lunes, 31 de mayo de 2010

ZONA DE CUENTO/ EL MISTERIO DE LOS DOMINGOS

EL MISTERIO DE LOS DOMINGOS
 por José Ignacio Restrepo


Si, esa es una conducta que me ha dejado perplejo desde que sostuve por primera vez una conversación con uno de aquellos amigos, con los que pasas el tiempo invirtiendo el orden de aparición de los asuntos prioritarios. Uno de esos que no llevaste a casa hasta que fue inevitablemente obligatorio, uno, como hay pocos, que supo de antemano,  merced a qué artilugio aun hoy lo ignoro, que él sería lampiño como un príncipe mientras que a mí la barba oscura me iría hasta la espalda. Ese amigo que se enamoró platónicamente de tu madre y te hizo mirarla detalladamente una y otra vez para intentar entender tal virtuosismo.

Con mí amigo Rafael, que continúa siendo ese elegido que sin embargo no lo es, he dialogado el viejo tema del misterio oprobioso e ineluctable que se da solamente los domingos, sin que hallamos podido alcanzar una conclusión que nos serene completamente, que aleje la cuestión por fin de nuestras mentes calenturientas que desdeñan los grandes asuntos de la política mundial y nacional, no porque no convenga tratarlos sino porque harta suela les hemos pasado por encima, tanta que ya nuestro mejorcito calzado nos empuja hacia pastos más verdes, más caminables.

Así que nuevamente nos encontramos hoy, otro domingo sin algún juego con pelota en la TV, es decir domingo sin televisión, porque para aquellos que conservamos un poco de nuestras cabezas en su sitio nos fue dado comprobar que el cable es una trampa mucho peor que la televisión pública, es como una rubia oxigenada de senos implantados y operada en los juanetes pero que tiene el mismo pito para orinar que nosotros, vale mejor decir que es un invento marica, te ponen todas las películas que de adolescente no viste en estreno como todos, porque a ti te faltaba dinero para  lujos semejantes, te colocan además  todas las del año pasado y el antepasado para recordarte las penurias que tuviste y habrás de tener, junto a los miserables pensamientos derrotistas y autocompasivos que te acompañarán en el autobús regresando de quien sabe donde, por no haber podido comprar ni a plazos las cositas que anunciaban en los televentas, que a vos te hubieran servido para vivir mejorcito la vida y que para ellos no calificaban siquiera para la escenografía de las producciones más baratas. Y, por último, te exhiben las novedades y te anuncian aquellas que están actualmente en producción, para que sientas bien dentro y de antemano esa especie de angustia no bien localizada por carecer de un bien tan preciado y despreciado, en el que trabajan tantísimas personas que tu  nunca vas a conocer, y que de oídas te sientan mal, salvo sonoramente cuando ves algunas en muy contadas excepciones.

Y por eso Rafael y yo hemos asentido de tácito en no mencionar más el asunto del misterio de los domingos, mucho menos en los domingos. Les presagio que será intuitivamente comprensible para cualquiera que vaya leyendo esta jácara, sobre todo si lo hace para su placer o su congoja, un maldito domingo de estos. Pero a todos nos ha pasado,  al menos una vez en la vida,  faltar a una promesa de esas que cumplir o no cumplir en nada cambiaba a favor nuestro o en el de nadie más; entender eso es fácil, hasta para cualquier mentecato bien amable de esos que vemos por ahí.

Justo eso nos ocurrió ayer domingo. Domingo a secas, porque no traía ningún otro regalito encima como de Ramos, de Gloria, de Pascua o de Resurrección. Y enfrentándonos a ese silencio mutilante que parece quemar el paladar y poner las manos inquietas de los puros nervios, el tema que rondaba de hace días para hacernos incumplir el juramento sin palabra ni sustento, se apareció de improviso en la persona de don Juvenal, maestro en uso de buen retiro. Eso fue justo cuando ambos observábamos sin misión concreta la calle, a través de la ventana del saloncito que hace las veces de sala en el apartamento de soltero-separado que tiene Rafa en la Circunvalar, la que antes se llamaba Avenida 25 y que todos conocíamos por el nada exquisito apodo de Calle de los Fusilados, unos que fueron mártires de causa, unos agónicos ilustrados, que decidieron morirse atravesados por la pólvora de sus enemigos antes de reconocer que a ellos posteriormente les darían la razón. Pero después, como en efecto ocurrió.

Don Juvenal, ignorante por completo que era objeto de nuestra observación, tomó la acera absolutamente aperezado y somnoliento, dando por sentado y con razón que no lo iba a atropellar un pontiac ni ningún otro, mientras casi se moría tratando de completar la apertura bucal que le permitiera rematar su quincuagésimo noveno bostezo vespertino. Sin tener conciencia ninguna sobre ello, despertó el estímulo largamente adormilado que haría posible que en domingo y contra toda prescripción, Rafael Villalba y Gildardo Benavides, Rafa y BENFICA, según nuestros motes de adolescencia, iniciáramos una disertación ayudados de seis maltas, mejor dicho, con media docena de cervezas, para pilotear luego medio chamuscados hasta la vivienda de cada uno. En fin, tras una brevedad henchida de nuestro personal amodorramiento, superado con absoluta seguridad por semejante boqueada leonina de don Juve, nos abalanzamos sin piedad sobre el misterio de los domingos, argumentando más allá de sus debatidos contornos, con tal de hallar esta vez una profundidad superior, que nos dejara tranquilos y deseosos de volcarnos más luego sobre otro constelado argumento.

Rafa, lanza en ristre como casi siempre, se proyectó con una explicación bastante peculiar, que arrancaba por allá a mediados del siglo IV después del que sabemos, cuando el Imperio Romano ya comenzaba a deteriorarse(o se había caído en pedazos, no sé), merced claro a lo descomunal de su tamaño, al gigantesco desarrollo de la corrupción, al envilecimiento de sus gobernantes y a la gran contradicción entre obediencia e independencia que se da en todo territorio que no puede gobernar a quienes moran dentro de sus fronteras. Para aquellas épocas, explicaba mi buen amigo, las líneas colindantes del imperio estaban ya demasiado apartadas del poder de Roma y sus senadores y aunque los intereses eran claros para el que gobernaba no lo eran tanto para quien era gobernado. Como bien puede suponerse, todo aquello que presumía un delito o una contravención, o al menos podía tomarse por una inflexión alejada del sentido de la ley, y que beneficiaba la experiencia cotidiana de los asociados por la posibilidad  de conseguir tal o cual propósito, se convertía en la medida que todos seguían. Eran muchísimas las ocasiones en las que siendo preguntados los propretores por la impertinencia o legalidad de una conducta o de un procedimiento, ellos que eran los encargados por el senado romano de hacer cumplir la ley, simplemente adujeran que no recordaban bien la letra de la ley, acaso por una razón bien sencilla de entender: su incapacidad para leer el más sencillo de los textos. Muchos de ellos en Hispania, en Galia, en el Rhin, o en el ancho Danubio, o los que habían sido enviados a lugares más lejanos e inhóspitos como el norte de África o la desértica Turquía, habían dejado de ser exclusivamente romanos, convirtiéndose con el paso de los años en pobladores del lugar con derechos un poco más amplios, condición que les privaba de otros dones y los hacía ante los ojos de los parroquianos unos bichos más o menos raros. Esos sencillos pobladores también estaban exentos de saber la norma y su contenido, pues ellos del mismo modo ignoraban como leer, escribir y contar, y sabido es que la difusión de boca en boca acerca de estos y otros tópicos determina grandes malentendidos, no solo entonces sino en todas las épocas de la historia.

Como en modo  alguno yo había llegado a entender hacia donde diablos se dirigía mi compa Rafa con aquella disertación algo anterior a la fecha de diseño de su juego de sala,  y como esa parte de mi ser que a veces  no entendía utilizaba o compartía algunas neuronas importantes con mis músculos faciales, el resultado fue que mi rostro había adquirido para aquel instante una contorsión suma, tan pronunciada, tan aguda y franca, que quien me viera en aquellos momentos estoy seguro me confundiría con otra persona. Él, pese a todo, parecía no advertir que yo era su única audiencia, y había olvidado que la amistad que teníamos no me había inhibido nunca ni lo haría tampoco en este momento,  de decirle sus tres verdades y otro poquito en caso de que cupiese hacerlo.

-       Eche Rafa, no me creas tan bobo... Tú estás hablando de otra cosa, no joda. ¿Qué tiene que ver el maldito imperio romano con nuestro jodido misterio del domingo?

El hombre me miró como si fuera la primera vez que viera un yeti de los apalaches canadienses caminando por algún frondoso corredor para caminantes y atletas, de esos que cruzan el Central Park en la famosa isla de Manhattan. Parecía estar mirando al gigante, vestido para invierno, pero en plena temporada de calor frisando los 40 grados. Y el monstruo, o sea yo, también lo miraba, con los ojos abiertos a lo que daba y los brazos en jarras, pidiendo claridad. O si no nos vamos con la aburrición a meterla en envases vacíos de clarita, no fuera tan poquita nuestra suerte, o qué.

Rafita hizo ese guiño de excusa que le conozco desde cuando flirteaba con mi mamá, y lo siguió haciendo mientras continuaba con su tema, hablando caminó hacia su minúscula cocina, y ya andaba por el siglo doce cuando con su mano derecha abría el enfriador y sacaba dos águilas absolutamente heladas, como diciéndome que le perdonara tantísimas curvas, que las necesitaba para poder llegar a quien sabe donde, con un mínimo de claridad. Continuó por donde iba, todavía nadie leía, nadie respetaba, muy poquitos comprendían el real sentido de la ley. Y esta había sido escrita hacía tanto tiempo y tan lejos que simplemente gobernaba el diestro al zurdo, el que era fuerte al que era manso y el que tomaba en su mano el dinero de los otros para hacer con él lo que a bien tuviere, en nombre de dios o de quien fuera. Las personas se dejaban regir, justo como lo hacen ahora, porque les gusta tener a alguien más fuerte a quien criticar o sobre quien despotricar. A la gente de todas las épocas no hay nada que le venga mejor, que un sonoro hijueputa al final de una tarde de lunes, una de esas imprecaciones que oyen todos los vecinos y que a los dos días a vos te toca explicar que fue un primo de La Góndola que vino de fin de semana el que lamentablemente quedó hincho de tanto ron que bogó, y le dio por maltratar desde la casa la honra del presidente y hasta la de tu exesposa. Y es que ni los lunes, ni ningún otro día se debe uno poner a hacer la lista de las vainas que se desean, sopena de comprobar dolorosamente que son las mismas de hace quince años. De eso no hay culpable, no existe responsable.  No hay Dios que sea así de malo (no existen pruebas por lo menos), entonces no queda más que cargar contra el indecoroso presidente, que aunque ningún juez lo acuse por alguna pifia relacionada con sus funciones es realmente convicto de mucho de lo malo que pasa, seguro que también de esta mañana mía, de este domingo mío de pobres, sin un punto cardinal hacia donde dirigirse para hallar algo positivo.

Nuevamente miro en los ojos de Rafita, para ver la curva que me aguarda. Hoy redescubro su tic, ese brinquito argumentativo de su ceja izquierda que lo hizo tan popular entre las féminas de la universidad, el cual siempre fue malinterpretado. Todas suponían que era un gesto napoleónico, una especie de guiño que advertía que se estaba en presencia de una verdadera luminaria, un espécimen extraordinario del género humano que se había dignado quien sabe por que motivo posar sus ojos en la que atentamente lo observaba, quien era casi siempre titular de  una llamativa figura, con talle torneado, bello rostro y pocas ideas que discutir. En realidad, ese gesto mecánico, díscolo y avieso tenía su origen en la ingestión desproporcionada de bebidas alcohólicas con el estómago completamente vacío, conducta absolutamente reprochable que Rafa mantuvo durante el tiempo de la academia, previo a su noviazgo con Carmen, la dama trajo a su vida una cierta comodidad color berenjena, con la consistencia de las tartas de banano, quiero decir él dejó de tomar, dejó de fumar y de andar con amigos, y se dedicó todo el tiempo a lamerle los muslos, a chuparle todo aquello que se asemejara a un tejido blando, todo menos el cabello y las uñas de los pies, según me rebelara en otra famosísima rasca. El maldito negocio salió mal, Rafa varias veces rodó por las escalas de la casa que a duras penas estaba pagando. Carmen solía guardar herramientas de la cocina, léase cuchillos para cortar el pavo, y el finísimo sacacorchos inglés que habían regalado en promoción por comprar el ineficaz lava cubiertos westinhouse, en los cajones bajos de la cómoda, con el propósito de ganar algunos puntos si se presentaba un “coloquio” con su marido. Porque si hablamos de una discusión de más de una hora, la primorosa morena era en sí misma un arma: una noche de viernes en que Rafa no la llamó para avisarle que tenía que entregar un proyecto para la cuenta de Curtimbres Besta, ella lo saludó normalmente cuando él entró por el vestíbulo, asintió con una sonrisa cuando él dijo que tomaría una ducha antes de cenar y solo detuvo el martillo de minero que hacía agujeros amorfos de alrededor de cuatro centímetros de círculo sobre el parabrisas de su modesto Land Rover, cuando Rafael entró corriendo al garaje, desnudo y mojado como un pingüino perdido en algún nuevo muelle de Vancouver.

En fin. El bendito tic este reaparecía, como un recién llegado con el vértigo estomacal patente en las líneas del rostro, y yo me detuve a auscultarlo mientras medio oía la voz de Rafa intentando juntar la distancia de una coma, con el espasmo corto de un punto y coma, y tengo que reconocer que tenía extraviado el dorado hilo de la historia. El misterio del domingo reapareció en la lejana Yugoslavia, cuando estaba toda ella juntita en el mapa de Europa, y en todos sus poblados se podía ver a al gente despacharse una siestita entre las doce y media y las dos y media de la tarde, con el estómago llenito y medio litro de Bianchi empezando a lavar el cerebro. La gente lo que dice es voy a tirarme un dominguito, a extenderme con los ojos cerrados para ver los elefantes volando bajo la lluvia mientras destiñen el Rosado nuevo de su extensa piel pintada. Que es por todo el mundo, empieza a impacientarse Mi Compa Rafa, de la costa al interior, del ras del mar a la altura de los páramos, en los confesionarios mientras se oyen las ajenas faltas, en los cobertizos esperando a la que ya no llega, en los bares sin filiación que quedan en pueblitos de cortito nombre, en los colegios de varones y en las normales que forman maestritas, en los ancianatos donde el domingo dura toda la semana, en los cuarteles donde bosteza sin reato alguno hasta el más in garante de los lerdos policías, en los cines porno, colgando ropa vieja en las anchas azoteas, con medio plato lleno o si se quiere vacío de las mejores lentejas, que siguen siendo apenas unas tristes semillitas cocinadas.

Rafa me está mirando. Cuanto lleva haciendo eso no lo sé, pero ha conseguido develar el entresijo que ha separado los domingos de sus otras funciones conocidas, tras disertar largamente por vericuetos conceptualmente peligrosos, conste aquí que lo ha hecho del todo sin mi ayuda, consiguiendo llegar al último punto que cerraba el tema del todo y para siempre, ya no más inventarnos cualquier cosa para hacer a partir de la una de la tarde, como la colocadita del paraguas y las sillas en el patio de atrás buscando consolarnos con asado de una carne, metido entre seis empanadas, caladas en media docena de cervecitas,  después de lograr que mis seres queridos se marcharan para otro sitio del globo, la casa de mi suegra por ejemplo, para luego quedar contrariados hasta el cuello con la lloviznita eventual que se convirtió en un diluvio universal. O esa caminata por el bastión de las Antenas, hace unos meses, en donde dicen puedes ver a ojo limpio fácilmente el vuelo de mariposas de veinte centímetros, de alas acrisoladas, increíbles, sin haberte  tomado nada antes, que se convirtió no sabemos  como en un trozo del film “Una temporada en el Infierno”, cuando nos retuvieron esos policías mal vestidos, parecidos a guardabosques albaneses que no hubiesen sido nombrados todavía, y que más bien nos hicieron pensar en aquellos voluntarios partisanos de la guerra europea, perpetuada por los documentales de Discovery, que en el ’45 recibieron a los aliados americanos con la esperanza de renovar su guardarropa no bien concluyera el litigio y que debieron mostrar esa tristeza gatuna en los ojos y en las uñas al verlos llegar y luego partir, igual que esos que encontramos, que nunca se cansaron de decirme que se me veía  bonito el Rolex, me lo repitieron como ocho veces, pero que no me salía en nada con mis zapatos de lona parda, aunque si uno no se fijaba en el reloj de todas maneras los zapatos también se notaban de buena calidad.

-       De manera que así fue la cosa, Rafa... Yo no lo  ignoraba del todo, pero si me causa cierta sorpresa, es decir, tal vez el orden de la argumentación yo no lo habría dispuesto de ese modo...

El hombre estaba de espaldas, asintiendo muy despacio a lo que yo le decía. No era el momento ni el lugar para poner los puntos sobre las íes, ya llegaría la hora en que me guindaría por el tobillo, como decimos por aquí. Lo mejor era ya pasar a otro tema que no estuviera tan embodegado pero me iría antes hasta la licorera a traer un buen chileno de los que a él le encantan, y mientras pensaría lo del temita, una cosa sencilla como el asunto este de las mujeres en el fútbol o la homosexualidad del clero, conveniencias o no, etc... Porque lo que era ese misterio de los domingos  a duras penas le cogí el inicio; me quedaría duro, durísimo, retomar con eso algún camino y  mucho menos encontrar la salida fatal que deja cerrada Rafael, invariablemente, cuando uno tiene la grosería de marcharse virtualmente en mitad del tema, sin hacer siquiera un seña del culo para despedirse.

Tenía que ser un buen chileno. Yo ya tenía resuelto el misterio ése desde hacía mucho tiempo, pero no quería que fuera a pensar que porque las siestas mías tenían compañía en la cama y las modorras aburridas de él ya no, entonces el sueño sin fútbol por TV de los largos domingos, era de lejos más fácil de explicar para mí que para él... No Rafa, pelao, de los bostezos de concurso no viene la dormilona macabra que está atravesada en cada minuto del primer día de la semana, sino de saber sin duda que al día siguiente comienza la faena del esclavo. Y me cargo la historia compañero, donde le ponga bolas a tu cuento me salgo durmiendo, y en este instante estuviéramos berracos y con sueño. De lejos, Rafa. Voy por el chileno, y más bien si veo a Corbata, o al hijo, lo contrato pa’ técnico...


JOSE IGNACIO RESTREPO ARBELAEZ

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