lunes, 31 de mayo de 2010

EN FUGA DESDE EL ATICO



Mis textos buscan el suicidio
de  Rafael Zamudio

Iba a empezar este texto diciendo: “Kant dice que…”. Iba. Luego mejor no lo hice. Me quedé pensando que empezarlo así era empezar “doce mil millones de millones” de textos que no me pertenecen (que no quiero que me pertenezcan), y que esa hiperintertextualidad, en el caso específico de este texto, resultaba más bien grotesca. Porque este texto, que pretende hablar de algo usando otro texto que usa otro texto que usa (etcétera), ya es en sí, desde dentro, en su estructura preescritura y metadiscursiva, una quimera de voces moduladas bajo el efecto de dos líneas de coca, quince cigarrillos y siete tazas de café, que si ya le aportan nada pues empezarlo con una cita lo degrada todavía más. Aparte de que no es el tema, sino lo otro, lo que queda dentro, entre corchetes, lo que se ve cuando ya se aplica el código.


Entonces, para no romper tanto el texto, y fingir que no existe todo el barullo intercraneum, lo empecé de otro modo, con una anécdota, que es la siguiente:



Tenía toda la hora pensando en cogérmela. No en cogérmela cogérmela, porque respeto a las novias de mis amigos, sino en cogérmela cuando llegara a la casa, de noche, a solas, en mi cama, con los ojos cerrados y el puño deslizante. Pensaba en dedicársela, ipso facto, ahí mismo, en el baño: la verdad que se la merecía, toda rica, toda mami, toda nalgaje de alto voltaje, toda para prenderme al reguetonero interno que me sale de vez en cuando, sobre todo los viernes a las diez y media después de dos caguamas.

Era su pelo, su boca, sus nalgas forradas y sabrosas, la idea de su culo nuevo, la idea de romper el sello de garantía, de sentir que uno a uno sus tendones anales se desgarraban en suaves tiras de algodón y luego seda dulce. Pero nomás la idea, porque respeto a las novias de mis amigos. Nomás las ganas, la intención de levantarme y encerrarme en un baño, y luego una automaldición por no haberme replegado a la trinchera previo a la activación del cañón, a ese maldito ojo de Polifemo rayo fulminante que secciona todo movimiento hasta la puta madre lejos (Que a tanta vista el Líbico desnudo / Registra el campo de su adarga breve) y que de pararme me juzgaría desde mí, porque ahí tengo al cañón a punto de disparar, al ojo buscando, en la punta de la cabeza, en la punta de la cabeza de mi verga rojísima y sensible que se muere por eyacular tras tanto frote accidental producto del intento de evitar el mismo frote.

¡Cuánta desesperación! ¡Y qué banal, qué vulgar, qué común! ¡Todos lo hemos vivido antes!

Proust lo habría descrito de otro modo, lo habría dicho con otras palabras, habría pincelado el cuadro, seguramente, cayendo primero desde la iluminación amarilla que entraba por las ventanas altas, en diagonal, hacia el cabello rizado de ella, cortando de tajo su profundidad y volviéndola unidimensional, como al estampado de un tapiz medieval de Genoveva de Brabante, de quien ella descendía, y con quien yo no encontraba parecido, ése que se le atribuye en las historias pasadas de boca en boca por la tradición y, en vez de eso, yo la veía tan ordinaria como a cualquier otra mujer de Tijuana, tan… /

Pero tenía ya el problema de la predictabilidad que, desde el otro comienzo, el de “Kant dice que…”, ya se me venía imponiendo como una marca distintiva a mi texto, y eso yo no lo quería, aunque todo fuera tan predecible ahora, ahora que “todo está escrito” y “no hay nada nuevo bajo el sol”. Yo quería algo diferente, aunque fuera en un punto, algo que justo después de la introducción resonara y se imprimiera en los vellos de los brazos de mis lectores, se tatuara en algunos labios para que se besara constantemente, algo así, de ese modo, porque para mí no puede ser que todo esté escrito y que no haya nada nuevo bajo el sol porque no existe el “abajo” en el espacio y, pues, el sol está en el espacio, ni arriba ni abajo ni a la derecha ni a la izquierda, simplemente en el espacio. Para mí significa otra cosa.


Decir que “todo está inscrito” va más allá del (aparentemente) sencillo problema que es presuponer que “todo” “existe” “desde siempre” “como siempre ha sido”. Que Todo Es lo que Es. Decirlo es aceptar un árbol finito de posibilidades que parten de un origen nulo hasta una apertura incuantificable (pero finita) que se desglosa y desglosa conforme es posible una adición, una sustracción, de un simple carácter, por decir lo mínimo: una paradoja, en cuanto a que implica que desde el principio, desde la nulidad, ya deben estar presentes las condiciones de ramificación para que las posibilidades sean verosímiles; ende, no puede existir algo que desde el punto de inicio, que es vacío, no pueda desglosarse de algo distinto al punto de inicio, y si del vacío se puede desglosar todo, pero de nada se puede desglosar el vacío, todo lo que ya ha sido escrito, que es todo siendo nada, no se ha dicho todavía sino que apenas se va diciendo. O que sí, ya se dijo todo, desde el futuro, el futuro que nunca va a ser porque nunca llega a ser hasta que es pasado tergiversado por la memoria, falacia.


Decir que “todo está escrito”, pues, presupone que Proust no tiene el menor mérito, ni ha de despertar el menor interés, que si se le lee ha de ser porque ahí está a la mano (y todo se va dando a la mano sin que la mano atraiga hacia sí), y que, al hacer esto, al leerse así, desinteresadamente, ha de golpearnos como una ola alta y repentina que no esperamos mientras le damos la espalda al mar plácido. Kant dice que la contemplación estética debe hacerse sin un interés práctico en el objeto de contemplación para que las cualidades de lo bello, que le son inherentes, se vean reflejadas en el juicio crítico. Así, leer a Proust con fines prácticos lo hace tedioso, lento, cansino, denso, y todo eso que pasa siempre que tenemos al frente un texto que tenemos que revisar por cuestión de trabajo y entonces, aunque sabemos que si fuera por mero placer desinteresado lo disfrutaríamos, se convierte en una carga pesada, porque estamos buscando con quién tenemos que hablar, a quién tenemos que pedirle un favor, a quién debemos halagar, y todo eso que los círculos literarios marcan como conducta reglamentaria porque, claro, Proust está lleno de medallas y por eso debemos admirarlo y alabarlo y adentrarnos exhaustivamente sin cuestionarnos siquiera en qué batalla se ganó el mérito a usar esa medalla.


Escribí la siguiente parte de la anécdota, que transcribo a continuación, con esto en mente, tratando ya no tanto de ser impredecible sino de dejar que fluyera la narración apegándome a los hechos ficticios tal como sucedieron:



Habló René y, como siempre, su voz, su ímpetu al hacer una pausa en la lectura en voz alta ajena para insertar una disertación sobre un tema de materia filosófica, de estética, me cortó el flujo deseante como a esa voz antes le cortó la articulación; amputado, como ante toda lección de humildad, perdí la erección progresivamente, sin darme cuenta, habiendo caído la luna al horizonte cuando la última vez que la noté se encontraba sobre el cénit —que sé ahora pero no en ese momento, porque ahora estoy distante— y me adentré, casi sincrónicamente, en esa aclaración de que Swann no habría sido capaz de percatarse de lo que significaba toda la faramaña de una recepción aristocrática de no ser porque se encontraba alejado, separado absolutamente, completamente desinteresado, de la fiesta —a diferencia de antes, antes de Odette, antes de abrir esa brecha abismal entre lo mundano y su persona, cuando llegaba él a un palacio y dejaba su abrigo a un groom y, ensimismado por la necesidad de encontrar a tal duquesa o marquesa, de arrellanar al lado de un pintor de vanguardia para discernir sobre Ver Meer, de un director de orquesta para cuestionar la base mitológica del Götterdämmerung.

Y si Swann no hubiera tomado esa iniciativa de ir a esa fiesta, desganado, sólo por ir a algo, por mantener sus amistades por si eran requeridas para satisfacer a Odette, si Swann no hubiera actuado igual como actuaría Marcel tras esa estancia en Venecia en que, al volver y ver sobre su mesa un montículo indiscreto de invitaciones inatendidas, decidió acudir a la fiesta de la princesa de Guermantes desinteresadamente para toparse en ella esa repentina ola fresca y revolcante que lo incitaría a escribir la obra —En busca del tiempo perdido— entonces no hubieran las siguientes páginas en que Swann ve primero la belleza de la servidumbre, de esa raza mixta entre lo más clásico griego y moderno sajón, y se admira de la organización, de los rostros, de los gestos, de los mecanismos de acción, todo bajo esta contemplación estética de artista, para después chocar, al salir del submundo humano por la Escalera de los Gigantes cuidada por Marte y Neptuno para entrar al Olimpo y encontrarse con que todos los dioses son monstruosos seres deformes, desencarnados, pisciformes, como esas bestias que rodean a la Injusticia de Giotto en los frescos de Padua que se esconden en la selva.

Y así como nada de esto se encuentra aislado, todo está sujeto a una reflexión que proviene del cuerpo vivo de la obra, así es que empieza la descripción Marcel dándonos a un Swann sumergido en el éxtasis de la contemplación que sólo le fue posible por haberse llegado a la fiesta desprovisto de todo interés práctico, y así que /

Otra vez lo corto, porque lo sigue en la anécdota es mera perorata, esa mala costumbre mía de repetir de varias formas distintas lo mismo para dejarlo bien clavado en el lector. O, más que eso, para solidificar una idea que me viene llegando desde una vaguedad insostenible a través de una región impalpable en algo un poco más tangible: hacer realidad mi texto, darle carácter veraz a eso que llamo “mi texto” pero que me deja de pertenecer desde el momento en que me es dado desde otras latitudes, desde sabe qué distancias.


Por ejemplo, la parte siguiente, que no es ya mía sino de René, que es su propia anécdota dentro de mi anécdota de la clase, que dejo aquí ahora casi textualmente:



Esto me recuerda a una experiencia que viví una vez. Había ido yo a Cuba, estuve unos diez días en la Havana, y ya estaba de regreso. Llegué al aeropuerto de Cancún, porque así estaba programado el vuelo: Havana-Cancún-México. Y fue exactamente como le sucedió a Swann que, después de poco tiempo, unos diez días, uno se acostumbra a ciertas cosas, y esa mezcla racial que existe en Cuba, esa… digamos… escala, presente en el mestizaje cubano, que viene desde españoles y negros y taínos y demás, que es muy hermosa, como todos los mestizajes, se me había impregnado como referente de “lo humano”, o de lo que entonces era para mí un imaginario de la humanidad. Así me bajé del avión, todavía disfrutando en la memoria de las fisionomías de Cuba, cuando entré al andén y ¡entré en shock, tremendo, indescriptible, casi temblando! Pues al ver a esa gente, después de Cuba, como Swann, ¡sentí que caminaba entre pinacates, lagartijas, alebrijes!

Así me sentía, como Swann frente a este señor de Palancy que “paseaba lentamente por todas las fiestas su cabezota de carpa”: imaginen eso, una cabeza que termina en punta, casi cónica, horrible; “con ojos redondos, y que de cuando en cuando, alargaba las mandíbulas como para buscar su orientación”, ¿pueden visualizar esa imagen? ¡Como un pez que voltea a los lados moviendo la boca para oler su camino! y que: “parecía que llevaba consigo tan sólo un fragmento accidental y acaso puramente simbólico del cristal de su pecera”. Maestro. Qué maravilla.

Y ante la promesa de terminar el texto ahí, con una cita, pese a haber escuchado una vez que “terminar un texto con una cita no le da contundencia sino que aminora el peso de tu discurso”, analicé esa costumbre mía de terminar algunos textos con citas justo por eso mismo, para matar mi discurso con otro que me apropio, y concluí que con estos juegos de oposiciones en los que conscientemente hago “lo que no debo hacer” doy apertura a que la misma escritura fluya por sí misma y no por los designios de mi deseo temático. Dejo que el propio texto se suicide tras su culminación, que se suicide por acción ajena.


Lo que pasa es que empiezo por decantar, palabra a palabra, ese interés inicial con el que empujo la escritura desde, no una nada, sino una saturación previa. Quemo las naves. Me llevo a ese estado de desfase absoluto en el que Swann y Marcel comienzan a vestirse, ajenos, superficiales, a lo que es el fondo del texto, al cual es imposible acceder —no es posible sumergirse— sin haberse deshecho, por medio de la misma escritura, de todo lo innecesario, de todos los bloqueos, de todo predominio de la intención. Se desnuda así la naturaleza verdadera del texto y parece inconexa, tal vez, con lo que se empieza narrando, que es de lo que se quería hablar.


Siendo honesto, yo quería hablar de un culo que se me antojó, quería hablar de mis ganas de que me la mamara ahí, enfrente de todos, y tirarla sobre el escritorio para enderezarle hasta el sigmoides, morderle la línea de la columna, las orejas, jalarle el cabello con violencia, sofocar sus grititos de placentero dolor con mi mano que metería para emular otra verga mientras le pellizco con fuerza las tetas, sabiendo que nadie se entrometería porque nadie, ni el novio, sería tan grosero como para detener una cogida tan deliciosa, ahí, a la vista, en vivo, como nunca, sino que esperarían hasta el final para entonces denunciarnos, caernos los brazos encima y los golpes del novio, etcétera. O, más bien, más certero, habrían salido antes otras vergas y otras tetas al aire, habríanse masturbado frente a nuestro performance pórnico, habrían acopládose en parejas, tríos, cuartetos, a nosotros y, al final, en el único final, lo que pasaría (y es que nada más puede pasar) sería que ellos mismos, ustedes, lectores de toda la escena de veracidad artificial, me devorarían, nos devorarían, a mí y a la esencia del texto, como a Grenouille.


***


Nota: el fragmento de Proust al que me refiero está tras esta “liga”.
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