miércoles, 30 de junio de 2010

EL CUENTO DEL AUTOR / letras por capítulos 1

EL SABOR DE VIZCAYA (1)

por José Ignacio Restrepo




El furioso latigazo del viento trazó algún deseo medieval, encadenado en el bosque cercano desde entonces, y halló puerto sobre mi superciliar derecho, un segundo antes – de hecho, casi simultáneamente –que este chocara contra el gastado pavimento, que ardía.
La bellísima Raleigh americana de color amarillo, liviana como una ninfa en días de asueto, quedó tirada en una posición innombrable, con uno de sus manillares rotos y el aro delantero torcido por el golpe fuerte e inesperado contra el borde del andén. Empecé a recuperar el conocimiento con los pitos de los coches que pedían el reinicio del tráfico, el cual estaba interrumpido por aquellos vehículos cuyos conductores me miraban sin decir nada, con la pretensión de auxiliarme o ver por fin un muerto que no fuera en televisión.
El pequeño de gorra ladeada de los gigantes, que estaba de cuclillas a mi lado rompió el hielo certeramente.
-       Fue aquella rama,- dijo señalando la saliente de una especie de arbusto alto.
-       Ah, muchas gracias por tu ayuda...repliqué con la boca seca y bastante mareado, mientras volteaba el cuello para ver el árbol, que por su follaje parecía estar celebrando el retorno del verano, como el resto de seres vivos de toda la península.

Al oírme contestar, las siete u ocho personas que se habían aglomerado, entre las que seguramente estaba el dueño de la Station Wagon Mitsubishi color ámbar, que me había obstruido llevándome hacia el árbol, parecieron entender que este joven ciclista que lucía como uno de ésos que lleva encargos a domicilio y que realmente lo era, se encontraba lo suficientemente bien para no dar el espectáculo que aguardaban, más bien estaba listo para recuperar el sentido. Y, como seguro pensaron que de todos modos yo no lucía capaz de levantarme queriendo matar a alguien, entonces se esfumaron conversando, pues esta no era hora para andar por ahí buscando un show gratuito.
La línea del tráfico se recompuso y yo me quedé con el chico de la gorra que miraba con auténtico respeto el abultado y descarnado chichón, que comenzaba a crecer en mi ya cicatrizada rodilla derecha. Sin percatarnos, uno de los paquetes que se había salido de mi bolso en la caída, quedó olvidado sobre el asfalto del lugar y uno de los curiosos lo recogió, ocultándolo, y luego se retiró de allí. Habrían de pasar diez días y un mil sucesos para que el paquete común y corriente se pusiera de nuevo en camino hacia su destinatario, quien ansiaba con urgencia tenerlo en sus manos.


En el boliche, las sonoras exclamaciones cuando uno de los contendores derriba toda la apuesta, suenan igual si el sitio tiene nombre en París o en la zona rosa de ciudad de Méjico. O en este sitio de Bangkok, para extremar el concepto. Miguel había enviado el libro, el directorio del comendador por correo certificado, así luciera menos seguro. Cualquiera de la  organización habría criticado el hecho pero él, que siempre confiaba en los canales comunes, sabía que existían ojos y oídos por todas partes, y más para seguir las lides de su trabajo, entonces era mejor hacer uso de las maneras formales, que nadie sospechaba fueran competentes para nuestras necesidades, Al llenar la ficha con 18 chuzas, y un 87% de efectividad, decidió pasar por el bar y buscar a Elisa, para echarse un polvillo corto y luego ir a dormir, las ocho horas completas, rutina que aprendió de su tía, quien hizo de mamá, cuando la mafia venida de Cantón, le robó a sus padres y al restorán que sería su herencia cuando era solamente un chico. A los dieciocho años, Miguel, ya había acumulado suficiente dinero para jubilarse temprano, pero ese no era su sueño, el quería poder, poder del bueno. Al llegar al bar, le dijeron que Elisa ya no trabajaba allí, el sueño le invadió y se fue a dormir. Mientras hacia la cama, hizo una síntesis de lo que llevaba y de lo que esperaba. Hasta aquí, los trabajos lo habían apurado y logro acercarse lo suficiente para obtener los detalles contables de la cuarta cuenta de Balbuena, con la que cubría todo el robo de autos y la prostitución en Bangkok. Esperaba que el libro llegara a Madrid, después de hacer una escala en Viscaya, en donde el dueño del carguero que entraría por Gijón, lo entregaría a un correo seguro, para que él lo llevara personalmente a la tasca de Franco, en Madrid, y se cumpliera el ciclo, el ciclo que terminaría con Gabriel Balbuena, quien en mala hora había sido encargado de los negocios de Franco en este lugar de Oriente. Cuando terminara todo esto, emergería en toda su dimensión la capacidad de conducir una organización del tamaño y la importancia que esta tenia. Franco Vallesi habría de reconocer que el filio del restorán, había nacido para ser grande, inmenso. Tras enfocar en su mente las siete letras de esta palabra, cerro lo ojos y concilio el sueño.    (continuará)

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