martes, 13 de julio de 2010

EL CUENTO DEL AUTOR/ letras por capítulos 6


EL SABOR DE VIZCAYA (6)

por José Ignacio Restrepo


La estrecha calle hervía de curiosos igual que en época de carnaval decembrino. Pero era otra cosa, Miguel bien lo sabía. Los policías entraban al restorán por decenas, mientras contra la línea amarilla, mucha gente se agolpaba preguntando por personas asociadas al negocio, el de comidas y el otro, en el que él sabía estaba el motivo de toda esta debacle. Le cabía averiguar, pues el porqué de su visita que seguramente se hallaba directamente uncido a las muertes, fueran quienes fueren los difuntos que estaban allí dentro.
Lo presumía. Mauro y Guido, llevaban años peleando los negocios del crimen, que ya pertenecían a Franco Vallesi y el mercado de oriente fue el principal escenario de esas querellas. Con la contratación de buena parte de su equipo con dinero de Vallesi, la rotura fue evidente, y era esperada la venganza por parte del capo, que seguía el decálogo de la Mafia de Berrocha, el cual consistía en la eliminación de todos los que apreciaran el mismo título, y que no llevaran la sangre del divo.
¿Dónde y con quien se encontraba el libro? Todo se volvía contra quienes menos prestigio y poder detentaren, pues lucirían como directos responsables de cualquier ataque, real o imaginario; y entre esos estaba él, quien de algún modo entendía lo que a sus ojos se presentaba. Los dos cadáveres hace unas horas solamente querían quedarse con lo que Franco Vallesi había construido, aquello que él, un mozo de cuadra como solían llamarlo los señores, había intentado cuidar, descubriendo el doble juego contable que durante más de dos años se habían llevado a cabo a sus espaldas.
Lo siguiente era encontrar a Rafaello, cuya vida estaba en peligro. Debía convencerlo de acudir con él a donde el jefe. Así luciera riesgoso, era la única salida viable, ahora que las aguas parecían querer llevarse todo a su paso: con el libro desaparecido, solo su palabra sumada a la de él, compondría el trozo suficiente del broquel, que los guardara de una muerte sin honor, la peor que delincuentes como ellos pueden tener.
Dos días después, ya en la capital, no tenía idea aun de donde se escondía el contador. Decidió, esperar dentro de su hotel, para evitar que cualquiera se enterara de su presencia en Madrid, mientras daba paso a los otros actores de la horrible comedia a que hicieran algún movimiento legible, y así continuar para cerrarlo  todo.
Al llegar la noche, ese mismo afán inmóvil inscrito en un martirio forzado, lo estaba viviendo en la sencilla alcoba de otro hotel, un hombre educado que creció y vivía entre intelectuales, y que nunca pensó realmente hallarse en esta situación precaria por obra de su propia necedad. Ansiaba que ocurriera un cambio de tercio, un viraje definitivo en favor suyo, la presencia de la diosa fortuna, única invitada que todos, silenciosamente, todos los implicados demandaban…  (Continuará)



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