miércoles, 7 de julio de 2010

INVITACION AL ENCUENTRO

SE TRATA DE ZURCIR EL ALMA (2)
Por J. I. Restrepo
Cuatro largos y espléndidos cabellos. Era todo. Los unió con cortísimos nudos, en su cabeza puso un extremo y el otro casi llegando a su tobillo, era irreal, indigno de una hembra terrena…Se devolvió a buscar alguna otra cosilla, y terminó reclinado sobre el borde de un calor casi inexistente, el recuerdo de una noche nomenclada instante a instante con cariño, no el afecto fatal de quien corteja o se hace cortejar, sabiendo de antemano la dirección de su entramado gesto, no. Esto era pura mermelada para extender sobre el alma cuarteada por vivir la vida sin reposo, a como dé lugar, incluso bajo fuego amigo.
Tatiana se había ido con el amanecer. De seguro no quería ser observada por mis vecinos, que sabían de mi soltería inexpugnable, lo que incitaría a que malpensaran de ella; olvidé mencionarle que ni a mi siquiera me reparaban. Los lindantes que él distinguía eran personas demasiado dueñas de su privacidad como para arriesgarla importunando la de alguien. Todavía estuviera aquí, si se lo hubiera dicho, pero no, porque ella temía más a la lengua de sus propios vecinos, que a la de los míos, era eso.
Se detuvo un momento. Estaba guardando el suave rollito de cabellos en la cómoda, junto a los caballitos de papel, que conservaba de otra incursión en el Efebo de Eros, y supo sin ambages que estaba enredado en los hilos coloreados de esta mujer, cuyo orgullo mayor era ver sus trajes puestos en los cuerpos de gente que la saludaba al entrar a la iglesia…La noche le había mostrado de que estaba hecha la ausencia en el alma de Tatiana, el fuego decidido, irreverente, procaz e infantil que llenaba la extensión aun no bien medida de su piel, en cada poro, de los muslos longuilíneos a las manos, en los dedos  señalados por el errático paso de alguna aguja cansada, que no contó a su favor con el apoyo de un dedal sereno. Estaba casi pleno, y lo estaría del todo en este instante, si estuviera mirándola, tocándola, respirando sin pesar de su mismo aire.
Del teléfono público envió su primer llamado, conociendo que ella de seguro dormiría hasta acaso una hora antes del mediodía. La máquina reprodujo su voz, demasiado seria para asemejarse a la de hace unas horas, y él solo dijo cuatro grandes palabras, estuve en la gloria, lo que comprometía su libertad, al menos ahora que era honesto con su pensamiento. Cuando ella despertara y consultara el aparato, también sabría que un nudo fecundo se había enredado sobre ellos, la marca de las manos, de los ojos, de las bocas estaba por todas partes en nuestros cuerpos, que ahora descansaban de una primera gala de felicísimo encuentro. (Continuará)

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