jueves, 15 de julio de 2010

UN CUENTO BLANCO / LETRAS DEL INICIO

AQUELLA MAESTRA DE OCTAVO GRADO
Por José Ignacio Restrepo
(Cuento)

Es que yo creo, que por eso se vuelven tan rezanderas…Porque se persignaban allí, en su zona tórrida, tocaban la frente, los dos hombros y luego allí, donde el deseo nunca se duerme. Y cuando ellas mismas ya ni se miran, ni se gustan y solo se acuerdan de rezar, ¿entonces qué les queda? Pues seguir rezando. Pero allí quedan las huellas de aquel magnifico calor juvenil, en el nevado de sus vidas.
No es entonces lo que decía mi tío Rigoberto, que es el más viejo y estudiado. El dice que, las malditas no se pueden olvidar de los castigos del papá y luego contaba algo sobre una cosa llamada sicoanálisis, que dizque explica bien todo el asunto. Yo solo sé que Martica no separa las manos de su conchita, y ella no tuvo papá. Bueno, si tuvo, como no lo iba a tener, fue un marinero que embarazó a su mamá y luego no se le volvió a ver. Ajá ¿Entonces ahí como ese tal sicoanálisis  va a explicar la cosa, ah?
Martica está en la edad que su madre tenía cuando el marinero aquel. Su mama todavía sale en las noches, como gata caliente y todos comentan que de ello es comprensible que la hija tenga por buenas las mismas mañas. Tanto mi tío Rigoberto como yo, se las conocemos y nadie de por aca nos endilga que de cuando en vez le enseñemos una nueva…
Pero no es por esto que me ando escribiendo todo esto. Lo que me tiene monologando, es un hecho real no una proclama imaginaria y tuvo su inicio el día del temblor, o quizá un mes antes. Ese día pude contar más de cincuenta viejas santiguándose, de la frente hasta el pubis, como en presencia del mismísimo diablo, solo porque la tierra se movía un poco. El mercado bullía a eso de las diez de al mañana y mientras todos compraban o vendían, yo buscaba a Jacinto y a Nicolás,-dos muchachos como yo-a los cuales me unía una amistad desde la más tierna infancia, y la arrogancia de compartir el mismo apetito por una mujer inalcanzable para cualquiera de los tres, una que no hace parte de ningún grupo de oración, que nunca se persigna, ni le pide permiso a nadie para hacer lo que ella quiere, una mujer inteligente…La maestra de octavo.
Jacinto Yañez, Nicolas Abadias y yo, Leonidas Murillo, mantuvimos en secreto nuestra disposición hacia la señorita Matilde Calzinas, hasta el día en que los tres, por esas cosas de muchachos que son hechas en contra del sentido común y la vergüenza, fuimos sorprendidos fisgoneando a la maestra en cuestión, mientras se aseaba en el baño de damas de la sección, y seguidamente expulsados del colegio.
Nuestro acto generó  el repudio en todo el pueblo, menos en mi tío Rigoberto. Ocasionó, además que los tres nos sinceráramos acerca de los detalles que manteníamos en secreto, entre nosotros, acerca de la aflicción enamorada que llevábamos bien dentro por la más hermosa maestra de todo el pueblo.
Pero, lo que dejo sin aliento y casi sin pulso, nuestros pechos juveniles y aventureros, fue la actitud tomada por ella, por Matilde, quien muy al contrario del sentir general, que pretendía respaldar su honra atacada por unos mozuelos sinvergüenzas, y que justificaría su hostilidad hacia nosotros por la grosera ofensa, nos manifestó un día en la heladería del gordo Maclovio, que ella comprendía y podía entenderlo todo, que se sentía muy afortunada de que tres chicos tan guapos como nosotros la tuvieran a ella como la musa de sus sueños. Los tres salimos de allí más callados que nunca, meditando los alcances que para cada uno tenían aquellas cálidas frases.
Desde aquella noche del 14 de agosto hasta hoy han transcurrido casi cuatro meses. Y hoy, el día en que tembló mi pueblo, han muerto nueve personas. Mis amigos de la infancia, Jacinto y Nicolás, estaban en el templo, quizá deseando limpiar sus maltrechas famas, pisoteadas por las lenguas malvadas de quienes no los conocían bien. El templo se ha caído sobre quienes asistían al servicio. Bien le hecho caso a mi tío Rigoberto, quien dice que toda vieja construcción es un peligro. En medio del dolor por lo acaecido, no he podido dejar de pensar en Matilde, en que la vida tiene métodos extraños y conmovedores para decirle a las personas lo que deben hacer.
Mientras me vestía para el entierro, mi madre contaba lo extraño de las muertes del templo, que mis amigos habían fallecido por fallas cardiacas, no por los golpes de los ladrillo viejos del templo. Que el médico había dicho que esto era comprensible, en medio del desespero, y la angustia, hasta organismos jóvenes pueden terminar de ese modo. Fervor, excitación, espiritualidad, mi madre convirtió todo en un fenómeno de expiación y de perdón, Nicolás y Jacinto, dos potros jóvenes con sus corazones partidos, que tampoco del todo les pertenecían.
Los días de calma regresaron y coincidieron, o se concibieron, con las primeras salidas con Matilde me entero que pinta al oleo, toca el piano, virtudes evidentes de una formación entre adultos cultos. Me cuenta, que aunque sea chocante, debe confesarme que todo el tiempo me ha preferido entre los tres. Percibo rasgos de atención, de su parte, en momentos del pasado cuando yo había comenzado a mirarla. Averiguo por ella en la capital, una muestra de mi natural curiosidad heredada, un día que voy acompañando a mi tío Rigoberto, y para mi sorpresa no existe una ficha con ese nombre en la secretaria  de educación, ni una autorización vocacional, y en registros y Cedulas me indican que Matilde Calzinas Riveros debe frisar los 94 años, puesto que nació el ocho de marzo de 1882.
A mi regreso todas estas consideraciones nuevas, intentaban ordenarse en mi cerebro junto a las ya existentes, y mi ánimo, sin lugar a dudas quebrantado, se hacia una gigantesca pregunta con letras de marquesina ¿QUIEN ERA MATILDE CALZINAS?
Sin embargo fue solo verla de nuevo esa tarde, para que todos los interrogantes se diluyeran, así como al despertar con un sol radiante en la ventana cualquier mal sueño se diluye de inmediato. Estaba esplendorosa, y como diría mi tío el zafado Rigoberto, estaba más buena que irse a caminar por la hierba mojada sin zapatos, mientras se comía un durazno parecía decirme que no la desdeñara, que ella era mi hembra soñada, lo que un mozalbete quisiera para minar el frio en su cuerpo, el frio de la noche.
Pasaron casi dos meses antes que decidiera comentarle lo que había averiguado en la capital. Ese día, mientras comíamos un  helado después de salir de una película, sentados el  reinaugurado Salón social, entre un tema y otro, solo se lo dije:
-          Matilde, según tu cedula pronto celebraremos tu cumpleaños número 95¿Cómo puede ser eso?
Ella me observo de hito en hito, durante un tiempo que me pareció eterno, mientras yo también lo hacía. Luego, sin variar el tono, me soltó:
-          Aunque no lo entiendas, es verdad.
Yo esperaba cualquier respuesta, una mentira torpe o una sesgada alusión, indispuesta, iracunda, pero lo que me dijo me dejo completamente extrañado. Cuando se puso de pie y se marcho, me quede mirando su silla, y el resto de helado derritiéndose, sin atinar a detenerla. La mujer que se aproximaba al siglo de existencia, iba alejándose mientras varios transeúntes admiraban su extraordinaria belleza.
No pude evitar que mi estado de ánimo se hiciera evidente, en los días posteriores. Mi tío, al enterarse de todo, asumió una postura para mi desconocida.
-          Sobrino,- me dijo reconcentradamente,- la maestra no es quien dice ser…
Y al ver que mi cara no mostraba gesto intranquilo alguno, continuó
-          Quiero decir, tu maestra Matilde, o quien sea, hace tiempo está muerta, y es que vemos, la que vive aquí, esa que te forza el seso,  no es otra cosa sino su ánima, su espíritu, que se ha quedado aquí con nosotros vaya dios a saber con qué motivo…
Ya lo había pensado, pero no creo en esas cosas, así me formó el viejo este que ahora resultaba faltándole  a su filosofía, contraviniendo los pilares de su pensamiento materialista, y sin yo saber porque, dándome una tranquilidad inmotivada, pero que ciertamente sentía. 
Decidí ir a buscarla, para despedirme y explicarle porque había indagado sobre ella, algo que ni yo mismo tenía claro, pues desestimé todo el vigoroso cariño que una mujer hermosa y adulta me brindo, pudiendo estar con el hombre que ella bien quisiera. Al llegar al hospedaje, el dependiente me entregó una carta que la señorita Matilde Calzinas, había dejado allí para mí, tras pagar lo que debía e irse de la pensión. Con la carta en la mano, aun sin abrir, corrí hasta el colegio y en la secretaría me dijeron que había renunciado la tarde anterior, sin dejar datos sobre su nuevo destino. Me senté allí mismo, y abrí el sobre, con cuidado, para no ir a romper el interior. De su puño  y letra, en su delicada y fina letra, que recordaba el estilo de mi abuela, decía;
“Pequeño y amoroso amigo, que mi cuerpo y mi mente tanto aman…Mi cuerpo y mi mente muertos hace ya tanto. No podrías entender que esto no ha sido un engaño. Esta historia ha sido una lucha entre el amor y el tiempo perdido, allí donde las distancias simplemente no existen y ya no queda nada por hacer.
Hoy he sentido el peso del tiempo, aun no sé si me voy para siempre…Te adora, Matilde”

FIN

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