viernes, 11 de junio de 2010

ZONA POESIA / DEL OBITUARIO DE SUEÑOS


  
CAMPO DE BATALLA
Cancionero de la mañana,
de tonadas alegres y estribillos que cuentan
cómo cuando la lluvia en botellas se ponía,
se vendía al otro día
agua de gratis...
Y de cómo ese barro que todo lo ensucia,
que cambia el color de los zapatos
y los pone igual a todos,
al otro día en la cañada, abajo,
se vuelve el asoleadero de los sapos,
las ranas verdes y los pardos renacuajos.
Horas después,
barbullando ya tristes boleros,
en tanto cubre los cigarrillos con un plástico,
el niño mira la prisa por la mojada avenida
pegada de los pies de los como él,
que protegen sus cuadernos de la lluvia
jugando a que las ilusiones no se encojan,
acaso guardando su porvenir
del asedio del mundo marlboro.

OTRO DESPERTAR DE PACO
Los ojos de humo que ya lo vieron todo
miran los pies transeúntes, primero,
por entre un tendido de lagañas,
mientras el oído despierta poco a poco,
con el run run de la reja de calefacción
que desde hace tiempo engalana la acera.
Céntrica cama, albergue con el nombre de la calle,
que en la noche cerrada se atiborra
con cuerpos y periódicos,
recibe otros dueños que llevan prisa en sus pasos
y saludan con fórmulas cortas que no dicen nada,
sus periódicos doblados en la axila
como un corriente pasaporte,
que en el día de hoy los llevará hacia alguna parte
y que hoy por la noche nos servirá como frazada.
Ardor reconocido
que modula su abrazo contra los muros de su vientre,
idioma esencial de la vida en su decenio escaso,
y ese ombligo salido decorando tanta hambre,
a tres dedos larguitos, se recuerda,
de una marca acerada de muerte,
pero casi no vale, diciembre pasado,
ardor de hambre, runrún incesante al oído,
largas pestañas uncidas con humo,
el cuerpo acostado en la acera, sin pegante,
abrazando la vida, dama demasiado rauda
que poco transita esta calle.




DE PASADORES Y HERRUMBRES
¿Qué verían las ventanas ayer?
¿Qué cortejo de dolientes
midió lentamente con sus pasos
el caliente cemento de afuera?
Como tapia levantada en pares,
el resquicio sin luz de la hendidura
donde las partes simétricas se unen,
explica que prefiera la penumbra
y el callado oscurecer de las estancias,
a ese ruido lenguaraz
que multiplica el berrinche de todos,
ese que corre a toda hora imprecando al silencio,
que paciente aguarda a quienes oran
con su súplica muda...
Qué verían,
acaso los quehaceres de la muerte
vestida con el betún de los exostos,
tras de los pasos de los niños
vueltos viejos a fuerzas,
vestida de rutilos falsos, buscando
la miel de esta tierra, los niños,
hiriéndolos en el mismo surco del vientre del ámbar,
el salino fondo de la vida.
No solo yo,
otros sin nombre preparan los martillos y las hachas,
las palabras sinuosas como edictos nobles
empiezan a brotar,
como por magia abriendo las ventanas,
más vale abrir la casa al poco aire
que murmura y da vida todavía,
y no encerrar otro latido
en corazón de piedra sin aldaba

ÚNICO ALIMENTO
Tierna mirada
en el quicio abierto de la puerta
en mitad de la noche,
pequeño canto,
recuerdos,
las almas otrora extraviadas que mudan de piel
y bendicen la intemperie de la vida,
tiran las cartas a la suerte, y se ríen
de no predecir,
de no predecir.
Brindo a tus ojos odalisca,
y el aire que llena mis pulmones
me sabe hoy a champaña,
vaya uno a saber cómo pasa lo que pasa,
si estas hojas de otoño no serán mi cobertor mañana,
y esta boca tuya, manjar de los dioses,
y estas palabras de aliento,
y esta emoción sin nombre ni apellido,
ni justicia,
ni explicación siquiera,
serán mañana mi único alimento.


IGNORANCIA EN AZULES
Ni el estigma del dado
implorante y quieto sobre el paño verde,
cualquier noche,
rodeado de suertes probables
que ningún infortunio desea,
se semeja a este destino alquilado,
este clima sin brisa ni nube,
este sitio de guerra escenario de duelos de hormigas,
esta súplica atérida, eco breve sin público.
Nada de esto recuerda
que una huida no tiene camino,
y un recuerdo es una bolsa con grises,
y una dirección en algún lado
que dice donde vive la magia, es verdad,
pero donde...
Ni siquiera ese niño famélico
que es experto en robar pero hoy está sin fuerzas,
ese niño que me mira perplejo
sospechando que somos parientes,
me podría explicar
con su voz de vigilias ilesa,
que ligero milagro errabundo,
exacto, inconsistente, parco,
te hizo hoy escuchar algún mísero tono
-ese amor aferrado a una tabla
y el deseo encabado a una vara de ciego-


                                                                                                

                                                       JOSE IGNACIO RESTREPO 

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