viernes, 21 de mayo de 2010

LAS REGLAS DEL CAOS por Santiago Alba Rico



FRAGMENTO DE LA CONTRIBUCIÓN DEL AUTOR AL LIBRO DE EDICIONES DEL ORIENTE Y DEL MEDITERRÁNEO IRAQ BAJO OCUPACIÓN: DESTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD Y LA MEMORIA

Hay misteriosas proporciones estadísticas que, arbitrarias o no, iluminan conexiones dolorosas y hasta acusatorias. ¿Qué relación hay entre el uso de pesticidas sintéticos y la disminución de las colonias de abejas en EEUU? ¿Entre el nivel de estudios y la longevidad? ¿Entre el aumento de la obesidad occidental y el adelgazamiento del hielo polar? El 15 de febrero del año 2003, un mes antes de que las primeras bombas cayeran sobre Bagdad y (re)comenzara con ellas el cómputo de cadáveres, millones de personas en todo el mundo salieron a la calle a clamar su humanidad contra la invasión. No había muerto aún nadie y las plazas bullían ya de voces: 1 millón en Madrid, otro en Barcelona, otro en Londres y otro en Roma, cientos de miles en Nueva York, en Berlín, en Tokio, en Valencia, en París. Un año después, en el primer aniversario de la invasión, habían muerto en Iraq al menos 10.000 civiles —según un cálculo de Amnistía Internacional— y sólo 70.000 personas se manifestaron en Madrid, 150.000 en Barcelona, un poco más en Roma, 25.000 en Londres, 10.000 en Nueva York y París. Dos años después, en el segundo aniversario de la invasión, habían muerto al menos 100.000 iraquíes y, en virtud de esta enigmática relación proporcional, se manifestaron 45.000 personas en Londres, 12.000 en Roma, 3.000 en Barcelona. Tres años después, cuatro años después, cinco años después, a medida que el número de víctimas ha ido aumentando —a 600.000, a 700.000, a 800.000— el número de manifestantes en todo el mundo no ha dejado de disminuir. Hoy la cifra de muertos iraquíes ha superado el millón, tantos como madrileños vivos se reunieron en febrero del 2003 para tratar de impedir la invasión.

La perversión aritmética
Unos y otros han desaparecido. Dolorosa y hasta acusatoria conexión: se diría que la misma violencia que ha matado a un millón de iraquíes en cinco años ha descontado un millón de europeos de las calles de Madrid, Londres y París; cada muerto se ha llevado de la mano a un vivo; cada cadáver en Bagdad y Faluya ha dejado un hueco en Barcelona y Berlín. ¿Qué relación hay entre la multiplicación de los muertos y la desmovilización de los vivos? ¿Entre el aumento cuantitativo de las víctimas y la degradación cualitativa de los mirones? ¿Entre un niño menos y una indiferencia más? La conclusión de un extraterrestre podría ser ésta: los europeos se manifestaron a gritos en el año 2003 porque EEUU todavía no habían matado a nadie en Iraq; ahora que han matado ya a un millón, se han quedado tranquilos. Cuando maten a un millón más, se sentirán contentos. Y cuando maten a tres millones, volverán a salir a la calle, ahora a aplaudir la Ocupación.
Poco importa si esta conexión es manifiestamente absurda; lo que importa es que nos conecte (a algo, a alguien, en alguna parte); lo que importa es que nos obligue a preguntarnos por el poder de las grandes cifras. Según la organización estadounidense Opinion Research Business, en febrero de 2008 habrían muerto, como consecuencia de la ocupación, 1.033.239 iraquíes —y sólo los últimos nueve, tan concretos, son como un hachazo en la conciencia. Desde que somos niños, nuestros padres, nuestros profesores, nuestros gobiernos nos insisten en que la violencia es inútil, en que la violencia no sirve para nada, en que la violencia no reporta jamás ningún beneficio. Es cierto para las violencias pequeñas. El sentido común no acepta de buen grado que se viole a un niño, se apalee a una mujer o se acuchille a un anciano. Pero se pasa del escándalo a la resignación, cuando no a la fascinación, si se trata de 500.000 niños, 500.000 mujeres y 500.000 ancianos. Como las grandes deudas, las grandes violencias se suprimen a sí mismas, justifican suexistencia a partir de sus propias condiciones de posibilidad, se legitiman en la acción misma de su despliegue: la propia cifra muestra la autoridad del criminal al mismo tiempo que la insignificancia de su víctima. El que mata a un millón de personas vale un millón de veces más que el que muere una sola vez en medio de esa gravilla a la que suma su cuerpo y que, por su propio exceso, sólo admite un registro estadístico. El gesto mismo de suprimir un conjunto ilumina la irrelevancia —y reemplazabilidad— de los individuos que forman parte de él.
Por muy banal que nos parezca, es necesario insistir en la contradicción esencial entre numerar y nombrar. De pronto, en medio de la noche, llaman a la puerta y una voz temblorosa nos dice en la obscuridad: ―Han matado a Pedro‖. Puede que luego descubramos con alivio que el mensajero se ha equivocado de dirección y que no conocemos a la víctima, pero este ―han matado a Pedro‖ desencadena en nosotros, antes de cualquier reflexión, una sacudida de horror, un dolor penetrante muy abajo y muy en el centro, en los aledaños de nuestro propio nombre. Es que nos impresiona que un desconocido se llame Pedro.
De pronto, en medio de la noche, llaman a la puerta y una voz temblorosa nos revela: ―Han matado a Ahmed‖. Esto ya nos impresiona un poco menos porque Ahmed es precisamente un nombre desconocido o, si se quiere, el nombre de lo desconocido.De pronto, en medio de la noche, llaman a la puerta y una voz temblorosa nos anuncia: ―Han matado a cinco‖. Esto nos impresiona aún menos, pues ―cinco‖ no es más que una manera de representarnos los dedos de una mano.
En esta escala descendente, sin embargo, todavía podemos recibir una noticia que nos impresione aún menos, una información que nos rodea sin tocarnos, que nos deja siempre fuera, que no podemos coger ni con un nombre ni con una mano. De pronto, en medio de la noche, llaman a la puerta y una voz temblorosa nos informa: ―Han matado a un millón‖. ¡Un millón! Son tantos que nos hacen reír; son tantos que ya nos parecen pocos. Por encima de ciertas cifras, cuando se nos acaban los dedos (o el árbol genealógico o las letras del alfabeto) el número es sólo un vicio y no podemos parar de contar. Es el salto mental a la infinitud, ese desprendimiento místico de las cosas que encontramos por igual, bajo la forma de una perversión aritmética, en la voluntad económica de acumulación y en la voluntad deportiva del record (cuya unión subjetiva, por cierto, resume con mucha exactitud el motor psicológico del capitalismo). Nombrar tiene los límites del mundo; contar sólo los del número. El donjuanismo, por ejemplo, no es la pasión gozosa por las mujeres sino la manía agotadora de contarlas; la codicia no es la pasión acumulativa de adquirir riquezas sino la tentación imperativa de contar monedas; el militarismo, por su parte, no es la pasión criminal de matar enemigos sino el gusto morboso de contar los muertos. Lo que tienen en común estas tres perversiones aritméticas —el donjuanismo, la avaricia, el belicismo— es el desprecio místico por los otros y eso no tiene final, no acaba nunca, siempre quiere sumar un cero más. No se puede ir más allá del nombre; no se puede salir nunca del número, por el que rodamos pendiente abajo, sin encontrar satisfacción, de una cifra a otra mayor, en pequeños guarismos interminables siempre inferiores al infinito.
La paradoja de la ―guerra humanitaria‖ —dicho sea de paso— es que ha inyectado el número en las venas del pacifismo, y ahora somos los buenos, los sensibles, los humanos, los que pedimos dosis cada vez mayores. ―Nosotros no contamos a los muertos‖, declaraba el general Franks tras los primeros bombardeos de Afganistán en el año 2001. No es que despreciase tanto a sus víctimas que no se molestase en contarlas; tampoco es que se jactase de que fuesen incontables; es que el ―humanitarismo‖ de la misión obligaba a matar cuerpos y al mismo tiempo a ocultar su número. En otros tiempos, cuando la guerra era tan noble y romántica como ahora lo es el vegetarianismo, el soldado podía exhibir con orgullo las muescas marcadas en la culata de su fusil, y contarlas una y otra vez con el mismo embeleso con el que el enamorado cuenta los lunares en la espalda de su amada. Hoy, afortunadamente, ya no se pueden reivindicar el lebensraum o la raza, pero este progreso innegable, que no impide seguir matando, reprime en cambio la exhibición deportiva de los botines de guerra. La Historia de Tito Livio está llena de cifras increíbles de enemigos muertos a manos del ejército romano; hoy el recuento lo hacen organizaciones médicas y observatorios humanitarios contra el pudor culpable de los informes oficiales. La perversión aritmética del militarismo debe embridar su acucia contable y ocultar los cadáveres, lo que induce del otro lado —del de la verdad y la defensa de las víctimas— la exigencia de un recuento y, enseguida, la inevitable complacencia en la formidable capacidad asesina del ocupante. Mientras que los que matan son contenidos en su pasión aritmética por el ―humanitarismo‖ políticamente correcto, los buenos, los sensibles, los humanos, acabamos cediendo, contra los asesinos, a la tentación vertiginosa de los números propia del militarismo.
El testigo extraterrestre de nuestras protestas en Occidente tendría quizás razón: los que aún salimos a la calle para clamar contra la guerra demandamos en realidad un muerto más, mil muertos más, cien mil muertos más; queremos cifras más altas que poder reprochar al imperialismo; nos complacemos en arrancar al criminal una verdad que ha arrancado del mundo a un millón de iraquíes. No nos basta ya un millón. Un millón son pocos. Un millón es una cifra pequeña, siempre por debajo de la maldad infinita del enemigo. Queremos otro y otro y otro, para desnudar su radical ignominia y reforzar nuestras razones contra él, sin comprender que —paradoja dentro de la paradoja— nuestro militarismo contable, a medida que asciende la escala de los números, atenúa sin querer la existencia de las víctimas y amortigua, por lo tanto, la fuerza de nuestra denuncia. La destrucción de Iraq destruye implacablemente también el espíritu de los buenos, los sensibles, los humanos: ya que no podemos derrotarlo, nos alegramos de que el imperialismo sea tan inhumano, y esta alegría, con su expresión contable siempre insatisfecha, acaba por imprimir al pacifismo occidental, a poco que nos descuidemos, el mismo desprecio místico por el otro que caracteriza al donjuanismo, a la codicia y al belicismo.

El nombre o la vida
Hay que huir, sí, de las cifras espectaculares lo mismo que de las imágenes espectaculares. El nombre es el ancla con que los cuerpos a la deriva se enganchan a la realidad. El número los desengancha de nuevo. Podemos afirmar simultáneamente los nombres de Ahmed y de Reduan, pero no podemos sumarlos sin negar lo más propio de cada uno de ellos: precisamente su nombre propio. El paso del nombre propio al nombre común, que es la condición del socialismo, es la condición también de toda contabilidad y, por eso mismo, de toda manipulación colectiva, para el bien y para el mal. Desde el comienzo de la invasión, EEUU ha matado en Iraq a un millón. Un millón, ¿de qué? ¿De hombres? No, pues no se mata tan fácilmente, no mueren de esa manera, en nidadas o a puñados, sino los animales inferiores, los insectos notablemente, moscas u hormigas, que pueden exterminarse de un pisotón. ¿De hayyis? Así es como el ingenio despectivo de los marines llama a los iraquíes, apelativo de una especie paralela caracterizada por sus extraños hábitos religiosos. ¿De perros o conejos? Quizás, a juzgar por la contratación por parte del Pentágono —informa en septiembre del 2007 el National Defense Magazine— de cazadores que incorporen la experiencia de las sabanas de África al entrenamiento de los soldados ocupantes. El paso del nombre propio al nombre común o, más exactamente, el uso del nombre propio como nombre común, a modo de operador clasificatorio, ha constituido siempre uno de los expedientes espontáneos del racismo: el colonialismo europeo dividió cómodamente el mundo árabe en ―Fátimas‖ y ―Mohamades‖ para no tener que reconocer ninguna individualidad a los nativos y confirmar así —pues respondían a la llamada— que en realidad no la tenían. De pronto, en medio de la noche, llaman a la puerta y una voz anuncia: ―Han matado a una Fátima‖, y la imaginamos —a la ―fátima‖— sin mucho entusiasmo, perseguida quizás por los tejados, colándose por una grieta de la cocina, arrinconada finalmente en una despensa. Y si la voz nos dijera: ―Han matado a un millón de Fátimas‖, la sensación que nos acometería de inmediato es la de que, en efecto, había demasiadas.
El paso de lo representable a lo contable se acomete también en Iraq a través de la homonimia criminalizadora. El nombre propio se convierte —a tal punto ha llegado la destrucción— en el signo individual de un pecado colectivo, en una mancha común de nacimiento que hay que borrar tachando el cuerpo que lo porta. En junio de 2006, en pleno paroxismo de los escuadrones de la muerte —cobertura sectaria de la guerra contra la resistencia—, cuando las calles de Bagdad amanecían cubiertas de cadáveres torturados, la sombra estremecedora de una ―cacería de nombres‖ venía a replicar y prolongar el nihilismo de las grandes cifras.
―Una mañana —escribe el periodista Nir Rosen— se encontraron 14 cuerpos, todos con sus carnet de identidad en el bolsillo, todos llamados Omar. Omar es un nombre sunní. En Bagdad, en estos días, nadie corre más peligro que lo hombres llamados Omar. Otro día un grupo de cuerpos aparece con las manos plegadas sobre el vientre, la mano derecha sobre la izquierda, postura típica de la oración sunní. Es un mensaje. En estos días mucho sunníes están adquiriendo papeles falsos con nombres neutrales. Las milicias sunníes se toman la revancha, paran los autobuses y piden los carnés de identidad a los pasajeros. Los que pertenecen a la religión shií son ejecutados.‖
La guerra contra los hombres es inseparable de la guerra contra los nombres: hacer desaparecer los cuerpos y hacer desaparecer, al mismo tiempo, las letras de Omar, de Ozman, de Abu Bakr, de Aicha y —del otro lado— de Husein, de Abdul Zahara, de Fátima, de Zohra. De pronto, en medio de la noche, llaman a la puerta y Omar oye una voz temblorosa que le anuncia desde el zaguán: ―Han matado tu nombre‖. El desprecio aritmético desde el aire va acompañado en Iraq de esta presión brutal a ras de tierra cuyo efecto desconfigurador es el más radicalmente concebible: la autonegación. Es difícil imaginar una violencia más eficaz que ésta que obliga a un ser humano a arrancarse su propio nombre como si fuese un tumor maligno o un parásito mortal, a quitárselo de encima como quien se sacude un animal de presa o el fuego que ha prendido en la ropa. La destrucción de Iraq apunta a la raíz misma de la identidad, al lazo mismo donde se anudan la individualidad y la historia: los iraquíes ya no quieren llamarse por sus nombres, ya no quieren su propio nombre. La Ocupación los ha parado en la calle y les ha puesto un cuchillo en el cuello: el nombre o la vida. Pero sin nombre sólo queda precisamente la sombra llamada carne —la cosa más vulnerable del mundo— que cualquiera puede derribar sin escándalo y sin peligro.

Los beneficios de la violencia
La violencia es la cosa más útil del mundo. Si es lo suficientemente grande, ya lo hemos visto, no sólo destroza los cuerpos; abate también todas las objeciones y prejuicios pacifistas. El manual escolar estadounidense muestra a los niños occidentales toda la belleza de ―machacar‖ a los iraquíes con misiles rocket y bombas smart y de ―barrer‖ la resistencia con ―tanques, artillería y helicópteros‖. El ―ataque más masivo de la historia‖ se justifica a sí mismo con todos sus resplandores, mientras que las trampas explosivas en las carreteras, tan primitivas y sombrías, no hacen tanto daño como para pensar que sirvan a un fin noble y democrático. Si los iraquíes abrigasen buenas intenciones, tendrían F-16. Las malas intenciones se arman siempre de cuchillos y pistolas, y las peores lanzan piedras.
Pero la violencia es útil además porque actualiza el mundo y esto en dos sentidos:
a) Obliga a empezar desde cero. La destrucción de Iraq es la destrucción de todos los depósitos materiales de la memoria: los cuerpos, sí, pero también las centrales eléctricas, las potabilizadoras, los hospitales, las bibliotecas, los museos, las escuelas, las universidades, incluso los archivos —denuncia Hamudi Jasem— de la televisión pública iraquí. No es que no quede nada que recordar. Es que no queda nada con qué recordar. En medio de las ruinas, sobreviven apenas esos hombres ―iletrados y rudos‖ de los que hablaba Platón —restos y efectos de la catástrofe— que constituyen en realidad los mejores aliados de un capitalismo siempre constituyente que vive al día y no puede permitirse nada ya completamente hecho. La guerra fabrica por igual muertos y neoliberales.
b) Obliga a empezar desde cero todos los días. En su absorbente inmediatez, la violencia borra —va borrando— los procesos de producción de los acontecimientos, los andamios comunes instalados en el pasado e impide, por ello mismo, pensar. Impone la más tajante sincronía, los hechos brutos por encima de cualquier análisis. Los pueblos del mundo quieren justicia y acaban
resignándose a la paz; quieren paz y acaban resignándose a la seguridad. Según una encuesta, nueve de cada 10 iraquíes, cuando se levantan de la cama, lo que más temen es no llegar vivos a la noche. El obscurecimiento moral, político y democrático que acompaña a todo régimen permanente de terror se traduce en una especie de naturalización de la violencia que sólo beneficia a los violentos. Esta naturalización acusa particularmente a los occidentales, a los que la promueven por interés y a los que la aceptan por temor. Podemos acostumbrarnos a vivir en un país lluvioso y tener que salir siempre de casa con paraguas, pero no debemos acostumbrarnos a vivir en un mundo donde llueven misiles todos los días, donde existen Abu Ghraib, Guantánamo, la Patriot Act, la Ley de Comisiones Militares, la tortura, los secuestros de la CIA, las cárceles secretas.
En este contexto, hay algo no ya frívolo sino inmoral en la sumisión occidental a la actualidad de la violencia, que nos lleva a refugiarnos en la incomprensión o en la condena de cuanto acontece en Iraq, ese avispero de luchas fratricidas y sectarias donde la claridad cartesiana no podrá nunca penetrar. ¿Qué es lo que pasa? ¿Qué es lo que ha pasado? En medio de las ruinas, algunos iraquíes conservan la dignidad intelectual que falta en nuestros periódicos y en nuestros supermercados. Bajo el nombre de Leyla Anwar (noche de las flores o de las luces), una mujer extraordinaria, sensible e implacable, casi siempre cabreada, casi siempre desesperada, siempre acusatoria, siempre dolorosamente lírica, lleva ya algunos años redactando y difundiendo crónicas diarias desde el corazón negro de Bagdad. El 27 de diciembre del año 2007 publicó en su blog un texto titulado El show continua, tan sensato que resulta extravagante, tan simple que complica nuestra simpleza, tan comprensible que no podemos sentirnos inocentes. En él, Leyla explica en pocas palabras qué pasa y qué ha pasado en Iraq. Todos olvidan —dice— lo más evidente, aquello que se puede claramente percibir a condición de no haber estudiado sociología o de no dedicarse a la política. Creo que vale la pena citarlo por extenso:
―A saber:
— en ausencia de un Estado representativo funcional,
— tras el desmembramiento de todas las instituciones civiles y políticas,
— tras cinco años de violencia condensada y concentrada que ha DESTRUIDO totalmente el país,
— con un éxodo masivo y una tasa de mortalidad inmensa,
— con una creciente, debilitadora y provocada pobreza, y una tasa de desempleo de alrededor de un 70%, y alrededor de un 50% de la población que no puede permitirse comprar alimentos,
— con 100.000 iraquíes en las cárceles y un número incontrolable de desaparecidos,
— con la total destrucción de todo el sistema de infraestructuras: destrucción DELIBERADA.
— cuando no se dispone de servicios básicos como agua, electricidad y fuel,
— cuando los hospitales no están operativos, cuando las universidades han sido saqueadas y cerradas, cuando la corrupción es contagiosamente rampante…
Con todo lo anterior, no es posible, sencillamente, hablar de ESTADO FALLIDO, lo que tienen que decidirse a abordar es el problema verdadero: NO EXISTE UN ESTADO en un país que ya no tiene fronteras ni estructuras.
No cabe duda de que esos 600.000 estadounidenses y sus contratistas y escuadrones de la muerte no vinieron de vacaciones. Tenían una misión… Y esa misión era exactamente la que les acabo de enumerar anteriormente: DESTRUIRLO TODO.
Así pues, cuando se han creado, provocado y agrupado todas las condiciones, se llega a una reacción socio-política obvia.
Cuando el estado se desintegra o se destruye salvajemente, la gente se vuelve hacia la religión y sus sectas, sus barrios o sus tribus. Es decir, se agarran a algún punto de referencia, de las anclas que mejor conocen y en las que pueden confiar.
Se llama SUPERVIVENCIA. Y los iraquíes no están haciendo otra cosa que SOBREVIVIR.‖
En ausencia de un Estado, cuando se ha asesinado, expulsado o encarcelado a todos los que defienden un proyecto nacional soberano, ¿quiénes gobiernan Iraq? Violentas minorías organizadas, frente a una mayoría desorganizada que nutre gota a gota la legítima resistencia mientras trata de sobrevivir a ras de suelo.
Cuando hablo de ―violentas minorías organizadas‖ no estoy pensando en los grupúsculos de Al-Qaeda o en las distintas milicias ligadas a los partidos y al gobierno shií; estoy pensando también en ellos en la medida en que, por su funcionamiento interno y sus procedimientos de intervención, imitan a ésas otras más poderosas y más globales que administran el planeta y de las que el gobierno y el ejército de EEUU no son más que —respectivamente— su brazo político y su brazo armado. Es curioso que cuando hablamos de ―violentas minorías organizadas‖ pensemos en la mafia calabresa y no en Monsanto; pensemos en la Yihad y no en la casa Coca-Cola; pensemos en los talibán y no en Exxon. ¿La violencia es inútil? ¿No sirve para nada? Si 61 empresas británicas se habían embolsado en los tres primeros años de Ocupación 1.594 millones de euros, sólo en el año 2006 las compañías estadounidenses habían obtenido beneficios de hasta 25.000 millones de dólares, más del doble que en 2004. A la cabeza de todas ellas se encuentra Kellogg Brown Root (KBR), subsidiaria de la petrolera Halliburton, a la que se concedieron contratos por valor de 16.000 millones de dólares. Las cifras altas producen bajas. Cada ciudadano estadounidense paga todos los años de su bolsillo 64 dólares a Halliburton para que mate a 1.033.239 iraquíes. O si se prefiere: cada uno de los iraquíes muertos ha dejado en herencia 16.000 dólares a Halliburton. No se puede matar a mucha gente —¡ay!— sin ganar dinero. La ausencia total de Estado —lo que Naomi Klein llama ―capitalismo del desastre‖, lubricado en Iraq por la ―Operación Adam Smith‖— asegura el cumplimiento de esta proporción de hierro: a medida que disminuye el número de vivos, de sanos, de madres, de hermanos, de estudiantes, aumenta la cotización de cien empresas. La violencia no sólo genera violencia. Hay algunos a los que la muerte de Ahmed y Talib y Waad y Raad y Siham y Hamda y Ramda y Hamza y Feisal, al contrario que a nosotros, no les deja indiferentes.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada