lunes, 9 de agosto de 2010

EL CUENTO DEL AUTOR / DE ESCONDRIJOS MORALES Y HUMANAS MÁSCARAS

DOS POR UNA DOS (1)
por José Ignacio Restrepo

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La tentación era tan obvia, tan excesiva y agresiva que, al menos para ella que hacía algunos instantes lo observaba, era ya notorio el sentimiento oclusivo y contradictorio que Raúl experimentaba, frente a aquel paquete marcado que ella y él sabían no había pasado por contabilidad, para el riguroso arqueo diario.
Sin previa indicación alguna, el empleado llevó a cabo un juego de manos rápido y perfecto, para guardar el paquete en el compartimiento secreto de su portafolio de falso cuero. Al ponerse de pie, con la intención de desperezarse, posó los ojos en su compañera, y en los consecuentes parpadeos ofreció y redujo varias veces diversos porcentajes, mientras ella suponía que de su compromiso silencioso él llevaría el peso de la falta mientras ella solo se encargaría de cubrirle las espaldas. Acto seguido, él tomó el maletín sin ninguna malicia y se dirigió por el pasillo hacia el servicio sanitario.
Faltaban apenas diez minutos para terminar la jornada y Raúl había completado ya la parte más difícil del desfalco. Su asociada en la empresa, aunque no muy convencida del rol que le correspondía y de los beneficios que obtendría, estaba convenientemente a la espera.
Celia guardó las carpetas y se dirigió con su bolso y su chaqueta hacia el servicio de mujeres. Durante el breve recorrido pudo repasar lapsos enteros de su pasado, grises capítulos poblados de recuerdos imborrables, desagradables y oscuros, que se desbordaban y convergían en cuatro o cinco momentos definitivos que resumían los largos años forzosamente vividos en ese lugar de expiación, la institución religiosa en la cual completó sin pena ni gloria su formación académica, martillando todos los días una tras otra las razones por las cuales se obra correctamente, así ello nos aleje de las simples satisfacciones a las cuales todos los seres humanos corrientemente nos sentimos con derecho a obtener en la vida. Casi podía palpar los delgados y pálidos labios de la Madre Superiora, igual que aquella vez en que públicamente sublimó su disposición hacia el sacrificio, por haber contraído la obligación silenciosa de sostener la pensión de una compañera que tenía dificultades en su casa, pero que no quería que el colegio lo supiera. Ni la Directora, ni nadie, dentro de aquel centro educativo para la limitación de las libertades, llegó nunca a conocer el motivo continente de aquel acto de desprendimiento, que se extendió durante más de un semestre, pues nadie sabía del vínculo afectivo tan grande e intenso que las unía, el lazo pasional que la obligaba a ser garante de la tranquilidad de su mejor amiga. Y no lo supieron después, aunque era lógico suponer que alguna idea se harían, pues las vidas de todas ellas estaban llenas de esas representaciones sublimadas nacidas de actos tan mundanos o más que aquellos coleccionados por el común de los mortales. Las malditas, excelsas reglas, llenas de ironía y fastuoso misticismo que no le debían valer un carajo ya a la Madre Superiora.
Cuando regresó de todas aquella imaginería, su personal zona de deshechos y despojos que por su inutilidad rara vez se permitía recorrer en su total extensión, faltaba un minuto para las seis de la tarde. Raúl se acercó y se ofreció a acompañarla hasta el colectivo, como lo había hecho tantas veces a lo largo de casi ocho años. Esta vez Celia no sonrió, pues sabía que debía tomar una decisión ilegítima sobre un dinero de la empresa, y acaso también acerca del curso completo de su vida, que solamente le reportaría beneficio a dos de los ciento cincuenta y tantos empleados, que componían la planta esclava de aquella organización.
CAPITULO 1
Mientras contaba por segunda vez los billetes, Celia seguía escuchando las palabras de Raúl:”Esto es como un partido de fútbol donde el equipo adversario tiene vendas en los ojos y su integrantes marchan en cuclillas por el suelo, buscando una pelota que nosotros llevamos en las manos” Era una propuesta para delinquir, sin que hubiera un término fijo, sin mayor contrato que el obvio de actuar con cuidado, sin ir a caer o ser sorprendido con las manos en la masa. Era reconocer que si una acción personal daba al traste con la operación, en manera alguna quien fuera comprometido descargaría una parte de esa responsabilidad sobre el otro. Se quedaría callado. Asumiría la culpa, sin echarle tierra al otro. Era un ofrecimiento que cambiaría completamente mi forma de vida, mi filosofía de respeto al trabajo, que era la correspondiente disculpa para criar a mi hijo en la honradez de sus abuelos, de los antepasados, esos viejos que alguna vez entregaron las riendas de esta tierra a gente más sagaz, personas ávidas de tener y de poder, esas gentes que la han poblado sin pena por multiplicarse a su ancho y largo, como mandan las doctrinas del comercio. Ahora la empresa sería el escenario de su verdadero quehacer económico: con las siguientes dos sustracciones cancelaría el colegio del niño por todo el año, las cuotas vencidas del coche y, lo más importante, la hipoteca de la casa. Era inquietante poder hacer estas cuentas con la tranquilidad de quien ha recibido un premio. Esa era una situación completamente desconocida para ella, que había relacionado siempre las recompensas con la obtención de un bien merecido por su honesto y sacrificado esfuerzo. Esto no lucía similar a un reconocimiento inesperado por sus buenas acciones. Era algo que ella estaba decidiendo, una respuesta que no era la acertada, que recordaba como contraria a lo dispuesto, que solo aludía a la oportunidad y a un misterioso lazo que la unía a Raúl sin que él lo sospechara y sin que fuera realmente claro para ella.
Raúl y ella estaban robando, eso era todo. No se habían tocado nunca el cuerpo, ella no pensaba que él la deseara, pero era probable que esta anómala intimidad los llevara pronto a hacerlo. Ese hombre era de los que por muy inteligentes que fuera terminaba haciendo las cosas más sombrías, cuando hablaba se entretejía en su propia red de pensamientos convenientes, no dudaba que podía llegar a servirse de su sonrisa o de su fuerza con la misma irónica candidez que un niño miente para proteger un sueño perfecto, donde solamente caben él y sus muñecos de plástico.
Estas últimas noches se la ha pasado buscando entre los pliegues de su conciencia al demonio de la culpa, ella sabe que se le está escondiendo tras la ira y la autocompasión provocadas por hechos de su pasado, que no son tan llamativos y quizá por ello no fueron divulgados. Su lesbianismo no fue soterrado, pero tampoco se conoció gracias a su carácter pacífico, medianero, reductible a circunstancias y personas. Ella fue como un recipiente que se podía llenar con cualquier cosa que otro quisiera, siempre y cuando ese otro, u otra la mayoría de las veces, tuviera la intuición y la paciencia para aproximarse y permanecer a una distancia que tuviera un nombre y una condición, pero a la vez no fueran nominables.
Junto a la culpa debe estar escondida esa porquería llamada miedo, que tampoco la ha visitado. Pensó en ello las primeras veces, pero cuando no pasó nada dejó el tema. Si alguien se da cuenta tendrán los hechos que traer a sus espaldas las soluciones, así como un segundo trae adherido el siguiente.
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Al salir del súper, Raúl miró a ambos lados de la calle, de la forma naturalmente escrutadora que lo hacía en los últimos meses. Buscaba signos distintos al habitual tránsito de gente y vehículos, estados aparentes, cosas que sobraran, elementos discontinuos, atrasos, adelantos, adjetivos fuera de su lugar, mal acomodados…Sentía el peso anómalo de su gestión nerviosa, el paso de los segundos le hizo argumentar en contra de lo que hacía, quedando su conducta como la escasamente tangencial, la anómala y singular, que lo convertían en el elemento sobrante y extraño a todos, en medio del natural acontecer en aquella vespertina hora, en ese sector, tan igual e indeterminado como cualquiera a esa hora de domingo… (continuará)
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2 comentarios:

gringa_ dijo...

estaré atenta al próximo capitulo.Me gusta

MarisaLy dijo...

Excelente! me encanta esta frase:

..."Estas últimas noches se la ha pasado buscando entre los pliegues de su conciencia"...

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