jueves, 27 de mayo de 2010

SOBRE NOSOTROS Y LO NUESTRO



EN EL PAÍS DE LAS PALABRAS ILUSTRES
por William Ospina

El nuestro es un país con un alto sentido de la ilusión. Ha vivido sobre todo la ilusión de las palabras. Descubrimiento, Conquista, Independencia, República, son algunas de ellas.
El Descubrimiento es la primera, pero ya Germán Arciniegas afirmó con lucidez que aquí no se había vivido el descubrimiento sino el cubrimiento de América. La lengua española no llegó a descubrir sino a cubrir, a acallar, a borrar, a hacer flotar ruiseñores inexistentes, o existentes solo en el lenguaje, sobre la mayor variedad de aves del mundo. Y basta oír hoy a los políticos para saber que aquí las palabras no explican la realidad sino que la suplantan. Esta semana un consejero presidencial decía por la televisión sin que le temblara la voz: “No se trata de impunidad, se trata de suspensión de la pena”. Y el propio presidente de la República, hablando de un posible delito cometido en otro tiempo por su ministro de Defensa, dijo: “Tal vez se haya equivocado, pero actuó con transparencia”. Las palabras no sirven para explicar sino para disimular los hechos.
Por eso ha habido una suerte de tensión en el campo de la poesía. Nuestros poetas se movían bien en la irrealidad. Guillermo Valencia solo se inspiraba en la fauna mítica que trajo la lengua. “Dos lánguidos camellos de elásticas cervices”, “De cigüeñas la pálida bandada”. Y Barba Jacob comprendió que vivíamos bajo el despotismo de las palabras ilustres. Por eso no le gustaba hablar sino lanzar alaridos. Y uno de ellos es muy conveniente para ilustrar nuestra realidad. Aquí, donde hablamos de paz todo el día, Barba Jacob había dicho hace ochenta años: “La paz es mi enemigo violento y el amor mi enemigo sanguinario”. La poesía contrariando la ilusión de las palabras.
La Conquista es otro término ilustre. Pero no ignoramos que el país no fue conquistado. Todavía están intentando conquistarlo. Ello se debe a que se lo arrebataron a los indígenas y se lo arrebatan a los campesinos, pero la mentalidad que se abrió camino quiere arrebatárselo también a la naturaleza, y eso aquí no es posible. En estas regiones equinocciales el dilema es naturaleza o aniquilación, luchar contra la naturaleza no es conquistar, es destruir. La Conquista prosigue, pero bajo la forma de la destrucción.
Sé que no son necesarias muchas digresiones sobre esa tercera palabra: la Independencia. Hablar aquí de independencia es perpetrar oxímoron. Vivimos la tiranía de las palabras ilustres, y tenemos un deber de vigilancia, de contradicción, de revelación de sentidos ocultos. Pienso en un par de versos de José Manuel Arango: “Por calles que tienen nombre de batallas / voy solitario y vano”. Junín, Ayacucho, Carabobo, qué bueno que el poeta nos recuerde que estas calles tienen nombres de batallas, de esas cosas tumultuosas y enfáticas. Y que no opte por la épica sino por el desencanto, que no quiera sentirse falsamente patriota ni solemne, sino que diga, casi como un timbre de orgullo: “voy solitario y vano”. También Barba Jacob, que es el más grande de nuestros poetas, el menos correcto, el más incandescente, enumera estrofa tras estrofa las glorias de mundo y termina diciendo: “Alma mía, alma mía, alma mía, qué cosa tan vana”.

León de Greiff, que vivía harto de nuestro patriotismo simulador, que dijo que quería vivir “lejos de santanderes y de bolívares”, que temía que los políticos solo dicen “patria” cuando quieren ocultar alguna canallada, gozaba burlándose de ellos, hablando para que le entendieran sin entenderle: “Toda aquesa gentuza verborrágica, / trujamanes de feria, gansos de Capitolio, / engibacaires, abderitanos, macuqueros, / casta inferior desglandulada de potencia, / casta inferior elocuenciada de impotencia, / me causa hastío, / bascas me suscita, / gelasmo me ocasiona”. El travieso lenguaje de la poesía contra el manipulador lenguaje de la oratoria. Ya Kant había dicho que la principal diferencia entre la poesía y la oratoria está en que la oratoria se propone como una verdad pero en realidad discurre como un juego, y en cambio la poesía se propone como un juego pero en realidad discurre como una verdad.
Yo propondría que artistas y poetas rehúyan el lenguaje de la confrontación, que no le hablen al poder sino a la gente, y que desnuden la maquinación de las grandes palabras: cómo se adultera el lenguaje, cómo se profana la lógica, cómo se mancilla lo sagrado, cuántas palabras solemnes e ilustres sobre las incontables tumbas sin nombre. Y que se reconozca que no han sido siquiera los artistas sino sobre todo un puñado de periodistas quienes en Colombia han defendido la verdad en estos tiempos tan sombríos.
La República es otra palabra de la serie. Aquí, donde hay demasiadas palabras y demasiado silencio a la vez, en este país que como una forma anómala de la geometría siempre tuvo su centro afuera, en la corona española, en el Vaticano, en la revolución francesa, en el mercantilismo inglés, en los molls de Miami; en este país con nombre de almirante italiano, con religión romana, con código civil francés, con lengua española, cuya dirigencia solo quiere tener muebles vieneses y humor británico, en este país cuyo escudo tiene gorro frigio y Canal de Panamá, alguien escribía hace poco en la prensa acerca de la belleza y la elegancia de nuestro mapa. Porque, como decía Borges, las ilusiones del patriotismo no tienen límites. Pero el historiador Hermes Tovar acaba de publicar un libro que ilustra cómo ha sido cercenado sin cesar ese mapa que a alguien le parece tan bello solo porque le resulta familiar. En el mapa, como en el mundo, nuestra realidad es más bien la de la “casa tomada”.
Atrapados entre el Dorado que no tuvimos y el Dorado que ya perdimos, entre el cielo de la añoranza y el cielo de la esperanza, tenemos que recordar como Aurelio Arturo la casa perdida, el drama de todo colombiano: “Casa grande, blanco muro, piedra y ricas maderas, / a la orilla de este verde tumbo, de este oleaje poderoso”. Y terminar diciendo como él: “Y yo volvía, volvía, por los largos recintos / que tardara quince años en recorrer, volvía. / Y a la mitad del camino de mi canto, / me detuve temblando / y no tiembla entre sus alas rotas / con tanta angustia un ave que agoniza / cual pudo / mi corazón luchando entre cielos atroces”.
Estamos en el país de la casa perdida. En el país de los desplazados a los que el poeta les ofrece su voz: “Trajimos, sin pensarlo, en el habla los valles”. De los muertos, a los que les ofrece su lamento: “La noche ya ha cosido

suavemente tus párpados/ como dos hojas más a su follaje negro”. De los sobrevivientes, a los que les ofrece su canto: “Los muertos viven en nuestras canciones”. Qué capacidad de cantar la de este pueblo a pesar de tanto horror. El poeta había dicho: “Contra la muerte coros de alegría”. No es que seamos felices, como quieren las encuestas triviales, es que no podemos ni queremos dejar de cantar. La poesía colombiana tieneque rendirle su homenaje al cantor popular, a José Barros, cuya versatilidad e inspiración los representa a todos ellos, quien acaba de morir después de llenarnos la vida de música, después de darle tanto a la gente en un país donde a la gente le quitan todo. “El vaquero va cantando una tonada / y la tarde va muriéndose en el río”: el juglar nos dejó también bellas palabras.
Estamos en la República de los desplazados, de mucha gente que no necesitó salir del país para vivir exiliada en él. Pero también Barba Jacob nos explicó, sin proponérselo, que Colombia no ha caído, a pesar de tan larga tragedia, por la tenacidad de su gente. Por esa capacidad de alzarse con valor frente a la nada que le dieron, de no rendirse a los engaños de la ilusión: “Nada, nada por siempre, y merecía / mi alma, por los dioses engañada, / la verdad, y la ley, y la armonía. / Sé digna de este horror y de esta nada / y activa y valerosa, oh alma mía”.
Esa gente activa y valerosa merece como nadie un país. Esa gente que trajo sin pensarlo en el habla los valles, que va cantando una tonada mientras la tarde va muriéndose en el río, que quiere que por fin este país sea una patria y no un campo de tiro. Y para esa gente, que somos también nosotros, yo tengo un consejo: no esperar nada de los poderosos ni de los violentos ni de los que mancillan la condición humana. No pedir nada a los conquistadores de antes o de ahora. Creer en sí misma, y cumplir con la más sabia consigna de nuestra poesía, la que invita a entender que la verdadera riqueza es poder confiar en los otros. Oír estos versos de Barba Jacob que parecen decirnos: olvidémonos de la caridad, olvidémonos de la ilusión, la dignidad es algo que nadie puede darnos, que solo nosotros podemos alcanzar: “Apoya tu fatiga en mi fatiga / que yo mi pena apoyaré en tu pena”.
El poeta había dicho: “Contra la muerte coros de alegría”. No es que seamos felices, como quieren las encuestas triviales, es que no podemos ni queremos dejar de cantar.

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