domingo, 15 de agosto de 2010

EL CUENTO DEL AUTOR / DE ESCONDRIJOS MORALES Y HUMANAS MÁSCARAS

DOS POR UNA DOS(5)
por José Ignacio Restrepo

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Era otra cosa, la selvática ciudad de acero y hierro que lo vio ascender durante casi dieciocho años, no supo de su final en sus calles, del peligro que lo asoló por meses y que a dos pasos estuvo de lograr matarlo…Se fue todo, se perdió lo obtenido en años de delinquir calladamente, como mago, estableciendo pequeños itinerarios de comunicación, de confianza, de respaldo, con otros desposeídos como él, hacia arriba o abajo, hallando los lugares que nadie quería atender, que para los grandes lucían tan insignificantes, pero que para alguien como él significaban verdaderas minas aun no descubiertas ni convenientemente explotadas…Números, compañía, extorsión, sexo remitido, datos valiosos a la venta o al alquiler, Raúl, era un perfecto intermediario, de aquellos que solamente se dan en condiciones especiales, de carencia sostenida, con penuria de afecto pero alentado por un orgullo autovindicado…Sin padres ni familia conocida, posgraduado de todos los hospicios, con membresías en lugares que nadie honrado reconocería como reales, Raúl Linares había conseguido hacerse respetar, y algo más, había obtenido reconocimiento y renombre, en aquella zona elemental y primaria de la urbe en la cual creció, y dentro de ella en la vasta región del crimen, en su epítome más singular, la del FreeLancer, o cultor de la imagen personal. Llevaba dieciocho veranos a punta de un calor impresionante, el de alma maldita y quemada, y no acababa todavía de abrazarse.
La partida había sucedido de madrugada. Al cerrar la puerta del motel y mirar el autobús, que en neutral esperaba a algunos otros viajeros, Raúl se permitió una promesa sucinta y la tatuó en el fondo de su alma negra. Nunca volvería sobre sus sucios pasos. Este camino, como el de los yacimientos que lo han dado todo, quedaba sellado para siempre…O quizá no, debía prometerse solamente regresar por un único pábulo: una oportunidad para terminar con aquel que le había podido, en esta tarea de autoconstrucción, ese que le echaba ahora de su ciudad, de las calles en las que reinó, anónimo y paria….
Raúl bostezo, lentamente. Las imágenes del gran autobús, atravesando paisajes desérticos poco a poco se diluyeron, y a sus ojos la realidad se presentó nuevamente, en forma de cajas de cartón y repisas con paquetes, constituyendo el horizonte limitado del depósito, un cuadro gris y geométrico que tantas veces lo había exasperado. En este otro hospicio, ajustaba ya ocho largos años, pero ese tiempo estaba próximo a terminar, y la vida gloriosa, que desde siempre él juraba merecía, y que iba a obtener, se haría al fin real, frente a él, y entonces ganaría su única batalla, esta, la de triunfar a costa de lo que fuera; su futuro se extendería ante su vista como un horizonte interminable, como el que sigue a la playa de cualquier mar…
Desde su infancia, atérida y sin cariño, no había tenido un solo día de paz, de sosiego, pero dentro de poco, ese desconocido sentimiento habitaría en su corazón y podría acaso nacer aquella persona que por momentos sonreía en su interior, el hombre bueno, que todo mal hombre a veces sueña con ser… (Continuará)
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1 comentario:

Luz Elena dijo...

DE verdad quiero saber el color de sus zapatos.... Voy a leerlo y a seguir los pasos de tu personaje Raul!.

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