martes, 3 de agosto de 2010

DEL CUENTO DEL AUTOR / UN AUTOBIOGRAFICO (y seis)


CON ALGO DE POLVO EN LOS ZAPATOS (6)
                                                                por José Ignacio Restrepo 


medellin (4)
y, el ÚLTIMO capítulo quinto

El dolor de cabeza era mucho más fuerte en la parte superior de la espalda, que en el trapecio. Que tontería tan inconmensurable acababa de modular mí pensamiento. Bueno, allí cualquier cosa por absurda que fuera estaba más o menos segura, a no ser que estés dormido y seas de los que hablas cosas en sueños... Me faltó decir, que si dormís acompañado hay toda clase de trances, la estupidez se evidencia hasta en los momentos más sencillos. Como a la hora de cambiar una bombilla, medio dormido y sin pijama, con el objeto de encontrar de qué lugar del armario sale el sonido de un ratón, que presumiblemente está hace horas y horas, royendo un zapato de los que trajo ella de Singapur.
No pude llegar a un acuerdo con Sandra, sobre la forma de ayudarle con su papá. Su deseo nace de una visión compleja, en la cual todavía ve a Don Leopoldo como el poseedor de la verdad, como el bueno del cuento, y por eso debe ante todo comprobarle que sus actos y sus propósitos mantienen la misma dirección, que son amables, que tienen por decirlo así, su mismo nombre y apellido. Busca su reconocimiento, como cuando era niña y le llevaba solamente las buenas notas de las tareas, para que él la amara más, pensaba. Trata, además, de comprimir los eventos en el tiempo, ideando no sé que manera de convertir los actos presentes en objetos maleables del discurso, una especie de hipoteca, premio o garantía por los deberes cumplidos. Le expliqué que era imposible brindarle la ayuda que me pedía, pues un profesor de filosofía no puede llegar a abogar por cauciones extraviadas, sobre todo si estas son susceptibles de reencontrarse tras un fuerte abrazo, que sea ante todo auténtico, entre ambas partes.
Pero tengo un corazón noble y estúpido, como el de los caballos. Llamé a la casa de Sandra para preguntar por ella, pero como no estaba, terminé componiendo uno de estos bellísimos enredos míos, y solicité comedidamente una cita con don Leopoldo, quien por intermedio de su asistente Tomás me invitó gustosamente a cenar, y a departir luego los asuntos a que hubiere lugar. Como los estúpidos de las historias de mi difunto abuelo: nadie los obligaba a poner un pie en el lugar donde estaba el peligro. Ellos llegaban por sus propios pasos.
Ya en la noche, mi temeridad había llegado hasta límites insospechados. Decidí llegar a casa de don Leopoldo acompañado de su hija y para eso, debía hallarla primero. Tomando del brazo a mi intuición, recorrí la zona rosa con la mirada puesta en las aceras, como todo un burdo policía que anduviera por ahí, haciendo alguna secreta investigación, con el disfraz perfecto de un profesor universitario que se medio arregló para asistir a una comida. Luego, entré en dos o tres de los lugares que sabía que ella y su grupo de amigos frecuentaba. Caí en cuenta de que trataba de colapsar en mi propio sistema, poniendo obstáculos inexistentes ante la responsabilidad inmediata de la comida. Y, entendí que, en últimas, en nada me ayudaría la presencia directa de Sandra; al contrario. Si el destino pugnaba por mi intervención en solitario, era porque debía hablar de hombre a hombre con don Leopoldo, y además, lo más importante, que ella no lo debía saber. Así, cualquier avance no provendría de mí, sino de Themis, la queridísima diosa del Conocimiento.
Con semejante hipótesis entre una ceja y la otra, me sentí tan seguro como Nicolás de Federmann recorriendo con su grupo de soldados iletrados y mugrosos, un martes cualquiera, por la tarde, noche ya, los llanos desconocidos del impetuoso río Orinoco.
Fue así como me entregué aquella noche por entero al destino. La comida, deliciosa y sobria, la conversación durante la misma muy animosa y variada, creando una especie de espuma contra cualquier incendio posterior que se produjera por tratar temas más candentes. Ya en el poscafé, tuvimos ambos la cortesía de introducirnos con gran mesura frente a la cuestión, lo que me permitió comprobar la inteligencia de don Leopoldo, que estaba seguro del motivo común de nuestra charla.
Después de casi dos horas de amigable plática y tras haber constituido una relación intergeneracional sobre una base sólida con el señor, me despedí de él con la comisión y el permiso para, en su nombre pero sin decírselo, convencer en todo caso a Sandra de volver a su casa, haciéndole ver que las reacciones de su padre estaban fundadas en su responsabilidad con ella, y que de todas maneras, para la recuperación del afecto y la comunicación era necesario negociar.
Estoy seguro de haber percibido en el tono mesurado de su voz, esa confianza del que hace entrega de la llama olímpica en las manos de otro, cuya juventud y propensión al esfuerzo lo han favorecido para la tarea encomendada, y así también, lo hacen responsable subsidiario del descanso del que ya tiene bien merecida su fatiga. Supe que no sería la última vez que entraría a esta hermosa mansión.
Al llegar a mi casa, el cansancio había tomado nuevamente por asalto mi espalda y parecía querer llegar a la torre en forma de dolor de cabeza. Sin encender la luz, comencé a despojarme de los zapatos, que recordé debía embetunar temprano en la mañana.
Me introduje ente las sábanas buscando entibiar su frescor, permitiéndome intentar guiar mis sueños hacia esa mu...
- Pero... ¿ Qué sucede aquí?
Con mi imprecación, se encendió simultáneamente la luz de la mesilla del lado opuesto al mío, y pude ver que una hermosa vestal había hecho su aparición en mi cama...
- Pero, Sandra, como pudiste...
- Eres un hombre conservador y algo predecible. No lo tomes a mal. Llamé a casa para hablar con mi papá y su ayudante me contó que tú irías a comer. Supuse cual era el motivo, y como estaba segura de tus buenos oficios, quise venir a darte las gracias personalmente lo más pronto posible.
Extrajo una botella de vino con dos copas de debajo de la cama y colocó su dedo en mis labios, negándome el derecho a hablar.
- Si, lo sé, debo volver a casa. No he conseguido un trabajo y de ese modo cualquier otro esfuerzo resulta insuficiente. Espero que me traigas una oferta de mi papá, a ver si de todo esto salen otras cosas buenas... Además, debes colocar otra llave de repuesto en el matero, pues la que había allí ya me pertenece...
No sé porque estuve seguro, de que al otro día nuevamente faltaría a la Universidad, esta vez por una imposibilidad de moverme de la cama hacia ningún otro sitio, por motivos no del todo claros...
fin
a manera de epilogo
Espero que no todos se encuentren frustrados al no haber podido leer en estas páginas una historia más controversial, ilustradora, acaso de un corte francamente político, o incluso, derivado del tema catedrático inicial que mencioné dominar. Al menos, llegamos al final ¿no les parece?
Todo esto resulta un poco, no sé, ilegítimo. ¿Porqué ponerlos a ustedes en la posición de elegir el desenlace de esta cuestión? Resulta algo realmente inusual. En eso creo que ya vamos coincidiendo.
Realmente, estas tres conclusiones son prácticamente iguales: En todas conocí a don Leopoldo, traté temas generales y específicos con él, además de los referidos a su hija, terminando todo bien, sin quejas. En segunda instancia, el conflicto proveyó de las ocasiones que ella y yo estábamos aguardando, sin saberlo bien. En los tres desenlaces, ignoramos los obstáculos que cada uno había inventado y mantenido, a fin de no acercarse al otro, para terminar absolutamente próximos. Y con inmejorables perspectivas de estarlo aun más para el semestre que viene, creo yo.
Entonces, yo les pediría encarecidamente, como cualquier profesor del montón que se la pasa rogando por cualquier pábulo insignificante a sus alumnos, que seleccionen ese final que más les guste, con el loable propósito de que luego se pongan a estudiar juiciosos, y a mí me dejen corregir las pruebas que me faltan ¿Estamos?
¡Ah! Y muchas saludes de mi abuelito en Valledupar...

JOSE IGNACIO RESTREPO ARBELAEZ

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