miércoles, 28 de julio de 2010

DEL CUENTO DEL AUTOR / UN AUTOBIOGRAFICO (tres)


CON ALGO DE POLVO EN LOS ZAPATOS(3)

capitulo dos

El día anterior fue uno de esos que desde el amanecer sabes, habrá de irse al bote de la basura, no, mejor, directamente al relleno sanitario, aunque hagas ingentes esfuerzos por tratar de evitarlo. La renovada discusión con “el acaudalado de mí papá”, como acertadamente se me ocurrió llamarlo por primera vez, en cuanto a mí elección profesional, confluyó de la manera menos apropiada con el asunto de la perdida de mí trabajo en la Librería, pues él buscando la pesca fácil en el agua removida, perturbada, intranquila, que más, turbulenta, se ofreció a costearme otro programa, dada mi actual incapacidad financiera, oferta que me sacó por completo de mis cabales.

La cuarta orden con vestido de propuesta ideal puso por fin a mi viejo con sus deseos de manipular en el vestíbulo del segundo piso, que todos con excepción mía llaman sin ninguna vergüenza hall o Nave Central. Como si se tratara del empleado que trae los domicilios de la pizzería, quien esperando su propina hubiera debido observar con los ojos fuera de orbita, como yo extraía de la caja un bellísimo ratón de Mauritania, asado a tres cuartos, él no pudo impedir ser expulsado de un solo y violentísimo empellón por la puerta del cuarto, mi cuarto, su cuarto, Vociferó, gritó, increpó, por espacio de cinco minutos con palabras que quizás nunca había dicho tan duro, y luego sentí que bajaba y se marchaba en su auto.

Al irme, Tomás “el Asistente” me dijo simplemente que el carro debía ser ingresado en el taller, pidiéndome a continuación comedidamente las llaves. Se las entregué, diciéndole, de paso, con el sarcasmo a flor de labios, que le diera saludes a mi papá cuando lo viera. Descendí las anchas escalinatas corriendo frenéticamente y apenas comencé a recuperar la calma al recorrer el óvalo de margaritas, que rodea las iniciales de los apellidos del viejo, formadas por filas monocromáticas de pomponios y lilas, diseño que ameritaba la presencia de un jardinero profesional, que a propósito me miraba como un perro mira una salchicha exhibida en la carnicería, todos los días; él terminaba su trabajo después de las diez, y luego merodeaba por los alrededores de la casa.  Y mientras miraba otra vez esta absurda sandez hecha de flores, en mi cerebro se hizo una luz enceguecedora. Nadie podía acusarme por hacer un desesperado intento de madurar y así liberarme de todas estas cosas que ya no toleraba.

Las cosas que quería arrastrar conmigo llenaron mi morral de campaña y en una bolsa de plástico metí unos cuantos recuerdos de infancia y algunas fotografías de mamá. Así se hace, lo había visto en cientos de películas de adolescentes. Mi camino había comenzado justo aquí y ahora. Creo que me había demorado más de la cuenta.

Mientras aterrizaba en la tierra nuevamente, me di cuenta que debía conseguir trabajo de inmediato, pues de no hacerlo saldrían de mi vida propósitos claros, necesarios y queridos. Justamente la primera clase del día, Búsqueda del ser, el profe Miguel, que nos cae tan bien a todos, porque parece que no piensa como muchos que el universo gira alrededor de su materia, el profe Miguel, que a veces, no sé, me mira de esa forma elocuente pero discreta que tienen los pensadores, digo, no sólo ellos, todos los que se cuidan de cometer cosas reprobables hasta en su cerebro,  bueno, no sé, al menos donde puedan ser observados. El profe que una vez, el semestre pasado, me dirigió la palabra para decirme el piropo más hermoso de los que me habían dirigido alguna vez en la vida, no se me olvida, que el tono de mis ojos hasta Durero se hubiera matado por tratar de sacarlo en la paleta, o aunque fuera con los tres colores primarios, con los mochitos de un niño que alguna vez hicieron parte de una caja nueva de prismacolor. El profe Miguel, que me dijo ese piropo infantil que me gustó tanto, en las pasadas fiestas, aunque estuviera prendidito, que importa. Sí. El profe que en realidad más me gusta, la clase que más estudio. Esto se llama Transferencia del Edipo Inconcluso, Sandra. Ocurre cuando se hace tangencial el enfrentamiento de una chica con un padre autoritario, sin una madre que intervenga, o alguien. Yo me llamo Sandra, solamente, y sé de psicoanálisis, maldita sea. Que le vamos a hacer.


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Pero, eso fue ayer, y ayer todo me hubiera salido mal, aunque fueran cosas distintas, aunque todo sucediese para que todo me saliera bien en el futuro, el día anterior mereció irse completito a la basura. Por lo tanto, el profe Miguel me atendió muy querido los primeros minutos, incluso prometió colaborarme para un trabajo, pero con el asunto de mi papá, que es miembro Honoris de la Junta Directiva de la U. su cara se contrajo notoriamente. Mi papá, de algún modo es responsable de su sueldo. Quedamos de hablar luego, me dio su número de teléfono, pero yo esperaba una acción diferente, como más escucha, quizás más paternal, pero que palabrita, diosito, por favor, sácamela del glosario y te prometo que pensaré como le voy a hacer para no pelear tanto con el mundo ¿sí?        (continuará)

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