lunes, 21 de junio de 2010

¿QUIEN TIENE LA PALABRA?


Sobre la ignorancia buscada

por Francisco Carrascal Moreno


Hans Magnus Enzensberger nos cuenta en el Elogio del analfabeto cómo el analfabeto tradicional ha dado paso al analfabeto contemporáneo. Reivindicando la importancia de los “sin letras” como garantes y propiciadores de la escritura, al ser los portadores de la cultura oral, sin la que ésta habría tenido más dificultades en nacer. Nos recuerda, con picardía no disimulada, que en la historia de la humanidad el saber leer y escribir ha sido más la excepción que la norma, pues entre los que han ganado en el balance se encuentran aquellos que no supieron leer ni escribir frente a los que sí adquirieron estas facultades.
Al tiempo nos recuerda que la educación ha sido una de las principales banderas de la socialdemocracia, empleando sin disimulo el lema de “cultura para todos”. Sin embargo, el devenir de la Historia ha querido que el conocimiento quedara relegado a una obligación dictada por los estados, al requerir la industria de una mano de obra cualificada para poder ser empleada. Así se puede afirmar, no sin mantener ciertas precauciones, que éstos han puesto en práctica la perversa instrucción de “amaestrar a los analfabetos” para que fueran de utilidad productiva. Y esta visión parece clara que resulta fácil de constatar a poco se analice la realidad que nos rodea.
El autor nos habla de lo que él denomina el “analfabeto secundario”, que también podría y de hecho es llamado “analfabeto funcional”. Modalidad de individuo que sabe leer en las cosas que le rodean, de los anuncios, en las etiquetas, por las propagandas y las programaciones de televisión. Se le entiende producto directo de la etapa de la nueva industrialización en la que nos encontramos inmersos y absortos. Hacen falta “consumidores cualificados” pues el problema ya no es la producción, sino la compra de ésta. Todo es un inmenso mercado globalizado en el que todo se compra y se vende. Tanto eres, tanto puedes comprar.
El medio idóneo con el que transmitir los valores, en el que el caldo de cultivo se antoja idóneo en este juego de lo posible es la televisión, elemento poderoso como pocos. Apelando al entretenimiento, desbordados por tanta información, la comunicación y lo comunicado se tornan en vacío, en huecos esplendores de la nada. Algo es real si por la televisión sale, un vecino áspero que a duras penas te saluda por las escaleras un día se te aproxima con sonrisa generosa si te ve en la pantalla contando alguna cosa con soltura o sin ella, de pronto eres reconocible en alguien importante, el mismo que anteayer no te suministraba sus atenciones, hoy al haber salido por la tele, te reconoce como importante, aunque lo que hayas dicho sea una mera sandez.
Se habla de que el ciudadano pasa a ser espectador. El poder para gobernar la televisión es el poder, con mayúsculas. Permite dirigir, aleccionar, doblegar la conciencia. La televisión es verdadera, se transforma en el oráculo infalible. Mientras la gente encuentra en lo que por ella se propaga el consuelo que necesita para soportar sus vidas, alimento para el espíritu, información estéril, entretenimiento y amordazamiento para sus conductas. Entonces la cosa marcha. Entonces la libertad puede ser sesgada sin miramientos. La domesticación de las conciencias que con ella se consigue, a veces de manera disimulada y medianamente elegante, otras veces de manera burda y hasta grotesca permite la manipulación de las conciencias de los ciudadanos-espectadores-votantes-receptores. Y ahí está la trampa, mientras la clave se imponga en recibir sin dar, el sesgo de la asimetría alimentará la inmundicia de la ignorancia permitida, alentada, buscada por aquellos que prefieren el gigante dormido al gigante despierto: el consumidor.
La masa informe del ciudadano-consumidor es llevada como troncos por un oleaje de pasividad condescendiente hacia la meta de la no acción, de la orfandad de críticas. Para qué protestar si no podemos conseguir nada, para qué protestar si alguien nos resolverá los problemas, para qué protestar si ya tenemos culpables de los problemas, el otro siempre es el culpable. Los problemas son demasiado difíciles de resolver, la inacción aliada de la enajenación. Son pocas todas las estrategias de los estrategas para difundir hasta la máxima expresión los tentáculos de la televisión, los satélites, la tecnología digital y la fibra óptica, los codificadores y decodificadores, la tecnología, en suma al servicio de la imagen, del sonido, pero ¿y el significado?, ¿y los contenidos?. Al calor de la audiencia se reclama que lo que se transmite es lo que se quiere, la pescadilla se muerde entonces la cola y los adentros para posibilitar que el carrusel del negocio televisivo no deje de funcionar, pues qué pasaría entonces. Entonces el vacío, el abismo.
Parejo a todo esto, la educación es la gran perdedora, y la cultura su hermana desolada. Mientras la estupidización avance inexorable por aulas, y calles, por salones y por auditorios, la masa informe se hará más informe, más manipulable, más apetecible, más ignorante, más compradora, más deudora, más analfabeta. En una suerte de democrática e igualitaria manera de posibilitar que la ignorancia campee a sus anchas, sin ataduras, sin obstáculos. Para el analfabeto, pan y circo, y televisión.

 Tomado de http://www.lademocracia.es/Sobre-la-ignorancia-buscada 
por Francisco Carrascal Moreno

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