jueves, 5 de agosto de 2010

BONGAO DE COCO Y ÑAME / UN CORDOBEZ GENIAL


A propósito de los 400 años de El Quijote.
POR DAVID SÁNCHEZ JULIAO


Es apenas lógico que alguien que regresa a España con tiempo suficiente para satisfacer ciertos deseos, quiera visitar el territorio de La Mancha; y en particular, la localidad de la imaginaria Dulcinea, El Toboso. Por ello, una tarde salimos de casa temprano, dispuestos a visitar los alrededores de la Plaza Mayor de Madrid y hallar de paso alguna información sobre cómo llegar hasta las tierras del Quijote. Lo logramos y no. Me explico:

En la Plaza de España, que para mí gusto es más el corazón de Madrid que la Puerta del Sol, está localizada la oficina de turismo. Era posible que allí nos proveyeran de la información que buscábamos. La verdad, salimos desorientados. Nos atendió una mozuela castellana de ojos garzos y tufillo de vino barato que, al no haberse bañado ese día, daba la impresión de que había venido a trabajar en pijama. "Se va ustez a dececionar, ¿eh?", me dijo cuando le comentamos que queríamos visitar El Toboso: "Que ese es un pueblecillo triste y polvoriento, sin nada de particular...". Le explicamos que nuestro interés en la región era tal, que no nos importaba; al contrario, nos encantaría hallarlo así. Pero la mozuela insistió: "Bueno, allá ustez", remató con esa de cargada y resbalosa con que los locales pronuncian Madriz; o Daviz, o verdaz. De todas maneras, conseguimos la información. Pero la mozuela de marras pareció enfadarse finalmente cuando hicimos una pregunta inocente y muy suramericana: "Dígame, ¿los caminos de La Mancha están pavimentados?". ¡Para qué fue eso!: "Oiga --dijo, en el tono arrogante de una actriz de zarzuela-- ¡Está ustez en Europa!" Y me sentí, pese a que sabía mucho más que cualquier funcionaria de Turismo sobre la belleza del Toboso, con todo y su polvo y con todo y su ruina decepcionante... repito, me senti francamente inferior, plebeyo, bastardo y subdesarrollado. ¡Vaya... Está ustez en Europa! ¿Qué puede responder a ello un humilde sudaca, acostumbrado al jeep y a los caminos de herradura? "Grazias", fue todo cuanto dije antes de marcharnos.

Como si nada grave hubiera pasado, hicimos aquella tarde un recorrido maravilloso, que recomendaría a quien hasta aquí me va a leer: bajar por La Gran Vía hasta la Plaza de Callao y empezar a buscar hacia la derecha la Plaza Mayor. Esta plaza es un hermoso cuadrado de altos edificios con una estatua ecuestre en el centro y enormes arcos en las esquinas que dan salida a callejas señoriales de bulliciosa alegría, en cuyas tascas y restaurantes la juventud celebra la primavera que, de cara al verano, sonríe en todo su esplendor. Nuestro primer jerez, "Tío Pepe, por favor", se llevó a cabo en las mesas al aire libre que, muy 'europeamente' (porque 'Está ustez en Europa') sacan los restaurantes de La Plaza Mayor a la plena plaza a estas alturas de la primavera. El segundo, en Las Cuevas de Luis Candelas, que resultaron cuevas con G, pues el organista del lugar era un colombiano del sur que tocaba "Que será lo que quiere el negro" con un ritmo muy español para amenizar jereces tan caros como un Chivas Regal de 21 años. El tercero, en un lugar de la Calle Cuchilleros que, mofando a los gringos, ostenta un letrero a la entrada que dice: "Hemingway never ate here" (Hemingway jamás comió aquí). El cuarto, en "Arcos de Cuchilleros", dos puertas adelante, el lugar adonde entramos a comprar los abonos para el show flamenco de la noche. Ya, después de cuatro sentadas de tres jereces cada una, casi volábamos, con las orejas calientes, la saliva delgada y los ojos vivos. Iba a anochecer, apenas a las 9:30 de la noche, y los cantos desafinados de los clientes de las tascas nos sabían a flamenco puro, ¡cosas del jerez!

Y fue allí cuando caímos en un estrecho barzuelo, de sólo barra y sin mesas. Era atendido por un mozalbete arisco que iba de un extremo a otro, tras la barra, con la agilidad de la ardilla, sirviendo copas, cañas (cervezas), pedazos de tortilla, boquerones, champiñones al ajillo y sardinas blancas, y jerez, mucho jerez. Un borrachito alegre, de apellido De la Vega y con claro acento canario, fue nuestro primer contertulio. Fue él, con su cháchara incontenible, quien hizo que el joven arisco se fijara en nosotros. Cuando una oleada de clientes de paso abandonó el lugar, entonces el mozalbete tuvo tiempo para los recién llegados. Y empezamos a hablar. Todo lo que sabemos de él, pues hemos vuelto varias veces al sitio, es que se llama Jesús y que acaba de comprar el lugar. "Y aquí voy... tirando, tirando", expresó, como dicen los españoles para significar que van andando, haciendo la vida.

Hasta entonces caímos en cuenta de que el lugar se llamaba "El Quijote" y que en un gran letrero de la pared se leía: "En un lugar de Cuchilleros, de cuyo nombre sí quiero acordarme...". Nunca supe porqué, pero en el bar de Jesús, y no sólo por su nombre, me he sentido a gusto como muy pocas veces en la vida, y como nunca en Madrid. Y conste que esa sensación la tuve mucho, mucho antes de que Jesús me explicara, entre jereces y sardinas, entre riojas y champiñones al ajillo, lo que aquella primera noche me explicó, cuando alargó su mano hacia mí con un mazo de tarjetas del lugar:

--Toma, toma, para que las des a tus amigos en tu país.

-- Oye, Jesús --le dije --, ¿y por qué bautizaste el lugar como El Quijote?

Jesús fue claro, diáfano, preciso en su respuesta, como un académico:

-- Fácil, hijo: ¿no has leído el libro de Miguel? ¡Hombre, que Cervantes quiso significar en él lo que ves aquí en este lugar! Esto no es un bar, pero pretende serlo. Mira qué sucio es, mira qué viejo, mira qué poco encanto tiene. Sin embargo, ¡vaya!, que esa es la gracia, ¡joder! Decir que aquí se está como en un bar, bueno... da cierta risa. Pero te imaginas que estás en Las Cuevas de Luis Candelas, y ya está: te ahorras el alma. Vaya, que allá por un jerez te arrancan hasta... Pero la pasas bien aquí, eh, ¿o no, señor De la Vega ? Y por pocas pelas (pesetas ). ¡Y vaya qué comida preparo! Mira, que estos boquerones en vinagre los he condimentao yo mismo, ¿eh?. La gracia del Quijote es que Cervantes escribió una novela de caballería localizada en La Mancha, que como su mismo nombre lo dice: es la mancha del mundo, seca, árida, con perros flacos en vez de dragones, con ovejas en vez de fieras, con ventas en vez de castillos, con porqueros en vez de caballeros, con rameras en vez de doncellas. Esa es la gracia del libro ¡Vaya imaginación la del tío! Mira que él nació en Alcalá de Henares, hermosa tierra, pero allí no podía localizar una novela que se burlara de la institución de la caballería. Tenía que localizarla en una tierra que nada valiera, en La Mancha, tío ¡Joder... burlarse como el tío se ha burlao de tos los tiempos, con esa ideilla tan simple! --Jesús abandonó su aire alegre y preguntó con seriedad --: ¿Ya habéis visitado La Mancha y El Toboso ? Vale la pena, ¿eh? Vale la pena, si entendéis las cosas como os las he dicho, porque el resto de España, ¡vaya!, es para turistas.

Jesús no supo que yo hablaba en serio, cuando le dije:

-- Oye, Jesus, ¿por qué no envías tu hoja de vida al Rey y le pides a Su Majestaz que te nombre director de la Real Oficina de Turismo?

-- ¡Jo... --dijo, sonriente -- que esos cargos son pa' gente inteligente; a mí, déjame en mi bar.







David Sánchez Juliao nació en Lorica, Colombia (1945). Con formación en literatura, comunicaciones y sociología, ha publicado novelas, cuentos, fábulas y testimonios con prestigiosas editoriales de Colombia y otros países. Sus obras han sido traducidas a más de doce lenguas. Ha sido ganador del Premio Nacional de Literatura de Colombia en el 2003, tres veces Premio Nacional de Cuento, dos veces Premio de Libro de Cuentos, y Premio de Novela Plaza y Janés.

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