miércoles, 9 de junio de 2010

OTRAS LUCES, OTROS AUTORES


I

El alba inútil me encuentra en una esquina desierta; he sobrevivido la noche. Las noches son olas orgullosas: olas de oscuro azul y de pesada cresta cubiertas con todos los matices de hondo daño, grabadas de cosas improbables, deseables. Las noches tienen unas cotumbres de misteriosos dones y rechazos, cosas dadas a medias y a medias retenidas, goces con un sombrío hemisferio. Así actuan las noches, te lo advierto. El oleaje, esa noche me dejó sus residuos habituales: odiados amigos con quienes charlar, música para los sueños, humo de amargas cenizas. Las cosas que no sirven para mi ávido corazón.
La gran ola te trajo.
Palabras, unas cuantas palabras, tu risa, y tú incesante e indolentemente hermosa,. Hablamos y has olvidado las palabras. El alba que rompe me encuentra en una calle desierta de mi ciudad.
Tu perfil se alejó, los sonidos que hacen tu nombre, la armonía de tu risa; estos son los juguetes ilustres que me dejaste. Los disperso  en el alba, los extravío, los encuentro; hablo de ellos a los perros sin dueño y las pocas estrellas descarriadas del alba.
Tu oscura y fértil vida...Debo llegar a ti de algún modo: rechazo los juguetes ilustres que me dejaste, quiero tu oculta mirada, tu verdadera sonrisa,- la solitaria, irónica sonrisa que nada más tu helado espejo conoce-



II

¿Con qué evitar perderte?
Te ofrezco esbeltas calles, ocasos desesperados, la luna de los carcomidos suburbios. Te ofrezco la amargura de un hombre que ha mirado mucho tiempo la luna solitaria.
Te ofrezco mis antepasados, mis muertos, los aspectos que los vivos honraron en mármol: el padre de mi padre, muerto en la frontera de Buenos Aires, dos balas atravesaron sus pulmones, barbado y muerto, envuelto por sus soldados en un cuero de vaca. El abuelo de mi madre- apenas 24 años-encabezando una carga de trecientos jinetes en el Perú, ahora fantasmas en caballos desvanecidos. 
Te ofrezco cualquier acierto que mis libros puedan encerrar, cualquier valor o ingenio que haya en mi vida.
Te ofrezco la lealtad de un hombre que nunca ha sido leal.
Te ofrezco el centro de mi mismo, que salvé de algún modo, el corazón central que no emplea las palabras, no trafica con sueños, y está intocado por el tiempo, la desdicha y el goce...
Te ofrezco el recuerdo de una rosa amarilla, vista al ocaso años antes, de que nacieras. Te ofrezco explicaciones de ti misma, teorías sobre ti misma, auténticas y sorprendentes noticias sobre ti misma. Te puedo dar mi soledad, mi oscuridad, el hambre de mi corazón: trato de sobornarte con la incertidumbre, con el peligro, con la derrota.

Jorge Luis Borges



PROMESA


Llegaré oscuro, tardío de alas,
por fín vieja ánfora olvidada
siendo noche cerrada ya
en todas las puertas de tu vida.
No habrán aldabas dispuestas, ni ventanas
para mi paso ligero
callado grito de guerrero risueño;
como presagio nuevo
como ofrenda última de muertas máscaras
en la noche llegaré
¿Estás preparada?
¿Habrás extrañado mis antiguos cantos
de hechicero adorador del viento?
¿Hallaré limpio de nieve el umbral de tu alcoba?
¿Reconocerás mis gestos, mi silencio?


¿A mis brazos entregarás el llanto
guardado de años de vigilias truncas?
¿Habitarás mi palabra tocada por el tiempo
danzarás el vasto poema de mi piel abierta al deseo,
el surco dorado dorado de los dias por brisar?
Como habitante conocido en la mañana joven, arrivaré


Entonces comenzará la rabia santa
la verdadera guerra, anótalo en tu diario
dispón
tus atavíos


Edgar Trejos





MADRIGALES                                                      


I
Déjame ya ocultarme en tu recuerdo inmenso,
que me toca y me ciñe como una niebla amante;
y que la tibia tierra de tu carne me añore                                              
oh isla de alas rosadas, plegadas dulcemente.


Y estos versos fugaces que tal vez fueron besos,
y polen de florestas en futuros sin tiempo,
ya como reflejos de lunas o de olvidos,
estos versos que digo, sin decir a tu oido.


II
Llámame en la hondonada en la hondonada de tus sueños más dulces,
llámame con tus cielos, con tus nocturnos firmamentos,
llámame con tus noches desgarradas al fondo
por esa ala inmensa de imposible blancura.


Llámame en el collado, llámame en la llanura
y en el viento y la nieve, la aurora y el poniente,
llámame con tu voz, que es esa flor que sube
mientras a tierra caen llorándola sus pétalos.


III
No es para ti que, al fin, estas lineas escribo
en la página azul de este cielo nostálgico
como el viejo lamento del viento en el postigo
del dia más floral entre los dias idos.


Una palabra vuelve, pero no es tu palabra,
aunque fuera tu aliento que repite mi nombre,
sino mi boca húmeda de  tus besos perdidos,
sino tus labios vivos en los mios, furtivos.


Y vuelve, cada siempre, entre el follaje alterno
de dias y de noches, de soles y sombrías
estrellas repetidas, vuelve como el celaje
y su bandada quieta, veloz y sin fatiga.


No es  para ti este canto que fulge de tus lágrimas,
no es para ti este verso de melodías oscuras,
sino que entre mis manos tu temblor aun persiste,
y en él, el fuego eterno de nuestras horas mudas.
















Amo la noche


No la noche que arrullan las ramas
y balsámica con olor de manzanas,
con el efluvio de la flor del naranjo;
oh, no la noche campesina
de piel húmeda y tibia y sana;

no la noche de Tirso Jiménez
que canta canciones de espigas
y muchachas doradas entre espigas;
no la noche de Max Caparroja,
en el valle de la estrella más sola
cuando un viento malo sopla sobre las granjas
entre ráfagas de palomas moradas;
no la noche que lame las yerbas;

no la noche de brisa larga,
hojas secas que nunca caen,
y el engaño de las últimas ramas
rumiando un mar de lejanos relámpagos;
no la noche de las aguas melódicas
volteando las hablas de la aldea;
no la noche de musgo y del suave
regazo de hierbas tibias de una mozuela;
yo amo la noche de las ciudades.

Yo amo la noche que se embelesa
en su danza de luces mágicas,
y no se acuerda de los silencios
vegetales que roen los insectos;
yo amo la noche de los cristales
en la que apenas se oye si agita
el corazón sus alas azules;

y no es la noche sin cantares
la que amo yo, la noche tácita
que habla en los bosques en voz baja,
o entra a las aldeas y mata.
Yo amo la noche sin estrellas
altas; la noche en que la brumosa
ciudad cruzada de cordajes,
me es una grande, dócil guitarra.
Allí donde dulcemente respira
un perfil cercano y distante
al que canto entre sus espejos,
sus sedas y sus presagios:
valle aromado, dátiles de seda;
cuando hay un rincón de silencio
como un jirón de terciopelo
para evocar esos locos viajes
esas partidas traspasadas
por el vaho tibio de los caballos
que alzan sus belfos en el alba.

Yo amo la noche en el cansancio
del bullicio, de las voces, de los chirridos,
en pausa de remotas tempestades, en la dicha
asordinada, a la luz de las lámparas
que son como gavillas húmedas
de estrellas o cálidos recuerdos,
cuando todo el sol de los campos
vibra su luz en las palabras
y la vida vacila temblorosa y ávida
y desgarra su rosa de llamas y lágrimas.





AURELIO ARTURO

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