martes, 27 de julio de 2010

DEL CUENTO DEL AUTOR / UN AUTOBIOGRAFICO (uno)


CON ALGO DE POLVO
EN LOS ZAPATOS(1)
por josé ignacio restrepo




“ Al fin y al cabo, si esto es simplemente un viaje en el que vamos todos inmersos a pesar nuestro, y de cuyo objeto poco a poco  vamos averiguando que no hay una garantía ni un sentido claro, entonces es sano concluir que es la inmediatez, esa carga sobre la que tanto hablan los constitucionalistas del alma y sus inmediaciones, la que debiera deparar la mayor cantidad de satisfacciones. ¿ No es lo cotidiano el escenario de lo realmente posible, el lugar de lo conseguido hasta ahora, el marco desde donde observamos con alguna claridad nuestras preocupaciones y su contraparte, los sueños de los deseos en traje de expectativas?

Es inhóspito el pasado. Casi siempre su observación provoca frío, pues es la mirada sobre lo no conseguido, sobre lo perdido,  la que de algún modo se detiene más allá del tiempo justo y prudente, puesto que lo que logró coherencia, fuerza y concreción es probable que esté actuante, vívido y vigente en nuestro presente, y por ese motivo será apreciado de otra forma. Somos apegados, no tanto a los recuerdos sino a los eventos que no tuvieron el final esperado, los que no dieron más vida al juego de soñar, quedando al final como el objeto deseado que no pudo conseguirse. Recordamos para evaluar lo perdido, como el náufrago que pasa horas enteras en la noche del océano, recontando, una y otra vez, los momentos que se irán con él, las alegrías que no podrá compartir, las posibilidades que no serán en las vidas de sus seres queridos con su desaparición, antes de reconocer que todas estas son solo probabilidades dependientes de este momento, de su mar oscuro, del bramar espantoso de las olas que interroga a su silencio sobre el sentido de la vida y no acerca de las  circunstancias que navegan en ella.

La vida no tiene otro significado que ser vivida y el secreto de bien hacer esa obra personal e irrepetible, parece morar en la sabiduría de aprehender el instante y perfeccionar una y otra vez la relación amorosa entre él y quien lo vive, relación que está hecha de algo más que de estas dos presencias: nace de allí y después confluye, hasta hacerse un invitado permanente, ese otro tesoro que puede utilizarse, malgastarse, ignorarse, pero que mientras vivamos estará en consistente aumento. Eso, que es lo que llamamos experiencia, no es más que la suma elocuente y reflexiva de los sucesos que hemos logrado superar, aquel recorrido susceptible de observarse que nos ha edificado y que hace posible el fomento de nuestra práctica vital, a partir del instante.

Asunto de sabios, se dirá. Dicha conducta solamente termina siendo comprendida en la inminencia de la razón consciente, estado que es determinado por la aplicación sincera e inquebrantable de una disciplina interior, determinada por la claridad y honestidad entre el pensamiento y la acción, sin las que cualquier individuo queda a merced de las circunstancias de tiempo y espacio, en las que es coincidencia de la sinrazón que habita en medio la causa y el efecto, que lo han puesto allí para que elija ser dueño o  quedar a su merced...”

Era muy evidente que con la preparación de la próxima clase estaba tratando de evadir asuntos al parecer clarificados, solucionados, enmendados, corregidos e indisponentes; y a igual tiempo intentaba ganarme el sueldo, mientras lograba establecer una justificación para evitarlos... Era incontrovertible, que había estado manteniendo una vieja conducta infantil que me permitió durante la niñez y la pubertad conservar una doble vida, como estratagema para no elegir que clase de carácter alimentar y dar a conocer, contradictorio ejercicio que después representó para mí una carga espantosa,  pues, simplemente, yo tenía como dos bodegas en las cuales había guardado cosas en forma al parecer, creía yo, ordenada, pero a veces a la hora de la necesidad, no sabía en cual de las dos tenía de verdad el comportamiento que necesitaba en el momento. ¿Pensar o sentir? Ese era el dilema.

En ese enredo de no saber cual era el proceder de tal o cual instancia, siempre careciendo de esa pizca de espontaneidad que le sobra a cualquier chico del montón, pasó un tiempo tan largo y mezquino que después tuvieron que meter en todo ese chiste a un loquero, ya no recuerdo su nombre, Velásquez sin las Meninas, como le apodé durante años, pues el parecido de su rostro con el del pintor en sus conocidos autorretratos era manifiesto.  Me caía muy bien, tanto que cuando nuestras reuniones seudo-esclarecedoras terminaron siendo los viernes, no pasó mucho tiempo para que el escenario del vínculo médico-paciente dejara de ser el consultorio y avanzara casi cuatro cuadras, hasta el bar El Olimpo, esclareciéndose el ambiente y el ánimo de la tertulia. No es obvio asentir que era mi dinero, es decir, el dinero de mi mamá, el que pagaba la juerga desequilibradora con el siquiatra.

No sabía por cual de los dos graneros andaba en este instante, y tampoco tras de cual grano. Era como reconocer que ignoraba dónde diablos me había pescado el alisio de octubre, pero no sólo eso, era más como ignorar en que ciudad costera del mundo estaba y que nombre llevaba mi permiso de conducir. Sin embargo, tenía muy claro que debía estar en cinco minutos, en la sala dos de conferencias de la facultad de Filosofía de la Universidad de Antioquia, en la que en el pasado había recibido muchas clases y que ahora producía la reverberación de mis palabras, situación tensa y mágica que ni yo mismo comprendía todavía, en cuanto a su posibilidad y sentido.  ¡Ah!  También estaba claro, que algunos viejos conflictos seguían vivos, con la diferencia de que eran más de dos las bodegas donde debía buscar este o aquel procedimiento.   (continuará)

1 comentario:

Rocío L'Amar dijo...

esperaré a que acabes, será interesante saber dónde llegas, Ro

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