viernes, 3 de septiembre de 2010

EL PROYECTO DEL AUTOR / LOS BOSQUEJOS (5)




               TIENE LA MUERTE REBAÑO  
                       Y CAMPANERO (5)


Cuatro

Se había hartado de delinquir. Nadie lo conocía en esta región. Tal vez se ha establecido y luce como cualquiera... Esposa, uno o dos hijos, un empleo regular, cuentas por pagar, una casa pequeña que libra por cuotas. Si no fuera por estas suposiciones tampoco sostendría esta pesquisa. El tampoco era el de antes, el duro, el que hacía unos años había sido temido por los delincuentes, pero también por sus propios compañeros, y por sus superiores. El trabajo era rescatar a un hombre de un destino fatal que iba a darle alcance, y él sabía tanto como el otro, que solo eran dos acorralados que habían perdido los papeles, dos malos teloneros que intentaban hacerse los idiotas, pretendiendo que todo estaba bien. La similitud que había estado sintiendo con Jesús María Ballesteros, o como fuera que ahora se llamara, adquiría por momentos brillos iridiscentes. Pensó en lo cambiante que se encontraba su estado de ánimo, y concluyó que el motivo estaba en el mismo compromiso.
Telonear, comenzar y terminar alguna cosa. ¿Acaso puede el juicio propio reconocer cuando es lo uno y cuando lo otro, en tanto se le gasta la vida? Mientras se acababa la cerveza, hizo cuentas que hoy a las siete treinta entraría a otro bar, a otro hotel, a otra oficina de correos, para hacer preguntas sencillas sobre un pariente cercano. Un primo que ignora que en la lejana capital, un tío de ambos les ha dejado en herencia  la mitad de lo que fue su fortuna.
Al subir al autobús, sintió detrás de su cuello aquel extraño hormigueo, que le sobrevenía cuando alguien lo observaba con insistencia. Nunca le paraba bolas a esos aspavientos y lo dejó pasar así no más. Eligió una silla  y se sentó junto a la ventana. Casi de inmediato, una mujer atractiva de unos treinta y cinco años, se sentó a su lado. Cuando le sonrió, con la primera mirada, él reparó en su perfecta dentadura, y para sus adentros se dijo que la mujer provenía de bisabuelos negros. Ambos se miraron amistosamente, cuando Evaristo decidió acomodar el maletín de viaje en el compartimiento superior para viajar más cómodamente, y tuvo que erguirse de manera un poco inconveniente. Al sentarse nuevamente, conservó el legajador, que contenía toda la información del actual caso.




-         ¿Documentación importante?
                      
Volteó un poco su cabeza para observarla bien. Tenía algo en los ojos que le estaba diciendo “solo conversemos ¿sí?”
-         Así es. Pero al fin y al cabo son solamente papeles.
Nuevamente ella le mostró los dientes y sus pupilas brillaron, al parecer agradecida por la respuesta.
-         Sabe, –continuó ella después de un corto silencio, como hablando para sí misma - hay hombres que, digan lo que digan, dejan escapar en sus palabras el verdadero potencial filosófico de sus pensamientos. No es solo la inteligencia, sino la fuerza que permite el trabajo práctico que la usa y la perfecciona.
El policía la miró perplejo y no pudo evitar llevar una amplia sonrisa hasta sus labios.
-         También sucede con las mujeres, aunque no con todas ciertamente.
Había acompañado con la mirada esa primera respuesta al contrapunteo, esa suerte de señal indefinible que siempre le había traído beneficios en el pasado.
-         Me llamo Clarena Bermúdez. Soy abogada pero me desempeño como inspectora de policía en el siguiente pueblo. Y usted, ¿Cómo se llama?
-         Mi nombre es Evaristo Montes y trabajo como investigador.
-         ¿Investigador?¿De qué o para quien?
-         Estoy adscrito al Departamento Administrativo de Seguridad y Control.
Fue una llana presentación entre dos empleados al servicio del Gobierno, que no dejó de tener cierto viso de irrealidad, máxime cuando tanto ella como él habían recibido al menos un millar de veces, instrucciones sobre el intercambio de  información personal con personas extrañas.
-         No debiera mencionarlo, pero estuve observándolo durante bastante rato, antes de abordar el bus...
-         Y también cuando me subía. Lo advertí.
-         ¿Sí? Lo que pasaba es que algo en usted me resultaba simpático, familiar, no sé...
-         Usted, señorita, tuvo la impresión de que yo era policía...
-         Sí, es decir... no... Discúlpeme.
-         Tranquila... Imagino, Clarena, que usted trabajó en ciudades más grandes antes de venir aquí. Uno se acostumbra a distinguir mecánicamente...
-         Trabajé nueve años en la capital y luego me nombraron en este cargo. Son ya trece años. Usted también es intuitivo.
Un silencio inesperado y formal les sobrevino, cuando advirtieron que los demás pasajeros venían callados y entre dormidos. Evaristo le miró la cara directamente, luego se miró la mano derecha que descansaba sobre los papeles que llevaba en el regazo, justo allí donde llevaría una argolla si se hubiera casado, y luego la miró a los ojos, como diciéndole que había muchas otras cosas de que conversar.
-         Sé que no es mi asunto pero ¿Qué lo trajo por aquí, Evaristo?
-         Busco a alguien. Un hombre que hace trece años se fugó de una cárcel...
-         Pues déjeme decirle que ha sido una larga búsqueda...
-         No me dejó terminar. Fue un acuerdo extralegal, usted sabe...
-         Sí, entiendo.
Ella creyó advertir que él se sentía incómodo hablando de aquel asunto, pero el policía continuo.
-         Aquel tipo entregó una información importante, pero no podía servirnos de testigo, y la cárcel... usted sabe, allá no existía seguridad alguna. Nosotros ordenamos la fuga, la planearon desde adentro y él  nunca se enteró que había recibido ayuda de quienes lo pusieron allí, de nosotros, sus ofensores. Todo sería tan diferente si el sistema protegiera a estas personas.
Ante el silencio de la mujer, Evaristo continuó, pues acababa de considerar que quizá ella le podía dar una mano con todo esto.
-         Ahora, alguien lo busca para matarlo, y eso no puede permitirse.
-         ¿Permitirse? Querrá decir que usted no va a permitirlo.
Él supo que algo en su voz le había delatado. La miró con un gesto de confianza, antes de continuar completando la historia, esta vez con los demás elementos encajando en los lugares adecuados. Le contó que la antigua investigación contra Ballesteros había fracasado por su culpa, porque fue negligente en la obtención de las pruebas e ineficaz en la protección de los demás testigos. Admitió ante la desconocida, que estaba allí por propia iniciativa, pues ninguna autoridad le había enviado, así que no tenía aprobación, solo el deseo de hallarlo antes que el asesino.
-         El ya debe ser otra persona, debe haberse regenerado. Quizá tiene una familia que lo quiere, que nada sabe de su pasado, ni necesita saber.
La voz de él había bajado hasta hacerse solo un murmullo. Ella lo miraba, agradecida ya de haber tomado aquel autobús.
Mientras la máquina  aceleraba, acercándose al litoral, en la charla de aquellos dos desconocidos se planeaban  acciones para defender una vida, la del hombre que se había escondido allí por años, y también sin saberlo, la de quienes lo habían acogido y lo amaban tal y como era en el presente......(continuará)

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