domingo, 4 de julio de 2010

EL CUENTO DEL AUTOR / letras por capítulos 4

EL SABOR DE VIZCAYA (4)

por José Ignacio Restrepo



Con gran cuidado, el contador revisa la bocina del teléfono de su apartamento, desde el cual puede apreciarse la intensa vida nocturna de Bangkok, a esta hora de la noche. Un chirrido repetido al contestar las llamadas ha despertado antiguas inquietudes, vivas aun por trabajos con jefes sanguinarios que remediaban cualquier duda con la muerte, recuerdos de acciones pasadas de escasa ortodoxia criminal, de las que salió con vida seguramente  porque su madre rezaba mucho por él, pero con su madre ahora difunta le tocaba poner más cuidado pues su trabajo se cruzaba con intereses mezquinos y peligrosos. Además, hay una burla sobre alguien cada que él completa un cálculo y de ser sorprendido su vida no vale ni un céntimo.
Ahí estaba. El pequeñísimo adminículo contrastaba con el resto de los instalados al lado de la bocina, por no tener ningún cable que saliera de él y por su brillo nobel, que denotaba su cercana fecha de fabricación. Nuevamente, enroscó cuidadosamente la tapa y se sentó en la sala para pensar de donde provendría el golpe y de que fuerza sería: Balbuena operaba para Vallesi, y él trabajaba para ambos, Pero, claro, el Jefe ignoraba el movimiento de encubrimiento del diez por ciento de las ganancias en Bangkok y esta precaución solo podía provenir de Madrid, su sitio favorito durante el verano. El timaba al jefe y él lo vigilaba, era una relación pecaminosa y como tal debía concretarse.
Ahora, esto significaba que las falsas cuentas habían sido obtenidas por alguien y viajaban rumbo a Madrid. No había tiempo para perder, debía estar allí para interceder por su trabajo que no era otro que la obtención de pruebas reales contra Balbuena, de este minuto en adelante su interés retornaba hacia Vallesi y debía averiguar si su vida valía la información que él tenía sobre la operación, construida hace meses para derrumbar su operación criminal en Oriente. Descolgó el teléfono para ordenar un pasaje aéreo, pero nuevamente puso el teléfono en su sitio. Decidió reordenar el rumbo de su vida, para salvarla, desde la cafetería frente al hotel, donde esperaba que Vallesi no lo estuviera espiando también.


Entre tanto, Miguel recorría sitios nocturnos de la zona oeste de Bangkok buscando las huellas del paso ligero y huidizo de su compañera de juerga, la bellísima rubia oxigenada que se hacía llamar Elisa, aunque él sabía que se llamaba Betsabé. Ese nombre realmente no iba bien con su naturaleza. Lo embargaba una vaga aprensión, parecida a la que siente un padre cuando pasada cierta hora de la noche, su hija adolecente no llega a casa. Todo progenitor en estas circunstancias imagina lo peor, aunque una zona de su cerebro contradiga ese suave pavor. Era eso, Miguel experimentaba un suave en crescendo pavor pues Elisa/Betsabé poseía algunas de sus llaves, esas que abrían y cerraban los secretos de su trabajo, entre ella y su asistente había repartido los códigos de manejo de sus pingues negocios, que eran realmente sustracciones de los negocios algo agrietados ya de Gabriel Balbuena. Esa aparente desaparición podía significar que aquel peligroso delincuente había advertido su estratagema y tomaba cartas en el  asunto.
Después de entrar y salir de muchos sitios, preguntando por la joven asociada, Miguel retornó a su apartamento abatido, lleno de imágenes descompuestas, antagónicas con el humor que le ataviaba por estos días. Tan solo entrar, sin encender las luces siquiera, sintió que algo no estaba en su lugar, un olor, una esencia que no le pertenecía, tomó la pistola…
-       Jefe…soy yo, Bernardo…
-       Casi te mato, ¿por qué no me llamaste? No es bueno  meterse…
-       No, don Miguel, me están buscando, nos están buscando, pa…
Miguel comprendió entonces que sus preocupaciones no eran infundadas. Entendió que sus planes de desenmascarar a Balbuena ante los ojos de Vallesi se habían venido abajo, tuvo la certeza que Elisa había muerto, que las claves de su misión estaban expuestas y que el misionero y el libro del contador corrían el riesgo de no arribar a su destino.
-       Vamos Berna, debemos hacer unas llamadas. Aquí ya no valemos nada de nada. 
(continuará)

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