estar vigente, haberse mantenido hasta este momento, sin lastimar a quien no se debe y alcanzando poco a poco territorios alejados de este lugar donde vive.
Comienza lentamente el camino de regreso, que tiene marcas de esfuerzo de índole diversa al anterior, a pesar de ser trazado sobre un mapa igual. Repasa rostros, eventos, otras corridas donde fue el toro y no el torero, aumenta el ritmo de la respiración y va disminuyendo la distancia hasta su bella casa, levantada sobre una colina, hecha toda de arcos y muros cruzados por ventanas de tonos azules diferentes. La casa se puede ver tres kilómetros antes de llegar. Tal es su magnificencia y su tamaño. La construyó con los primeros tres años de trabajo. No somete ya su pensamiento al escrutinio de ecos ajenos, sobre la moralidad de su labor, pues ha concluido que es tan necesaria como muchas otras que se categorizan en el ámbito de lo constructivo. Si no se limpian los diques, si no se derriban casas pequeñas para dar origen a los grandes edificios, si no se juntan valores para sacar un valor alternativo ¿qué pasaría?

Sus disparos, aquellos accidentes que suceden, esos suicidios inesperados, que tienen la marca de su silencio, el tacto sobrecogedor de lo inexplicado, son trabajos muy bien remunerados porque hay cosas que deben suceder y por si solas no suceden...

Va llegando, es una loma que saca lo mejor que tiene. Su mejor esfuerzo antes de llegar a casa, como hace diez años cuando era un don nadie lleno de valor para hacer lo que otros solo pensaban. Son menos de doscientos pasos, un trote de caballo que sabe que lo espera un frío baño, y una cena llena de deleite natural, en la gran mesa de mármol de su bella casa de vidrio...

Un silbido débil, de un cohete disfrazado de bala, irrumpe en el final de su carrera como un misil que va a acabar el mundo...

El combatiente de un solo país cae en la vía pública de manera aparatosa. Ya está muerto cuando rompe su mentón contra el asfalto. No lleva documentos, no va armado. Llegará a donde llegan todos aquellos que fallecen sin poder ser identificados. Quizá se tarden un tiempo en averiguar la empresa que tenía, qué cosa se propuso construir quitando del camino las piedras que otros simplemente señalaban. Un cuento de azares, medio quemado por otro que no aparece, el cabo de su rabo, el viento inesperado de su vela, el punto aparte de su relato inventado quien sabe cómo, casi un juego a medio empezar apenas, de una vulgar caja de letras...

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