martes, 20 de julio de 2010

EL CUENTO BLANCO / A PROPOSITO DEL ALBO COLOR

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EL MILAGRO DE LUCAS
por José Ignacio Restrepo

Con una mañana tan oscura uno pensaría que el sol aun no había salido. Lucas, sin embargo saltó contento de la cama, con una sonrisita en la boca que hacía sospechar que algo se traía, alguna cosa sabía, que los demás desconocíamos. en la mesa del desayuno todos lo mirábamos, sorprendidos por verlo contento, y no huraño y malgeniado como de naturaleza se comportaba, desde aquel día de hace casi dos años, cuando cayó del árbol del patio, y se fracturó irremediablemente sus piernas.
La negra Aurelia lo levantó de la silla de ruedas y lo posó suavemente en el taburete con brazos donde siempre comía. Lucas nos miró a todos, amplió todavía más su sonrisa, y luego pronunció cuatro palabras perfectamente comprensibles:
- Quiero jugo de naranjas…
Todos seguimos con nuestros desayunos y el guardó silencio hasta terminar el suyo. Aurelia lo puso nuevamente en su sillita y se quedó mirándolo, esperando la seña acostumbrada que la autorizaba para levantarlo y llevarlo a su cuarto, pero esta vez Lucas la detuvo con un gesto distinto. Otra vez iluminó voluntariamente su rostro con una desconocida sonrisa, y pronunció otras cuatro palabras, en un magnífico tono de voz:
- Mañana volveré a caminar…
Sin esperar a la negra, el pequeño dio media vuelta, y empujo decididamente las ruedas de su silla, para llegar a su alcoba. Todos nos quedamos de una pieza, cada uno murmurando para dentro alguna oración corta por la salud del infante, más de uno malpensando que Lucas se nos estaba enloqueciendo. Bertha y yo nos fuimos para la cocina, nos urgía compartir los últimos sucesos, ver de que modo podíamos ayudar al niño, a entender ese nuevo capítulo de su actual comportamiento.
Pero, Bertha no entiende nada. No sabe nada y está hecha un manojo de nervios. Decido confiar en mis buenos instintos de que me he sabido ganar en mis oficios como tía, que están basados más en la confianza construida y el respeto por los actos de Lucas, que en la autoridad o el mimo, como suele ser corriente ver. Ahí, en esas dos últimas categorías quedan su padre y el resto de los adultos de la casa. Al entrar, el niño ya tiene sus ojos posados en los míos:
- Sabía que vendrías…
- ¿Sí? Últimamente pareces saber muchas cosas…
- No, no son muchas,
- Cuantas…cuéntame, mi amor…
- No tía, no puede uno ir contando lo que ha sido revelado en secreto…
Miré a Lucas, concediéndole que lo que decía era verdad, y con mis ojos le aseguraba que en nombre del amor no forzaría su silencio fundado.
Al salir de su alcoba, pensé que otra persona estaba envuelta en este asunto, y decidí averiguar quien había convencido al niño de que al otro día volvería a caminar.
Me pasé todo el día hablando con el uno y con el otro, tratando de averiguar con la gente del colegio, con el padre Alcides, quien frecuentemente visita a Lucas, pero todo resultó infructuoso. Ya en la noche, me senté con el papá del niño, en el estudio. Mientras compartíamos una taza de café, escuché a Felipe, quien nuevamente demostró su liviandad frente a la vida, calificando las palabra de Lucas como algo natural,  un juego pueril nacido de la imaginación de un chico que pasa metido demasiadas horas, entre las páginas de los cuentos. Al despedirme, le rogué que estuviera en la casa al día siguiente, pero me dijo que ya a las seis estaría rumbo al aeropuerto, por una reunión de trabajo en la capital. Me fui a dormir, templada por la inquietud y ansiosa de que amaneciera.
Me desperté con la sensación desastrosa de haber dormido solamente unos instantes. Llamé a la negra Aurelia y cuando ella entró en mi alcoba, sin darle siquiera los buenos días la interrogué sobre Lucas. Comprensiva, me respondió que el pequeño todavía estaba dormido. Tomé una ducha bastante  larga, mientras me convencía de que mis miedos eran solo eso, que no tenían un real fundamento. Que todo mi amor por Lucas, mi incapacidad para librarlo de su estado, se proyectaban de forma inadecuada. Cuando terminé de vestirme quedé sorprendida por la elección de mi atuendo. Me había puesto el mismo traje que usara en la fiesta de su primera comunión, tan solo un año antes.
Cuando llegué al comedor, ya  todos estaban sentados desayunando. Le hice señas a Aurelia para que fuera por el niño. La negra volvió, al instante con la cara demudada, haciendo gestos de negación con las manos; todos nos paramos y empezamos a correr por la casa, gritando y llamándolo.
Mientras todos recorrían las habitaciones yo llegué al ventanal del gran jardín y vi a Lucas. Estaba sentado bajo el gran árbol, justo donde cayera aquella fatídica tarde…Pero, no estaba su silla de ruedas…Salí caminando, queriendo correr, formulándome preguntas sin sentido que iban de mi cabeza a mi corazón.
- Lucas…
-¿Si tía?
- Que pasa mi amor,¿qué estás haciendo aquí?
- Dando mis primeros pasitos…
Sin otra explicación más, el niño apoyó firmemente sus manos en el suelo, y haciendo un esfuerzo  que dudé que completara con éxito, pues era más propio de un gimnasta  que de su pobre estructura corporal, simplemente levantó su torso y luego el a él, por completo…Sus piernas colgaban de forma extraña, mientras riéndose se alejó hacia la vega del zapotero, como saltimbanqui, caminando en las manos…

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