lunes, 31 de mayo de 2010

ZONA DE CUENTO / NON SEQUITURS

Non sequiturs

manos del teclado, deja todo y recuéstate un poco; respira, siente que todo el mundo es una mierda pero tú lo único que quieres es desear que lo deseado sea; respira, siente que todo el mundo es una fascinación perpetua y tú lo único que quieres es desear que lo deseado sea parte de esa fascinación. Descansa las manos y esa mirada que llevas cargando desde que tienes ocho años. Interrumpe el modo como opera actualmente tu cerebro. Trata se soñar despierto. Déjate llevar. ¿Puedes hacerlo? Siente que has despertado, que es de mañana y estás en el cuarto de un hotel en una ciudad desconocida. El aire, es tropical. A lo lejos, un edificio, o quizás sea el mar. Recuerdas todas las cosas que te hacen enojar de tu padre. Recuerdas la vez que sentiste literalmente que tu corazón se vaciaba. Recuerdas humo de crack o smog en tus pulmones. Sonríes sin pensar, sin saber porqué. Devuélvete a aquella noche en la que te recostaste a los diez años en el asiento trasero de un carro y viajabas hacia la ciudad donde había parientes tuyos. Devuélvete a los sonidos de otras ciudades. Recuerda la primera vez que probaste agua carbonatada. Nada de esto sirve. Todo se disipa. Se pierde. Es bruma. Ruido noble. A veces rojizo. A veces acompañado de una historia, un relato, las arrugas de una tía en la comisura de tus labios. Recuerda a tu primer amigo. Tu primer rasguño. La vez que te caíste de, la vez que comiste tal o cual cosa, la vez que comenzaste una idea que no pudiste terminar. Todo esto se disipa. Aire blanco. Días humo de tabaco, el de los viejos, el aroma de los puros es el aroma de los viejos, cargan con el relato de las batallas, aquellas viejas agruras de los tiempos, la salsa sonando, una Sonora perdida en el anonimato. Siempre hay que cuidar de la memoria. Come dulces. Olvidar que olvidamos, recordar que tenemos que olvidar. Pero hoy en día, olvidamos distinto. Tenemos que dejar ese teléfono, detener el carro, abrir la puerta, recostarse en el suelo, en medio de la carretera, y esperar a que vuelva el brillo de las estrellas. Éstas, y éste brillo, se perdieron hace mucho. No es melancolía, pero sí es pérdida. Una muela que cae y resuena en la charola del dentista. Las agujetas del zapato que portaste durante casi toda ti primaria. El momento en que distinguiste el engaño de la pendejada, al loco del hijo de la chingada, la estupidez y la violencia, el drama y sus dramatizaciones, el momento en que fuiste parte de una historia que no escuchaste, cuando llegaste a tu casa y te comentaron que hablaban de ti. Quién sabe quién eres tú. Otro más u otro menos. Con el potencial para la magia y la pasión, con la posibilidad del poema y el grito y el orgasmo, la estupidez y la violencia, con la disipación siempre activa de la pérdida de la infancia. Y con el más dulce cuidado, el cuidado de un cabello de ángel dibujándose en el aire, respiras. Date vuelta. Siente culpabilidad. Busca un espejo. Ahí estás tú. Otro. Siempre otro. Siempre dulce siempre patético siempre nadie. Siempre. Ahí. Como si nada. En espera de algún posible espasmo, de algunas posibles mordidas de un buen bocado, puede ser un helado de plátano con fresa puede ser el derretimiento de la masa de un tamal. Cada sabor un recuerdo. Demasiada información para una mente obligada a esperar, aguardar a que se difumine la experiencia. Donde en ocasiones es la muerte vista de frente, ahí, en tu mirada que se escapa mirando fijamente el cuerpo, ahí, en el descubrimiento de una sorpresa que dolerá, un piquete de aguja en la nalga, el sonido del avión a punto de aterrizar. La frase recogida incidentalmente cuando cruzas de un lado a otro, la realidad operándose frente a ti. Nada qué hacer. Nada por hacer. Todo por delante. Y siempre estamos en medio. Entre el pasado y el futuro. Piensa en las migajas que alguna vez has dejado en sillones y camas y asientos de autos. Piensa en los desagradecidos hijos de puta de tus padres y su insistencia en que seas lo que no quieres, no puedes, no tienes la intención de ser. Ser sl sujeto y predicado de sus futuros inciertos. Piensa en eso que llamamos mí. Recoge las migajas, déjalas que se peguen en las yemas de tus dedos. Puedes, tienes permiso de llevar las migajas a tu lengua. Dispérsalas, deja que se derritan en tu encía superior, en la cavidad de tu boca, un rastro de aroma de galleta en la comisura de tus labios. Deja que eso te recuerde que estás vivo, que estás aquí, entre otros, entre aquellos más que no conoces y jamás conocerás. La gente que no importa, a veces, es la que más importa. Porque dominan tus acciones, o mejor dicho, dominan tus deseos. Quieres llegar al final de la fila, quieres ese cono de nieve, quieres esa taza de café, y los otros no te dejan. Sonríe. Es fácil. Aunque no necesario. Algunos dicen que sí. Yo una vez dejé de sonreír por más de seis meses. Ni sonrisas ni palabras, ni comentarios ni suspiros. Un simple caminar con la mirada fija en las baldosas de las banquetas. Pude ver muchas hojas que caían de los árboles y sus pequeñas historias. Es inútil y a la vez revelador darnos cuenta de la cantidad de historias que contiene nuestro entorno. Trozos de ropa encima de un bote de basura, una cara de preocupación en una mujer que cruza la calle, una carta que lleva dos semanas en el buzón de la casa por la que pasas todos los días. ¿Qué quieren las historias de ti? Tienes que creer en la posibilidad de un lenguaje para las hormigas. O creer, nomás porque sí. Abrir los ojos y esperar que lo que viene hacia ti es todo lo que puedes comprender de este mundo. Luego descansar, los ojos, las manos, la mirada incierta infante inocente siempre inocente, humana siempre humana, jamás un lenguaje más allá de las palabras.

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