viernes, 2 de julio de 2010

EL CUENTO DEL AUTOR / letras por capítulos 3

EL SABOR DE VIZCAYA (3)

por José Ignacio Restrepo


El hombre tomó la decisión de abrir la pequeña caja, que no parecía poder contener algo diferente a un cuaderno argollado, o quizá un libro de colección. Entró al callejón y rasgó la cubierta de manila rústica que cubría el cartón, y en ese instante una de sus uñas se astilló hasta la duramadre produciéndole un dolor que le hizo tirar la caja al suelo. El instintivo acto estuvo acompañado de una exclamación silenciosa, que seguía la indicación impuesta con el clásico gesto hospitalario del dedo en los labios, impartida por un hombre mucho más alto que él, cuyo atuendo rematado por un gris sobretodo le hacía parecer un gánster clásico. Era un mafioso de pelo engominado y zapatos brillantes. Había recogido la medio desenvuelta caja, y mostraba a la altura del pecho una funda de cuero que hablaba de la existencia de una herramienta completa, y él realmente no quería ver algo más que lo que ya había visto.
-       Puede quedárselo, realmente no lo quiero…
-       ¿No quieres algo de dinero por la caja?
-       No…Bueno…Si, necesito el dinero,
-       Entonces, ¿quieres algo por esto o no?
El sujeto le acercó un billete de 50 dólares, que él distinguía por haberlo visto en una revista, y sin pensarlo dos veces extendió la mano derecha, a pesar del leve sangrado que brotaba por su índice herido. Tomó el pago y se lo metió al bolsillo, dándole una última mirada a la caja, pensando que lo que sea que hubiera en ella debía interesarle a otras personas, antes de que él se la robara, y por esa justa causa era bueno cederla. Sin mirar más al hombre dio media vuelta, mientras trataba de recordar donde estaba y donde quedaba la farmacia más próxima.
El sonido fuerte pero apagado interrumpió abruptamente su cuestionamiento. Sintió un dolor inaudito arriba de su riñón izquierdo, y supo que no iba a alcanzar a llegar a la bendita farmacia. En un postrero pensamiento voluntario, maldijo al mensajero que se había caído cuando él franqueaba la acera hacia la calle, sin un solo duro en el bolsillo, lleno de inquietudes y de cuentas, tan solo hacía un cuarto de hora, y con ese último esforzado sentimiento se murió.
El calor de aquella ciudad española en esta época del año era francamente insoportable. Al apearse del Peugeot 360, un poco pasado para su gusto, nadie dejó de observar su sobretodo gris, pero todos sin excepción, voltearon la cara hacia otro sitio a los dos segundos, con lo cual advirtió, que pese a la prenda impropia para la época él no llamaba la atención. Entró al restorán y cruzó sin saludar a ninguno de los seis o siete clientes, que departían en dos mesas, en medio del humero y el contraluz artificial que el encerramiento producía. Solamente un guiño casi imperceptible al somelier, avisaba que el recién llegado era reconocido en aquel lugar y acaso por ello nadie salvo el empleado, repararon en el pequeño paquete que llevaba en la mano. Al cruzar por la puerta que derivaba a la cocina, su paso y semblante disminuyeron en el carácter autoritario que le era natural, cambiando de forma notable, bajando inclusive su estatura. Tocó una puerta de Madera falsa y tras cinco segundos recibió un adelante, cuyo acento italiano no dejaba duda sobre el gentilicio de quien lo había pronunciado.
-       ¿Lo trajiste?
-       Sí, señor. Aquí está.
La estruendosa carcajada del italiano, evidenciaba un mejoramiento de su estado de ánimo. Tomó la agenda que había en la caja, y empezó el rito para encender un habano gigante.
-       Lo hicimos, Guido…
Lentamente, el espeso humo comenzó su ascenso hacia el techo de esa especie de oficina. La ausencia de una ventana hacía prever, que los gratinosos componentes del cigarro, se elevarían y habitarían para siempre dentro de estas cuatro paredes, igual que los secretos o las imprecaciones, durmiendo como muertas que en un nicho público de cementerio pobre se conocen… 

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