martes, 24 de agosto de 2010

EL PROYECTO DEL AUTOR / LOS BOSQUEJOS (2)


 TIENE LA MUERTE
REBAÑO Y CAMPANERO ( 2 )

por JOSE IGNACIO RESTREPO

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Evaristo Montes aguarda sentado frente a un escritorio  ordenado: Dos o tres documentos, media docena de carpetas plásticas de diversos colores, una grapadora y un teléfono color naranja, de teclas. Contiguo, un pequeño escritorio de auxiliar, con su archivo al lado derecho, sin procesador de datos ni impresora, ni máquina de fax. Su propietaria está en el Archivo, hace un cuarto de hora. Al rededor hay otros muebles similares, con sus encargados igualmente ausentes.

- Evaristo, aquí tiene …Estos son los documentos…

Sorprendido por la yuxtaposición de aquella suave voz femenina sobre sus pensamientos, el hombre vuelve su cabeza bruscamente. Extiende su mano derecha y toma el legajador gris, que está ajado por el uso. Sin mirar a la chica lo abre de inmediato.
- Todo está ahí. Las más viejas fotos y también las más recientes, que datan de hace seis años. Un historial pormenorizado, con el adjunto de quien investigó, el cual le puede servirle cantidades. Además, están las direcciones de parientes y de otras personas, como amigos o enemigos del pasado. Estas últimas están al día.
Evaristo levanta la cabeza y la mira, con un dejo de ternura. Para ella es un asunto técnico, de repetición de fórmulas, puramente experimental. Son las nuevas promociones, trabajan bajo techo, con la base de datos que es su mejor amiga. Van al polígono a hacer vida social y a apostar sobre quien lo hará con quién, la semana entrante. Son chicos y chicas caribonitos, nunca han tenido hambre, no podrán ser buenos para este negocio. Además, les gusta demasiado las cosas que compra el dinero... Son otros tiempos, que podemos hacer.

  - Te lo agradezco, Mabel. Si consigues algo nuevo me pones un beeper.

Ya en la calle, mientras mira con desgano el legajador, una reflexión sencilla le expone, nuevamente, que es la primera vez en su larga  carrera que va en busca de un hombre con el único fin de salvarle la vida.

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Jesús María Ballesteros. Dueño de otros doce nombres. Fue conocido por diez alias, en desarrollo de sus actividades por fuera de la ley. Para mi sorpresa, uno de sus motes coincide con el apodo de mis tiempos de Escuela. En el ámbito teatral se le dice “Telonero” al encargado de subir y bajar el telón, al comienzo y final de la función. Pero, en el lenguaje coloquial  aduce al personaje que por norma decreta qué empieza, qué termina, el modo de hacerse, los tiempos para suceder las vainas. El mote habla, de hecho, sobre un rasgo del carácter.

Difícilmente  alguien puede ser de un modo particular, por llevar un nombre. Por el contrario, un remoquete tiene la intención de distinguir satíricamente una particularidad en alguien, identificándolo  ante los demás. Queda así manifiesto que algo de su físico o de su forma de ser, es diferente que en la mayoría. En cambio, es casi imposible comportarse de manera especial, solamente por llamarse, a ver, por llamarse, digamos, Jesús María. Claro, él puede haberse transformado, incluso ser un buen padre, su nombre es evocativo, propone sentidos amorosos, habla de disposición a la ternura. Pero eso no es nada. Muchos famosos malvados ostentaron virtudes manifiestas ante sus seres queridos, sin dejar de quebrantar las leyes y ejercer la violencia sobre otros. Yo mismo soy un caso patente de esa condición.
Evaristo estudia más que observa, la última fotografía tomada a Jesús María Ballesteros, lograda hace seis años cuando ingresó al penal de Las Arcadas. En ella brinda lo peor de su expresión, mientras sostiene con las manos crispadas, la placa de siete cifras que lo identifica entre todos los demás delincuentes de este país. En la foto se ve eso, el gesto que narra, sin hacerlo, que su dueño ha sostenido una ardua batalla contra sí mismo y contra todo. Estos sujetos, sin embargo, transforman su cara inexplicablemente cuando algo los hace sonreír. Sabe de lo que habla, idéntica cosa le ocurre a su rostro: cuando se ríe, las líneas duras  y las cicatrices parecen desaparecer, fenómeno que lo aproxima a los rasgos ingenuos de su infancia. Esta pequeña epifanía ha escapado siempre a su control.

Esta noche se salda con el rito de afeitarse el rostro, legado de sus primeros años como secreto, cuando aprendió a invertir los horarios de las funciones y las necesidades, para no someterse a los formalismos de los demás, que aprendió a romper permanentemente. Lo hacía por gusto, como una muestra inocente de su cínico poder de autocontrol, que a estas horas del partido ya no le servía para nada.  Como este, eran varios los rasgos que conservaba y que de nada le valían. Solo discurrirlo, trajo consigo un inevitable deseo de cerrar los ojos, que él sabía provenía el día de hoy del deseo de iniciar la búsqueda del hombre, y así volver a sentirse cansado de mover los pies, y no solo por tener  veinticuatro horas las ideas yendo y viniendo en la cabeza.

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El zarandeo ronroneante del pullman hace rato ya lo tiene adormecido. Decide cerrar la cortina, para no ver la luz de los faros, aunque a estas horas por aquí son muy pocos los automóviles que transitan en sentido opuesto. Telonero, así lo apodaban sus compas en la escuela de suboficiales. Él decidía el día y la hora para entrar a saquear la bodega. Esos asaltos, triplicaban las raciones de queso, bocadillo de guayaba, mermelada, parva y otras pequeñeces, que alimentaron las barrigas de los que se atrevieron con él, pero que formó además, ese natural menosprecio hacia la autoridad que debían respetar. El acatamiento al superior  se forma en la avaricia y la envidia por todo aquello que él posee, y que es solo para él. Por eso, la hipocresía es la condición que rige el desempeño de los aprendices de policías, y su única preocupación es construir el sentido de lo cotidiano, sin ser alcanzados por la vara del castigo. De ocurrir, el escarmiento comprueba la incapacidad para fingir ese papel de buen hijo, que es lo que la autoridad exige a todos.

Ellos nunca fueron atrapados. Solamente la cobardía de un chivato, que no tuvo los huevos para defender a sus compañeros de la acusación de un superior, determinó el fin de las incursiones y la consecutiva disminución del nivel de calorías en nuestra alimentación. Aquel rasgo delincuencial, mezcla de desprecio hacia la disciplina y saturado amor propio, que le hizo pasar la profesión tentando la frontera prohibida sin cumplir con lo obligatorio, fue algo que comenzó allí y que se depuró espontáneamente, hasta adquirir condiciones excelsas.
   - ¡Hey, Felipe! Volvés a prender esa hijueputa linterna y te la vas a tener que comer... Rápido, a la una pasa el centinela y ya no seremos cuatro sino cinco, eso si no nos avienta...
   - Telonero, no encuentro la panela...
   - Dale Rosero, buscá donde diga panela.
   - ¡Epa, aquí está! Y por bultos... Vamos a invitar a tintiar hasta a los del casino de oficiales.
   - Casi la hora, de huida.
Una luz mortecina alumbraba los muros de madera del cobertizo que servía de bodega de alimentos, a un lado del comedor. El guardia, muy quieto bajo la ruana de algodón, no se movió un ápice cuando ellos le pasaron frente a las narices cargados de provisiones. Ni tampoco cuando Rosero, que iba cagado del miedo, se le cayó una gruesa de panela. El ruido fue seco, sin retumbo. Todos, como estatuas, miramos al centinela  para ver si cambiaba su posición en la incómoda silla, que la noche siguiente ocupó otro con igual fatiga, pues aquel bello durmiente pagó su sueñito con diez días de calabozo...   (continuará)

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1 comentario:

Anthony.Polema dijo...

un saludo fraterno desde El Salvador, y mis elogios a tan buenos escritos.

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