lunes, 31 de mayo de 2010

ZONA DE CUENTO / UNA NUEVA TEORIA

UNA NUEVA TEORÍA

por José I. Restrepo

 


Desde la mesa, que es redonda y de una madera oscura y bruñida, el mensaje postal que el mesero ha dejado resalta como lo haría un camello encerrado en una gran jaula de turpiales, tanto así que algunos de los apuestos comensales por momentos tuercen sus cabezas y observan, me observan, como apostando sobre el tiempo que tardaré en abrir el sobre y lo que este sencillo hecho provocará luego.

Mí ojos se pasean sin buscar nada en particular y sin que nada de lo que hay en el salón capture mi atención. Hace tres horas me sobrevino la seguridad de que aquello pasaría. Entonces era mediodía: La canícula y el cielo abierto mostraban la intensidad del verano de Canarias, más fuerte por estos días que el de las costas españolas y las marroquíes. Los cambios de humor, la presencia de inesperadas tormentas y bajones de temperatura que no prevé ningún reporte, son eventos muy comentados por las hordas de turistas y viajeros, a quienes al parecer siempre les es nuevo todo y pareciera que compitieran por probar a los demás como son de impresionables. En cuanto a eso, una cosa es la competencia y otra bien distinta es la apuesta, tanto así que en las olimpíadas y otros eventos de importancia uno y otro acto se complementan, y no podríamos realmente decir cual de ellos da origen al otro: si no fuera por los juegos de invierno, no habría transmisiones de televisión a más de 150 países, ¿O será al contrario? Hay quienes afirman que el deporte ha pasado a ser una especie de oficina subsidiaria de las grandes cadenas y que estas a su vez han cambiado tanto de manos, que ya ni se sabe para quien producen tanto dinero.

Mientras me desprendo del mar de ideas que parecía irrumpir en un torbellino incontrolable, mis ojos escrutan el paisaje que muestra la ventana. Mi rostro está ensayando una sonrisa, que yo sé, es solamente una mueca enigmática causada por la certeza de saber algo que los demás ignoran. Los bañistas han comenzado a salir de la playa, las hermosas chicas que hace un rato se exhibían al sol y a las cálidas miradas empiezan a correr sin mucha compostura, como rompiendo el guión, pues el brillo del cielo y la quietud anuncian ahora con su oscuro cobalto, la promesa de relámpagos y lluvia, y estas condiciones no estaban en el programa de nadie, salvo en mi hojilla de apuestas virtual de las 9:30 de la mañana, una operación más que de haber tenido un contrincante y un monto habría determinado una ganancia de quien sabe cuantos miles, que ahora estarían pasando a engrosar mi cuenta de ahorros; el que no haya ocurrido ni lo uno ni lo otro es una clara evidencia de mi pasión por elucubrar sobre el destino final de las cosas, conducta irresponsable y casi siempre inocua, cuya frecuencia lamentablemente es inferior a las ocasiones en que merced a ella, me lleno de un cándido placer por el gusto inefable de acertar.

Pero, hasta en el juego hay que ser dignos, de vez en cuando. Había ganado pero también había perdido, pues no solo era una sino dos apuestas las que había pactado voluntariamente al comienzo de la soleada mañana, con aquel ego suyo al que dejaba creer casi siempre que era más que él. En cuanto al clima, el acierto era más que notorio. Ahora bien, Mabel lo había dejado allí, en ese odioso estado denominado “¿qué estoy haciendo aquí?” que lo tenía sopesando el efecto de las variaciones climatológicas sobre el resto de eventos, sobre los habitantes pasajeros y permanentes de aquel bello lugar, con sus vidas insatisfechas, llenas de ocio y malestares imaginarios, que a él para nada le interesaban... salvo si algo de eso tenía que ver con alguna apuesta. Había perdido con La Inteligente Mabel de La Peña, que lo detestaba cada vez que hacia público el hecho de ser próxima de sangre a la familia real, algo que constantemente, desde que era una chica, había provocado su enojo, sin que hasta el momento ninguno de sus cercanos, entre los que yo afortunadamente me contaba, supiéramos en el fondo la razón de dicho sentimiento.

El postre se ve de veras delicioso, pero apostaría que el exceso de almíbar causaría fogosos estragos en mi sistema digestivo, que irían desde este momento hasta la hora de la cena, y eso es demasiado tiempo de sacrificio para mi régimen nervioso solo por darle gusto a la boca. Puedo pensar en una colección de momentos cuasi trágicos cuya existencia se debió, fundamentalmente, a que no medité con antelación que sistemas y subsistemas se verían gravemente perjudicados a posteriori... algo así como un primitivo monopoly individual, en el cual el premio por acertar es justamente el derecho a asumir una apuesta más importante. El riesgo es a igual tiempo el apremio y el galardón. El afeminado mesero llega a retirar el postre, que luego de haber ordenado no consumí. Con actitud discrecional, que quizá prejuiciosamente no esperaba, me ofreció un café el cual acepté, recomendándole me agregara una pequeña copa de brandy francés.

Con solo mover mis ojos un poco dentro de sus órbitas, pude corroborar que el color del firmamento y el movimiento de las nubes realmente estaban empeorando. En poco tiempo anunciarían el cierre temporal del aeropuerto. Pensé, que el cerebro humano suele en ocasiones semejarse a un tobogán descendiendo por un bosque de abetos jóvenes, un gran golpe aquí, un doblarse algo acá, un sonido seco, indescriptible, que supone nacientes desgarrones, trozos de materia noble simplemente botados por ahí, ante el propósito rebelde de tener que continuar con la feroz carrera, pensé... pensé, en lo inútiles que demuestran ser con el paso de los años ciertas artilugios aprendidos, que usamos casi siempre de forma inconsciente en la convivencia con los demás, que es más que todo una confrontación de sucesivas etapas, cada vez más complejas, cada vez menos placenteras. Uno no puede simplemente... llegó el café, gracias... uno no puede elegir, porque en un amplio contexto se ha hecho uso de todo eso, en diversos momentos y circunstancias, bajo consabidas presiones bla, bla, bla... y al obtener un resultado más o menos decoroso, o al menos presentable, hemos convertido en respuesta mecánica o conducta el uso de ese mecanismo. Es decir, confiamos en que la utilización de dicho mecanismo nos evite el esfuerzo de pensar singularmente en la presencia de otra ocasión, que al parecer comparte algunas características con una pasada, o unas... Que café tan exquisito, me felicito por no comerme esas brevas. Visto así, parecería una absoluta tontería la labor de la experimentación, y la educación no sería otra cosa que el tratado o la fenomenología de la Maroma. Claro, ustedes deben concordar conmigo en que hay feligreses para todo.

Si, claro, estaríamos cometiendo errores, muchos errores, en situaciones similares, pero esto no se debería a defectos de carácter sino simplemente problemas de concentración, la ausencia de una importante condición, en los primates más grandes, familia no lo olviden a la cual pertenecemos. En últimas, algunos divulgaríamos los secretos para desarrollar esta sencilla condición... quizá sobre eso se basarían los textos de autoayuda, esos que ahora pretenden vender modelos de egoísmo maquillado, autoestima para manipular y desarrollo de las habilidades pero en su superficie. El cultivo de la inspección, la intuición, la curiosidad, la reflexión silenciosa y, por supuesto, de la aventura de apostar se convertirían en temas propios de la ciencia suma, donde concurrirían disciplinas y aplicaciones. Claro que todo esto podría llegar a debatirse, quizás con... con...

¡Mabel!!!...

Yo sabía que esta apuesta la tenía ganada.



JOSÉ IGNACIO RESTREPO ARBELAEZ


23 de Diciembre de 2001

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