miércoles, 25 de agosto de 2010

UN ESLABÓN HALLADO / UN CUENTO DE GRAHAM GREENE

EL INOCENTE
por Graham Greene


Había sido un error el llevar allí a Lola, y lo comprendí desde el instante mismo en que descendimos del tren, en la pequeña estación pueblerina.  En una  tarde de otoño,  uno se  acuerda más de su niñez que en cualquier
otra época del año, y el rostro vivo de mi acompañante y la maletita en la que pretendía llevarlo todo para la noche no combinaba demasiado con el antiguo almacén de granos, situado al otro lado del canal, las luces que titilaban sobre la colina y los anuncios de una antigua película. Pero había dicho: “Vámonos al campo”, y el nombre de Bishop’s Hendron fue el primero que acudió a mi cabeza. Nadie me conocería allí, y no se me había ocurrido que el pueblo fuera a recordarme tantas cosas. Incluso el viejo mozo de equipajes despertó mis añoranzas.

—Habrá un coche a la entrada —dije a Lola.
Y, efectivamente, así era, aunque al principio no pude verle, sumido en la contemplación de dos taxis. “El lugar resurge de nuevo ante mi vista”, pensé. Estaba todo muy oscuro, y la leve niebla otoñal, y el olor de la hojarasca húmeda y del agua del canal, me resultaban  altamente familiares.
—¿Por qué has escogido este pueblo?
—preguntó Lola—. Me parece muy triste.
Era inútil explicarle que a mí no me causaba semejante impresión, y añadir que la arena apilada junto al canal había estado siempre en aquel sitio. Tomé el maletín, muy ligero como dije antes, y con el cual intentábamos,
más que otra cosa, rodearnos de cierta atmósfera de respetabilidad, y nos pusimos en marcha. Atravesamos el puentecillo arqueado y pasamos ante el arruinado hospicio.
Cuando tenía cinco años, vi cómo un hombre de mediana edad penetraba en él para suicidarse. Llevaba un cuchillo en la mano, y muchas personas lo perseguían por la escalera.
—Jamás creí que el campo fuese así —dijo Lola.
El hospicio constaba de varias alas, de fea construcción, semejantes a grises bloques de piedra, y nada más. Pero para mí era tan familiar como todo lo demás. Durante el camino, me pareció estar escuchando deliciosos acordes.
Era preciso decir algo a Lola. No era culpa suya si no se hallaba allí como en su casa. Pasamos ante la escuela y la iglesia, y salimos a la antigua y amplia calle Principal. Yo me sentía de nuevo como en mis doce años. De no haber venido, jamás habría podido saber que dicho sentimiento fuese tan fuerte, porque no recordaba aquella época de mi existencia como particularmente feliz o desgraciada.
Fueron unos años rutinarios; pero ahora, con el olor de las fogatas y el frío que parecía levantarse de la propia humedad de las piedras, comprendí la causa de que me conmoviera tanto. Lo que yo percibía no era otra cosa sino el aroma de la inocencia.
—Hay una posada excelente —dije a Lola—.
Nadie nos molestará en ella, ya lo verás. Cenaremos, beberemos un poco y nos acostaremos. Pero lo peor de todo, era que no podía menos de desear hallarme solo. No había vuelto a aquel pueblo desde los días de mi infancia, y ello me había impedido comprobar lo bien que recordaba hasta sus menores detalles. Cosas que creía olvidadas, como los montones de arena, volvían a mí, acompañadas de sufrimiento y de nostalgia. Me hubiera sentido muy feliz aquella noche, deambulando en la noche otoñal, recogiendo sugerencias de esa época de la vida en la que, por desgraciados que nos sintamos, no dejamos de confiar en el mañana. No sería igual volver en otra ocasión, porque entonces se interpondría el recuerdo de Lola, y ésta no significaba absolutamente nada para mí. Nos habíamos conocido el día antes en un bar, y nos fuimos mutuamente simpáticos. Lola era una chica simpática, pero no cuadraba en aquellos recuerdos.
Debíamos haber ido a Maidenhead. También aquello era campo. La posada no se hallaba exactamente en el lugar que había supuesto. Llegamos frente al Ayuntamiento. Habían construído un nuevo cine con cúpula morisca, y un café con garaje. Había olvidado también aquella vuelta a la izquierda, por una colina empedrada y llena de casitas.
—No creas que la carretera pasaba por ahí, en mis tiempos —dije.
—¿Tus tiempos? —preguntó Lola.
—¡Ah! Pero, ¿es que no te lo he contado? Nací aquí.
—¡Mira que traerme a tu pueblo! —exclamó Lola—. Creí que imaginabas cosas así, tan sólo cuando eras pequeño.
—Sí —repuse, porque no era culpa suya.
Tenía razón. Lola usaba un perfume discreto, y un tono de carmín muy bonito. Me estaba costando bastante dinero el haberla invitado. Cinco libras para ella, y además los billetes, las propinas, las bebidas… A pesar de
todo, lo habría considerado dinero bien gastado, de no encontrarme en Bishop’s Hendron. Me detuve al llegar a la carretera. Algo pugnaba por perfilarse en mi cerebro. Pero jamás habría tomado forma, de no haber sido porque, en aquel instante, una bandada de chiquillos descendió corriendo la colina, y pasó bajo la brillante claridad de los faroles, gritando alegremente y expeliendo nubecillas de vapor. Todos llevaban bolsas de lona, algunas de ellas bordadas con sus iniciales, lucían sus mejores atavíos y parecían algo orgullosos. 
Las niñas formaban grupo aparte, como de costumbre, con sus cintas para el pelo y sus zapatos bien lustrosos.  Creí percibir el suave  tintineo de un piano, y, de improviso,  todo  volvió  a  mi  mente con rapidez
pasmosa. Regresaban de  una clase de danza, igual a  aquella a la que yo concurría. La casa, pequeña y cuadrada, se hallaba a medio camino de la colina, entre macizos de rododendros.
Más que nunca, deseé verme libre de la presencia de Lola. No cuadraba en aquello. Pensé que algo faltaba al ambiente, y cierto sentimiento de dolor fue surgiendo desde lo más profundo de mi alma. Bebimos varias copas en el bar; pero transcurrió más de media antes de que nos sirviesen la cena.
—Supongo que no querrás deambular por el pueblo —dije a Lola—. Si no te importa, saldré unos diez minutos para echar un vistazo al lugar. Estuvo de acuerdo. En el bar había un hombre, quizá maestro de escuela, que no deseaba otra cosa sino invitar a Lola a un trago. Podía notar cómo envidiaba mi suerte, cómo me consideraba afortunado, por venir de la ciudad acompañado de una joven, para pasar la noche en el pueblo.
Ascendí la colina. Las primeras casas eran todas nuevas, y experimenté cierto disgusto al contemplarlas. Ocultaban campos y verjas que debían haber permanecido como antes. Era como un mapa estropeado, cuyas distintas partes se han pegado entre sí, ocultando, al abrirlo, pedazos enteros. Pero, a mitad de camino, colina arriba, me encontré de pronto ante la escuela, tal como la conociera en otros tiempos. Quizá incluso continuara regentándola la misma anciana profesora.
La presencia de chiquillos exagera la edad de los mayores. En aquellos tiempos debió contar, a lo sumo, treinta y cinco años. Pude escuchar los acordes del piano. A lo que colegí, seguía la misma rutina de siempre.
Los alumnos menores de ocho años, de seis a siete de la tarde. Los de ocho a trece, de siete a ocho. Abrí la verja y penetré en el jardín. Trataba de recordar.
No sé lo que la hizo volver a mí. Quizá fuese tan sólo el otoño, el frío, las húmedas hojas esparcidas por el suelo, más que el piano, de cuyo interior tantas tonadas diferentes habían salido durante mi niñez. El caso es que, de improviso, recordé a aquella muchachita, con la misma nitidez que si la estuviera contemplando en una fotografía. Era un año mayor que yo; debía tener entonces ocho, y la quise con una intensidad como jamás he vuelto a sentir desde entonces. Nunca he cometido la equivocación de reirme del amor de los niños. Éste posee una característica inevitable de separación, porque en ningún caso puede ser consumado. Desde luego, uno inventa historias de incendios, de guerras y de actos heroicos con los que se intenta aparecer valiente ante los ojos de ella; pero jamás se saca a relucir el matrimonio. Uno sabe, sin que nadie se lo diga, que tal cosa no puede ocurrir; pero no por eso sufre menos. Recordé los juegos de la “gallina ciega” durante las fiestas de cumpleaños, cuando vanamente traté  de atraparla, disponiendo así de una excusa para estrecharla entre mis brazos; aunque  sin  conseguirlo  jamás,  porque  siempre  se  me  escabullía de entre las
manos.
Durante dos inviernos, gocé de la ocasión, una vez por semana. En efecto, tales días podía bailar con ella. Tuve un gran disgusto cuando cierto día me enteré de que iba a pasar a la clase de las mayores. También me quería, estaba seguro, pero jamás tuvimos ocasión de demostrarnos nuestro afecto.
Concurría a sus fiestas de cumpleaños, y yo la invitaba a las mías; pero nunca salimos juntos de nuestras clases de baile. Simplemente, no creo que se nos ocurriera; nos hubiese parecido demasiado extraño. Veíame
precisado a marchar en grupo, con mis burlones compañeros, y ella se alejaba, rodeada de aquellas niñas movedizas y chillonas.
Estaba tiritando, en aquella fría niebla, y hube de levantarme el cuello del gabán. El piano tocaba un bailable de una antigua revista de C. B. Cochran. Me pareció haber recorrido un largo trecho, tan sólo para encontrar
a Lola al final de él. Existe algo en la inocencia, que uno no se resigna nunca a perder.
En la actualidad, cuando una chica me fastidia, sólo tengo el trabajo de buscarme otra que la sustituya. En aquellos tiempos de mi niñez, consideraba lo mejor escribir apasionadas frases en un pedazo de papel y  correr a esconderlas en un lugar recóndito… ¡Qué raro! ¡Con qué nitidez me acordaba de todo!
Una vez, hablé a mi amiguita de aquel escondrijo, y estaba seguro de que, más tarde o más temprano, terminaría por encontrar mis amorosas cartas. Me pregunté en qué habrían consistido. En una edad tan temprana, uno no puede expresar gran cosa. Pero, aunque las frases resultaran insulsas, el dolor de escribirlas no era menor al que se experimenta después, en ocasiones parecidas. Recordé cómo, durante varios días, hurgué en el agujero, encontrando siempre el papelito. Luego, las lecciones cesaron, y probablemente, al invierno siguiente, todo quedó olvidado.
Al trasponer la verja, miré hacia el lugar en el que había existido mi escondrijo. En efecto, allí estaba.  Introduje un dedo, y oculto en su lugar más íntimo, a salvo de las inclemencias del tiempo, y a pesar de los años transcurridos, el pedacito de papel se conservaba intacto. Lo extraje y procedí a desplegarlo.
Luego encendí un fósforo. La llamita produjo una tenue claridad en aquella atmósfera neblinosa y húmeda, y a su luz percibí algo que me dejó petrificado. En el papel aparecía dibujada una escena aterradoramente sexual. No, no podía existir error. Mis iniciales aparecían bien claras, al pie del desmañado dibujo infantil, cuyos personajes eran un hombre y una mujer. Pero aquel descarado croquis despertó en mí menos recuerdos que
las nubecillas de vapor que surgían de las bocas de los niños, sus bolsos de lona, las hojas mojadas y los montones de arena. No podía reconocerlo como mío. Igualmente hubiera podido ser trazado por un bribón cualquiera, en la pared de un retrete. Todo cuanto mi mente evocaba, era la pureza, la intensidad, el sufrimiento de mi amor por la pequeña.
Al principio, sentí como si hubiera sido traicionado. “Después de todo —me dije—, Lola no se encuentra aquí tan fuera de lugar como pensé al principio”: Pero, más tarde, aquella misma noche, cuando Lola se dispuso  a dormir, empecé a comprender la profunda inocencia del dibujo. Era sólo ahora, tras de treinta años de agitada vida, cuando aquella tosca pintura me parecía obscena.

De El ídolo caído. Libros Plaza, Barcelona.
Traducción de Julio Fernández Yáñez.


GRAHAM GREENE (1904-1991). Novelista y cuentista inglés, autor de novelas y relatos, en los cuales se siente un fondo  moral. Algunos títulos: El poder y la gloria, El tercer hombre, Nuestro hombre en La Habana,
Un americano impasible. Varias de sus historias han sido llevadas al cine inglés y al norteamericano, entre ellas El tercer hombre, película considerado un auténtico clásico.

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