viernes, 21 de mayo de 2010

LA HIPÓTESIS DE LA GUERRA

REFLEXIONES TRAS LA LECTURA DE UN ARTÍCULO DE VALERIE MARANGE

La construcción de la realidad, de aquellos aspectos de ella referidos centralmente al comportamiento humano, y en él, a aquellas conductas que bordean las márgenes de lo restrictivo, de lo anómalo, de lo antisocial, sigue siendo tema de difícil aproximación, dadas las múltiples lecturas que pueden y deben hacerse, y el involucramiento de discursos ontológicamente contrarios. Cuando la historia se empeña en desencadenar profundas reflexiones sobre el papel de la justicia en la búsqueda de la obtención de legitimación en los actos humanos, orientándolas a la argumentación de construcciones episódicas, casi lineales en su explicación, nombrando las revoluciones y las independencias, y los prohombres que las provocaron, que las hicieron posibles, otras voces que no enarbolan estandarte alguno, sonríen para sus adentros porque saben ya que ese viejo discurso político solo quiere esconder aquello que no puede esconderse: el espíritu de todo gobierno es el absolutismo, la imposición de una lógica que no pueda controvertirse, que despeje todas las dudas y al mismo tiempo prohíba todas las preguntas. Sin quererlo, la democracia cimenta los pilares para toda argumentación, la del orden por lo consagrado y también la del respeto por el abuso.

La suma del acto público y la preferencia por las consecuciones de la mayoría, determina la representación de lo pulsional, viviendo entre las cicatrices rabiosas que subsisten dentro del discurso casi espiritual, siempre reverente, de las consecuciones de la razón humana. Debiera erigirse entonces, muy respetuosamente, una estatuilla que nos recordara que heredamos una quietud y una ausencia de asombro, para con los actos disolutos o menguados, frente a las conductas divergentes a lo adecuado, porque la realidad es que están inscriptas en la representación y en la historia las pruebas de nuestra preferencia, que no se definen siempre en igual sentido que la legalidad, o el prestigio por el acto noble. Ante esa verdad incontrovertible cualquier aproximación teórica para explicar la violencia de nuestra cultura habría de visitar inicialmente tales hitos, antes de reconocerse en las aseveraciones sobre procesos económicos y políticos, de construcción reciente. En conciencia, habría que sintomatizar nuevamente fenómenos como el crimen o el abandono de las sanas costumbres, pues en rigor no puede comprenderse que se expliquen dichas nociones a los individuos, con apoyo en teorías incapaces de procurar razón sobre sus propios métodos, que demandan certeza y respeto, en vez de exclusión retórica y odio.

Cuando juzgamos que no es tan cierto que se han esculpido con finísimas herramientas, esas renombradas filigranas que nos comenta la historia, realmente no nos equivocamos. Los intereses en la representación de lo digno y en el ocultamiento de lo supuestamente perverso para el hombre, tienen un telón político que vale la pena intentar al menos descorrer un poco. La justicia, la medicina, la escuela, la familia, en fin, las instituciones que soportan la sociedad humana occidental han creado con el paso del tiempo una fuente de salud que es impelida directamente de lo infecto, de lo nefando, de lo estéril. Ese establecimiento de lo blanco opuesto a lo negro, de lo probo frente a lo prohibido, ese discurso polar y extremo que inocentemente se presenta como el único que fue posible históricamente constituir, ha sido levantado ladrillo por ladrillo, alineado con nivel y seso, hasta conseguir la estructura que hoy tenemos, con características de obstáculo sumo, de impedimento ontológico. ¿Acaso era necesario poner esas fronteras, esos límites, para determinar hacia donde orientar nuestros comportamientos no formados, quizá animales, por ese afán de semejarnos al dios de nuestros antiguos moldes, que no iba a castigarnos si le probábamos que hacíamos un buen esfuerzo por parecernos a sus ángeles?

Lo que se esconde bajo esa pesada estructura es algo realmente perverso, que no tiene nada que ver con los actos ilógicos o excéntricos de los hombres o las mujeres que habitan esta tierra. El lenguaje que nos gobierna y el discurso que lo alimenta han nacido del deseo de dominación que mora en los corazones con doctrina, que hombres diferentes en distintos momentos de la historia humana han sabido aglutinar sobre el principio de su propia supervivencia. Así, la opresión es un acto de profusa exquisitez, pero en el fondo solo es una respuesta ante el miedo, solo es un designio ante el sentimiento de ser abatido o desaparecido o desarraigado por los actos o los pensamientos del otro. En esencia, es una arquitectura política que persigue la construcción de un discurso que el otro, el contradictor, testifique y reviva, es decir represente para sí como propio. La violencia, el miedo, la guerra, la autoridad de los mayores, el predominio de la economía sobre la política, de la religión sobre la ética, del hombre sobre la mujer, son solamente dispositivos ideológicos que se volvieron ciertos por la repetición de sus propias víctimas. El mal sigue luciendo cara y cuerpo de lobo, caperucita roja sigue soñando que la abuelita está viva.

JOSE IGNACIO RESTREPO ARBELAEZ
Sociólogo

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