martes, 20 de julio de 2010

LITERATURA A CUENTAGOTAS / EL CUENTO DEL AUTOR

LOS BELLOS OJOS DEL MUERTO (3)
por José Ignacio Restrepo

CAPITULO DOS

Si, aquí estoy rodeado de cosas queridas, en el cuarto que él solía ocupar cuando venía, unas horas después como si el tiempo hubiese olvidado su transcurso, recordando la corta alusión a la marcha inexorable de la vida, que tantos y tan caros momentos nos roba. Terminada la cena de acción de gracias, sentí inmensamente la falta de su perfecta presencia, que era sin embargo grácil, de una sencillez no fácilmente calificable. Apenas puedo en este turbio instante contener el nombre de la palabra llanto, porque hay en mitad de mi pecho un sentir palpable que agradece al tiempo que nos lo quito, el regalo inmenso de habernos permitido disfrutarlo, ese don fecundo que a pesar de su forzosa marcha parece seguir regando sus flores por donde su recuerdo un minuto se tarda. Como hoy.

Roger Pavoneé fue condecorado hoy y erigido en Comendador en el grado más alto del afecto y el respeto entre iguales. Pudimos sentirlo merodeando y burlándose un poco de todo este sentimiento, y lo vimos marchar cuando los efluvios opacos del vino y el amago del rancio amanecer, terminaron por vencer una ya muy larga vigilia... Yo, aparte de todos, como tantas veces, continué la búsqueda de aquel tesoro maravilloso, ese que de niños nos convencieron había dejado un grupo de enanitos al lado opuesto de todos los arco iris.


Roger pasó quince días burlándose de mis conmiserativas preocupaciones, que no eran más que mis propios temores y frustraciones, pues mi físico no era tan envidiable como el suyo. Esa actitud detuvo a todo aquel que tuviera en mente hacer algún énfasis sobre el asunto, y determinó el final de los comentarios incluso entre nosotros mismos. Lo que no detuvo en modo alguno, fue precisamente aquello que motivara nuestra preocupación desde su retorno a París, hacía ya dos meses largos. Había perdido peso, su dentadura lucía opaca, el pelo desprendido se veía en la espalda de sus trajes oscuros, las manos se advertían delgadas y con un patente temblor. Lo más grave de todo, lo que a nuestro amigo de seguro le era más penoso, era la ausencia de féminas en los aposentos y los pasillos del palacete. Tal parece que ellas mejor que nosotros advertían que algo no andaba bien en la vida de Roger, algo había traído de esas tierras, a un día y medio de tren desde Bavaria, buscando el oeste como quien quiere llegar al lejano San Petersburgo. Ese algo, lo hacía ver no solo distinto del que se marchara sino antagónico y nada deseable. Ninguno de nosotros se atrevió a comentar semejante cosa en su presencia, pero este hecho fue piedra de discordia entre nosotros, que no entendíamos que el tiempo que vivíamos tan largo y aparentemente inagotable, divergía a cada instante del curso invisible que signaba el fin de la existencia de nuestro bien amado Roger.

Fueron muchas las tardes, muchas las noches que pasamos pretendiendo planear la acción que nos ayudara a convencerle de ir a un médico. Pensamos, por creer de sobra conocerle, que nuestra disposición esmerada no solo heriría su ego sino que podía lastimar el intrincado sistema de intereses y necesidades, que sostenía con todos nosotros y con cada uno, a los cuales no se les podía bautizar con ninguna de las figuras geométricas conocidas. Debo entonces reconocer, que nuestra poca pericia se debió a malestares del egoísmo, como les digo yo, a la ingenuidad de la vida, que te priva en demasiadas oportunidades de ver lo primordial, lo determinante, por acertar con el punto de vista perspectivo, que si tiene algo de sublime es que es inútil asegurar que habrá de ser vivido como lo estamos suponiendo. Sacrificar lo que está sucediendo por aquello que no sabemos si pasará; la vieja historia del paraguas en la tarde de verano, o aquella de los meses de casi penuria en los cuales ahorramos el dinero de cada faena, para luego sostener unas vacaciones que nunca sucedieron, por esto, por aquello, por lo demás allá... La eterna lucha entre la libertad de vivir y el control para poder hacerlo, que como dos hermanos gemelos, de igual porte y bien vestidos, a la hora de oírles hablar parecen venir uno del Conservatorio de Venecia y el otro del mercado de pescadería, que queda allende a la puerta trasera del castillo de los Condes de Pereda y Lugano. Fueron realmente dos meses más, de azar, de verle irse languideciendo, consumiendo sin conocer el motivo, solo sospechando que aquel viaje del año pasado había tenido que ver. Nos dimos a la tarea de investigar acerca de la zona que había visitado nuestro querido Roger: Ningún dato desalentador, que en nuestro caso hubiera permitido la esperanza, arrojó el intercambio de cartas, de telegramas que sostuvimos con los representantes de hoteles y firmas de negocios, que compartieron el tiempo con él. Nada. Había partido de allí como llegó, cargado de energías, impetuoso, sin recelo con lo que hacía y esperanzado con sus propios planes. Quizá un tanto más delgado pero nada más.

Y entonces ocurrió algo absolutamente inesperado. Ninguno estaba preparado para absorber esta clase de golpe, mucho menos cuando habíamos pasado semanas de alarma y preocupación por la salud de Roger... Que de un momento a otro, sin dejar una dirección, un dato, dejó su casa en consignación para ser vendida, con todo los bienes que había adquirido en viajes por todo el mundo, y con solo una maleta de ropa se marchó quien sabe para donde, quien sabe para qué, y porqué, sin brindarnos una nota de cortesía, una hojilla de merecidos insultos por hacerle su vida menos digna de ser vivida, algo que nos dejara tranquilos, o intranquilos, o estúpidamente taciturnos, pero no en esta levedad inútil, no en esta pregunta sin inicio y sin final, la que ahora llevamos como un basto tortuoso y lleno de nudos, atravesado en nuestro esófago, y que no quiere bajar... Ahí está la pregunta, y cuando de veras me dé hambre, señor, como le voy a hacer, sí con este puerco palo aquí entreverado ni una pucha de leche me va a pasar por el bendito gaznate. Me consta que nadie come a gusto, desde que ese hijo de su madre se marchó sin decir a donde, con la melancolía a cuestas y todos sus malos pensamientos, que nos gustaba compartir al caer la tarde gastando una dorada botella de brandy.(continuará)

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