lunes, 14 de junio de 2010

PALABRAS PARTIDAS

Albert Camus
DISCURSO DEL 10 DE DICIEMBRE DE 1957
Este discurso fue pronunciado, de acuerdo con la tradición, en laMunicipalidad de Estocolmo, al final del banquete que clausuraba las ceremonias de la asignación de los premios Nobel.
Al recibir la distinción con que ha querido honrarme vuestra libre Academia, mi gratitud era tanto más profunda porque bien medía yo hasta qué punto semejante recompensa sobrepasaba mis méritos personales. Todo hombre y, con mayor razón, todo artista, desea que se lo reconozca. Yo también lo deseo; pero no me fue posible enterarme de vuestra decisión sin comparar su resonancia con lo que realmente soy, ¿Cómo un hombre casi joven, rico tan sólo de dudas y con una obra aún no acabada, acostumbrado a vivir en la soledad del trabajo o en el retiro de la amistad, no iba a enterarse con una suerte de terror de una decisión que, de un golpe, lo colocaba, solo y reducido a sí mismo, en medio de una luz cruda? Por otra parte, ¿con qué espíritu podía recibir ese honor en un momento en que en Europa, otros escritores, entre los más grandes, están reducidos al silencio, y en el momento mismo en que su tierra natal experimenta una desdicha sin tregua?
Conozco ese desorden y esa turbación interior. Para recuperar la paz tuve que acomodarme a una suerte demasiado generosa. Y, puesto que no podía igualarme a ella apoyándome exclusivamente en mis méritos, para ayudarme no encontré otra cosa sino lo que me sostuvo, en las circunstancias más contrarias, a lo largo de toda mi vida: la concepción que tengo de mi arte y del papel del escritor. Permitidme tan sólo que, animado por un sentimiento de gratitud y amistad, os diga del modo más sencillo posible, cuál es esa concepción.
Personalmente no puedo vivir sin mi arte. Pero nunca lo he colocado por encima de todo. Por el contrario, si me es necesario, lo es porque no se aparta de nadie y me permite vivir, tal como soy, al nivel de todo el mundo. A mis ojos el arte no es un goce solitario. Es un medio de conmover al mayor número de hombres, ofreciéndoles una imagen privilegiada de los sufrimientos y de las alegrías comunes. El arte obliga, pues, al artista a no aislarse; lo somete a la verdad más humilde y más universal. De manera que quien, a menudo, eligió su destino de artista porque se sentía diferente, bien pronto se da cuenta de que no nutrirá su arte y su diferencia, sino confesando su semejanza con todos. El artista se forja en ese ir y volver perpetuo de él a los otros, a mitad de camino de la belleza, de la que no puede prescindir, y de la comunidad, de la que no puede apartarse. Por eso los verdaderos artistas no desprecian nada; se obligan a comprender en lugar de juzgar. Y, si toman un partido en el mundo, éste no puede ser sino el de una sociedad en la que, según las grandes palabras de Nietzsche, ya no reinará el juez sino el creador, ya sea trabajador, ya sea intelectual.
El papel del escritor, por eso mismo, no se aparta de los deberes difíciles. Por definición, hoy no puede ponerse al servicio de los que hacen la historia: el escritor está al servicio de los que la padecen. De otro modo quedaría solo y privado de su arte. Todos los ejércitos de la tiranía, con sus millones de hombres, no lo arrancarán de la soledad aun, y sobre todo, si él consiente en marchar al mismo paso que ellos. Pero el silencio de un prisionero desconocido, abandonado a las humillaciones en el otro extremo del mundo, basta para hacer salir al escritor de su exilio, por lo menos cada vez que logra, en medio de los privilegios de la libertad, no olvidarse de ese silencio y hacerlo resonar por los medios del arte.
Ninguno de nosotros es lo bastante grande para semejante vocación. Pero, en todas las circunstancias de la vida, oscuro o transitoriamente célebre, aherrojado por la tiranía o libre por un momento de expresarse, el escritor puede reencontrar el sentimiento de una comunidad viva que lo justifique, con la sola condición de que acepte, lo más que pueda, las dos cargas que hacen la grandeza de su profesión: servir a la verdad y servir a la libertad. Puesto que su vocación es reunir el mayor número posible de hombres, ella no puede acomodarse a la mentira y a la servidumbre que, donde reinan, hacen proliferar las soledades.
Cualesquiera sean nuestras debilidades personales, la nobleza de nuestra profesión tendrá siempre sus raíces en dos compromisos difíciles de mantener: negarse a mentir sobre lo que uno sabe y resistirse a la opresión.
Durante más de veinte años de una historia de locura y delirio, desvalido y extraviado, como todos los hombres de mi edad, en las convulsiones de la época, me vi, pues, sostenido por el sentimiento oscuro de que escribir era hoy un honor, porque ese acto obligaba y obliga no sólo a escribir. Me obligaba, principalmente, a sobrellevar, tal como yo era y según mis fuerzas, con todos los que vivían la misma historia, la desdicha y la esperanza que compartíamos. Esos hombres nacidos a comienzos de la primera guerra mundial, que llegaron a los veinte años en el momento en que se asentaban a la vez el poder hitlerista y los primeros procesos revolucionarios, pata completar su educación en la guerra de España, en la segunda guerra mundial, en el universo que se concentraba, en la Europa de la tortura y de las prisiones, tienen hoy que educar a sus hijos y realizar sus obras en un mundo amenazado por la destrucción nuclear. Supongo que nadie puede pedirles que sean optimistas. Más aún, creo que debemos comprender, sin dejar de luchar contra ellos, el error de los que por una puja de desesperación reivindicaron el derecho al deshonor y se lanzaron a los nihilismos de la época. Pero lo cierto es que  la mayor parte de nosotros, en mi país y en Europa, han rechazado ese nihilismo y se han puesto a buscar una legitimidad. Tuvieron que forjarse un arte de vivir en tiempos de catástrofe, para nacer por segunda vez y luchar en seguida, a cara descubierta, contra el instinto de muerte que obra en nuestra historia.
Evidentemente cada generación se cree dedicada a rehacer el mundo. Sin embargo, la mía sabe que no lo rehará. Pero acaso su misión sea más grande. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida, en la que se mezclan las revoluciones frustradas, las técnicas que llegan a un grado de locura, los dioses muertos y las ideologías extenuadas, en la que poderes mediocres pueden hoy destruirlo todo, aunque ya no saben convencer, en la que la inteligencia se ha rebajado hasta convertirse en servidora del odio y de la opresión, esta generación tuvo, en sí misma y alrededor de ella, que restaurar, partiendo únicamente de sus negaciones, un poco de lo que constituye la dignidad de vivir y de morir. Frente a un mundo amenazado por la desintegración, en el que nuestros grandes inquisidores están a punto de establecer para siempre los reinos de la muerte, nuestra generación sabe que debería, en una especie de carrera loca con el tiempo, restaurar entre las naciones una paz que no sea la de la servidumbre, reconciliar de nuevo trabajo y cultura, y reconstruir con todos los hombres un arco de alianza.
No es seguro que alguna vez pueda llevar a cabo esta inmensa tarea; pero sí es seguro que, en todas las partes del mundo, se mantiene ya en su doble empeño de verdad y de libertad, y que llegado el momento sabe morir sin odio por ese compromiso. Esta generación merece que se la salude y se la estimule donde se la encuentra y, sobre todo, donde ella se sacrifica. En todo caso, a ella quisiera yo, seguro de vuestro profundo acuerdo, remitir el honor que acabáis de hacerme.
Al propio tiempo, después de haber proclamado la nobleza del oficio de escribir, habría remitido al escritor a su verdadero lugar, pues éste no tiene otros títulos que los que comparte con sus compañeras de lucha, vulnerable pero obstinado, injusto y apasionado por la justicia, que construye su obra sin vergüenza ni orgullo, a la vista de todos, siempre dividido entre el dolor y la belleza, y dedicado, en fin, a extraer de su ser noble, las creaciones que él procura tenazmente edificar en medio del movimiento destructor de la historia. ¿Quién, después de esto, podría esperar de él soluciones acabadas y hermosas teorías morales? La verdad es misteriosa, evasiva, y siempre hay que conquistarla. La libertad es peligrosa, difícil de vivir, así como es enardecedora. Debemos marchar hacia esas dos metas, penosa pero resueltamente, seguros de antemano de los desfallecimientos que habrán de sobrecogernos en tan largo camino, ¿Qué escritor se atrevería entonces, de buena fe, a convertirse en predicador de la virtud? En lo que a mí se refiere, tengo que decir una vez más que no soy nada de eso. Nunca pude renunciar a la luz, a la felicidad de ser, a la vida libre en la que crecí. Pero aunque esta nostalgia explica muchos de mis errores y de mis faltas, ella meayudó sin duda alguna a comprender mejor mi oficio y me ayuda aún a mantenerme, ciegamente, junto a todos esos hombres silenciosos, que no soportan en el mundo la vida que se les ofrece, sino por el recuerdo o el retorno de breves y libres momentos de dicha.
Reducido, pues, a lo que realmente soy, a mis límites, a mis deudas, así como a mi fe difícil, me siento más libre de mostraros, para terminar, la extensión y la generosidad del honor que acabáis de acordarme, también más libre de deciros que quisiera recibirlo como un homenaje tributado a todos aquellos que, participando del mismo combate, no recibieron ningún privilegio, sino que, por el contrario, conocieron la desdicha y la persecución. No me quedará, pues, sino agradecéroslo con todo mi corazón y haceros públicamente, en testimonio personal de gratitud, la misma y vieja promesa de fidelidad que todo artista verdadero se hace cada dia a si mismo, en silencio

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