viernes, 23 de julio de 2010

LITERATURA A CUENTAGOTAS / EL CUENTO DEL AUTOR


LOS BELLOS OJOS DEL MUERTO (4)

Por 
José Ignacio Restrepo
 
CAPITULO TRES


Como esas fortísimas borrascas de medio noviembre, que dejan sin hojas y arrancan trozos de corteza a los sauces que dan sombra en los otros meses, cuando el Sena se llena de enamorados que se predican el uno al otro hasta que recodo del cielo han viajado, cuando estuvieron ensoñando presos del lejano palpitar del corazón del  otro; como esos abruptos anocheceres, que se cierran en cuestión de instantes ante nuestros ojos, cuando diez minutos antes era todavía el sol el que reinaba; o, como esos vaivenes del destino, que inconmovibles  se detienen un momento, al parecer a observarnos, y luego continúan su jornada inexorable de la que desconocen el objeto, sin que tal hecho alguna vez, ni por  un error siquiera, llegue un tanto así a preocuparle. Como los cambios de fortuna, este que no atina a tomar forma en mis palabras, ni aunque lo busque o lo ronde porque carece de gracia, apenas si acierta a compararse en una metonimia corta: Sería formidable si fuera un paso de baile, cientos de veces ensayado antes, todos allí seguros de que terminará brillantemente. Pero no es eso, es un golpe de la fea fortuna, un revés de aquellos contra los que no hay procedimiento.

La madre de Roger había llegado desde Buenos Aires, y no traía ninguna buena noticia. Su hijo le había enviado un marconi, fechado en Canarias casi un mes atrás, en el que le decía que no estaba bien pero que no debía preocuparse pues las cosas estaban en orden y ella no iba tener ningún problema. Había otras tres líneas contando detalles superficiales y una frase de despedida algo inusual para un espíritu jocoso y dicharachero como el de él: decía, simplemente, que la vida no era lo más importante; todos nos creemos el engaño, pero al final se nos concede el deseo de comprenderlo todo, con la única condición de no tener con quien compartirlo. A mi modo de ver, nuestro amigo lucía tan deprimido como meses atrás en París, era muy probable que además estuviera enfermo desde que llegó, quizá entonces lo ignoraba, y esa situación, que no deseaba que se supiera, lo impulsaba a pedir socorro de una manera indirecta.  Así se evita quedar comprometido, si alguien como yo llegaba inesperadamente, llega a procurar la atención y la compañía que quizá ni él mismo sabía cuanto realmente precisaba.

El  viaje en barco duraba cinco días, hacía un pequeño alto de pocas  horas en Niza  y nuevamente, dos días después en Gibraltar, sitios llenos de colorido y energía, cualidades que esperaba positivamente me llenaran, para poder encontrarlo a él como sea que estuviera y agradecer a los dioses por dejarme otra vez, compartir tiempo en su vida.

El viaje fue arrogantemente tumultuoso, sin sosiego ninguno. Fue ir de mi camarote hacia el bar y de allí a la ventana de cubierta, con la sombría esperanza de ver un poco de sol, reflejándose en el azul pizarra del mar Mediterráneo, mientras me devanaba los sesos recorriendo los momentos de esta historia, solo para encontrarme en el más solitario  de los lugares, uno al que apenas aspiramos los que hemos entregado todo para ir en pos de los sentimientos, sin medir, en últimas, el largo y el ancho del camino, y lo que siempre es primordial tener presente: Que no son siempre iguales las fuerzas, que los viajes rigurosos confiamos  con nuestra habilidad y emoción llevar a buen término, pero casi siempre sin tener en cuenta que han de quedar arrestos para el regreso, el que a veces es más largo, con caminos más comprometidos y empinados. Y suele carecer de norte, puede haberse perdido la brújula y no tenerse claro el objetivo, sobre todo si lo que se fue a buscar, en postrera misión comprobaste como algo hecho solo de fe, algo bueno pero casi inexistente, inflamado de férrea esperanza, como tantas de esas búsquedas que hemos convertido en motivos; circunstancias épicas, como he terminado en llamarlas, en las cuales quien las vive ha terminado pensando que no es él sino lo que vive lo central, lo sustantivo, lo real.

Cuando arribamos a puerto la luz del mediodía ecuatorial hirió mis pupilas sin compasión ninguna. Desde mi estómago, más de un litro de vodka, licor que realmente desconozco y que solo consumo cuando quisiera morirme de una buena vez, hizo un movimiento de rechazo pronunciado al cual poco le faltó para volcar lo poco que consumí desde ayer hacia el exterior, lo que habría sido de un grandísimo mal gusto. Ya abajo, busqué la oficina de inmigración y tras legalizar mi llegada tomé del mostrador un listín de los hoteles en Gran Canaria, que eran más de cincuenta, sin contar las casas de huéspedes y los pequeños dormideros para pescadores que hay en casi todo el litoral, al sur, frente al resto del archipiélago. Elegí uno que no quedara frente al mar. No quería distracciones. Esperaba encontrar a Roger en menos de cinco días, ya llevaba casi un mes desde aquel recado a su madre que tenía todas las señas de un grito mudo de auxilio.

Pero, no tuve tiempo de aclimatarme y de sopesar lo que iba o no a decir cuando nos viéramos, aunque era yo en esta sociedad de la máscara la parte encargada del vigor razonal, al contrario de él, que reaccionaba emotivamente, poniendo adelante los sentimientos, las pasiones y la fogosidad, tan inmediato y certero como un rayo, pues ¿quien puede decir que un rayo no cayó donde debía? Hasta en esto lograba él algún pundonor. La doncella suerte lo puso en una calleja interina, con el sol veraniego tildándole la espalda, aquella misma tarde, y me lo encontré a boca de jarro cuando salí de una librería familiar que llamó mi atención por ofrecer en la vitrina dulces brasileros.

Hola anciano... en este lugar no podrá encontrar los lentes que busca, a lo menos hallará alguna bebida de porquería como las que acostumbra beber en ese lugar que llama apartamento, del que nadie ha tenido la caridad de decirle lo espantoso del decorado, de las bebidas y del olor de esos efluvios gaseosos que suele quemar cuando tiene invitados.
En la mitad del circunloquio, aquella imagen en contraluz había conseguido toda mi atención, que se transformó poco a poco en una sonrisa creciendo hasta encontrar el abrazo, sus mejillas barbadas encontrándose con las mías, diez segundos después unas cuantas lágrimas escapando de tantos días de soportar las tristezas sin un acompañante, sin el interlocutor que el paso del tiempo había convertido en algo más que un hermano.

- ¡Maldito vergajo de los mil diablos, benditos los ojos que te ven, que se amañan más que viendo un Romancero Sainete, en esta calle de... por mi madre, Roger que ignoro el nombre de esta calle...!

Allí abrazados, nadie podría saber quienes éramos ni lo que había significado en nuestras vidas la presencia del otro, nada realmente importaba. Si había venido por su carta o no, el hecho era que la otra mitad de la máscara estaba allí y que entonces, era posible enfrentar a la legión de monstruos que osara, para su infortunio, salirse de cualquier manera de las hojas marcadas de algún libro de historias caballeras.

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