jueves, 20 de mayo de 2010

ZONA DE CUENTO/EL LEGADO DE CIFUENTES



EL LEGADO DE CIFUENTES

( cuento )

La primera vez que vi a Patricio Velandia, en una de las dependencias de la Oficina de Registro de Bienes y Propiedades, advertí de inmediato que estaba absolutamente perdido y que luchaba con su carácter campesino y taimado, para no lucir fuera de lugar. Por la condición de mi cargo, en el nivel administrativo #2, y tras observarlo vagar durante unos minutos de un escritorio a otro, decidí averiguar cual era su problema, movido además por mi naturaleza normalmente curiosa. Cuando lo abordé y le invité a que se sentara pareció experimentar un gran alivio, lo que inmediatamente derivó en una confianza espontánea, también de mi parte, tras unos minutos de diálogo interminable.

Patricio Velandia no pasaba de los treinta años. Era alto, un tanto encorvado, con unos grandes y limpios ojos castaños que llenaban de vida su rostro enjuto y taciturno. Era la tercera visita a esta oficina, y también a la ciudad, pues hasta que surgió su problema nunca se había visto en la necesidad de conocer la metrópoli. Me explicó con lentitud y respeto, que poseía tres cuadras de tierra y una casa de adobe, a casi cinco horas en coche de donde nos hallábamos sentados, posesiones que había heredado de un antiguo benefactor de su padre, fallecido dos meses atrás. Me contó, que al llegar allí con su esposa, una persona los había recibido, había observado la legalidad de sus documentos, para luego entregarle aquel lugar abandonado desde la muerte del último inquilino. En ese momento, justamente, le pedí que fuera al grano, que me contara el asunto en cuestión, y entonces él me dijo que ya había llegado al grano...

- ...Es que él no se quiere ir...

Yo permanecí en silencio, sin comprender a que se refería.
- Lo que quiero que usté entienda, es que el último aparcero no ha querido dejar la casa...

- Pero Patricio, acaba usted de contarme que ese hombre murió hace un año o más ¿Cómo puede alguien estar muerto y al mismo tiempo no querer irse de algún lado?

- Es muy simple, patroncito: el difunto manifiesta no tener a donde ir, que no podemos sacarlo de su casa...

Miro atentamente a aquel campesino llamado Patricio Velandia. Sin duda en su particular forma de entender las cosas debe estar diciendo la verdad. Medité el alcance y contenido de su historia, y solo entonces tuve conciencia de que ignoraba que era lo que él quería de mi.

- Dime Patricio ¿A qué viniste a esta oficina?
- Patroncito, lo que necesito es una autoridad que me acompañe hasta allá, para convencer a esa ánima que ese lugar no es de ella, que el lugar propio de ella debe de ser el mismitico purgatorio, y que yo no le miento si le repito cada vez que me asombra, que lo que es ella está bien muerta, que solo aparece en la noche y que brilla.

Créanme que todo sonaba la mar de chistoso, y me hubiera reído de buena gana, de no haber sido porque en el rostro de aquel hombre podía verse el drama que vivía: había recibido una tierra, una casa y un espíritu que parecía ignorar que ahora hacía parte del mundo de los difuntos y no de este, el de Patricio y mío, el de la demás gente. Este ente caprichoso, no estaba dispuesto a entregarle a nadie lo que pensaba suyo, a no ser que una autoridad le comprobara que así lo debía hacer de conformidad con la ley. Lo único que Patricio me estaba pidiendo era que lo acompañara a su rancho y que me entrevistara con aquella presencia como la autoridad que yo era, para así solucionar de una buena vez su extraño asunto.

El campesino terminó por hacerme una detallada narración de la convivencia forzosa con aquel inquilino incorpóreo, que presumía de ser el dueño y señor del lugar. Me contó como lo despertaba en mitad de la noche, cantando con voz tenoriosa viejas coplas rancheras. Como cambiaba de lugar las herramientas, el forraje de las gallinas y las bolsas de las semillas. Patricio ya no soportaba las presiones: Aquel espíritu inconsciente había empezado a molestar a su esposa, se le acostaba a su lado cuando él salía de la cama para comenzar la labor, o la abrazaba a cualquier hora, llegándole por la espalda y fingiendo su voz, incluso mejorando tono y timbre.

Ya era viernes, para fortuna de Patricio Velandia, y decidí acompañarlo a su tierra esa misma noche. El se puso muy contento pues estaba seguro que mi autoridad sería por sí misma suficiente, para convencer al ánima testaruda de que no podía permanecer un día más en la propiedad, que había dejado de ser suya al convertirse en el legado, que el moribundo dueño otorgó como última voluntad a Patricio Velandia.

A las siete y treinta de la noche nos encontramos en la terminal de autobuses. Ya instalados en el vehículo, experimente una vaga preocupación al pensar que llegaríamos pasada la medianoche a nuestro destino, siempre que el viaje fuera normal, sin contratiempos. Me sumí en un profundo silencio, en el que empecé a divagar en torno a los motivos de la aventura, las verdaderas causas de que me hallara sentado allí, escuchando aquel motor ronroneante: nunca había sido particularmente espiritual, más bien, mi mesurado satirismo al respecto no evidenciaba un descreimiento completo, sino más bien una incomodidad, una incapacidad para conjugar las pruebas de los fenómenos físicos con su contraparte metafísica, que prescindía de ellas. Saber que lo que realmente quería era ser partícipe de un hecho totalmente novedoso, tener esa certeza, me hacía sentir tranquilo, aunque algo muy en el fondo me advirtiera acerca de lo ingenuamente infantil de mis razones.

Decidí conversar con Patricio, que comenzaba a cabecear, para evitar seguir por mis íntimos derroteros monotemáticos. El campesino se veía ostensiblemente fatigado, lo cual era comprensible al comparar su ritmo normal con el vivido por él, estas veinticuatro horas. Como si tal reflexión fuera un recordatorio acerca de los beneficios del sueño, yo mismo me fui desgonzando y sin advertirlo apenas me quedé profundamente dormido.

Patricio Velandia me despertó remeciéndome el hombro, un poco antes de llegar a un sitio de la carretera conocido como Loma Dulce, situado arriba de una colina cubierta de pomos silvestres, en la cual nos apeamos. Inmediatamente comenzamos a subir por una angosta vereda que distaba casi media hora de la casa, según Patricio. Comencé a ensayar mentalmente la actitud con la que me enfrentaría a la terquedad del ánima, pero todo me parecía flojo, sin asidero, la situación en sí se exhibía ilusa, desde mi mentalidad objetiva y racional. Para entonces habíamos llegado a la casa, que estaba a oscuras y totalmente en silencio. Pensé, con extrañeza, que aquel hombre había mantenido su boca bien cerrada a lo largo de todo el trayecto y, mientras lo miraba, sentí que eso no solo era inusual sino que algo realmente, no marchaba bien. De mi interior, un grito inaudible me advirtió que todo aquello era simplemente ridículo.

Patricio ya había extraído su llave de la puerta y esta quedó abierta. En el umbral, igual de enjuta y encorvada que él mismo, medio vestida con un raído camisón, su mujer entredormida le dijo:

-...en todo caso mijo, Cifuentes entró en pánico con lo que usté le dijo de traer la autorida pa’ sacalo de aquí, manque fuera a tiros, y en después de una hora que su mercé se fue, juntó sus cuatro peltres y arrancó falda abajo... quien sabe ya donde irá el pobre cristiano ése...

Patricio me miraba como pidiendo perdón, mientras yo regresaba de antiguas cruzadas por las eternas praderas de la muerte, sobreviviente de cacerías espirituales en defensa de los legales estatutos de propiedad.

- Cuénteme mijo ¿Cómo le hizo pa’que después de tanta rogadera, lo acompañara hasta acá mesmo la autoridad de la oficina ésa? ¿Qué oficina era, mijo...?

JOSE IGNACIO RESTREPO

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