jueves, 20 de mayo de 2010

TALLER DE LINEA/LA IDENTIDAD DEL BIEN

“FUENTES DEL YO” de CHARLES TAYLOR
CAPITULO UNO
-LA IDENTIDAD DEL BIEN-

Por JOSE IGNACIO RESTREPO
Del diálogo lento y obsecado, como del galope sin rumbo que solo busca agotar a la bestia que no reconoce que debe ser domada, han de lograrse méritos semejantes a este, cuya satisfacción más clara ha sido la necesidad de detenerme para tomar aire o agua, o repetir pasos de baile dentro del guión de un corto sueño. Como elemento análogo, existe una gran convergencia en muchas de las exposiciones de Taylor con la dinámica actual de mi labor dentro de la maestría, lo que hace posible generar respuestas prácticas a problemas reales, en un universo crítico, individual y deseado.
El dilema moral, que parece querer ampliarse en oleajes inacabables, al desarrollar una genealogía que esclarezca no solo su orígen sino los contenidos posteriores y su trascendencia, adquiere en virtud de tal explicación, la necesidad de vincularse con otros niveles de complejidad: el caudal epistemológico gravita de forma permanente, ofreciendo justificaciones al ontos, que son invisibilizadas en la vida práctica; las determinaciones que construyen la cotidianidad y el devenir cercano, pueden muy bien ignorar el concenso común sobre la forma y el sentido del hacer moral de ese instante, incluso proponer en contravía una nueva, espontánea y explicable justificación, que solo tendrá vida mientras dure ese momento de nuestra individualidad.
Las filosofías han mostrado respeto al demostrar cuales han sido los caminos para que el hombre construyese pensamientos divergentes y contrapuestos. Desde áreas distintas, se ha concebido el juego de la vida como un trasegar por etapas, que proponen obstáculos cada vez más difíciles de superar, a los cuales nos enfrentamos con herramientas mejoradas por acción de la experiencia y la madurez. Los sistemas morales deberían ser elementos funcionales, lo son dentro del discurso de la posibilidad, como lo es también el marco del derecho positivo, pero se difuminan ante la acción ensordecedora de la individualidad cada vez que ella reclama para si el mejor fruto producido por el proceso de desarrollo humano, que a su decir infalible parece pertenecerle.
Dignidad, respeto y obligación aparentan ser condiciones presentes en el pensamiento moral cuya permanente cualificación supone la acción simétrica del otro, simétrica y simultánea. El otro es necesario para soportar mi acción moral, puese ser mi cosa o la destinación, puede participar con su voluntad o incluirse pasiva e incluso tácitamente. La exigencia a los otros en cuanto al respeto o valoración de mi dignidad, supone de inicio la confianza en la copartición de beneficios de respeto mutuo que surjan claros tras la exposición de mi exigencia, pues solo puedo ofrecer al otro que la dignidad que él vea en mi como un bien respetable, sea su conquista inmediata, su bien permanente posterior a la querella. Los hechos diarios de la comunicación, ofrecen en el presente un desafío peligroso a esa disposición, que es sencillamente la base misma de la interacción institucional, familiar, del derecho y de otros ámbitos.
La condición de dignificación que se presupone posee todo rol, toda funcion dentro del cuerpo social, permite la aplicación del derecho en el evento en que se rompa algún otro vínculo. Aplica para atacar o para defenderse; en caso de guerra, obliga al otro a protegerse si yo lo atacase, dota al acto de cobardia de una ornada virtud si el fin último fuese salvar la vida.
Surge alli, el significado. Groceramente, el individuo puede argüir que el significado de una destinación de un pensamiento hacia el acto, puede según sea su sentido, alentarlo hacia el fin moral o hacia la maldad egoista. Dicho presupuesto, podría explicar la distancia abismal entre los decálogos actuales de religiones que se practican en zonas urbanas y rurales, cuyo entorno moral y exigencia social son copletamente distintos. Tambien las conductas patológicas nos muestran como alejarse de la norma puede adquirir el mismo sentido, que en épocas pasadas tenía el respeto a un estado de control.
Estos marcos de referencia, llamados en la lectura de orden naturalista, permiten explicar tambien aquellos bienes humanos que se distinguen por ser deseados y respetados en todo lugar. El honor de defender a los demás con su propia vida, eleva a la categoría de la gloria a aquel capaz de hacerlo. La noble vida dedicada a la búsqueda de la verdad o del beneficio común, la existencia sin descanso del científico, merecen el respeto y la admiración de todo el grupo, pues supone el ejercicio sin tregua de un sacrificio de todo aquello llamado propio, por la consecusión de bienes que otros podrán disfrutar, en su total dimensión. Las diversas famas que conllevan distinguirse en algún aspecto de la vida moderna, suponen la excensión en otros escenarios, que le son comunes a la gente común: quien adquiere prestigio se inhibe mecanicamente de participar en los actos más llanos y saludables a que haya lugar en la interacción social, cual son los eventos gratuitos. Es un hecho moralmente explicable, además, que quien ha adquirido fama y prestigio sea capaz de sacrificar hasta los fundamentos morales comunes a todos, para continuar privándose de los gustos plebeyos que su paladar no desea.
Entonces, ¿Es ese el Camino de La Construcción y de la Síntesis del Yo? ¿Se podría proponer para el asunto de la identidad moderna, un itinerario menos reduccionista, que nos habilitara para sugerir aquellos leales compromisos que contestan la pregunta por el que y el quien del ser humano?
JOSE IGNACIO RESTREPO

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